Cuando la acaudalada beata Dorita Lerner cumplió ochenta años, decidió vender sus acciones en compañías mineras de su familia y repartir la mitad de su fortuna entre sus seis hijos varones, todos los cuales esperaban con impaciencia que por fin les lloviera el dinero de su madre.Militante de una cofradía religiosa, devota en cuerpo y alma de las ficciones sagradas, asidua visitante del Vaticano, amiga de obispos y cardenales, Dorita Lerner había enviudado años atrás y no dudaba en afirmar que esos últimos años, liberada del pesado lastre que su esposo suponía para ella, habían sido los más felices de su existencia. Muerto su marido, Dorita vio cómo los precios del oro, la plata y el cobre se disparaban hasta niveles históricos, lo que le permitió acrecentar su fortuna, pues las acciones que poseía en las mineras de su familia escalaron hasta registros extraordinarios. Dios me está premiando por haber sido una buena esposa, pensaba.La verdad es que Dorita Lerner había perdido todo interés en sentarse en los directorios de las mineras de su familia. Se aburría, se quedaba dormida, votaba según cómo votasen sus hermanas Julia y Úrsula, quienes se burlaban de ella por santurrona. A Dorita no le interesaba el mundo de las acciones, los bonos, las monedas, las inversiones. Lo suyo era la geografía invisible de las almas, el paisaje de los espíritus: preservar limpia su alma, y vigilar que las almas de sus hijos no se manchasen a menudo, y salvar las almas de los desposeídos y desheredados, los que acudían a ella en busca de un consuelo, una palabra cálida, una donación, una dádiva. Como el vasto territorio de la religión católica era su patria grande, y los confines de su cofradía conservadora, su patria chica, Dorita se llevaba bien con cinco de sus hijos, todos ellos religiosos, casados por la iglesia, sus hijos bautizados y educados en el hábito de rezar, todos de oír misa los domingos y comulgar contritos, pero no acababa de entenderse con el mayor, Jimmy Barclays, escritor itinerante que había publicado novelas de dudoso éxito, ganaba poco dinero con sus libros, le pedía donaciones encubiertas para pagar las tarjetas de crédito y, en las raras ocasiones en que concedía una entrevista, se declaraba agnóstico.A Dorita le disgustaba que Jimmy fuese escritor y se proclamase agnóstico. Había leído con desasosiego los libros de su hijo y le parecían viciosos, pecaminosos, libros que un hombre de bien no debería escribir y menos publicar. Había educado a su hijo, siendo niño, en el amor a Dios, a la Virgen y al Espíritu Santo, y no comprendía por qué había dejado de orar. Dorita creía que Jimmy, en su fuero íntimo, seguía siendo creyente, pero, al mismo tiempo, pensaba que él se jactaba en público de ser agnóstico para posar como un artista torturado y vender más libros.Pero lo que más irritaba a Dorita era que su hijo Jimmy, después de casarse con una señora adinerada, de alta sociedad, y tener dos hijas con ella, se había divorciado con escándalo, anunciando a su familia y sus amigos, incluyendo a sus hijas adolescentes, que era bisexual y se había enamorado de un hombre bastante menor que él, y que ese joven, ahora su novio, era argentino, jugador de rugby, alto, rubio y corpulento, gay radical y, sin embargo, nada amanerado, pues parecía más macho que los cinco hermanos de Jimmy Barclays.Tu novio argentino, el jugador de rugby, no entrará en mi casa, no tengo la menor ilusión de conocerlo, le dijo Dorita Lerner, enterada del chisme, a su hijo, y luego añadió: Mientras vivas en pecado con él, prefiero no verte, aunque me duela. Para alejarse de su madre, Jimmy se mudó a Buenos Aires, donde vivía con su novio, cerca del club de rugby, donde gozaba viéndolo jugar ese deporte áspero, viril. Desde entonces, llevaba un tiempo sin verla ni hablar con ella. Dorita pensaba que la relación de Jimmy con el joven deportista argentino ofendía a Dios y era contraria a los deseos naturales de los hombres. Jimmy pensaba que era naturalmente más feliz con su novio fortachón que con su exesposa.Así las cosas, cuando Dorita Lerner decidió repartir la mitad de su fortuna, no pocos millones, entre sus seis hijos, no quiso humillar a Jimmy, privándolo de recibir una suma equivalente a la que donaría a sus otros hijos, y por eso lo llamó por teléfono y le dijo que debían hablar a solas. Antes convocó a sus cinco hijos y les consultó qué debía hacer con Jimmy, si incluirlo o excluirlo en la repartición del patrimonio familiar. Todos le dijeron más o menos lo mismo: Pobre Jimmy, gana poco con sus libros, mejor dale su parte, si no le das nada lo vas a humillar, se va a deprimir y va a querer suicidarse, una vez más: no te olvides, mamá, que Jimmy toma muchas pastillas y está vivo de milagro. Era cierto: Jimmy Barclays tomaba muchas pastillas, con prescripción y sin ella, píldoras para sobrevivir, para dormir, para amar con vigor físico, para no deprimirse, para no quedarse calvo, y cada noche, una orgía de hipnóticos y ansiolíticos, se jugaba la vida.Reunido a solas con su madre en la ciudad del polvo y la niebla, conmovido al verla pálida, delgada y temblorosa, Jimmy Barclays escuchó que Dorita le decía: Voy a repartir la mitad de mi plata entre ustedes, mis hijos, y no quiero desheredarte, Jimmy, pero comprenderás que no puedo darte mi dinero, si sigues en amores con el argentino. Consternado, Jimmy preguntó: ¿qué quieres que haga, querida mamá? Es bien simple, dijo Dorita: tienes que terminar con el argentino, regresar a esta ciudad, confesarte y comulgar, ir a misa los domingos conmigo y dejar de escribir esos libros horribles. Jimmy encajó el golpe y permaneció en silencio. Luego preguntó: ¿cuánto dinero me darías? Dorita respondió serenamente: lo mismo que a tus hermanos. Enseguida precisó el monto: no era un millón, sino varios. Jimmy tragó saliva. Tenía que elegir entre el amor o el dinero, entre su vocación o la fortuna, entre el arte o la comodidad. Luego le dijo a su madre: está bien, terminaré con mi novio, viviré en esta ciudad, iré a misa contigo. Tras anunciar su rendición, guardó silencio. A continuación, sentenció: Pero no me pidas que deje de escribir. Dorita sonrió, victoriosa, y dijo: Está bien, pero escribe libros bonitos, no libros feos.De regreso en Buenos Aires, Jimmy le dijo a su amante que, para no rechazar la oferta millonaria de su madre, debía alejarse un tiempo de él, unos meses, quizás unos años, aunque viéndose a escondidas, clandestinamente, sin que nadie se enterase. Su novio, un joven consentido, de familia pudiente, cuyos padres lo aceptaban tal cual era, o sea gay sin complejos, rudo y deportista, se sintió ofendido y le dijo a Jimmy que no estaba dispuesto a verlo a escondidas y mejor se separaban. Jimmy se sintió un traidor y se marchó disgustado de sí mismo, pero ilusionado con ser rico.Meses después, Dorita cumplió su parte del trato y entregó a su hijo mayor un cheque millonario. De pronto, Jimmy era fabulosamente rico. Sin embargo, se sentía deprimido, descorazonado. Extrañaba a su novio. No tenía fuerzas para escribir. Asistía a misa con su madre, sintiéndose un impostor. Transcurridos unos meses de riqueza monetaria, continencia amorosa y ruina moral, llamó al argentino y le propuso una cita secreta. El joven deportista le dijo que esa reunión no sería posible porque estaba enamorado de un diplomático extranjero. Cuando cortaron, Jimmy comprendió que, por dinero, había renunciado al amor de su vida.Aunque vivía en un apartamento lujoso y señorial, y disponía de numeroso servicio doméstico, y viajaba adonde le apetecía, y no dependía más de los pagos por sus libros, Jimmy Barclays era un hombre solo, triste, vacío, desdichado. No se amaba, no se perdonaba, no se respetaba. Se veía en el espejo como un mercenario, un traidor. Por dinero dejé a mi novio y abandoné mi carrera como escritor, pensaba, tarde en la noche, desvelado, angustiado, reducido a escombros. Por eso tomaba más hipnóticos, más ansiolíticos. Porque estar vivo le dolía y ningún rezo con su madre aliviaba esos pesares. Una noche a solas, atormentado por su alma impura, Jimmy Barclays llamó a su madre y le dijo que partiría a un viaje al Lejano Oriente y no se verían durante un tiempo prolongado. Tras despedirse de ella, caminó al baño, retiró el frasco de hipnóticos, se dirigió a la cocina, abrió la nevera y, bebiendo sorbos de un vino helado canadiense, tragó todas las pastillas, una a una, con la esperanza de no despertar más. Cuando la acaudalada beata Dorita Lerner cumplió ochenta años, decidió vender sus acciones en compañías mineras de su familia y repartir la mitad de su fortuna entre sus seis hijos varones, todos los cuales esperaban con impaciencia que por fin les lloviera el dinero de su madre.Militante de una cofradía religiosa, devota en cuerpo y alma de las ficciones sagradas, asidua visitante del Vaticano, amiga de obispos y cardenales, Dorita Lerner había enviudado años atrás y no dudaba en afirmar que esos últimos años, liberada del pesado lastre que su esposo suponía para ella, habían sido los más felices de su existencia. Muerto su marido, Dorita vio cómo los precios del oro, la plata y el cobre se disparaban hasta niveles históricos, lo que le permitió acrecentar su fortuna, pues las acciones que poseía en las mineras de su familia escalaron hasta registros extraordinarios. Dios me está premiando por haber sido una buena esposa, pensaba.La verdad es que Dorita Lerner había perdido todo interés en sentarse en los directorios de las mineras de su familia. Se aburría, se quedaba dormida, votaba según cómo votasen sus hermanas Julia y Úrsula, quienes se burlaban de ella por santurrona. A Dorita no le interesaba el mundo de las acciones, los bonos, las monedas, las inversiones. Lo suyo era la geografía invisible de las almas, el paisaje de los espíritus: preservar limpia su alma, y vigilar que las almas de sus hijos no se manchasen a menudo, y salvar las almas de los desposeídos y desheredados, los que acudían a ella en busca de un consuelo, una palabra cálida, una donación, una dádiva. Como el vasto territorio de la religión católica era su patria grande, y los confines de su cofradía conservadora, su patria chica, Dorita se llevaba bien con cinco de sus hijos, todos ellos religiosos, casados por la iglesia, sus hijos bautizados y educados en el hábito de rezar, todos de oír misa los domingos y comulgar contritos, pero no acababa de entenderse con el mayor, Jimmy Barclays, escritor itinerante que había publicado novelas de dudoso éxito, ganaba poco dinero con sus libros, le pedía donaciones encubiertas para pagar las tarjetas de crédito y, en las raras ocasiones en que concedía una entrevista, se declaraba agnóstico.A Dorita le disgustaba que Jimmy fuese escritor y se proclamase agnóstico. Había leído con desasosiego los libros de su hijo y le parecían viciosos, pecaminosos, libros que un hombre de bien no debería escribir y menos publicar. Había educado a su hijo, siendo niño, en el amor a Dios, a la Virgen y al Espíritu Santo, y no comprendía por qué había dejado de orar. Dorita creía que Jimmy, en su fuero íntimo, seguía siendo creyente, pero, al mismo tiempo, pensaba que él se jactaba en público de ser agnóstico para posar como un artista torturado y vender más libros.Pero lo que más irritaba a Dorita era que su hijo Jimmy, después de casarse con una señora adinerada, de alta sociedad, y tener dos hijas con ella, se había divorciado con escándalo, anunciando a su familia y sus amigos, incluyendo a sus hijas adolescentes, que era bisexual y se había enamorado de un hombre bastante menor que él, y que ese joven, ahora su novio, era argentino, jugador de rugby, alto, rubio y corpulento, gay radical y, sin embargo, nada amanerado, pues parecía más macho que los cinco hermanos de Jimmy Barclays.Tu novio argentino, el jugador de rugby, no entrará en mi casa, no tengo la menor ilusión de conocerlo, le dijo Dorita Lerner, enterada del chisme, a su hijo, y luego añadió: Mientras vivas en pecado con él, prefiero no verte, aunque me duela. Para alejarse de su madre, Jimmy se mudó a Buenos Aires, donde vivía con su novio, cerca del club de rugby, donde gozaba viéndolo jugar ese deporte áspero, viril. Desde entonces, llevaba un tiempo sin verla ni hablar con ella. Dorita pensaba que la relación de Jimmy con el joven deportista argentino ofendía a Dios y era contraria a los deseos naturales de los hombres. Jimmy pensaba que era naturalmente más feliz con su novio fortachón que con su exesposa.Así las cosas, cuando Dorita Lerner decidió repartir la mitad de su fortuna, no pocos millones, entre sus seis hijos, no quiso humillar a Jimmy, privándolo de recibir una suma equivalente a la que donaría a sus otros hijos, y por eso lo llamó por teléfono y le dijo que debían hablar a solas. Antes convocó a sus cinco hijos y les consultó qué debía hacer con Jimmy, si incluirlo o excluirlo en la repartición del patrimonio familiar. Todos le dijeron más o menos lo mismo: Pobre Jimmy, gana poco con sus libros, mejor dale su parte, si no le das nada lo vas a humillar, se va a deprimir y va a querer suicidarse, una vez más: no te olvides, mamá, que Jimmy toma muchas pastillas y está vivo de milagro. Era cierto: Jimmy Barclays tomaba muchas pastillas, con prescripción y sin ella, píldoras para sobrevivir, para dormir, para amar con vigor físico, para no deprimirse, para no quedarse calvo, y cada noche, una orgía de hipnóticos y ansiolíticos, se jugaba la vida.Reunido a solas con su madre en la ciudad del polvo y la niebla, conmovido al verla pálida, delgada y temblorosa, Jimmy Barclays escuchó que Dorita le decía: Voy a repartir la mitad de mi plata entre ustedes, mis hijos, y no quiero desheredarte, Jimmy, pero comprenderás que no puedo darte mi dinero, si sigues en amores con el argentino. Consternado, Jimmy preguntó: ¿qué quieres que haga, querida mamá? Es bien simple, dijo Dorita: tienes que terminar con el argentino, regresar a esta ciudad, confesarte y comulgar, ir a misa los domingos conmigo y dejar de escribir esos libros horribles. Jimmy encajó el golpe y permaneció en silencio. Luego preguntó: ¿cuánto dinero me darías? Dorita respondió serenamente: lo mismo que a tus hermanos. Enseguida precisó el monto: no era un millón, sino varios. Jimmy tragó saliva. Tenía que elegir entre el amor o el dinero, entre su vocación o la fortuna, entre el arte o la comodidad. Luego le dijo a su madre: está bien, terminaré con mi novio, viviré en esta ciudad, iré a misa contigo. Tras anunciar su rendición, guardó silencio. A continuación, sentenció: Pero no me pidas que deje de escribir. Dorita sonrió, victoriosa, y dijo: Está bien, pero escribe libros bonitos, no libros feos.De regreso en Buenos Aires, Jimmy le dijo a su amante que, para no rechazar la oferta millonaria de su madre, debía alejarse un tiempo de él, unos meses, quizás unos años, aunque viéndose a escondidas, clandestinamente, sin que nadie se enterase. Su novio, un joven consentido, de familia pudiente, cuyos padres lo aceptaban tal cual era, o sea gay sin complejos, rudo y deportista, se sintió ofendido y le dijo a Jimmy que no estaba dispuesto a verlo a escondidas y mejor se separaban. Jimmy se sintió un traidor y se marchó disgustado de sí mismo, pero ilusionado con ser rico.Meses después, Dorita cumplió su parte del trato y entregó a su hijo mayor un cheque millonario. De pronto, Jimmy era fabulosamente rico. Sin embargo, se sentía deprimido, descorazonado. Extrañaba a su novio. No tenía fuerzas para escribir. Asistía a misa con su madre, sintiéndose un impostor. Transcurridos unos meses de riqueza monetaria, continencia amorosa y ruina moral, llamó al argentino y le propuso una cita secreta. El joven deportista le dijo que esa reunión no sería posible porque estaba enamorado de un diplomático extranjero. Cuando cortaron, Jimmy comprendió que, por dinero, había renunciado al amor de su vida.Aunque vivía en un apartamento lujoso y señorial, y disponía de numeroso servicio doméstico, y viajaba adonde le apetecía, y no dependía más de los pagos por sus libros, Jimmy Barclays era un hombre solo, triste, vacío, desdichado. No se amaba, no se perdonaba, no se respetaba. Se veía en el espejo como un mercenario, un traidor. Por dinero dejé a mi novio y abandoné mi carrera como escritor, pensaba, tarde en la noche, desvelado, angustiado, reducido a escombros. Por eso tomaba más hipnóticos, más ansiolíticos. Porque estar vivo le dolía y ningún rezo con su madre aliviaba esos pesares. Una noche a solas, atormentado por su alma impura, Jimmy Barclays llamó a su madre y le dijo que partiría a un viaje al Lejano Oriente y no se verían durante un tiempo prolongado. Tras despedirse de ella, caminó al baño, retiró el frasco de hipnóticos, se dirigió a la cocina, abrió la nevera y, bebiendo sorbos de un vino helado canadiense, tragó todas las pastillas, una a una, con la esperanza de no despertar más. Cuando la acaudalada beata Dorita Lerner cumplió ochenta años, decidió vender sus acciones en compañías mineras de su familia y repartir la mitad de su fortuna entre sus seis hijos varones, todos los cuales esperaban con impaciencia que por fin les lloviera el dinero de su madre.Militante de una cofradía religiosa, devota en cuerpo y alma de las ficciones sagradas, asidua visitante del Vaticano, amiga de obispos y cardenales, Dorita Lerner había enviudado años atrás y no dudaba en afirmar que esos últimos años, liberada del pesado lastre que su esposo suponía para ella, habían sido los más felices de su existencia. Muerto su marido, Dorita vio cómo los precios del oro, la plata y el cobre se disparaban hasta niveles históricos, lo que le permitió acrecentar su fortuna, pues las acciones que poseía en las mineras de su familia escalaron hasta registros extraordinarios. Dios me está premiando por haber sido una buena esposa, pensaba.La verdad es que Dorita Lerner había perdido todo interés en sentarse en los directorios de las mineras de su familia. Se aburría, se quedaba dormida, votaba según cómo votasen sus hermanas Julia y Úrsula, quienes se burlaban de ella por santurrona. A Dorita no le interesaba el mundo de las acciones, los bonos, las monedas, las inversiones. Lo suyo era la geografía invisible de las almas, el paisaje de los espíritus: preservar limpia su alma, y vigilar que las almas de sus hijos no se manchasen a menudo, y salvar las almas de los desposeídos y desheredados, los que acudían a ella en busca de un consuelo, una palabra cálida, una donación, una dádiva. Como el vasto territorio de la religión católica era su patria grande, y los confines de su cofradía conservadora, su patria chica, Dorita se llevaba bien con cinco de sus hijos, todos ellos religiosos, casados por la iglesia, sus hijos bautizados y educados en el hábito de rezar, todos de oír misa los domingos y comulgar contritos, pero no acababa de entenderse con el mayor, Jimmy Barclays, escritor itinerante que había publicado novelas de dudoso éxito, ganaba poco dinero con sus libros, le pedía donaciones encubiertas para pagar las tarjetas de crédito y, en las raras ocasiones en que concedía una entrevista, se declaraba agnóstico.A Dorita le disgustaba que Jimmy fuese escritor y se proclamase agnóstico. Había leído con desasosiego los libros de su hijo y le parecían viciosos, pecaminosos, libros que un hombre de bien no debería escribir y menos publicar. Había educado a su hijo, siendo niño, en el amor a Dios, a la Virgen y al Espíritu Santo, y no comprendía por qué había dejado de orar. Dorita creía que Jimmy, en su fuero íntimo, seguía siendo creyente, pero, al mismo tiempo, pensaba que él se jactaba en público de ser agnóstico para posar como un artista torturado y vender más libros.Pero lo que más irritaba a Dorita era que su hijo Jimmy, después de casarse con una señora adinerada, de alta sociedad, y tener dos hijas con ella, se había divorciado con escándalo, anunciando a su familia y sus amigos, incluyendo a sus hijas adolescentes, que era bisexual y se había enamorado de un hombre bastante menor que él, y que ese joven, ahora su novio, era argentino, jugador de rugby, alto, rubio y corpulento, gay radical y, sin embargo, nada amanerado, pues parecía más macho que los cinco hermanos de Jimmy Barclays.Tu novio argentino, el jugador de rugby, no entrará en mi casa, no tengo la menor ilusión de conocerlo, le dijo Dorita Lerner, enterada del chisme, a su hijo, y luego añadió: Mientras vivas en pecado con él, prefiero no verte, aunque me duela. Para alejarse de su madre, Jimmy se mudó a Buenos Aires, donde vivía con su novio, cerca del club de rugby, donde gozaba viéndolo jugar ese deporte áspero, viril. Desde entonces, llevaba un tiempo sin verla ni hablar con ella. Dorita pensaba que la relación de Jimmy con el joven deportista argentino ofendía a Dios y era contraria a los deseos naturales de los hombres. Jimmy pensaba que era naturalmente más feliz con su novio fortachón que con su exesposa.Así las cosas, cuando Dorita Lerner decidió repartir la mitad de su fortuna, no pocos millones, entre sus seis hijos, no quiso humillar a Jimmy, privándolo de recibir una suma equivalente a la que donaría a sus otros hijos, y por eso lo llamó por teléfono y le dijo que debían hablar a solas. Antes convocó a sus cinco hijos y les consultó qué debía hacer con Jimmy, si incluirlo o excluirlo en la repartición del patrimonio familiar. Todos le dijeron más o menos lo mismo: Pobre Jimmy, gana poco con sus libros, mejor dale su parte, si no le das nada lo vas a humillar, se va a deprimir y va a querer suicidarse, una vez más: no te olvides, mamá, que Jimmy toma muchas pastillas y está vivo de milagro. Era cierto: Jimmy Barclays tomaba muchas pastillas, con prescripción y sin ella, píldoras para sobrevivir, para dormir, para amar con vigor físico, para no deprimirse, para no quedarse calvo, y cada noche, una orgía de hipnóticos y ansiolíticos, se jugaba la vida.Reunido a solas con su madre en la ciudad del polvo y la niebla, conmovido al verla pálida, delgada y temblorosa, Jimmy Barclays escuchó que Dorita le decía: Voy a repartir la mitad de mi plata entre ustedes, mis hijos, y no quiero desheredarte, Jimmy, pero comprenderás que no puedo darte mi dinero, si sigues en amores con el argentino. Consternado, Jimmy preguntó: ¿qué quieres que haga, querida mamá? Es bien simple, dijo Dorita: tienes que terminar con el argentino, regresar a esta ciudad, confesarte y comulgar, ir a misa los domingos conmigo y dejar de escribir esos libros horribles. Jimmy encajó el golpe y permaneció en silencio. Luego preguntó: ¿cuánto dinero me darías? Dorita respondió serenamente: lo mismo que a tus hermanos. Enseguida precisó el monto: no era un millón, sino varios. Jimmy tragó saliva. Tenía que elegir entre el amor o el dinero, entre su vocación o la fortuna, entre el arte o la comodidad. Luego le dijo a su madre: está bien, terminaré con mi novio, viviré en esta ciudad, iré a misa contigo. Tras anunciar su rendición, guardó silencio. A continuación, sentenció: Pero no me pidas que deje de escribir. Dorita sonrió, victoriosa, y dijo: Está bien, pero escribe libros bonitos, no libros feos.De regreso en Buenos Aires, Jimmy le dijo a su amante que, para no rechazar la oferta millonaria de su madre, debía alejarse un tiempo de él, unos meses, quizás unos años, aunque viéndose a escondidas, clandestinamente, sin que nadie se enterase. Su novio, un joven consentido, de familia pudiente, cuyos padres lo aceptaban tal cual era, o sea gay sin complejos, rudo y deportista, se sintió ofendido y le dijo a Jimmy que no estaba dispuesto a verlo a escondidas y mejor se separaban. Jimmy se sintió un traidor y se marchó disgustado de sí mismo, pero ilusionado con ser rico.Meses después, Dorita cumplió su parte del trato y entregó a su hijo mayor un cheque millonario. De pronto, Jimmy era fabulosamente rico. Sin embargo, se sentía deprimido, descorazonado. Extrañaba a su novio. No tenía fuerzas para escribir. Asistía a misa con su madre, sintiéndose un impostor. Transcurridos unos meses de riqueza monetaria, continencia amorosa y ruina moral, llamó al argentino y le propuso una cita secreta. El joven deportista le dijo que esa reunión no sería posible porque estaba enamorado de un diplomático extranjero. Cuando cortaron, Jimmy comprendió que, por dinero, había renunciado al amor de su vida.Aunque vivía en un apartamento lujoso y señorial, y disponía de numeroso servicio doméstico, y viajaba adonde le apetecía, y no dependía más de los pagos por sus libros, Jimmy Barclays era un hombre solo, triste, vacío, desdichado. No se amaba, no se perdonaba, no se respetaba. Se veía en el espejo como un mercenario, un traidor. Por dinero dejé a mi novio y abandoné mi carrera como escritor, pensaba, tarde en la noche, desvelado, angustiado, reducido a escombros. Por eso tomaba más hipnóticos, más ansiolíticos. Porque estar vivo le dolía y ningún rezo con su madre aliviaba esos pesares. Una noche a solas, atormentado por su alma impura, Jimmy Barclays llamó a su madre y le dijo que partiría a un viaje al Lejano Oriente y no se verían durante un tiempo prolongado. Tras despedirse de ella, caminó al baño, retiró el frasco de hipnóticos, se dirigió a la cocina, abrió la nevera y, bebiendo sorbos de un vino helado canadiense, tragó todas las pastillas, una a una, con la esperanza de no despertar más. RSS de noticias de cultura
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abril 11, 2026
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