Uno de los principales problemas de la economía española desde hace décadas es el estancamiento de su productividad. Y precisamente ahora, cuando la conjunción de la inteligencia artificial con la robótica abre una ventana de oportunidad extraordinaria para revertir esa tendencia, uno de los sindicatos mayoritarios del país propone exactamente lo contrario: asfixiar con impuestos y regulaciones los dos principales motores del crecimiento de la productividad a largo plazo.La UGT acaba de defender el establecimiento de un impuesto sobre los robots y la aprobación de una regulación ética sobre la inteligencia artificial. Ambas propuestas adolecen, de entrada, de una enorme indeterminación. ¿Qué es exactamente un robot a efectos tributarios? Técnicamente, un robot es una máquina capaz de desarrollar acciones complejas de manera automatizada, definición en la que encaja perfectamente un ordenador —no digamos ya uno operado por un agente de inteligencia artificial—. ¿Pretende la UGT gravar cada ordenador que posea una empresa? Probablemente ni siquiera lo sepa.Otro tanto sucede con la llamada regulación ética de la inteligencia artificial. No niego que toda regulación deba tener una base ética ni que la inteligencia artificial deba estar sometida a ciertas normas generales. Lo que cuestiono es el contenido específico de la propuesta, que resulta ser un cascarón vacío . O peor aún: cuando se examinan sus declaraciones con detenimiento, lo que la UGT entiende por regulación ética son reglas destinadas a impedir que la inteligencia artificial modifique las condiciones de producción dentro de cada sector. Que se siga produciendo exactamente igual que ahora; es decir, que la inteligencia artificial no surta ningún efecto práctico.Las consecuencias son previsibles. Un impuesto sobre los robots desincentivará la inversión en automatización y frenará el aumento de la productividad. Una regulación asfixiante producirá idéntico resultado. Y esta actitud no es novedosa: en el siglo XIX, los luditas se organizaban para destruir la mecanización por las mismas razones que esgrime hoy la UGT —porque destruía empleo en ciertos sectores, aun cuando lo creara en otros.Uno podría llegar a entender, aunque no a compartir, una postura genuinamente reaccionaria: no queremos cambios rápidos, preferimos quedarnos como estamos. Pero incluso esa postura exige coherencia . Y aquí la UGT incurre en una contradicción flagrante: al mismo tiempo que reclaman poner un cerrojo al aumento de la productividad, exige también una reducción de la jornada laboral hacia las 32 horas semanales. No quiere que aumente la productividad, pero sí quiere beneficiarse de las consecuencias de ese aumento —trabajar menos horas cobrando lo mismo o más—.Pues no es posible. Sin incrementos de productividad, los salarios se estancan y las jornadas laborales no se reducen. O una cosa o la otra. Lo que no se puede es estar en misa y repicando —salvo, claro, que uno viva del presupuesto público, como la UGT, precisamente para hacer eso de cara a la galería política—. Uno de los principales problemas de la economía española desde hace décadas es el estancamiento de su productividad. Y precisamente ahora, cuando la conjunción de la inteligencia artificial con la robótica abre una ventana de oportunidad extraordinaria para revertir esa tendencia, uno de los sindicatos mayoritarios del país propone exactamente lo contrario: asfixiar con impuestos y regulaciones los dos principales motores del crecimiento de la productividad a largo plazo.La UGT acaba de defender el establecimiento de un impuesto sobre los robots y la aprobación de una regulación ética sobre la inteligencia artificial. Ambas propuestas adolecen, de entrada, de una enorme indeterminación. ¿Qué es exactamente un robot a efectos tributarios? Técnicamente, un robot es una máquina capaz de desarrollar acciones complejas de manera automatizada, definición en la que encaja perfectamente un ordenador —no digamos ya uno operado por un agente de inteligencia artificial—. ¿Pretende la UGT gravar cada ordenador que posea una empresa? Probablemente ni siquiera lo sepa.Otro tanto sucede con la llamada regulación ética de la inteligencia artificial. No niego que toda regulación deba tener una base ética ni que la inteligencia artificial deba estar sometida a ciertas normas generales. Lo que cuestiono es el contenido específico de la propuesta, que resulta ser un cascarón vacío . O peor aún: cuando se examinan sus declaraciones con detenimiento, lo que la UGT entiende por regulación ética son reglas destinadas a impedir que la inteligencia artificial modifique las condiciones de producción dentro de cada sector. Que se siga produciendo exactamente igual que ahora; es decir, que la inteligencia artificial no surta ningún efecto práctico.Las consecuencias son previsibles. Un impuesto sobre los robots desincentivará la inversión en automatización y frenará el aumento de la productividad. Una regulación asfixiante producirá idéntico resultado. Y esta actitud no es novedosa: en el siglo XIX, los luditas se organizaban para destruir la mecanización por las mismas razones que esgrime hoy la UGT —porque destruía empleo en ciertos sectores, aun cuando lo creara en otros.Uno podría llegar a entender, aunque no a compartir, una postura genuinamente reaccionaria: no queremos cambios rápidos, preferimos quedarnos como estamos. Pero incluso esa postura exige coherencia . Y aquí la UGT incurre en una contradicción flagrante: al mismo tiempo que reclaman poner un cerrojo al aumento de la productividad, exige también una reducción de la jornada laboral hacia las 32 horas semanales. No quiere que aumente la productividad, pero sí quiere beneficiarse de las consecuencias de ese aumento —trabajar menos horas cobrando lo mismo o más—.Pues no es posible. Sin incrementos de productividad, los salarios se estancan y las jornadas laborales no se reducen. O una cosa o la otra. Lo que no se puede es estar en misa y repicando —salvo, claro, que uno viva del presupuesto público, como la UGT, precisamente para hacer eso de cara a la galería política—. Uno de los principales problemas de la economía española desde hace décadas es el estancamiento de su productividad. Y precisamente ahora, cuando la conjunción de la inteligencia artificial con la robótica abre una ventana de oportunidad extraordinaria para revertir esa tendencia, uno de los sindicatos mayoritarios del país propone exactamente lo contrario: asfixiar con impuestos y regulaciones los dos principales motores del crecimiento de la productividad a largo plazo.La UGT acaba de defender el establecimiento de un impuesto sobre los robots y la aprobación de una regulación ética sobre la inteligencia artificial. Ambas propuestas adolecen, de entrada, de una enorme indeterminación. ¿Qué es exactamente un robot a efectos tributarios? Técnicamente, un robot es una máquina capaz de desarrollar acciones complejas de manera automatizada, definición en la que encaja perfectamente un ordenador —no digamos ya uno operado por un agente de inteligencia artificial—. ¿Pretende la UGT gravar cada ordenador que posea una empresa? Probablemente ni siquiera lo sepa.Otro tanto sucede con la llamada regulación ética de la inteligencia artificial. No niego que toda regulación deba tener una base ética ni que la inteligencia artificial deba estar sometida a ciertas normas generales. Lo que cuestiono es el contenido específico de la propuesta, que resulta ser un cascarón vacío . O peor aún: cuando se examinan sus declaraciones con detenimiento, lo que la UGT entiende por regulación ética son reglas destinadas a impedir que la inteligencia artificial modifique las condiciones de producción dentro de cada sector. Que se siga produciendo exactamente igual que ahora; es decir, que la inteligencia artificial no surta ningún efecto práctico.Las consecuencias son previsibles. Un impuesto sobre los robots desincentivará la inversión en automatización y frenará el aumento de la productividad. Una regulación asfixiante producirá idéntico resultado. Y esta actitud no es novedosa: en el siglo XIX, los luditas se organizaban para destruir la mecanización por las mismas razones que esgrime hoy la UGT —porque destruía empleo en ciertos sectores, aun cuando lo creara en otros.Uno podría llegar a entender, aunque no a compartir, una postura genuinamente reaccionaria: no queremos cambios rápidos, preferimos quedarnos como estamos. Pero incluso esa postura exige coherencia . Y aquí la UGT incurre en una contradicción flagrante: al mismo tiempo que reclaman poner un cerrojo al aumento de la productividad, exige también una reducción de la jornada laboral hacia las 32 horas semanales. No quiere que aumente la productividad, pero sí quiere beneficiarse de las consecuencias de ese aumento —trabajar menos horas cobrando lo mismo o más—.Pues no es posible. Sin incrementos de productividad, los salarios se estancan y las jornadas laborales no se reducen. O una cosa o la otra. Lo que no se puede es estar en misa y repicando —salvo, claro, que uno viva del presupuesto público, como la UGT, precisamente para hacer eso de cara a la galería política—. RSS de noticias de economia
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