Me iba a casar en otoño y le pedí a mi madre que adelantáramos a finales de agosto el viaje a Londres que solíamos hacer cada año, los dos solos, un poco antes de Navidad. Era una manera de despedirme de una vida, y de unas prioridades, y de la dulce inconsistencia de vivir sin estar en la primera línea.En Londres todavía los ingleses eran mayoría. Los grandes hoteles como el Connaught mantenían su aspecto original, y eran distinguibles de los otros. Ir a Londres no era sólo un destino físico sino también la emoción de ver lo que solamente podías ver allí.Era una emoción parecida a la de ser hijo, a la de depender de una jerarquía en lugar de tener que encarnarla. Viajar con tu madre, aunque ya tengas más de 30 años y el fuerte seas tú, es siempre un viaje umbilical en el que te sientes libre de cualquier carga y a salvo de cualquier peligro.Londres era, ya entonces, una ciudad cara, o muy cara, pero los precios todavía guardaban una proporción, y tenían un sentido, y no todo podía comprarse. Yo todavía me podía medir con ella, todavía podía controlarla. Conocía a las personas que facilitaban los accesos y eran relaciones trabajadas con el tiempo y que no sólo dependían de la moneda. Y algo más importante, más sutil, y es que el lujo inglés se basaba, aunque sólo fuera a modo de cortesía, en hacerte sentir que lo que te ofrecían era especial, único, y que no lo habían puesto ahí como las chicas en un burdel para ser vendidas.El Connaught tenía dos bares. El de la entrada era de terciopelo rojo, austero, victoriano, con distancia británica y no francesa entre las mesas; y aunque quizá no estuvo nunca, todo parecía preparado para que en cualquier momento entrara la Reina. En el fondo, donde hoy está The Connaught Bar, teníamos el Bar Americano, de madera y tapizados verdosos, con cabezas de ciervo colgadas en las paredes. Pequeño, acogedor, sobre todo en invierno. El barman era mayor, casi anciano, el siguiente fue ya italiano, con el hotel remodelado.El director del hotel nos explicó que se jubilaba a final de año y que el hotel sería sometido a una profunda reforma. En aquel final de su carrera, y de uno de los mejores hoteles del viejo mundo tal como siempre lo habíamos conocido, vi reflejado el final de mi niño que aún soñaba con todo y el inicio del adulto que tendría que esforzarse para hacerlo posible.En otoño me casé, y al año siguiente fuimos con mi esposa a Londres y el Connaught todavía no había terminado la remodelación de todas las habitaciones pero los nuevos bares ya estaban abiertos al público.No es que estuvieran mal hechos, o que fueran feos, pero los hicieron como todos los demás. Cierras los ojos y los vuelves a abrir y podrías estar en el María Cristina de San Sebastián o en el Hotel d’Angleterre de Copenhague. Con el tiempo he continuado yendo y su barman, Giorgio Bargiani, nos trató como príncipes cuando estuvimos con Jabois en la última final de la Champions que jugó y ganó el Madrid.Pero en Londres ya no hay mayorías; los precios tal vez guarden alguna proporción, pero con otros negocios que no son el mío; y todo está a la venta, y nada es delicado, y cuando quieres pese a todo volver a tomar las riendas de la ciudad, te das cuenta de que lo que puede ofrecerte ha dejado de interesarte. Pero debo decir que pese a mi decepción, les va mejor que nunca.Ser padre y ser marido ha sido el gran honor de mi vida, aunque también las preocupaciones, la incertidumbre y la angustia han venido a hacerme compañía. Escribir me ha hecho quien soy por dentro y por fuera, y en este hotel y en tantos otros mi familia y yo somos muy bien recibidos. También a mí, como a Londres, me va mejor que nunca, pero el niño que creía que todo lo podía, y que su despreocupada alegría duraría para siempre, se ha desvanecido con la mayoría inglesa, el terciopelo rojo, la Reina y las cabezas de ciervo, hoy tan mal vistas. Me iba a casar en otoño y le pedí a mi madre que adelantáramos a finales de agosto el viaje a Londres que solíamos hacer cada año, los dos solos, un poco antes de Navidad. Era una manera de despedirme de una vida, y de unas prioridades, y de la dulce inconsistencia de vivir sin estar en la primera línea.En Londres todavía los ingleses eran mayoría. Los grandes hoteles como el Connaught mantenían su aspecto original, y eran distinguibles de los otros. Ir a Londres no era sólo un destino físico sino también la emoción de ver lo que solamente podías ver allí.Era una emoción parecida a la de ser hijo, a la de depender de una jerarquía en lugar de tener que encarnarla. Viajar con tu madre, aunque ya tengas más de 30 años y el fuerte seas tú, es siempre un viaje umbilical en el que te sientes libre de cualquier carga y a salvo de cualquier peligro.Londres era, ya entonces, una ciudad cara, o muy cara, pero los precios todavía guardaban una proporción, y tenían un sentido, y no todo podía comprarse. Yo todavía me podía medir con ella, todavía podía controlarla. Conocía a las personas que facilitaban los accesos y eran relaciones trabajadas con el tiempo y que no sólo dependían de la moneda. Y algo más importante, más sutil, y es que el lujo inglés se basaba, aunque sólo fuera a modo de cortesía, en hacerte sentir que lo que te ofrecían era especial, único, y que no lo habían puesto ahí como las chicas en un burdel para ser vendidas.El Connaught tenía dos bares. El de la entrada era de terciopelo rojo, austero, victoriano, con distancia británica y no francesa entre las mesas; y aunque quizá no estuvo nunca, todo parecía preparado para que en cualquier momento entrara la Reina. En el fondo, donde hoy está The Connaught Bar, teníamos el Bar Americano, de madera y tapizados verdosos, con cabezas de ciervo colgadas en las paredes. Pequeño, acogedor, sobre todo en invierno. El barman era mayor, casi anciano, el siguiente fue ya italiano, con el hotel remodelado.El director del hotel nos explicó que se jubilaba a final de año y que el hotel sería sometido a una profunda reforma. En aquel final de su carrera, y de uno de los mejores hoteles del viejo mundo tal como siempre lo habíamos conocido, vi reflejado el final de mi niño que aún soñaba con todo y el inicio del adulto que tendría que esforzarse para hacerlo posible.En otoño me casé, y al año siguiente fuimos con mi esposa a Londres y el Connaught todavía no había terminado la remodelación de todas las habitaciones pero los nuevos bares ya estaban abiertos al público.No es que estuvieran mal hechos, o que fueran feos, pero los hicieron como todos los demás. Cierras los ojos y los vuelves a abrir y podrías estar en el María Cristina de San Sebastián o en el Hotel d’Angleterre de Copenhague. Con el tiempo he continuado yendo y su barman, Giorgio Bargiani, nos trató como príncipes cuando estuvimos con Jabois en la última final de la Champions que jugó y ganó el Madrid.Pero en Londres ya no hay mayorías; los precios tal vez guarden alguna proporción, pero con otros negocios que no son el mío; y todo está a la venta, y nada es delicado, y cuando quieres pese a todo volver a tomar las riendas de la ciudad, te das cuenta de que lo que puede ofrecerte ha dejado de interesarte. Pero debo decir que pese a mi decepción, les va mejor que nunca.Ser padre y ser marido ha sido el gran honor de mi vida, aunque también las preocupaciones, la incertidumbre y la angustia han venido a hacerme compañía. Escribir me ha hecho quien soy por dentro y por fuera, y en este hotel y en tantos otros mi familia y yo somos muy bien recibidos. También a mí, como a Londres, me va mejor que nunca, pero el niño que creía que todo lo podía, y que su despreocupada alegría duraría para siempre, se ha desvanecido con la mayoría inglesa, el terciopelo rojo, la Reina y las cabezas de ciervo, hoy tan mal vistas. Me iba a casar en otoño y le pedí a mi madre que adelantáramos a finales de agosto el viaje a Londres que solíamos hacer cada año, los dos solos, un poco antes de Navidad. Era una manera de despedirme de una vida, y de unas prioridades, y de la dulce inconsistencia de vivir sin estar en la primera línea.En Londres todavía los ingleses eran mayoría. Los grandes hoteles como el Connaught mantenían su aspecto original, y eran distinguibles de los otros. Ir a Londres no era sólo un destino físico sino también la emoción de ver lo que solamente podías ver allí.Era una emoción parecida a la de ser hijo, a la de depender de una jerarquía en lugar de tener que encarnarla. Viajar con tu madre, aunque ya tengas más de 30 años y el fuerte seas tú, es siempre un viaje umbilical en el que te sientes libre de cualquier carga y a salvo de cualquier peligro.Londres era, ya entonces, una ciudad cara, o muy cara, pero los precios todavía guardaban una proporción, y tenían un sentido, y no todo podía comprarse. Yo todavía me podía medir con ella, todavía podía controlarla. Conocía a las personas que facilitaban los accesos y eran relaciones trabajadas con el tiempo y que no sólo dependían de la moneda. Y algo más importante, más sutil, y es que el lujo inglés se basaba, aunque sólo fuera a modo de cortesía, en hacerte sentir que lo que te ofrecían era especial, único, y que no lo habían puesto ahí como las chicas en un burdel para ser vendidas.El Connaught tenía dos bares. El de la entrada era de terciopelo rojo, austero, victoriano, con distancia británica y no francesa entre las mesas; y aunque quizá no estuvo nunca, todo parecía preparado para que en cualquier momento entrara la Reina. En el fondo, donde hoy está The Connaught Bar, teníamos el Bar Americano, de madera y tapizados verdosos, con cabezas de ciervo colgadas en las paredes. Pequeño, acogedor, sobre todo en invierno. El barman era mayor, casi anciano, el siguiente fue ya italiano, con el hotel remodelado.El director del hotel nos explicó que se jubilaba a final de año y que el hotel sería sometido a una profunda reforma. En aquel final de su carrera, y de uno de los mejores hoteles del viejo mundo tal como siempre lo habíamos conocido, vi reflejado el final de mi niño que aún soñaba con todo y el inicio del adulto que tendría que esforzarse para hacerlo posible.En otoño me casé, y al año siguiente fuimos con mi esposa a Londres y el Connaught todavía no había terminado la remodelación de todas las habitaciones pero los nuevos bares ya estaban abiertos al público.No es que estuvieran mal hechos, o que fueran feos, pero los hicieron como todos los demás. Cierras los ojos y los vuelves a abrir y podrías estar en el María Cristina de San Sebastián o en el Hotel d’Angleterre de Copenhague. Con el tiempo he continuado yendo y su barman, Giorgio Bargiani, nos trató como príncipes cuando estuvimos con Jabois en la última final de la Champions que jugó y ganó el Madrid.Pero en Londres ya no hay mayorías; los precios tal vez guarden alguna proporción, pero con otros negocios que no son el mío; y todo está a la venta, y nada es delicado, y cuando quieres pese a todo volver a tomar las riendas de la ciudad, te das cuenta de que lo que puede ofrecerte ha dejado de interesarte. Pero debo decir que pese a mi decepción, les va mejor que nunca.Ser padre y ser marido ha sido el gran honor de mi vida, aunque también las preocupaciones, la incertidumbre y la angustia han venido a hacerme compañía. Escribir me ha hecho quien soy por dentro y por fuera, y en este hotel y en tantos otros mi familia y yo somos muy bien recibidos. También a mí, como a Londres, me va mejor que nunca, pero el niño que creía que todo lo podía, y que su despreocupada alegría duraría para siempre, se ha desvanecido con la mayoría inglesa, el terciopelo rojo, la Reina y las cabezas de ciervo, hoy tan mal vistas. RSS de noticias de cultura
Noticias Similares
