Se han cumplido hace dos ratos los 50 años de la muerte de Evangelina Sobredo Galanes, Cecilia para el cancionero nacional. Se nos fue a los 27 años, en un accidente de tráfico, después de dar un concierto aupado de esbelta melancolía y entornada denuncia, como todos los suyos. Era una cantautora insólita y exótica, embelesada por el verso, devota de los Beatles, escritora lírica en inglés y en español. Ya tenía el éxito cuando murió, en medio de un panorama donde sonaban fuerte Jeanette, Ana Belén o Mari Trini. Tenía Cecilia cierto aire de hippie guapa, y salía al escenario de melena adorable, túnica aérea y esa guitarra fotogénica de las chavalas de corazón sensible, pero suburbano. Cumplió varios discos de tirón y dejó canciones que el tiempo no ha sepultado definitivamente, desde ‘Dama, dama’ o ‘Amor de medianoche’ hasta ‘Un ramito de violetas’, ese himno de la emoción conyugal leída por una rebelde. Yo diría que hay dos Cecilias . Una cumple la crónica social del momento, desde la hipocresía de las adúlteras secretas de la alta sociedad hasta la bondad del párroco Roque o la muñeca Mari Pepa. La otra se aplica al directo paseo interior y a un feminismo nada cifrado. Cecilia no quería ser la sombra de nadie ni «la muñeca que no tiene opinión», según aúpa una de sus letras. Nada nuevo, mirado desde hoy, pero acaso sí novedosísimo en aquella España en blanco y negro, donde jactarse de «monótona soltera», y encima cantarlo, era prepararse la reprobación social y acaso también la familiar. La censura la «convidó» alguna vez a cambiar «esta España muerta» por «esta España nuestra», o «algún desliz en el sexto» por «algún desliz inconexo». Los censores, cuando se ponen, salen muy estilistas. Queda, hoy, la pregunta inevitable: ¿se sostienen aquellos versos sin el dorado auxilio de su música, sin el perfume de aquella voz de almíbar nocturno? Algunos sí, algunos no. Unos son arroyo de la poesía mejor y otros naufragan en el ternurismo o la cursilería. Pero ya sabemos que un mal poema puede resultar una canción eterna, y que un soneto excelente no garantiza una pieza musical inolvidable. Murió Cecilia demasiado pronto , dejando escrita una joven vida todavía ardiente. Se han cumplido hace dos ratos los 50 años de la muerte de Evangelina Sobredo Galanes, Cecilia para el cancionero nacional. Se nos fue a los 27 años, en un accidente de tráfico, después de dar un concierto aupado de esbelta melancolía y entornada denuncia, como todos los suyos. Era una cantautora insólita y exótica, embelesada por el verso, devota de los Beatles, escritora lírica en inglés y en español. Ya tenía el éxito cuando murió, en medio de un panorama donde sonaban fuerte Jeanette, Ana Belén o Mari Trini. Tenía Cecilia cierto aire de hippie guapa, y salía al escenario de melena adorable, túnica aérea y esa guitarra fotogénica de las chavalas de corazón sensible, pero suburbano. Cumplió varios discos de tirón y dejó canciones que el tiempo no ha sepultado definitivamente, desde ‘Dama, dama’ o ‘Amor de medianoche’ hasta ‘Un ramito de violetas’, ese himno de la emoción conyugal leída por una rebelde. Yo diría que hay dos Cecilias . Una cumple la crónica social del momento, desde la hipocresía de las adúlteras secretas de la alta sociedad hasta la bondad del párroco Roque o la muñeca Mari Pepa. La otra se aplica al directo paseo interior y a un feminismo nada cifrado. Cecilia no quería ser la sombra de nadie ni «la muñeca que no tiene opinión», según aúpa una de sus letras. Nada nuevo, mirado desde hoy, pero acaso sí novedosísimo en aquella España en blanco y negro, donde jactarse de «monótona soltera», y encima cantarlo, era prepararse la reprobación social y acaso también la familiar. La censura la «convidó» alguna vez a cambiar «esta España muerta» por «esta España nuestra», o «algún desliz en el sexto» por «algún desliz inconexo». Los censores, cuando se ponen, salen muy estilistas. Queda, hoy, la pregunta inevitable: ¿se sostienen aquellos versos sin el dorado auxilio de su música, sin el perfume de aquella voz de almíbar nocturno? Algunos sí, algunos no. Unos son arroyo de la poesía mejor y otros naufragan en el ternurismo o la cursilería. Pero ya sabemos que un mal poema puede resultar una canción eterna, y que un soneto excelente no garantiza una pieza musical inolvidable. Murió Cecilia demasiado pronto , dejando escrita una joven vida todavía ardiente. Se han cumplido hace dos ratos los 50 años de la muerte de Evangelina Sobredo Galanes, Cecilia para el cancionero nacional. Se nos fue a los 27 años, en un accidente de tráfico, después de dar un concierto aupado de esbelta melancolía y entornada denuncia, como todos los suyos. Era una cantautora insólita y exótica, embelesada por el verso, devota de los Beatles, escritora lírica en inglés y en español. Ya tenía el éxito cuando murió, en medio de un panorama donde sonaban fuerte Jeanette, Ana Belén o Mari Trini. Tenía Cecilia cierto aire de hippie guapa, y salía al escenario de melena adorable, túnica aérea y esa guitarra fotogénica de las chavalas de corazón sensible, pero suburbano. Cumplió varios discos de tirón y dejó canciones que el tiempo no ha sepultado definitivamente, desde ‘Dama, dama’ o ‘Amor de medianoche’ hasta ‘Un ramito de violetas’, ese himno de la emoción conyugal leída por una rebelde. Yo diría que hay dos Cecilias . Una cumple la crónica social del momento, desde la hipocresía de las adúlteras secretas de la alta sociedad hasta la bondad del párroco Roque o la muñeca Mari Pepa. La otra se aplica al directo paseo interior y a un feminismo nada cifrado. Cecilia no quería ser la sombra de nadie ni «la muñeca que no tiene opinión», según aúpa una de sus letras. Nada nuevo, mirado desde hoy, pero acaso sí novedosísimo en aquella España en blanco y negro, donde jactarse de «monótona soltera», y encima cantarlo, era prepararse la reprobación social y acaso también la familiar. La censura la «convidó» alguna vez a cambiar «esta España muerta» por «esta España nuestra», o «algún desliz en el sexto» por «algún desliz inconexo». Los censores, cuando se ponen, salen muy estilistas. Queda, hoy, la pregunta inevitable: ¿se sostienen aquellos versos sin el dorado auxilio de su música, sin el perfume de aquella voz de almíbar nocturno? Algunos sí, algunos no. Unos son arroyo de la poesía mejor y otros naufragan en el ternurismo o la cursilería. Pero ya sabemos que un mal poema puede resultar una canción eterna, y que un soneto excelente no garantiza una pieza musical inolvidable. Murió Cecilia demasiado pronto , dejando escrita una joven vida todavía ardiente. RSS de noticias de cultura
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