Dura la cogida sufrida el día anterior por Roca Rey en San Martín de Valdeiglesias, donde se entretuvo en cortar un rabo. Ni se miró el peruano aquel varetazo, un latigazo de hierro que surcaba el muslo derecho, contundiendo la escotadura ciática y el músculo semitendinoso. ¿Quién dijo dolor? En el olvido quedó sepultado. Tocaba cumplir la cita pucelana, y el Cóndor voló alto. Muy alto. Se estiró a la verónica y se ralentizó por chicuelinas ajustadísimas. Y más apretado aún cuando se echó el capote a la espalda por gaoneras, en las que a punto estuvo de ser prendido. Había que tenerlos cuadrados para pisar ese terreno frente a la aspereza de aquel victoriano. Pero como lo imposible solo cuesta un poco más, se aplomó por estatuarios de majestad tomista. Dolía en la grada el pezuñazo que se llevó, pero allá siguió, por el mismo palo de la quietud, improvisando una espaldina, el molinete invertido y el de pecho. Crudito había dejado al bruto Carterista, que arreaba, pero más arreaba Roca exponiendo con absoluta sinceridad, con la técnica perfecta y bajándole los humos con su mandona tela. Por ambos lados: ojo cómo quería cogerlo con el pitón de fuera a izquierdas, que presentó con las verdades del barquero, aguantando. Acongojado el gentío con esa manera de jugarse la vida del limeño y asustado Carterista con la autoridad roquista. Rendido en las tablas, ese lugar en el que Andrés sorprendió con unas bernadinas donde siempre era de noche. ¡Qué barbaridad! Colosal su obra, rematada de un espadazo que le entregaba dos orejas como dos soles.Tras un ¡viva Ceuta!, descorchó de rodillas su faena al voluminoso quinto, al que echó los vuelos al hocico y empujó con temple al natural. Obediente el tal Cantaor, pero desentendido y con el depósito de la casta en el límite. Hasta el fondo lo exprimió con unas manoletinas que calentaron los tendidos. Inoportuno aviso cuando se perfilaba para matar, pinchazo y estocada. Y otro premio más. No se quedó atrás un importantísimo Manuel Diosleguarde , arreado y crecido junto a la máxima figura. Un alboroto formó desde la portagayola, con otra larga más. Extraordinario el quite por saltilleras y gaoneras, sobre todo ese broche toreando a una mano con el pecho ofrecido, paladeando el lance. Sabrosas las firmas por abajo de la apertura con un Pudoroso al que se le adivinó pronto su brava entrega. La ligazón y el querer presidieron una pieza con pasajes de hondura y apasionado trazo, como esos naturales de tela barredora. Con el público ya conquistado, hubo una reconquista aún mayor en las ceñidas manoletinas, con un broche a dos manos extralargo. A matar o morir se tiró y, pese a la tardanza en doblar, se ganó dos orejas de ley. Como de justicia fue la ovación al profundo Pudoroso, con clase.Suyo fue el gran lote de una variada e interesante corrida de Victoriano del Río, más exigente el sexto. Se le notaban los cinco años recién cumplidos a Cóndor, al que recibió también en la puerta de chiqueros. Bizquito y con las puntas negras, había salido suelto y huido; magistralmente lo lidió Jarocho por abajo. A las dos figuras del cartel brindó el que sueña con serlo. Pura ambición desde el prólogo de hinojos con un toro al que no era sencillo hallar las distancias, pero con mucho que torear. Querer y querer fue su lema, con determinación, y aunque no todas las series resultaron redondas, las adornaba con unos fabulosos remates que aupaban el conjunto. Con fuerza le pidieron las dos orejas, pero la espada había caído defectuosa y el palco se puso riguroso. Con empate a tres trofeos se marchó por la puerta grande en una tarde de altísimos vuelos, con Roca en la cumbre. Pura Roca.Feria de Valladolid Coso del Paseo de Zorrilla. Jueves, 10 de septiembre de 2026. Lleno aparente. Toros de Victoriano del Río, bien presentados dentro de la desigualdad, de variado e interesante juego, buenos en conjunto. Alejandro Talavante, de nazareno y oro: dos pinchazos, estocada defectuosa y descabello (silencio); dos pinchazos, otro hondo tendido y dos descabellos (silencio). Roca Rey, de tabaco y oro: estocada (dos orejas); pinchazo y estocada (oreja tras aviso). Manuel Diosleguarde, de blanco y oro: estocada (dos orejas tras aviso); estocada corta desprendida (oreja con fuerte petición de otra y bronca al palco). Cuadrillas: se desmonteró con los palos la de Roca Rey.A pie lo haría Talavante, sin pena ni gloria con el lote más desaborío, y eso que el primero, pese a pensárselo, brindó potables embestidas. Dura la cogida sufrida el día anterior por Roca Rey en San Martín de Valdeiglesias, donde se entretuvo en cortar un rabo. Ni se miró el peruano aquel varetazo, un latigazo de hierro que surcaba el muslo derecho, contundiendo la escotadura ciática y el músculo semitendinoso. ¿Quién dijo dolor? En el olvido quedó sepultado. Tocaba cumplir la cita pucelana, y el Cóndor voló alto. Muy alto. Se estiró a la verónica y se ralentizó por chicuelinas ajustadísimas. Y más apretado aún cuando se echó el capote a la espalda por gaoneras, en las que a punto estuvo de ser prendido. Había que tenerlos cuadrados para pisar ese terreno frente a la aspereza de aquel victoriano. Pero como lo imposible solo cuesta un poco más, se aplomó por estatuarios de majestad tomista. Dolía en la grada el pezuñazo que se llevó, pero allá siguió, por el mismo palo de la quietud, improvisando una espaldina, el molinete invertido y el de pecho. Crudito había dejado al bruto Carterista, que arreaba, pero más arreaba Roca exponiendo con absoluta sinceridad, con la técnica perfecta y bajándole los humos con su mandona tela. Por ambos lados: ojo cómo quería cogerlo con el pitón de fuera a izquierdas, que presentó con las verdades del barquero, aguantando. Acongojado el gentío con esa manera de jugarse la vida del limeño y asustado Carterista con la autoridad roquista. Rendido en las tablas, ese lugar en el que Andrés sorprendió con unas bernadinas donde siempre era de noche. ¡Qué barbaridad! Colosal su obra, rematada de un espadazo que le entregaba dos orejas como dos soles.Tras un ¡viva Ceuta!, descorchó de rodillas su faena al voluminoso quinto, al que echó los vuelos al hocico y empujó con temple al natural. Obediente el tal Cantaor, pero desentendido y con el depósito de la casta en el límite. Hasta el fondo lo exprimió con unas manoletinas que calentaron los tendidos. Inoportuno aviso cuando se perfilaba para matar, pinchazo y estocada. Y otro premio más. No se quedó atrás un importantísimo Manuel Diosleguarde , arreado y crecido junto a la máxima figura. Un alboroto formó desde la portagayola, con otra larga más. Extraordinario el quite por saltilleras y gaoneras, sobre todo ese broche toreando a una mano con el pecho ofrecido, paladeando el lance. Sabrosas las firmas por abajo de la apertura con un Pudoroso al que se le adivinó pronto su brava entrega. La ligazón y el querer presidieron una pieza con pasajes de hondura y apasionado trazo, como esos naturales de tela barredora. Con el público ya conquistado, hubo una reconquista aún mayor en las ceñidas manoletinas, con un broche a dos manos extralargo. A matar o morir se tiró y, pese a la tardanza en doblar, se ganó dos orejas de ley. Como de justicia fue la ovación al profundo Pudoroso, con clase.Suyo fue el gran lote de una variada e interesante corrida de Victoriano del Río, más exigente el sexto. Se le notaban los cinco años recién cumplidos a Cóndor, al que recibió también en la puerta de chiqueros. Bizquito y con las puntas negras, había salido suelto y huido; magistralmente lo lidió Jarocho por abajo. A las dos figuras del cartel brindó el que sueña con serlo. Pura ambición desde el prólogo de hinojos con un toro al que no era sencillo hallar las distancias, pero con mucho que torear. Querer y querer fue su lema, con determinación, y aunque no todas las series resultaron redondas, las adornaba con unos fabulosos remates que aupaban el conjunto. Con fuerza le pidieron las dos orejas, pero la espada había caído defectuosa y el palco se puso riguroso. Con empate a tres trofeos se marchó por la puerta grande en una tarde de altísimos vuelos, con Roca en la cumbre. Pura Roca.Feria de Valladolid Coso del Paseo de Zorrilla. Jueves, 10 de septiembre de 2026. Lleno aparente. Toros de Victoriano del Río, bien presentados dentro de la desigualdad, de variado e interesante juego, buenos en conjunto. Alejandro Talavante, de nazareno y oro: dos pinchazos, estocada defectuosa y descabello (silencio); dos pinchazos, otro hondo tendido y dos descabellos (silencio). Roca Rey, de tabaco y oro: estocada (dos orejas); pinchazo y estocada (oreja tras aviso). Manuel Diosleguarde, de blanco y oro: estocada (dos orejas tras aviso); estocada corta desprendida (oreja con fuerte petición de otra y bronca al palco). Cuadrillas: se desmonteró con los palos la de Roca Rey.A pie lo haría Talavante, sin pena ni gloria con el lote más desaborío, y eso que el primero, pese a pensárselo, brindó potables embestidas. Dura la cogida sufrida el día anterior por Roca Rey en San Martín de Valdeiglesias, donde se entretuvo en cortar un rabo. Ni se miró el peruano aquel varetazo, un latigazo de hierro que surcaba el muslo derecho, contundiendo la escotadura ciática y el músculo semitendinoso. ¿Quién dijo dolor? En el olvido quedó sepultado. Tocaba cumplir la cita pucelana, y el Cóndor voló alto. Muy alto. Se estiró a la verónica y se ralentizó por chicuelinas ajustadísimas. Y más apretado aún cuando se echó el capote a la espalda por gaoneras, en las que a punto estuvo de ser prendido. Había que tenerlos cuadrados para pisar ese terreno frente a la aspereza de aquel victoriano. Pero como lo imposible solo cuesta un poco más, se aplomó por estatuarios de majestad tomista. Dolía en la grada el pezuñazo que se llevó, pero allá siguió, por el mismo palo de la quietud, improvisando una espaldina, el molinete invertido y el de pecho. Crudito había dejado al bruto Carterista, que arreaba, pero más arreaba Roca exponiendo con absoluta sinceridad, con la técnica perfecta y bajándole los humos con su mandona tela. Por ambos lados: ojo cómo quería cogerlo con el pitón de fuera a izquierdas, que presentó con las verdades del barquero, aguantando. Acongojado el gentío con esa manera de jugarse la vida del limeño y asustado Carterista con la autoridad roquista. Rendido en las tablas, ese lugar en el que Andrés sorprendió con unas bernadinas donde siempre era de noche. ¡Qué barbaridad! Colosal su obra, rematada de un espadazo que le entregaba dos orejas como dos soles.Tras un ¡viva Ceuta!, descorchó de rodillas su faena al voluminoso quinto, al que echó los vuelos al hocico y empujó con temple al natural. Obediente el tal Cantaor, pero desentendido y con el depósito de la casta en el límite. Hasta el fondo lo exprimió con unas manoletinas que calentaron los tendidos. Inoportuno aviso cuando se perfilaba para matar, pinchazo y estocada. Y otro premio más. No se quedó atrás un importantísimo Manuel Diosleguarde , arreado y crecido junto a la máxima figura. Un alboroto formó desde la portagayola, con otra larga más. Extraordinario el quite por saltilleras y gaoneras, sobre todo ese broche toreando a una mano con el pecho ofrecido, paladeando el lance. Sabrosas las firmas por abajo de la apertura con un Pudoroso al que se le adivinó pronto su brava entrega. La ligazón y el querer presidieron una pieza con pasajes de hondura y apasionado trazo, como esos naturales de tela barredora. Con el público ya conquistado, hubo una reconquista aún mayor en las ceñidas manoletinas, con un broche a dos manos extralargo. A matar o morir se tiró y, pese a la tardanza en doblar, se ganó dos orejas de ley. Como de justicia fue la ovación al profundo Pudoroso, con clase.Suyo fue el gran lote de una variada e interesante corrida de Victoriano del Río, más exigente el sexto. Se le notaban los cinco años recién cumplidos a Cóndor, al que recibió también en la puerta de chiqueros. Bizquito y con las puntas negras, había salido suelto y huido; magistralmente lo lidió Jarocho por abajo. A las dos figuras del cartel brindó el que sueña con serlo. Pura ambición desde el prólogo de hinojos con un toro al que no era sencillo hallar las distancias, pero con mucho que torear. Querer y querer fue su lema, con determinación, y aunque no todas las series resultaron redondas, las adornaba con unos fabulosos remates que aupaban el conjunto. Con fuerza le pidieron las dos orejas, pero la espada había caído defectuosa y el palco se puso riguroso. Con empate a tres trofeos se marchó por la puerta grande en una tarde de altísimos vuelos, con Roca en la cumbre. Pura Roca.Feria de Valladolid Coso del Paseo de Zorrilla. Jueves, 10 de septiembre de 2026. Lleno aparente. Toros de Victoriano del Río, bien presentados dentro de la desigualdad, de variado e interesante juego, buenos en conjunto. Alejandro Talavante, de nazareno y oro: dos pinchazos, estocada defectuosa y descabello (silencio); dos pinchazos, otro hondo tendido y dos descabellos (silencio). Roca Rey, de tabaco y oro: estocada (dos orejas); pinchazo y estocada (oreja tras aviso). Manuel Diosleguarde, de blanco y oro: estocada (dos orejas tras aviso); estocada corta desprendida (oreja con fuerte petición de otra y bronca al palco). Cuadrillas: se desmonteró con los palos la de Roca Rey.A pie lo haría Talavante, sin pena ni gloria con el lote más desaborío, y eso que el primero, pese a pensárselo, brindó potables embestidas. RSS de noticias de cultura
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