Es la única mujer en la esquina, una excepción, que se debate contra medio centenar de hombres para ser la elegida. Quienes se congregan allí cada mañana comparten un afán, el de salir victoriosos de la elección de quien busca manos para levantar una obra. Electricidad, fontanería, alicatado, pintura o cualquier labor de construcción se adjudica en cuestión de segundos. Y se hace con prisas, en escasas palabras pero sin secretismo, pues por la avenida transitan viandantes, vehículos e incluso coches de Policía, que mantienen su camino sin detenerse. A plena luz del día, a las puertas del Obramat de Usera (junto al tanatorio de la M-40) se acuerdan de viva voz trabajos sin contrato. Como única garantía, un apretón de manos.Cada día, latinos y subsaharianos en situación administrativa irregular aguardan durante horas la llegada de una oportunidad que suele tener el valor de unos cincuenta euros la jornada, aunque las tareas que realizan se cobren por «mucho más» en el mercado legal. La única mujer, esa rareza, sufrió la crudeza de la calle, pero tiene ya lo suficiente para costear una habitación. Lo consigue porque ha viajado en coches de extraños, sin conocer el destino del camino que emprendía, por promesas de trabajos que, como a otros muchos, tantas veces no le pagaron. Cuando habla, camufla la necesidad con valentía porque de su pensamiento no salen los dos niños de trece años, sus hijos, que aguardan en su Colombia natal a recibir el dinero que ella envía. Así financia sus estudios y trata de conseguir que puedan mirar a un futuro en el que sus horas no desaparezcan a la espera de un trabajo precario y sin contrato: «Resuelvo por ellos». Lo hace, sin embargo, con un brazo que se recupera de los estragos causados por una pared que se derrumbó sobre ella en uno de estos empleos, en los que, por su carácter ilegal, no son dados de alta en la Seguridad Social. Tampoco queda rastro físico de lo pactado porque los trabajadores carecen de papeles, aunque los hay en proceso de tramitarlos . En tales condiciones, son pocos los que todavía no han sido estafados. «Hay gente a la que deben dos mil o mil quinientos euros», narran los afectados, que distan de ser pocos, durante una de estas jornadas. «Le seguí a Alicante por un sueldo de 120 euros al día. Viví en una casa prefabricada a la que me llevó y le construí otras dos. La primera me la pagó, la segunda ya no. El tipo, cuando llegamos a la denuncia, desapareció hasta que la Policía lo encontró, pero nunca recuperé ni un euro porque él negó que me conocía», relata un hombre que, aunque en vano y a diferencia del resto, sí denunció la situación.La legislación no lo amparó porque no hubo contrato y, por ende, no quedan huellas de su trabajo. Aun así, decenas de personas siguen aventurándose a por estos empleos porque, dicen, no les queda más opción. Regresar a sus países de origen no lo contemplan, al menos todavía. «Los que estamos acá queremos trabajar, queremos salir adelante», reitera en múltiples ocasiones uno de ellos que, en Perú, trabajaba como transportista. Así que el mismo escenario se repite, desde hace años, cada amanecer. Aparecen, en torno a las seis de la mañana, con un brazo en alto para reivindicar su presencia y, si la suerte acompaña, detener algún vehículo. Con carteles o herramientas demuestran su especialidad. Y preguntan también a viandantes —«¿Qué necesitas? ¿Pintura?»—. El mismo servicio se ofrece incluso en el interior del almacén Obramat, en la zona de aparcamiento, aunque allí son menos y más dispersos. «La mayoría de los que nos emplean vienen a buscar materiales y de una vez aprovechan a llevarnos», cuentan, y por eso la ubicación del lugar. Al mediodía, algunos deciden abandonar la labor, pero otros permanecen hasta entrada la tarde con esperanzas que se diluyen con el pasar de los minutos.Trabajadores sin papeles esperan un empleo frente al Obramat de Usera una mañana de agosto. Ignacio GilQuienes allí acuden fueron conocedores de que la calle hacía las veces de portal de empleo por recomendaciones de amigos que ya lo habían probado. También llegan a ello a través de redes sociales, en vídeos o foros en los que unos a otros se aconsejan sobre formas de conseguir trabajo aun en situación irregular. Es el caso de un joven de veinte años y rostro niño. «Es mi primer día aquí», sonríe, con la mochila bien ceñida a las espaldas, mientras trata de adaptarse a lo que ocurre a su alrededor. «No tengo familia en España, así que tengo que pagar yo todo», añade el muchacho, originario de Barranquilla. Mientras, para quienes ya forma parte de su rutina se saludan y bromean sobre la escasez de ofertas en las mañanas del agosto madrileño, cuando sus habituales empleadores parecen haberse abandonado a las vacaciones. «Muchos van consiguiendo papeles y ya no los volvemos a ver», dicen, ya que, a pesar de las muchas estafas, también los hay que reciben ayuda de sus patrones. Además, algunos están en proceso de legalizar su situación porque se acogieron a la regularización extraordinaria que puso en marcha el Gobierno de España en abril, así que esperan que sean ya escasos sus días en una obra sin contrato. A finales de julio, este proceso sumó un total de 262.475 afiliados a la Seguridad Social, según el propio gobierno confirmó en rueda de prensa.Rechazo a Plaza ElípticaTratan de mantener un orden, pero cuando un coche termina por detenerse, son alrededor de una decena los que se abalanzan, no sin cierta desesperación, sobre sus ventanas abiertas. En cuestión de segundos, son cinco los trabajadores que se precipitan a tomar asiento en el interior del vehículo negro, que se retira con la misma rapidez con la que llegó. «Este se ha llevado ayudantes, pero la mayoría de veces solo se van con uno», apuntan quienes han visto la escena y no han luchado por ser uno de los escogidos. Les ofrecen trabajo desde españoles a ucranianos o latinos. De los rumanos, dicen, no se fían, porque en su día sentaron un precedente negativo. «También son personas de estas casas de por aquí», que tienen algún arreglo que hacer.La situación se desarrolla tan rápido que apenas da tiempo a escuchar lo que acuerdan. En ocasiones, las únicas palabras que intercambian son las del lugar al que les llevarán, si es fuera de Madrid. «Toledo». «Alicante». No sería la primera vez que alguno no recibe el dinero tras la faena y no encuentra otra manera de volver que mendigando a las puertas de una estación. Otras veces, les comentan la tarea, y sucede menos que les comuniquen el dinero que recibirán. Un trabajador ofrece sus servicios como electricista a los vehículos que pasan. Ignacio Gil«A veces te llevan y no te dicen precio. Lo justo sería pactarlo aquí, pero hay gente nueva y no sabe, y cuando están allá ellos deciden dar lo que les da la gana. No es que queramos cobrar eso, es la necesidad », cuenta uno de ellos, que se erige como portavoz improvisado mientras los demás asienten a sus palabras. «Te arriesgas y vas. A veces te salen bien, pero otras no, es una lotería. Y pasa que te acaban debiendo, que muchas veces trabajas dos semanas y no te pagan. Pero también hay gente buena que te puede ayudar hasta con los papeles, lo digo porque me ha pasado», añade otro.Lo mismo ocurre, desde hace tiempo y de forma más sonada, en Plaza Elíptica, zona de la capital en la que comenzó a llevarse a cabo este tipo de empleabilidad ilegal. Pero muchos ya no quieren frecuentarla y tienen sus razones claras. «Vivo cerca y no voy porque mucha gente va a rayar, están haciendo daños ahí. Por eso prefiero venir acá, porque está más lejos pero estamos tranquilos, aquí todo el mundo se respeta», apunta un hombre de mediana edad que, desde hace dos meses, acude al mismo punto. «Acá cuidamos el sitio, vigilamos que nadie fume y robe, porque si no acaba pasando como en Plaza Elíptica», añade otro. Así, ven amanecer en este rincón de Usera, como todo el que sueña, con aspiraciones que no saben si verán cumplidas. Es la única mujer en la esquina, una excepción, que se debate contra medio centenar de hombres para ser la elegida. Quienes se congregan allí cada mañana comparten un afán, el de salir victoriosos de la elección de quien busca manos para levantar una obra. Electricidad, fontanería, alicatado, pintura o cualquier labor de construcción se adjudica en cuestión de segundos. Y se hace con prisas, en escasas palabras pero sin secretismo, pues por la avenida transitan viandantes, vehículos e incluso coches de Policía, que mantienen su camino sin detenerse. A plena luz del día, a las puertas del Obramat de Usera (junto al tanatorio de la M-40) se acuerdan de viva voz trabajos sin contrato. Como única garantía, un apretón de manos.Cada día, latinos y subsaharianos en situación administrativa irregular aguardan durante horas la llegada de una oportunidad que suele tener el valor de unos cincuenta euros la jornada, aunque las tareas que realizan se cobren por «mucho más» en el mercado legal. La única mujer, esa rareza, sufrió la crudeza de la calle, pero tiene ya lo suficiente para costear una habitación. Lo consigue porque ha viajado en coches de extraños, sin conocer el destino del camino que emprendía, por promesas de trabajos que, como a otros muchos, tantas veces no le pagaron. Cuando habla, camufla la necesidad con valentía porque de su pensamiento no salen los dos niños de trece años, sus hijos, que aguardan en su Colombia natal a recibir el dinero que ella envía. Así financia sus estudios y trata de conseguir que puedan mirar a un futuro en el que sus horas no desaparezcan a la espera de un trabajo precario y sin contrato: «Resuelvo por ellos». Lo hace, sin embargo, con un brazo que se recupera de los estragos causados por una pared que se derrumbó sobre ella en uno de estos empleos, en los que, por su carácter ilegal, no son dados de alta en la Seguridad Social. Tampoco queda rastro físico de lo pactado porque los trabajadores carecen de papeles, aunque los hay en proceso de tramitarlos . En tales condiciones, son pocos los que todavía no han sido estafados. «Hay gente a la que deben dos mil o mil quinientos euros», narran los afectados, que distan de ser pocos, durante una de estas jornadas. «Le seguí a Alicante por un sueldo de 120 euros al día. Viví en una casa prefabricada a la que me llevó y le construí otras dos. La primera me la pagó, la segunda ya no. El tipo, cuando llegamos a la denuncia, desapareció hasta que la Policía lo encontró, pero nunca recuperé ni un euro porque él negó que me conocía», relata un hombre que, aunque en vano y a diferencia del resto, sí denunció la situación.La legislación no lo amparó porque no hubo contrato y, por ende, no quedan huellas de su trabajo. Aun así, decenas de personas siguen aventurándose a por estos empleos porque, dicen, no les queda más opción. Regresar a sus países de origen no lo contemplan, al menos todavía. «Los que estamos acá queremos trabajar, queremos salir adelante», reitera en múltiples ocasiones uno de ellos que, en Perú, trabajaba como transportista. Así que el mismo escenario se repite, desde hace años, cada amanecer. Aparecen, en torno a las seis de la mañana, con un brazo en alto para reivindicar su presencia y, si la suerte acompaña, detener algún vehículo. Con carteles o herramientas demuestran su especialidad. Y preguntan también a viandantes —«¿Qué necesitas? ¿Pintura?»—. El mismo servicio se ofrece incluso en el interior del almacén Obramat, en la zona de aparcamiento, aunque allí son menos y más dispersos. «La mayoría de los que nos emplean vienen a buscar materiales y de una vez aprovechan a llevarnos», cuentan, y por eso la ubicación del lugar. Al mediodía, algunos deciden abandonar la labor, pero otros permanecen hasta entrada la tarde con esperanzas que se diluyen con el pasar de los minutos.Trabajadores sin papeles esperan un empleo frente al Obramat de Usera una mañana de agosto. Ignacio GilQuienes allí acuden fueron conocedores de que la calle hacía las veces de portal de empleo por recomendaciones de amigos que ya lo habían probado. También llegan a ello a través de redes sociales, en vídeos o foros en los que unos a otros se aconsejan sobre formas de conseguir trabajo aun en situación irregular. Es el caso de un joven de veinte años y rostro niño. «Es mi primer día aquí», sonríe, con la mochila bien ceñida a las espaldas, mientras trata de adaptarse a lo que ocurre a su alrededor. «No tengo familia en España, así que tengo que pagar yo todo», añade el muchacho, originario de Barranquilla. Mientras, para quienes ya forma parte de su rutina se saludan y bromean sobre la escasez de ofertas en las mañanas del agosto madrileño, cuando sus habituales empleadores parecen haberse abandonado a las vacaciones. «Muchos van consiguiendo papeles y ya no los volvemos a ver», dicen, ya que, a pesar de las muchas estafas, también los hay que reciben ayuda de sus patrones. Además, algunos están en proceso de legalizar su situación porque se acogieron a la regularización extraordinaria que puso en marcha el Gobierno de España en abril, así que esperan que sean ya escasos sus días en una obra sin contrato. A finales de julio, este proceso sumó un total de 262.475 afiliados a la Seguridad Social, según el propio gobierno confirmó en rueda de prensa.Rechazo a Plaza ElípticaTratan de mantener un orden, pero cuando un coche termina por detenerse, son alrededor de una decena los que se abalanzan, no sin cierta desesperación, sobre sus ventanas abiertas. En cuestión de segundos, son cinco los trabajadores que se precipitan a tomar asiento en el interior del vehículo negro, que se retira con la misma rapidez con la que llegó. «Este se ha llevado ayudantes, pero la mayoría de veces solo se van con uno», apuntan quienes han visto la escena y no han luchado por ser uno de los escogidos. Les ofrecen trabajo desde españoles a ucranianos o latinos. De los rumanos, dicen, no se fían, porque en su día sentaron un precedente negativo. «También son personas de estas casas de por aquí», que tienen algún arreglo que hacer.La situación se desarrolla tan rápido que apenas da tiempo a escuchar lo que acuerdan. En ocasiones, las únicas palabras que intercambian son las del lugar al que les llevarán, si es fuera de Madrid. «Toledo». «Alicante». No sería la primera vez que alguno no recibe el dinero tras la faena y no encuentra otra manera de volver que mendigando a las puertas de una estación. Otras veces, les comentan la tarea, y sucede menos que les comuniquen el dinero que recibirán. Un trabajador ofrece sus servicios como electricista a los vehículos que pasan. Ignacio Gil«A veces te llevan y no te dicen precio. Lo justo sería pactarlo aquí, pero hay gente nueva y no sabe, y cuando están allá ellos deciden dar lo que les da la gana. No es que queramos cobrar eso, es la necesidad », cuenta uno de ellos, que se erige como portavoz improvisado mientras los demás asienten a sus palabras. «Te arriesgas y vas. A veces te salen bien, pero otras no, es una lotería. Y pasa que te acaban debiendo, que muchas veces trabajas dos semanas y no te pagan. Pero también hay gente buena que te puede ayudar hasta con los papeles, lo digo porque me ha pasado», añade otro.Lo mismo ocurre, desde hace tiempo y de forma más sonada, en Plaza Elíptica, zona de la capital en la que comenzó a llevarse a cabo este tipo de empleabilidad ilegal. Pero muchos ya no quieren frecuentarla y tienen sus razones claras. «Vivo cerca y no voy porque mucha gente va a rayar, están haciendo daños ahí. Por eso prefiero venir acá, porque está más lejos pero estamos tranquilos, aquí todo el mundo se respeta», apunta un hombre de mediana edad que, desde hace dos meses, acude al mismo punto. «Acá cuidamos el sitio, vigilamos que nadie fume y robe, porque si no acaba pasando como en Plaza Elíptica», añade otro. Así, ven amanecer en este rincón de Usera, como todo el que sueña, con aspiraciones que no saben si verán cumplidas. Es la única mujer en la esquina, una excepción, que se debate contra medio centenar de hombres para ser la elegida. Quienes se congregan allí cada mañana comparten un afán, el de salir victoriosos de la elección de quien busca manos para levantar una obra. Electricidad, fontanería, alicatado, pintura o cualquier labor de construcción se adjudica en cuestión de segundos. Y se hace con prisas, en escasas palabras pero sin secretismo, pues por la avenida transitan viandantes, vehículos e incluso coches de Policía, que mantienen su camino sin detenerse. A plena luz del día, a las puertas del Obramat de Usera (junto al tanatorio de la M-40) se acuerdan de viva voz trabajos sin contrato. Como única garantía, un apretón de manos.Cada día, latinos y subsaharianos en situación administrativa irregular aguardan durante horas la llegada de una oportunidad que suele tener el valor de unos cincuenta euros la jornada, aunque las tareas que realizan se cobren por «mucho más» en el mercado legal. La única mujer, esa rareza, sufrió la crudeza de la calle, pero tiene ya lo suficiente para costear una habitación. Lo consigue porque ha viajado en coches de extraños, sin conocer el destino del camino que emprendía, por promesas de trabajos que, como a otros muchos, tantas veces no le pagaron. Cuando habla, camufla la necesidad con valentía porque de su pensamiento no salen los dos niños de trece años, sus hijos, que aguardan en su Colombia natal a recibir el dinero que ella envía. Así financia sus estudios y trata de conseguir que puedan mirar a un futuro en el que sus horas no desaparezcan a la espera de un trabajo precario y sin contrato: «Resuelvo por ellos». Lo hace, sin embargo, con un brazo que se recupera de los estragos causados por una pared que se derrumbó sobre ella en uno de estos empleos, en los que, por su carácter ilegal, no son dados de alta en la Seguridad Social. Tampoco queda rastro físico de lo pactado porque los trabajadores carecen de papeles, aunque los hay en proceso de tramitarlos . En tales condiciones, son pocos los que todavía no han sido estafados. «Hay gente a la que deben dos mil o mil quinientos euros», narran los afectados, que distan de ser pocos, durante una de estas jornadas. «Le seguí a Alicante por un sueldo de 120 euros al día. Viví en una casa prefabricada a la que me llevó y le construí otras dos. La primera me la pagó, la segunda ya no. El tipo, cuando llegamos a la denuncia, desapareció hasta que la Policía lo encontró, pero nunca recuperé ni un euro porque él negó que me conocía», relata un hombre que, aunque en vano y a diferencia del resto, sí denunció la situación.La legislación no lo amparó porque no hubo contrato y, por ende, no quedan huellas de su trabajo. Aun así, decenas de personas siguen aventurándose a por estos empleos porque, dicen, no les queda más opción. Regresar a sus países de origen no lo contemplan, al menos todavía. «Los que estamos acá queremos trabajar, queremos salir adelante», reitera en múltiples ocasiones uno de ellos que, en Perú, trabajaba como transportista. Así que el mismo escenario se repite, desde hace años, cada amanecer. Aparecen, en torno a las seis de la mañana, con un brazo en alto para reivindicar su presencia y, si la suerte acompaña, detener algún vehículo. Con carteles o herramientas demuestran su especialidad. Y preguntan también a viandantes —«¿Qué necesitas? ¿Pintura?»—. El mismo servicio se ofrece incluso en el interior del almacén Obramat, en la zona de aparcamiento, aunque allí son menos y más dispersos. «La mayoría de los que nos emplean vienen a buscar materiales y de una vez aprovechan a llevarnos», cuentan, y por eso la ubicación del lugar. Al mediodía, algunos deciden abandonar la labor, pero otros permanecen hasta entrada la tarde con esperanzas que se diluyen con el pasar de los minutos.Trabajadores sin papeles esperan un empleo frente al Obramat de Usera una mañana de agosto. Ignacio GilQuienes allí acuden fueron conocedores de que la calle hacía las veces de portal de empleo por recomendaciones de amigos que ya lo habían probado. También llegan a ello a través de redes sociales, en vídeos o foros en los que unos a otros se aconsejan sobre formas de conseguir trabajo aun en situación irregular. Es el caso de un joven de veinte años y rostro niño. «Es mi primer día aquí», sonríe, con la mochila bien ceñida a las espaldas, mientras trata de adaptarse a lo que ocurre a su alrededor. «No tengo familia en España, así que tengo que pagar yo todo», añade el muchacho, originario de Barranquilla. Mientras, para quienes ya forma parte de su rutina se saludan y bromean sobre la escasez de ofertas en las mañanas del agosto madrileño, cuando sus habituales empleadores parecen haberse abandonado a las vacaciones. «Muchos van consiguiendo papeles y ya no los volvemos a ver», dicen, ya que, a pesar de las muchas estafas, también los hay que reciben ayuda de sus patrones. Además, algunos están en proceso de legalizar su situación porque se acogieron a la regularización extraordinaria que puso en marcha el Gobierno de España en abril, así que esperan que sean ya escasos sus días en una obra sin contrato. A finales de julio, este proceso sumó un total de 262.475 afiliados a la Seguridad Social, según el propio gobierno confirmó en rueda de prensa.Rechazo a Plaza ElípticaTratan de mantener un orden, pero cuando un coche termina por detenerse, son alrededor de una decena los que se abalanzan, no sin cierta desesperación, sobre sus ventanas abiertas. En cuestión de segundos, son cinco los trabajadores que se precipitan a tomar asiento en el interior del vehículo negro, que se retira con la misma rapidez con la que llegó. «Este se ha llevado ayudantes, pero la mayoría de veces solo se van con uno», apuntan quienes han visto la escena y no han luchado por ser uno de los escogidos. Les ofrecen trabajo desde españoles a ucranianos o latinos. De los rumanos, dicen, no se fían, porque en su día sentaron un precedente negativo. «También son personas de estas casas de por aquí», que tienen algún arreglo que hacer.La situación se desarrolla tan rápido que apenas da tiempo a escuchar lo que acuerdan. En ocasiones, las únicas palabras que intercambian son las del lugar al que les llevarán, si es fuera de Madrid. «Toledo». «Alicante». No sería la primera vez que alguno no recibe el dinero tras la faena y no encuentra otra manera de volver que mendigando a las puertas de una estación. Otras veces, les comentan la tarea, y sucede menos que les comuniquen el dinero que recibirán. Un trabajador ofrece sus servicios como electricista a los vehículos que pasan. Ignacio Gil«A veces te llevan y no te dicen precio. Lo justo sería pactarlo aquí, pero hay gente nueva y no sabe, y cuando están allá ellos deciden dar lo que les da la gana. No es que queramos cobrar eso, es la necesidad », cuenta uno de ellos, que se erige como portavoz improvisado mientras los demás asienten a sus palabras. «Te arriesgas y vas. A veces te salen bien, pero otras no, es una lotería. Y pasa que te acaban debiendo, que muchas veces trabajas dos semanas y no te pagan. Pero también hay gente buena que te puede ayudar hasta con los papeles, lo digo porque me ha pasado», añade otro.Lo mismo ocurre, desde hace tiempo y de forma más sonada, en Plaza Elíptica, zona de la capital en la que comenzó a llevarse a cabo este tipo de empleabilidad ilegal. Pero muchos ya no quieren frecuentarla y tienen sus razones claras. «Vivo cerca y no voy porque mucha gente va a rayar, están haciendo daños ahí. Por eso prefiero venir acá, porque está más lejos pero estamos tranquilos, aquí todo el mundo se respeta», apunta un hombre de mediana edad que, desde hace dos meses, acude al mismo punto. «Acá cuidamos el sitio, vigilamos que nadie fume y robe, porque si no acaba pasando como en Plaza Elíptica», añade otro. Así, ven amanecer en este rincón de Usera, como todo el que sueña, con aspiraciones que no saben si verán cumplidas. RSS de noticias de espana
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