Era cierto cuando lo contaban. El aire que suelta el helicóptero abrasa. El calor de la pista aumenta cuando las aspas empiezan a girar. En la puerta, esperando a que suba el de delante, el ruido no deja escuchar y el radiador del aparato quema las pestañas. Toca volar. Lo mismo es el momento en el que acaba todo. El tercer día en la base de las brigadas del Infoca en Cártama (Málaga) pudo ser el que nos dimos cuenta de que ni habría libro, ni reportajes, ni nada. ¿Y si cuando se levante el helicóptero hay mareos? ¿Y si hay pánico a entrar en el aire? Este fue uno de los instantes claves donde ‘El corazón de la brigada’ pudo no ver nunca la luz. Era un riesgo asumido. Jugársela para nada, pero no fue así. El libro ha visto la luz. Ya está a la venta en Amazon. Narra la incursión de dos reporteros en la extinción de incendios forestales desde la primera línea de fuego. Somos nosotros, el que escribe, Juan José Madueño armado con una libreta, y el compañero Ñito Salas con sus cámaras y objetivos. Durante las dos semanas más álgidas de la temporada de incendios en Andalucía nos empotramos con estas brigadas para contar su trabajo, pero también para dejar testigo de quiénes son ellos: que sienten, qué piensan, que hacen cuando no hay fuego, qué dicen sus familias de este trabajo…«Está contada desde allí, desde el mismo lugar donde el infierno comienza, donde se produce el milagro o prende la desgracia. Allí donde el bombero se afana sin miedo porque todo lo ha entrenado, pero jamás pierde el respeto por lo impredecible. Son personas con familia, sin ella, con vicios, con aficiones, con sueños y con mochilas pesadas que cargan en cada incendio», describe Agustín Pery en el prólogo de la obra, ‘Los Tercios del fuego’.Noticia relacionada general No No Localizan a casi todos los linces que soltaron del centro de cría en Jaén por el incendio en Santa Elena Cecilia GalloEl objetivo principal de este volumen no es otro que darlos a conocer, que quitar la etiqueta de una cifra en una pizarra dentro de un puesto de mando para poner nombres y apellidos. No son «la brica», sino Paco, Miguel, Mariano, Diego, Rafa, Luis, Antonio, Álvaro… Uno de los brigadistas de la base malagueña. El aire que suelta el helicóptero abrasa. Madueño, autor del libro y periodista de ABC, camina entre cenizas. Aprendió que en el fuego, de noche, también se pasa frío. Ñito SalasGente normal a la misma vez que extraordinaria. Personas que comen todas juntas lentejas, arroz, pollo o patatas fritas con huevos como todo hijo de vecino y que ven el Tour de Francia en las abrasadoras siestas de verano, pero que cuando suena la alerta de un fuego se transforman en guerreros de casaca amarilla y cascos verdes capaces de abrir las puertas del infierno y apagarlo. Pasados los meses la casaca amarilla ya no huele a humo, el tapón de goma de la cantimplora también ha perdido el arma, la camiseta verde está plegada en un cajón y el trabón en el pantalón de una zarza de Tarifa se ha cosido. Quedan los recuerdos, el aprendizaje, los trazos rojos del retardante del avión mezclados con los negros del tizne que la lavadora no ha podido arrancar de la mochila amarilla, como heridas de guerra de los días en los que nos adentramos con las brigadas en siete incendios forestales. Los brigadistas contra las llamas del infierno. Se transforman y, una vez consumido el fuego, vuelven a su vida normal. Ñito SalasDesde el terreno agrícola de Villanueva de la Concepción a la rampa de acceso a la cantera de Mijas. Salidas marcadas por el humo con una historia detrás de cada una y con lecciones de vida, como aquel «el cuerpo te avisa» de Miguel Rubio en el primer fuego, bajo las descargas del helicóptero con agua de depuradora. Siempre al albur del vientoEn Pinos Puente (Granada) descubrimos que los vientos pueden girar un fuego y hay que refugiarse en la zona quemada cuando el zumbido se acerca, la temperatura sube y el humo asfixia. Es mejor replegarse en lo que ya no puede arder y esperar a una salida. Al día siguiente, con la luna enmarcando el Mulhacén en Víznar (Granada) comprendimos lo duro que es decirle a la familia que esa noche no se regresa tampoco a casa. En Marbella la sinfonía aérea contuvo un incendio, mientras las brigadas por detrás iban medrando su resistencia. «Las escaleras se barren para abajo y los incendios se apagan para arriba», recordaba José Manuel Sánchez ‘Martillo’, uno de los más veteranos, ahora ya a punto de colgar el casco verde, como hizo antes Francisco Illescas. «Las escaleras se barren para abajo y los incendios se apagan para arriba» José Manuel Sánchez ‘Martillo’ Brigadista veteranoEl bosque de Casares (Málaga) enseñó que se puede pasar frío en un incendio, al salir, con la noche arropando a las brigadas, mojados por las descargas, las cenizas ya no dan calor y el frío cala en los huesos. Por eso, hubo quien sacó la sudadera y quien secó la casaca en los motores de los coches y en las salidas de aire de los camiones para no caer enfermo. El monte puede ser traicionero como en Tarifa (Cádiz), donde los zarzales cubrían a las brigadas y los regajos por debajo de la vegetación hacían saltar pequeños focos, como una guerra de guerrillas entre la maleza. Eso mientras los pájaros se daban un festín con los insectos que quedaba descubiertos en la zona quemada. El reportero, mimetizado con los brigadistas en el combate contra el fuego. Una imagen del infierno en llamas en que se convirtió Andalucía durante el verano. Portada del libro ‘El corazón de la brigada’. Ñito Salas Y en Mijas fue la despedida, el último día, como un adiós de fuego bajo un calor abrasador con la incomodidad de la rocas blancas de la cantera reflejando el sol. El lugar donde ante la necesidad de agua Mariano García sopló a la manguera para terminar de enfriar uno de los troncos en llamas. Siete fuegos en dos semanasQuince días y siete fuegos durante el verano de 2024 en el que cada segundo mereció la pena. Fueron días intensos, que han llenado la mochila de recuerdos y de la certeza de que esa gente extraordinaria no es un número en un puesto de mando, ni efectivos sin nombre, ni brigada anónimas. Son mucho más. Ahora, cuando suena la alerta de un fuego, sabemos quiénes son los que están allí arriba conteniéndolo: sus historias, sus miedos y sus ganas de volver a casa. Ellos evitan el avance de las llamas mientras piensan en los suyos. Se juegan la vida sin dudarlo un segundo para protegernos en las condiciones más extremas, tras dejar la comida en la mesa por la última alerta y con ganas de regresar para tomarse el café. Y estamos tranquilos. Ya sabemos que si hay que abrir las puertas del infierno lo mejor es tenerlos al lado. Era cierto cuando lo contaban. El aire que suelta el helicóptero abrasa. El calor de la pista aumenta cuando las aspas empiezan a girar. En la puerta, esperando a que suba el de delante, el ruido no deja escuchar y el radiador del aparato quema las pestañas. Toca volar. Lo mismo es el momento en el que acaba todo. El tercer día en la base de las brigadas del Infoca en Cártama (Málaga) pudo ser el que nos dimos cuenta de que ni habría libro, ni reportajes, ni nada. ¿Y si cuando se levante el helicóptero hay mareos? ¿Y si hay pánico a entrar en el aire? Este fue uno de los instantes claves donde ‘El corazón de la brigada’ pudo no ver nunca la luz. Era un riesgo asumido. Jugársela para nada, pero no fue así. El libro ha visto la luz. Ya está a la venta en Amazon. Narra la incursión de dos reporteros en la extinción de incendios forestales desde la primera línea de fuego. Somos nosotros, el que escribe, Juan José Madueño armado con una libreta, y el compañero Ñito Salas con sus cámaras y objetivos. Durante las dos semanas más álgidas de la temporada de incendios en Andalucía nos empotramos con estas brigadas para contar su trabajo, pero también para dejar testigo de quiénes son ellos: que sienten, qué piensan, que hacen cuando no hay fuego, qué dicen sus familias de este trabajo…«Está contada desde allí, desde el mismo lugar donde el infierno comienza, donde se produce el milagro o prende la desgracia. Allí donde el bombero se afana sin miedo porque todo lo ha entrenado, pero jamás pierde el respeto por lo impredecible. Son personas con familia, sin ella, con vicios, con aficiones, con sueños y con mochilas pesadas que cargan en cada incendio», describe Agustín Pery en el prólogo de la obra, ‘Los Tercios del fuego’.Noticia relacionada general No No Localizan a casi todos los linces que soltaron del centro de cría en Jaén por el incendio en Santa Elena Cecilia GalloEl objetivo principal de este volumen no es otro que darlos a conocer, que quitar la etiqueta de una cifra en una pizarra dentro de un puesto de mando para poner nombres y apellidos. No son «la brica», sino Paco, Miguel, Mariano, Diego, Rafa, Luis, Antonio, Álvaro… Uno de los brigadistas de la base malagueña. El aire que suelta el helicóptero abrasa. Madueño, autor del libro y periodista de ABC, camina entre cenizas. Aprendió que en el fuego, de noche, también se pasa frío. Ñito SalasGente normal a la misma vez que extraordinaria. Personas que comen todas juntas lentejas, arroz, pollo o patatas fritas con huevos como todo hijo de vecino y que ven el Tour de Francia en las abrasadoras siestas de verano, pero que cuando suena la alerta de un fuego se transforman en guerreros de casaca amarilla y cascos verdes capaces de abrir las puertas del infierno y apagarlo. Pasados los meses la casaca amarilla ya no huele a humo, el tapón de goma de la cantimplora también ha perdido el arma, la camiseta verde está plegada en un cajón y el trabón en el pantalón de una zarza de Tarifa se ha cosido. Quedan los recuerdos, el aprendizaje, los trazos rojos del retardante del avión mezclados con los negros del tizne que la lavadora no ha podido arrancar de la mochila amarilla, como heridas de guerra de los días en los que nos adentramos con las brigadas en siete incendios forestales. Los brigadistas contra las llamas del infierno. Se transforman y, una vez consumido el fuego, vuelven a su vida normal. Ñito SalasDesde el terreno agrícola de Villanueva de la Concepción a la rampa de acceso a la cantera de Mijas. Salidas marcadas por el humo con una historia detrás de cada una y con lecciones de vida, como aquel «el cuerpo te avisa» de Miguel Rubio en el primer fuego, bajo las descargas del helicóptero con agua de depuradora. Siempre al albur del vientoEn Pinos Puente (Granada) descubrimos que los vientos pueden girar un fuego y hay que refugiarse en la zona quemada cuando el zumbido se acerca, la temperatura sube y el humo asfixia. Es mejor replegarse en lo que ya no puede arder y esperar a una salida. Al día siguiente, con la luna enmarcando el Mulhacén en Víznar (Granada) comprendimos lo duro que es decirle a la familia que esa noche no se regresa tampoco a casa. En Marbella la sinfonía aérea contuvo un incendio, mientras las brigadas por detrás iban medrando su resistencia. «Las escaleras se barren para abajo y los incendios se apagan para arriba», recordaba José Manuel Sánchez ‘Martillo’, uno de los más veteranos, ahora ya a punto de colgar el casco verde, como hizo antes Francisco Illescas. «Las escaleras se barren para abajo y los incendios se apagan para arriba» José Manuel Sánchez ‘Martillo’ Brigadista veteranoEl bosque de Casares (Málaga) enseñó que se puede pasar frío en un incendio, al salir, con la noche arropando a las brigadas, mojados por las descargas, las cenizas ya no dan calor y el frío cala en los huesos. Por eso, hubo quien sacó la sudadera y quien secó la casaca en los motores de los coches y en las salidas de aire de los camiones para no caer enfermo. El monte puede ser traicionero como en Tarifa (Cádiz), donde los zarzales cubrían a las brigadas y los regajos por debajo de la vegetación hacían saltar pequeños focos, como una guerra de guerrillas entre la maleza. Eso mientras los pájaros se daban un festín con los insectos que quedaba descubiertos en la zona quemada. El reportero, mimetizado con los brigadistas en el combate contra el fuego. Una imagen del infierno en llamas en que se convirtió Andalucía durante el verano. Portada del libro ‘El corazón de la brigada’. Ñito Salas Y en Mijas fue la despedida, el último día, como un adiós de fuego bajo un calor abrasador con la incomodidad de la rocas blancas de la cantera reflejando el sol. El lugar donde ante la necesidad de agua Mariano García sopló a la manguera para terminar de enfriar uno de los troncos en llamas. Siete fuegos en dos semanasQuince días y siete fuegos durante el verano de 2024 en el que cada segundo mereció la pena. Fueron días intensos, que han llenado la mochila de recuerdos y de la certeza de que esa gente extraordinaria no es un número en un puesto de mando, ni efectivos sin nombre, ni brigada anónimas. Son mucho más. Ahora, cuando suena la alerta de un fuego, sabemos quiénes son los que están allí arriba conteniéndolo: sus historias, sus miedos y sus ganas de volver a casa. Ellos evitan el avance de las llamas mientras piensan en los suyos. Se juegan la vida sin dudarlo un segundo para protegernos en las condiciones más extremas, tras dejar la comida en la mesa por la última alerta y con ganas de regresar para tomarse el café. Y estamos tranquilos. Ya sabemos que si hay que abrir las puertas del infierno lo mejor es tenerlos al lado. Era cierto cuando lo contaban. El aire que suelta el helicóptero abrasa. El calor de la pista aumenta cuando las aspas empiezan a girar. En la puerta, esperando a que suba el de delante, el ruido no deja escuchar y el radiador del aparato quema las pestañas. Toca volar. Lo mismo es el momento en el que acaba todo. El tercer día en la base de las brigadas del Infoca en Cártama (Málaga) pudo ser el que nos dimos cuenta de que ni habría libro, ni reportajes, ni nada. ¿Y si cuando se levante el helicóptero hay mareos? ¿Y si hay pánico a entrar en el aire? Este fue uno de los instantes claves donde ‘El corazón de la brigada’ pudo no ver nunca la luz. Era un riesgo asumido. Jugársela para nada, pero no fue así. El libro ha visto la luz. Ya está a la venta en Amazon. Narra la incursión de dos reporteros en la extinción de incendios forestales desde la primera línea de fuego. Somos nosotros, el que escribe, Juan José Madueño armado con una libreta, y el compañero Ñito Salas con sus cámaras y objetivos. Durante las dos semanas más álgidas de la temporada de incendios en Andalucía nos empotramos con estas brigadas para contar su trabajo, pero también para dejar testigo de quiénes son ellos: que sienten, qué piensan, que hacen cuando no hay fuego, qué dicen sus familias de este trabajo…«Está contada desde allí, desde el mismo lugar donde el infierno comienza, donde se produce el milagro o prende la desgracia. Allí donde el bombero se afana sin miedo porque todo lo ha entrenado, pero jamás pierde el respeto por lo impredecible. Son personas con familia, sin ella, con vicios, con aficiones, con sueños y con mochilas pesadas que cargan en cada incendio», describe Agustín Pery en el prólogo de la obra, ‘Los Tercios del fuego’.Noticia relacionada general No No Localizan a casi todos los linces que soltaron del centro de cría en Jaén por el incendio en Santa Elena Cecilia GalloEl objetivo principal de este volumen no es otro que darlos a conocer, que quitar la etiqueta de una cifra en una pizarra dentro de un puesto de mando para poner nombres y apellidos. No son «la brica», sino Paco, Miguel, Mariano, Diego, Rafa, Luis, Antonio, Álvaro… Uno de los brigadistas de la base malagueña. El aire que suelta el helicóptero abrasa. Madueño, autor del libro y periodista de ABC, camina entre cenizas. Aprendió que en el fuego, de noche, también se pasa frío. Ñito SalasGente normal a la misma vez que extraordinaria. Personas que comen todas juntas lentejas, arroz, pollo o patatas fritas con huevos como todo hijo de vecino y que ven el Tour de Francia en las abrasadoras siestas de verano, pero que cuando suena la alerta de un fuego se transforman en guerreros de casaca amarilla y cascos verdes capaces de abrir las puertas del infierno y apagarlo. Pasados los meses la casaca amarilla ya no huele a humo, el tapón de goma de la cantimplora también ha perdido el arma, la camiseta verde está plegada en un cajón y el trabón en el pantalón de una zarza de Tarifa se ha cosido. Quedan los recuerdos, el aprendizaje, los trazos rojos del retardante del avión mezclados con los negros del tizne que la lavadora no ha podido arrancar de la mochila amarilla, como heridas de guerra de los días en los que nos adentramos con las brigadas en siete incendios forestales. Los brigadistas contra las llamas del infierno. Se transforman y, una vez consumido el fuego, vuelven a su vida normal. Ñito SalasDesde el terreno agrícola de Villanueva de la Concepción a la rampa de acceso a la cantera de Mijas. Salidas marcadas por el humo con una historia detrás de cada una y con lecciones de vida, como aquel «el cuerpo te avisa» de Miguel Rubio en el primer fuego, bajo las descargas del helicóptero con agua de depuradora. Siempre al albur del vientoEn Pinos Puente (Granada) descubrimos que los vientos pueden girar un fuego y hay que refugiarse en la zona quemada cuando el zumbido se acerca, la temperatura sube y el humo asfixia. Es mejor replegarse en lo que ya no puede arder y esperar a una salida. Al día siguiente, con la luna enmarcando el Mulhacén en Víznar (Granada) comprendimos lo duro que es decirle a la familia que esa noche no se regresa tampoco a casa. En Marbella la sinfonía aérea contuvo un incendio, mientras las brigadas por detrás iban medrando su resistencia. «Las escaleras se barren para abajo y los incendios se apagan para arriba», recordaba José Manuel Sánchez ‘Martillo’, uno de los más veteranos, ahora ya a punto de colgar el casco verde, como hizo antes Francisco Illescas. «Las escaleras se barren para abajo y los incendios se apagan para arriba» José Manuel Sánchez ‘Martillo’ Brigadista veteranoEl bosque de Casares (Málaga) enseñó que se puede pasar frío en un incendio, al salir, con la noche arropando a las brigadas, mojados por las descargas, las cenizas ya no dan calor y el frío cala en los huesos. Por eso, hubo quien sacó la sudadera y quien secó la casaca en los motores de los coches y en las salidas de aire de los camiones para no caer enfermo. El monte puede ser traicionero como en Tarifa (Cádiz), donde los zarzales cubrían a las brigadas y los regajos por debajo de la vegetación hacían saltar pequeños focos, como una guerra de guerrillas entre la maleza. Eso mientras los pájaros se daban un festín con los insectos que quedaba descubiertos en la zona quemada. El reportero, mimetizado con los brigadistas en el combate contra el fuego. Una imagen del infierno en llamas en que se convirtió Andalucía durante el verano. Portada del libro ‘El corazón de la brigada’. Ñito Salas Y en Mijas fue la despedida, el último día, como un adiós de fuego bajo un calor abrasador con la incomodidad de la rocas blancas de la cantera reflejando el sol. El lugar donde ante la necesidad de agua Mariano García sopló a la manguera para terminar de enfriar uno de los troncos en llamas. Siete fuegos en dos semanasQuince días y siete fuegos durante el verano de 2024 en el que cada segundo mereció la pena. Fueron días intensos, que han llenado la mochila de recuerdos y de la certeza de que esa gente extraordinaria no es un número en un puesto de mando, ni efectivos sin nombre, ni brigada anónimas. Son mucho más. Ahora, cuando suena la alerta de un fuego, sabemos quiénes son los que están allí arriba conteniéndolo: sus historias, sus miedos y sus ganas de volver a casa. Ellos evitan el avance de las llamas mientras piensan en los suyos. Se juegan la vida sin dudarlo un segundo para protegernos en las condiciones más extremas, tras dejar la comida en la mesa por la última alerta y con ganas de regresar para tomarse el café. Y estamos tranquilos. Ya sabemos que si hay que abrir las puertas del infierno lo mejor es tenerlos al lado. RSS de noticias de espana/andalucia
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