El otro día asistí a una despedida de recuerdos. Ocurrió delante de mi ventana. Abajo, junto al contenedor de basura, los vecinos iban dejando cosas (hierros, aparatos, muebles) y algunos se quedaban un instante mirando su objeto, como si estuvieran despidiéndose; otros, en cambio, salían a toda prisa, como cuando vas a llorar y buscas ocultarte para que no te vean.A partir de ahí, fui testigo durante todo el día de una procesión de personas que, en silencio y sin hacer apenas ruido, revolvía aquel mar de cosas de manera ordenada —respetuosa, diría yo—, como honrando la utilidad pasada del objeto y valorando el tiempo que había sido importante en la vida de alguien.La gente iba y venía. Mochilas, coches, carritos. Rebuscar. Guardar… Y luego se marchaban dejando el escenario como el final de un banquete: cuidadosamente revuelto. Pero todo terminó cuando un camión se detuvo ante el contenedor. Dos operarios municipales comenzaron a cargar las cosas sin ningún miramiento.Igual que en un entierro la atmósfera de recogimiento se rompe al sellar la lápida el albañil, ahora aquel respeto que yo veía desde mi ventana se había convertido en un acto mecánico de ruidos y chirridos. A rey muerto, rey puesto. Los antiguos propietarios ya no estaban y el vacío en casa enseguida se llenará con cosas nuevas o de segunda mano que ocuparán los espacios libres.Esto funciona así para los objetos. En el caso de las personas, su ausencia física y espiritual es insustituible, de ahí que su recuerdo perdure en nosotros con tanto cariño.Por eso los velatorios son pura emoción. Normalmente, despedimos a nuestros seres queridos con un protocolo de vestimenta, flores y ambiente respetuoso. Nada que ver con el hallazgo que tuvo lugar hace unos días en A Pobra, donde el personal de una funeraria encontró un esqueleto sin ropa, sin ataúd y en el nicho equivocado. Esto no debería ocurrir nunca, ni para las personas ni para las cosas. Al fin y al cabo, somos dignidad y es lo que nos queda. El otro día asistí a una despedida de recuerdos. Ocurrió delante de mi ventana. Abajo, junto al contenedor de basura, los vecinos iban dejando cosas (hierros, aparatos, muebles) y algunos se quedaban un instante mirando su objeto, como si estuvieran despidiéndose; otros, en cambio, salían a toda prisa, como cuando vas a llorar y buscas ocultarte para que no te vean.A partir de ahí, fui testigo durante todo el día de una procesión de personas que, en silencio y sin hacer apenas ruido, revolvía aquel mar de cosas de manera ordenada —respetuosa, diría yo—, como honrando la utilidad pasada del objeto y valorando el tiempo que había sido importante en la vida de alguien.La gente iba y venía. Mochilas, coches, carritos. Rebuscar. Guardar… Y luego se marchaban dejando el escenario como el final de un banquete: cuidadosamente revuelto. Pero todo terminó cuando un camión se detuvo ante el contenedor. Dos operarios municipales comenzaron a cargar las cosas sin ningún miramiento.Igual que en un entierro la atmósfera de recogimiento se rompe al sellar la lápida el albañil, ahora aquel respeto que yo veía desde mi ventana se había convertido en un acto mecánico de ruidos y chirridos. A rey muerto, rey puesto. Los antiguos propietarios ya no estaban y el vacío en casa enseguida se llenará con cosas nuevas o de segunda mano que ocuparán los espacios libres.Esto funciona así para los objetos. En el caso de las personas, su ausencia física y espiritual es insustituible, de ahí que su recuerdo perdure en nosotros con tanto cariño.Por eso los velatorios son pura emoción. Normalmente, despedimos a nuestros seres queridos con un protocolo de vestimenta, flores y ambiente respetuoso. Nada que ver con el hallazgo que tuvo lugar hace unos días en A Pobra, donde el personal de una funeraria encontró un esqueleto sin ropa, sin ataúd y en el nicho equivocado. Esto no debería ocurrir nunca, ni para las personas ni para las cosas. Al fin y al cabo, somos dignidad y es lo que nos queda. El otro día asistí a una despedida de recuerdos. Ocurrió delante de mi ventana. Abajo, junto al contenedor de basura, los vecinos iban dejando cosas (hierros, aparatos, muebles) y algunos se quedaban un instante mirando su objeto, como si estuvieran despidiéndose; otros, en cambio, salían a toda prisa, como cuando vas a llorar y buscas ocultarte para que no te vean.A partir de ahí, fui testigo durante todo el día de una procesión de personas que, en silencio y sin hacer apenas ruido, revolvía aquel mar de cosas de manera ordenada —respetuosa, diría yo—, como honrando la utilidad pasada del objeto y valorando el tiempo que había sido importante en la vida de alguien.La gente iba y venía. Mochilas, coches, carritos. Rebuscar. Guardar… Y luego se marchaban dejando el escenario como el final de un banquete: cuidadosamente revuelto. Pero todo terminó cuando un camión se detuvo ante el contenedor. Dos operarios municipales comenzaron a cargar las cosas sin ningún miramiento.Igual que en un entierro la atmósfera de recogimiento se rompe al sellar la lápida el albañil, ahora aquel respeto que yo veía desde mi ventana se había convertido en un acto mecánico de ruidos y chirridos. A rey muerto, rey puesto. Los antiguos propietarios ya no estaban y el vacío en casa enseguida se llenará con cosas nuevas o de segunda mano que ocuparán los espacios libres.Esto funciona así para los objetos. En el caso de las personas, su ausencia física y espiritual es insustituible, de ahí que su recuerdo perdure en nosotros con tanto cariño.Por eso los velatorios son pura emoción. Normalmente, despedimos a nuestros seres queridos con un protocolo de vestimenta, flores y ambiente respetuoso. Nada que ver con el hallazgo que tuvo lugar hace unos días en A Pobra, donde el personal de una funeraria encontró un esqueleto sin ropa, sin ataúd y en el nicho equivocado. Esto no debería ocurrir nunca, ni para las personas ni para las cosas. Al fin y al cabo, somos dignidad y es lo que nos queda. RSS de noticias de espana
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julio 18, 2026
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