Vamos en lo alto de la algarabía de las avenidas, de los escaparates y de los planes urbanísticos, que prometen reprís de progreso, pero se nos va quedando en una esquina el que vive solo, que es ya un proyecto de silencio, con lo que ahí se anuncia una angustia, y un desafío, y una pregunta, para la ciudad, alcalde. El que está solo, que es el destino posible de cualquiera, no aparece en los planos del crecimiento ni en las estadísticas de la movilidad, porque el que está solo apenas existe. La ciudad va prosperando mientras alguna casa se vuelve una isla. Las luces de la calle no entran en la conversación de la cocina, ni el bullicio de la plaza sube hasta la silla donde uno se sienta a esperar que pase la tarde. La soledad somos todos, alcalde. Porque la ciudad, tan llena de gente, se concreta como una intemperie. No existe, en rigor, una ciudad verdaderamente moderna si no aprende a mirar a quien camina sin compañía. La soledad que no se busca es una lejanía de la que cuesta volver, donde la nostalgia se vuelve un mal oxígeno, y cada hora pesa como un domingo inacabable. «Con todo mi camino, a verme solo», resolvió un día César Vallejo. Más o menos por ahí va la cosa. Pero la ciudad tiene remedios, si decide usarlos. Tiene bancos donde detener la prisa, plazas donde cruzar miradas, portales donde el saludo aún puede ser una institución civil. Tiene bibliotecas, mercados, centros de barrio, parques donde la conversación improvisada es una forma de salud pública. Y tiene, sobre todo, la posibilidad de recordar que vivir juntos no es sólo compartir el ruido de las calles, sino también la vigilancia afectuosa de unos sobre otros. En muchos portales hay ya alguien que reserva un saludo para no despedirse de nadie. Cuesta verlo, alcalde, pero urge verlo. Vamos en lo alto de la algarabía de las avenidas, de los escaparates y de los planes urbanísticos, que prometen reprís de progreso, pero se nos va quedando en una esquina el que vive solo, que es ya un proyecto de silencio, con lo que ahí se anuncia una angustia, y un desafío, y una pregunta, para la ciudad, alcalde. El que está solo, que es el destino posible de cualquiera, no aparece en los planos del crecimiento ni en las estadísticas de la movilidad, porque el que está solo apenas existe. La ciudad va prosperando mientras alguna casa se vuelve una isla. Las luces de la calle no entran en la conversación de la cocina, ni el bullicio de la plaza sube hasta la silla donde uno se sienta a esperar que pase la tarde. La soledad somos todos, alcalde. Porque la ciudad, tan llena de gente, se concreta como una intemperie. No existe, en rigor, una ciudad verdaderamente moderna si no aprende a mirar a quien camina sin compañía. La soledad que no se busca es una lejanía de la que cuesta volver, donde la nostalgia se vuelve un mal oxígeno, y cada hora pesa como un domingo inacabable. «Con todo mi camino, a verme solo», resolvió un día César Vallejo. Más o menos por ahí va la cosa. Pero la ciudad tiene remedios, si decide usarlos. Tiene bancos donde detener la prisa, plazas donde cruzar miradas, portales donde el saludo aún puede ser una institución civil. Tiene bibliotecas, mercados, centros de barrio, parques donde la conversación improvisada es una forma de salud pública. Y tiene, sobre todo, la posibilidad de recordar que vivir juntos no es sólo compartir el ruido de las calles, sino también la vigilancia afectuosa de unos sobre otros. En muchos portales hay ya alguien que reserva un saludo para no despedirse de nadie. Cuesta verlo, alcalde, pero urge verlo. Vamos en lo alto de la algarabía de las avenidas, de los escaparates y de los planes urbanísticos, que prometen reprís de progreso, pero se nos va quedando en una esquina el que vive solo, que es ya un proyecto de silencio, con lo que ahí se anuncia una angustia, y un desafío, y una pregunta, para la ciudad, alcalde. El que está solo, que es el destino posible de cualquiera, no aparece en los planos del crecimiento ni en las estadísticas de la movilidad, porque el que está solo apenas existe. La ciudad va prosperando mientras alguna casa se vuelve una isla. Las luces de la calle no entran en la conversación de la cocina, ni el bullicio de la plaza sube hasta la silla donde uno se sienta a esperar que pase la tarde. La soledad somos todos, alcalde. Porque la ciudad, tan llena de gente, se concreta como una intemperie. No existe, en rigor, una ciudad verdaderamente moderna si no aprende a mirar a quien camina sin compañía. La soledad que no se busca es una lejanía de la que cuesta volver, donde la nostalgia se vuelve un mal oxígeno, y cada hora pesa como un domingo inacabable. «Con todo mi camino, a verme solo», resolvió un día César Vallejo. Más o menos por ahí va la cosa. Pero la ciudad tiene remedios, si decide usarlos. Tiene bancos donde detener la prisa, plazas donde cruzar miradas, portales donde el saludo aún puede ser una institución civil. Tiene bibliotecas, mercados, centros de barrio, parques donde la conversación improvisada es una forma de salud pública. Y tiene, sobre todo, la posibilidad de recordar que vivir juntos no es sólo compartir el ruido de las calles, sino también la vigilancia afectuosa de unos sobre otros. En muchos portales hay ya alguien que reserva un saludo para no despedirse de nadie. Cuesta verlo, alcalde, pero urge verlo. RSS de noticias de espana
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