Allá va Vingegaard, plato grande y arrancada de fuego, que me siga quién pueda. Y se hace oscuro, fundido a negro; nadie le tose ni le persigue, nadie capaz de cogerle la rueda, ni siquiera un Evenepoel al que le salen grilletes. Se marcha solo el danés, rodillo imperial camino del cielo y del éxito, suya es la gloria. Por detrás, sin embargo, los ciclistas juegan y serpentean, admiten que hay un ogro en el pelotón y que lo suyo no pasa de ser actores secundarios, que ya hay un campeón. Piden turno Gall y Lenny Martínez. Pero sobre todo lo festeja Vingegaard en lo alto del Coll de Pal, conquistador de la etapa reina y posiblemente de la Volta, ya con casi un minuto de ventaja. Una exhibición mayúscula, un ciclista de época que solo encuentra en Pogacar la piedra de su zapato.
El danés arranca a siete kilómetros de meta y descompone a cualquier rival por el cetro, descartado el tú a tú con Evenepoel
Allá va Vingegaard, plato grande y arrancada de fuego, que me siga quién pueda. Y se hace oscuro, fundido a negro; nadie le tose ni le persigue, nadie capaz de cogerle la rueda, ni siquiera un Evenepoel al que le salen grilletes. Se marcha solo el danés, rodillo imperial camino del cielo y del éxito, suya es la gloria. Por detrás, sin embargo, los ciclistas juegan y serpentean, admiten que hay un ogro en el pelotón y que lo suyo no pasa de ser actores secundarios, que ya hay un campeón. Piden turno Gall y Lenny Martínez. Pero sobre todo lo festeja Vingegaard en lo alto del Coll de Pal, conquistador de la etapa reina y posiblemente de la Volta, ya con casi un minuto de ventaja. Una exhibición mayúscula, un ciclista de época que solo encuentra en Pogacar la piedra de su zapato.
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