Allí estaba yo, a las 11 de la noche blandiendo un destornillador bajo la atenta mirada, por videollamada, de mi mejor amigo, a la sazón electricista. «¿Te sientes capaz de desmontar el termostato?», me había preguntado un rato antes. «Si lo quitas y la caldera sigue encendida, es que te están intentando timar». Pocas sensaciones tan incómodas como la que se apodera de una cuando sabe fehacientemente que está siendo estafada pero no tiene recursos para evitarlo.
Pocas sensaciones tan incómodas como la que se apodera de una cuando sabe fehacientemente que está siendo estafada pero no tiene recursos para evitarlo. Sabe lo que le digo, ¿verdad?
Allí estaba yo, a las 11 de la noche blandiendo un destornillador bajo la atenta mirada, por videollamada, de mi mejor amigo, a la sazón electricista. «¿Te sientes capaz de desmontar el termostato?», me había preguntado un rato antes. «Si lo quitas y la caldera sigue encendida, es que te están intentando timar». Pocas sensaciones tan incómodas como la que se apodera de una cuando sabe fehacientemente que está siendo estafada pero no tiene recursos para evitarlo.
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