Había niños por todas partes: bebés reptando por los amplios suelos de la cocina, diminutos seres que apenas se tenían en pie jugando con muñecas y cocinitas, algún cuerpecito yacente en una de las decenas de cunitas que poblaban la estancia, no sabían si dormido o muerto. Todos menores de tres años, todos con el pelo rapado. La policía de Arcadia, una ciudad pequeña y próspera al noreste de Los Ángeles, uno de esos reductos para ricos en los que nunca pasa nada, se dio de bruces el pasado verano con el caso de su vida.
Mientras caen las cifras de natalidad, las familias numerosas se convierten en símbolos de lujo. Sabemos por qué no tenemos más hijos, ¿pero nos preguntamos realmente por qué decidimos tenerlos?
Había niños por todas partes: bebés reptando por los amplios suelos de la cocina, diminutos seres que apenas se tenían en pie jugando con muñecas y cocinitas, algún cuerpecito yacente en una de las decenas de cunitas que poblaban la estancia, no sabían si dormido o muerto. Todos menores de tres años, todos con el pelo rapado. La policía de Arcadia, una ciudad pequeña y próspera al noreste de Los Ángeles, uno de esos reductos para ricos en los que nunca pasa nada, se dio de bruces el pasado verano con el caso de su vida.
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