Escribió aquello de «En la corte, el que no engaña, queda engañado», porque las cosas se han hecho siempre a la remanguillé en los mismos sitios y por las mismas causas, principalmente, dinero. Pero la razón por la que Alonso de Castillo Solórzano esté aquí hoy no es tanto por lo que escribió sino por lo que vivió para escribirlo. Y por ese motivo es un digno gato que fue tigre. Nació posiblemente en Tordesillas en 1584, pero fue esta ciudad la que le encumbró, enamoró y desgastó de tanto pisar esos ambientes hampones y callejeros que le hicieron tan pícaro. Venía de una familia hidalga, pero en decadencia, y la decadencia hablando del siglo XVI debió ser bastante pronunciada. Un fin de raza de cuando ni siquiera estaban de moda los árboles genealógicos, por mucho que dividieran a la sociedad en nobles y plebeyos. De hecho, el bueno de Alonso tuvo que hacer de negro escribano para muchas de esas familias, pues la pluma no daba para comer y se vio obligado a depender del mecenazgo desde bien temprano. Pero se cautivó de la vida urbana de una corte que en Madrid aún suspiraba de grandeza gracias a la propaganda de un imperialismo que enseñaba sus costuras, especialmente en las tabernas, donde el pueblo no filtraba y donde Alonso conoció la picardía de unos madrileños que no temían decir la verdad.Noticia relacionada reportaje No No GATOS QUE FUERON TIGRES Carmen de Burgos, la primera de tanto Alfonso J. UssíaEn esas tardes y noches de verbena perpetua, Alonso desarrolló una voz propia, especialmente interesada en el retrato de la ciudad barroca y de sus márgenes sociales: pícaros, estafadores, jugadores, criados oportunistas, prostitutas y nobles arruinados son los protagonistas de sus relatos. Una de sus obras más conocidas fue ‘La niña de los embustes’, cuya protagonista, Teresa de Manzanares, se mueve entre el ingenio y el engaño para sobrevivir. También destacó ‘Las harpías en Madrid’, una colección de relatos ambientados en un Madrid dominado por el fraude, el deseo de ascenso social y la teatralidad cotidiana y en el que centra los cuentos en personajes que él mismo fue tratando en sus largas horas de documentación en los ambientes más truculentos de la capital. De otra forma no sería un escritor costumbrista, un ojeador de historias cotidianas que prefirió mirar abajo en vez de arriba para contar la época que le tocó vivir. En ‘Las aventuras del bachiller Trapaza’, Alonso escribe la genialidad de quien cambia de vida una y mil veces con tal de seguir adelante. Un retrato preciso de una persona que se inventa nuevas identidades mientras el fondo es el de una sociedad profundamente inestable que no da segundas oportunidades. Este libro es un agujero por el que mirar los fondos sociales del siglo XVII, y quizá por eso se trata de un autor tan importante.Escribió el retrato urbano más preciso, desde la mirada desencantada y crítica, de la sociedad barroca de nuestra ciudadNo es Cervantes ni Quevedo, no pretende ser Góngora o Lope. El valor que tiene Alonso de Castillo no tiene tanto que ver con la frase terminada sino en el camino que siguió para escribirla. Porque existen muchas formas de hacer literatura, y la suya fue sin duda alguna la de la mirada social y costumbrista, la de los personajes que se mueven por el contorno de la vida, por ese borde que tan bien mirado hace prosa real y que nos enseña mucho más en un párrafo que en cualquier clase de historia. Alonso de Castillo escribió el retrato urbano más preciso, desde la mirada desencantada y crítica, de la sociedad barroca de nuestra ciudad. Ese tiempo en el que las tabernas se pintaban de rojo y las noches, a oscuras, se llenaban de misterio, miedo, duelos y conspiraciones. Escribió aquello de «En la corte, el que no engaña, queda engañado», porque las cosas se han hecho siempre a la remanguillé en los mismos sitios y por las mismas causas, principalmente, dinero. Pero la razón por la que Alonso de Castillo Solórzano esté aquí hoy no es tanto por lo que escribió sino por lo que vivió para escribirlo. Y por ese motivo es un digno gato que fue tigre. Nació posiblemente en Tordesillas en 1584, pero fue esta ciudad la que le encumbró, enamoró y desgastó de tanto pisar esos ambientes hampones y callejeros que le hicieron tan pícaro. Venía de una familia hidalga, pero en decadencia, y la decadencia hablando del siglo XVI debió ser bastante pronunciada. Un fin de raza de cuando ni siquiera estaban de moda los árboles genealógicos, por mucho que dividieran a la sociedad en nobles y plebeyos. De hecho, el bueno de Alonso tuvo que hacer de negro escribano para muchas de esas familias, pues la pluma no daba para comer y se vio obligado a depender del mecenazgo desde bien temprano. Pero se cautivó de la vida urbana de una corte que en Madrid aún suspiraba de grandeza gracias a la propaganda de un imperialismo que enseñaba sus costuras, especialmente en las tabernas, donde el pueblo no filtraba y donde Alonso conoció la picardía de unos madrileños que no temían decir la verdad.Noticia relacionada reportaje No No GATOS QUE FUERON TIGRES Carmen de Burgos, la primera de tanto Alfonso J. UssíaEn esas tardes y noches de verbena perpetua, Alonso desarrolló una voz propia, especialmente interesada en el retrato de la ciudad barroca y de sus márgenes sociales: pícaros, estafadores, jugadores, criados oportunistas, prostitutas y nobles arruinados son los protagonistas de sus relatos. Una de sus obras más conocidas fue ‘La niña de los embustes’, cuya protagonista, Teresa de Manzanares, se mueve entre el ingenio y el engaño para sobrevivir. También destacó ‘Las harpías en Madrid’, una colección de relatos ambientados en un Madrid dominado por el fraude, el deseo de ascenso social y la teatralidad cotidiana y en el que centra los cuentos en personajes que él mismo fue tratando en sus largas horas de documentación en los ambientes más truculentos de la capital. De otra forma no sería un escritor costumbrista, un ojeador de historias cotidianas que prefirió mirar abajo en vez de arriba para contar la época que le tocó vivir. En ‘Las aventuras del bachiller Trapaza’, Alonso escribe la genialidad de quien cambia de vida una y mil veces con tal de seguir adelante. Un retrato preciso de una persona que se inventa nuevas identidades mientras el fondo es el de una sociedad profundamente inestable que no da segundas oportunidades. Este libro es un agujero por el que mirar los fondos sociales del siglo XVII, y quizá por eso se trata de un autor tan importante.Escribió el retrato urbano más preciso, desde la mirada desencantada y crítica, de la sociedad barroca de nuestra ciudadNo es Cervantes ni Quevedo, no pretende ser Góngora o Lope. El valor que tiene Alonso de Castillo no tiene tanto que ver con la frase terminada sino en el camino que siguió para escribirla. Porque existen muchas formas de hacer literatura, y la suya fue sin duda alguna la de la mirada social y costumbrista, la de los personajes que se mueven por el contorno de la vida, por ese borde que tan bien mirado hace prosa real y que nos enseña mucho más en un párrafo que en cualquier clase de historia. Alonso de Castillo escribió el retrato urbano más preciso, desde la mirada desencantada y crítica, de la sociedad barroca de nuestra ciudad. Ese tiempo en el que las tabernas se pintaban de rojo y las noches, a oscuras, se llenaban de misterio, miedo, duelos y conspiraciones. Escribió aquello de «En la corte, el que no engaña, queda engañado», porque las cosas se han hecho siempre a la remanguillé en los mismos sitios y por las mismas causas, principalmente, dinero. Pero la razón por la que Alonso de Castillo Solórzano esté aquí hoy no es tanto por lo que escribió sino por lo que vivió para escribirlo. Y por ese motivo es un digno gato que fue tigre. Nació posiblemente en Tordesillas en 1584, pero fue esta ciudad la que le encumbró, enamoró y desgastó de tanto pisar esos ambientes hampones y callejeros que le hicieron tan pícaro. Venía de una familia hidalga, pero en decadencia, y la decadencia hablando del siglo XVI debió ser bastante pronunciada. Un fin de raza de cuando ni siquiera estaban de moda los árboles genealógicos, por mucho que dividieran a la sociedad en nobles y plebeyos. De hecho, el bueno de Alonso tuvo que hacer de negro escribano para muchas de esas familias, pues la pluma no daba para comer y se vio obligado a depender del mecenazgo desde bien temprano. Pero se cautivó de la vida urbana de una corte que en Madrid aún suspiraba de grandeza gracias a la propaganda de un imperialismo que enseñaba sus costuras, especialmente en las tabernas, donde el pueblo no filtraba y donde Alonso conoció la picardía de unos madrileños que no temían decir la verdad.Noticia relacionada reportaje No No GATOS QUE FUERON TIGRES Carmen de Burgos, la primera de tanto Alfonso J. UssíaEn esas tardes y noches de verbena perpetua, Alonso desarrolló una voz propia, especialmente interesada en el retrato de la ciudad barroca y de sus márgenes sociales: pícaros, estafadores, jugadores, criados oportunistas, prostitutas y nobles arruinados son los protagonistas de sus relatos. Una de sus obras más conocidas fue ‘La niña de los embustes’, cuya protagonista, Teresa de Manzanares, se mueve entre el ingenio y el engaño para sobrevivir. También destacó ‘Las harpías en Madrid’, una colección de relatos ambientados en un Madrid dominado por el fraude, el deseo de ascenso social y la teatralidad cotidiana y en el que centra los cuentos en personajes que él mismo fue tratando en sus largas horas de documentación en los ambientes más truculentos de la capital. De otra forma no sería un escritor costumbrista, un ojeador de historias cotidianas que prefirió mirar abajo en vez de arriba para contar la época que le tocó vivir. En ‘Las aventuras del bachiller Trapaza’, Alonso escribe la genialidad de quien cambia de vida una y mil veces con tal de seguir adelante. Un retrato preciso de una persona que se inventa nuevas identidades mientras el fondo es el de una sociedad profundamente inestable que no da segundas oportunidades. Este libro es un agujero por el que mirar los fondos sociales del siglo XVII, y quizá por eso se trata de un autor tan importante.Escribió el retrato urbano más preciso, desde la mirada desencantada y crítica, de la sociedad barroca de nuestra ciudadNo es Cervantes ni Quevedo, no pretende ser Góngora o Lope. El valor que tiene Alonso de Castillo no tiene tanto que ver con la frase terminada sino en el camino que siguió para escribirla. Porque existen muchas formas de hacer literatura, y la suya fue sin duda alguna la de la mirada social y costumbrista, la de los personajes que se mueven por el contorno de la vida, por ese borde que tan bien mirado hace prosa real y que nos enseña mucho más en un párrafo que en cualquier clase de historia. Alonso de Castillo escribió el retrato urbano más preciso, desde la mirada desencantada y crítica, de la sociedad barroca de nuestra ciudad. Ese tiempo en el que las tabernas se pintaban de rojo y las noches, a oscuras, se llenaban de misterio, miedo, duelos y conspiraciones. RSS de noticias de espana
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