¿Saldrá o no saldrá? Así comienzan todos los conciertos de Morrissey. Los antecedentes hacen dudar, no vaya a hacer la espantada que hizo el cantante en Valencia. Pero salió. Y mejor, porque no sé si el corazón del veterano público que llenaba sin paliativos la plaza mayor del Pueblo Español de Monjuïc, lo hubiese soportado. Cielo encapotado, calor asfixiante y la gran ansiedad generalizada que existía para ver al vocalista de los Smiths prometían una gran noche. Y ni siquiera hubo que esperar diez minutos para que apareciera nuestro héroe, respaldado por imágenes de James Baldwin, el escritor afroamericano y homosexual al que Morrissey parece tener mucha estima. «Hola, hola, Barcelona», gritó gallito antes de empezar con la vibrante ‘Billy Budd’, pop contenido, elegante, melancólico, pero con ese halo de luz detrás que borra todo el cinismo a capotadas.A golpe de pandereta, pero con un sonido algo deficiente, el cantante apareció de estricto negro, con unas extrañas florecillas blancas como cinturón. Nunca fue elegante, pero siempre fue Morrissey. Tiró la pandereta de forma rebelde, si hay forma rebelde de tirar una pandereta, y esta vez agarró unas maracas azules para interpretar ‘I just want to see your boy happy’ «Estoy aquí para vosotros haciendo de mí como deseáis», dijo medio en broma medio en serio. Hay que saber leer a Morrissey, todo lo dice con una gruesa capa de ironía, pero sólo expresa lo que piensa. Es como esos niños que fingen por inseguridad que bromean, pero lo que dicen es totalmente en serio. Y el cantante tenía razón, todos deseábamos más que nada que hiciese de Morrissey.El ex The Smiths cerraba así, con un ‘sold out’, el Barts Festival . El músico mantiene su carisma, su voz aterciopelada y ese melodramático timbre que lo convirtió en los años 80 en el divo inadaptado, en el combinado, rabia, frustración, rabia pasivo agresiva, en el gran anhelante de una vida mejor, en una maravillosa incongruencia. Esto se notó hasta el paroxismo con ‘The youngest was the most loved’, perfecta canción pop para rememorar tu triste juventud en ese momento del atardecer en que parece que todo se acaba. De eso van las canciones de Morrissey, de amores, pero no los tuyos, los de otros, y de que tú también los mereces y no es justo, porque parece que todo el mundo es feliz menos tú, y eso sí que es triste. Sí, Morrissey, lo es.El concierto evolucionaba sin pausas. «Sabéis que el mundo ha acabado, lo sabéis, verdad. ¿No lo habéis notado?», dijo y se secó el sudor con un enorme pañuelo naranja, lo más parecido a una parodia de Pavarotti de la noche. Y cuando empezó a cantar ‘First in the gang to die’ , el público se transformó como el hombre lobo y dejaron escapar como niños su euforia contenida. La canción ya tiene unos 20 años, pero sigue siendo unos de los puntos álgidos de la segunda etapa de su carrera en solitario que es una maravilla escuchar. Sus quejidos lastimeros del final ponen los pelos de punta.Morrissey seguía siendo Morrissey, y eso es una buena noticia. «Si pedís una canción la cantaré», dijo entusiasta. El público le iba diciendo canciones y él contestaba que no a todas con garbo. El músico es el rey de los trolls, ja ja ja. La guasa no se la quita nadie. Es un rapsoda, es un filósofo, es un gruñón y sigue ofreciendo un pop lustroso y encantado que pone belleza a todas las vidas miserables. Con ‘Now my heart is full’ consiguió emocionar hasta a las piedras y había muchas, piedras emocionadas, me refiero.«Estoy aquí por vosotros, para hacer de mi lo mejor que se como deseáis» MorrisseyMientras tanto, el cantante continuaba a lo suyo. «Es incomprensible, no sabéis cómo vivo, pero os lo diré», exclamó con indignación y empezó a cantar ‘Make up is a lie’, canción que da título a su último álbum. Aunque el delirio llegó con ‘How Soon is now’, la mítica canción de The Smiths que ha superado todos los tests del tiempo. «Está canción es más vieja que vosotros», dijo, y en ese momento, con los primeros arañazos de la guitarra, empezó a llover. Parecía que él había abierto el cielo. Morrissey es teatral hasta en la meteorología Uno de los momentos más épicos del concierto. Porque no era llovizna, era gota gorda, fría, desagradable, pero allí no se movía nadie.En ‘How soon is now’ el cantante nos cuenta que él es hijo y heredero de una timidez que no tiene nada en particular. Todos los tímidos del mundo la adoran, porque en el fondo piensan que puede que su timidez sea una vulgaridad, pero lo canta Morrissey, así que ellos, con su timidez vulgar, ¡también pueden ser Morrisey! No hubo mucho repaso al temario de The Smiths. A penas unas pinceladas, pero cuando las tocaba se notaba. La mejor canción de todo el concierto fue, sin duda, la triste y melancólica ‘I know its over’, otra regresión a los años 80 y al Manchester deprimido de clase trabajadora que hizo las delicias de un público que estaba hipnotizado por la simpatía pasiva del artista.El concierto se encaminaba a su recta final. «Mientras sea legal pensar os tocaré esta canción», dijo antes de empezar con otros de sus temas nuevos, ‘Notre Dame’, una rítmica y no muy inspirada canción en la que el crooner se vuelve rudo y sincopado, un poco a lo Leonard Cohen. La lluvia había refrescado, gracias a dios, el ambiente y el cantante se puso una chaqueta blanca. Hasta los divos se hacen mayores y necesitan una rebequita cuando empieza a hacer fresco.También, por supuesto, hubo momentos para lo ‘camp’ y lo kitsch. «Ahora queremos interpretar un nuevo himno nacional para España» dijo y su banda empezó con una fanfarria entre los pitos de la gente. Con imágenes de corridas de toros que salen mal, al menos para el torero, cantó ‘The bullfighter dies’, de su disco de 2014. Pero no se quedó allí en sus reivindicaciones. «En todos los países del mundo se dice que las mejores personas que un país puede producir están en el gobierno, ¡estáis de acuerdo!», exclamó. Todos rugieron en contra y Morrisey se limitó a contestar: «estoy sorprendido».Morrissey, el rey de la ironía El personaje Morrissey sigue siendo lo segundo mejor que tiene. Lo primero, el repertorio, por supuesto. La gente, mojada, radiante, se lo estaba pasando pipa. Después de presentar a la banda, se dejó de tonterías y volvió a lo mejor de su etapa en solitario con ‘Suedehead’, que acabó con un espontáneo subiendo al escenario y abrazando a Morrissey. ¿Le gustó? Apostemos. Personalmente, creo que no, pero siguió cantando como si no hubiese pasado nada.Para acabar, furia rockera con la vibrante ‘Jack the ripper’ y ‘I’m throwing my arms around Paris’, también de su último disco. Acabó gritando: «ratas, ratas, miles, millones de ellas», como en la película ‘Drácula’, de 1932. El efecto fue estremecedor. Aquí abandonó el escenario y la gente volvió a ponerse nerviosa. ¿Saldrá o no saldrá? Esa era la cuestión. Y Morrissey salió.«Creed sólo lo que veáis con vuestros ojos y lo que oigáis con vuestros oídos. ¡No os creáis las noticias!» Morrissey«Creed sólo lo que veáis con vuestros propios ojos. Creed sólo lo que escuchéis con vuestro propios oídos. No os creáis las noticias, y si no nos volvemos a ver, os quiero mucho». Así se despidió el cantante de Manchester. ¿Tiene sentido hacer una crónica de un concierto si sólo puedes creer lo que ven tus propios ojos? Ni idea.El turno de los bises cerró la noche con la imprescindible ‘There is a light that never goes out’. Alguien entre el público dijo: «pues a mí me gustaba más la versión del de Duncan Dhu». Ja ja ja, claro. Lo peor y lo mejor del mundo es que todo es subjetivo. La voz ce Judy Garland despidió a un público que hubiese deseado muchas más canciones de The Smiths, pero que se contentó con esto. Una hora y media de concierto, unas 18 canciones, y un mito insondable de la historia de la música pop. Morrissey sigue y seguirá siendo el que mejor haga de Morrissey, aunque el cuerpo y la voz ya no acompañen como antes. ¿Saldrá o no saldrá? Así comienzan todos los conciertos de Morrissey. Los antecedentes hacen dudar, no vaya a hacer la espantada que hizo el cantante en Valencia. Pero salió. Y mejor, porque no sé si el corazón del veterano público que llenaba sin paliativos la plaza mayor del Pueblo Español de Monjuïc, lo hubiese soportado. Cielo encapotado, calor asfixiante y la gran ansiedad generalizada que existía para ver al vocalista de los Smiths prometían una gran noche. Y ni siquiera hubo que esperar diez minutos para que apareciera nuestro héroe, respaldado por imágenes de James Baldwin, el escritor afroamericano y homosexual al que Morrissey parece tener mucha estima. «Hola, hola, Barcelona», gritó gallito antes de empezar con la vibrante ‘Billy Budd’, pop contenido, elegante, melancólico, pero con ese halo de luz detrás que borra todo el cinismo a capotadas.A golpe de pandereta, pero con un sonido algo deficiente, el cantante apareció de estricto negro, con unas extrañas florecillas blancas como cinturón. Nunca fue elegante, pero siempre fue Morrissey. Tiró la pandereta de forma rebelde, si hay forma rebelde de tirar una pandereta, y esta vez agarró unas maracas azules para interpretar ‘I just want to see your boy happy’ «Estoy aquí para vosotros haciendo de mí como deseáis», dijo medio en broma medio en serio. Hay que saber leer a Morrissey, todo lo dice con una gruesa capa de ironía, pero sólo expresa lo que piensa. Es como esos niños que fingen por inseguridad que bromean, pero lo que dicen es totalmente en serio. Y el cantante tenía razón, todos deseábamos más que nada que hiciese de Morrissey.El ex The Smiths cerraba así, con un ‘sold out’, el Barts Festival . El músico mantiene su carisma, su voz aterciopelada y ese melodramático timbre que lo convirtió en los años 80 en el divo inadaptado, en el combinado, rabia, frustración, rabia pasivo agresiva, en el gran anhelante de una vida mejor, en una maravillosa incongruencia. Esto se notó hasta el paroxismo con ‘The youngest was the most loved’, perfecta canción pop para rememorar tu triste juventud en ese momento del atardecer en que parece que todo se acaba. De eso van las canciones de Morrissey, de amores, pero no los tuyos, los de otros, y de que tú también los mereces y no es justo, porque parece que todo el mundo es feliz menos tú, y eso sí que es triste. Sí, Morrissey, lo es.El concierto evolucionaba sin pausas. «Sabéis que el mundo ha acabado, lo sabéis, verdad. ¿No lo habéis notado?», dijo y se secó el sudor con un enorme pañuelo naranja, lo más parecido a una parodia de Pavarotti de la noche. Y cuando empezó a cantar ‘First in the gang to die’ , el público se transformó como el hombre lobo y dejaron escapar como niños su euforia contenida. La canción ya tiene unos 20 años, pero sigue siendo unos de los puntos álgidos de la segunda etapa de su carrera en solitario que es una maravilla escuchar. Sus quejidos lastimeros del final ponen los pelos de punta.Morrissey seguía siendo Morrissey, y eso es una buena noticia. «Si pedís una canción la cantaré», dijo entusiasta. El público le iba diciendo canciones y él contestaba que no a todas con garbo. El músico es el rey de los trolls, ja ja ja. La guasa no se la quita nadie. Es un rapsoda, es un filósofo, es un gruñón y sigue ofreciendo un pop lustroso y encantado que pone belleza a todas las vidas miserables. Con ‘Now my heart is full’ consiguió emocionar hasta a las piedras y había muchas, piedras emocionadas, me refiero.«Estoy aquí por vosotros, para hacer de mi lo mejor que se como deseáis» MorrisseyMientras tanto, el cantante continuaba a lo suyo. «Es incomprensible, no sabéis cómo vivo, pero os lo diré», exclamó con indignación y empezó a cantar ‘Make up is a lie’, canción que da título a su último álbum. Aunque el delirio llegó con ‘How Soon is now’, la mítica canción de The Smiths que ha superado todos los tests del tiempo. «Está canción es más vieja que vosotros», dijo, y en ese momento, con los primeros arañazos de la guitarra, empezó a llover. Parecía que él había abierto el cielo. Morrissey es teatral hasta en la meteorología Uno de los momentos más épicos del concierto. Porque no era llovizna, era gota gorda, fría, desagradable, pero allí no se movía nadie.En ‘How soon is now’ el cantante nos cuenta que él es hijo y heredero de una timidez que no tiene nada en particular. Todos los tímidos del mundo la adoran, porque en el fondo piensan que puede que su timidez sea una vulgaridad, pero lo canta Morrissey, así que ellos, con su timidez vulgar, ¡también pueden ser Morrisey! No hubo mucho repaso al temario de The Smiths. A penas unas pinceladas, pero cuando las tocaba se notaba. La mejor canción de todo el concierto fue, sin duda, la triste y melancólica ‘I know its over’, otra regresión a los años 80 y al Manchester deprimido de clase trabajadora que hizo las delicias de un público que estaba hipnotizado por la simpatía pasiva del artista.El concierto se encaminaba a su recta final. «Mientras sea legal pensar os tocaré esta canción», dijo antes de empezar con otros de sus temas nuevos, ‘Notre Dame’, una rítmica y no muy inspirada canción en la que el crooner se vuelve rudo y sincopado, un poco a lo Leonard Cohen. La lluvia había refrescado, gracias a dios, el ambiente y el cantante se puso una chaqueta blanca. Hasta los divos se hacen mayores y necesitan una rebequita cuando empieza a hacer fresco.También, por supuesto, hubo momentos para lo ‘camp’ y lo kitsch. «Ahora queremos interpretar un nuevo himno nacional para España» dijo y su banda empezó con una fanfarria entre los pitos de la gente. Con imágenes de corridas de toros que salen mal, al menos para el torero, cantó ‘The bullfighter dies’, de su disco de 2014. Pero no se quedó allí en sus reivindicaciones. «En todos los países del mundo se dice que las mejores personas que un país puede producir están en el gobierno, ¡estáis de acuerdo!», exclamó. Todos rugieron en contra y Morrisey se limitó a contestar: «estoy sorprendido».Morrissey, el rey de la ironía El personaje Morrissey sigue siendo lo segundo mejor que tiene. Lo primero, el repertorio, por supuesto. La gente, mojada, radiante, se lo estaba pasando pipa. Después de presentar a la banda, se dejó de tonterías y volvió a lo mejor de su etapa en solitario con ‘Suedehead’, que acabó con un espontáneo subiendo al escenario y abrazando a Morrissey. ¿Le gustó? Apostemos. Personalmente, creo que no, pero siguió cantando como si no hubiese pasado nada.Para acabar, furia rockera con la vibrante ‘Jack the ripper’ y ‘I’m throwing my arms around Paris’, también de su último disco. Acabó gritando: «ratas, ratas, miles, millones de ellas», como en la película ‘Drácula’, de 1932. El efecto fue estremecedor. Aquí abandonó el escenario y la gente volvió a ponerse nerviosa. ¿Saldrá o no saldrá? Esa era la cuestión. Y Morrissey salió.«Creed sólo lo que veáis con vuestros ojos y lo que oigáis con vuestros oídos. ¡No os creáis las noticias!» Morrissey«Creed sólo lo que veáis con vuestros propios ojos. Creed sólo lo que escuchéis con vuestro propios oídos. No os creáis las noticias, y si no nos volvemos a ver, os quiero mucho». Así se despidió el cantante de Manchester. ¿Tiene sentido hacer una crónica de un concierto si sólo puedes creer lo que ven tus propios ojos? Ni idea.El turno de los bises cerró la noche con la imprescindible ‘There is a light that never goes out’. Alguien entre el público dijo: «pues a mí me gustaba más la versión del de Duncan Dhu». Ja ja ja, claro. Lo peor y lo mejor del mundo es que todo es subjetivo. La voz ce Judy Garland despidió a un público que hubiese deseado muchas más canciones de The Smiths, pero que se contentó con esto. Una hora y media de concierto, unas 18 canciones, y un mito insondable de la historia de la música pop. Morrissey sigue y seguirá siendo el que mejor haga de Morrissey, aunque el cuerpo y la voz ya no acompañen como antes. ¿Saldrá o no saldrá? Así comienzan todos los conciertos de Morrissey. Los antecedentes hacen dudar, no vaya a hacer la espantada que hizo el cantante en Valencia. Pero salió. Y mejor, porque no sé si el corazón del veterano público que llenaba sin paliativos la plaza mayor del Pueblo Español de Monjuïc, lo hubiese soportado. Cielo encapotado, calor asfixiante y la gran ansiedad generalizada que existía para ver al vocalista de los Smiths prometían una gran noche. Y ni siquiera hubo que esperar diez minutos para que apareciera nuestro héroe, respaldado por imágenes de James Baldwin, el escritor afroamericano y homosexual al que Morrissey parece tener mucha estima. «Hola, hola, Barcelona», gritó gallito antes de empezar con la vibrante ‘Billy Budd’, pop contenido, elegante, melancólico, pero con ese halo de luz detrás que borra todo el cinismo a capotadas.A golpe de pandereta, pero con un sonido algo deficiente, el cantante apareció de estricto negro, con unas extrañas florecillas blancas como cinturón. Nunca fue elegante, pero siempre fue Morrissey. Tiró la pandereta de forma rebelde, si hay forma rebelde de tirar una pandereta, y esta vez agarró unas maracas azules para interpretar ‘I just want to see your boy happy’ «Estoy aquí para vosotros haciendo de mí como deseáis», dijo medio en broma medio en serio. Hay que saber leer a Morrissey, todo lo dice con una gruesa capa de ironía, pero sólo expresa lo que piensa. Es como esos niños que fingen por inseguridad que bromean, pero lo que dicen es totalmente en serio. Y el cantante tenía razón, todos deseábamos más que nada que hiciese de Morrissey.El ex The Smiths cerraba así, con un ‘sold out’, el Barts Festival . El músico mantiene su carisma, su voz aterciopelada y ese melodramático timbre que lo convirtió en los años 80 en el divo inadaptado, en el combinado, rabia, frustración, rabia pasivo agresiva, en el gran anhelante de una vida mejor, en una maravillosa incongruencia. Esto se notó hasta el paroxismo con ‘The youngest was the most loved’, perfecta canción pop para rememorar tu triste juventud en ese momento del atardecer en que parece que todo se acaba. De eso van las canciones de Morrissey, de amores, pero no los tuyos, los de otros, y de que tú también los mereces y no es justo, porque parece que todo el mundo es feliz menos tú, y eso sí que es triste. Sí, Morrissey, lo es.El concierto evolucionaba sin pausas. «Sabéis que el mundo ha acabado, lo sabéis, verdad. ¿No lo habéis notado?», dijo y se secó el sudor con un enorme pañuelo naranja, lo más parecido a una parodia de Pavarotti de la noche. Y cuando empezó a cantar ‘First in the gang to die’ , el público se transformó como el hombre lobo y dejaron escapar como niños su euforia contenida. La canción ya tiene unos 20 años, pero sigue siendo unos de los puntos álgidos de la segunda etapa de su carrera en solitario que es una maravilla escuchar. Sus quejidos lastimeros del final ponen los pelos de punta.Morrissey seguía siendo Morrissey, y eso es una buena noticia. «Si pedís una canción la cantaré», dijo entusiasta. El público le iba diciendo canciones y él contestaba que no a todas con garbo. El músico es el rey de los trolls, ja ja ja. La guasa no se la quita nadie. Es un rapsoda, es un filósofo, es un gruñón y sigue ofreciendo un pop lustroso y encantado que pone belleza a todas las vidas miserables. Con ‘Now my heart is full’ consiguió emocionar hasta a las piedras y había muchas, piedras emocionadas, me refiero.«Estoy aquí por vosotros, para hacer de mi lo mejor que se como deseáis» MorrisseyMientras tanto, el cantante continuaba a lo suyo. «Es incomprensible, no sabéis cómo vivo, pero os lo diré», exclamó con indignación y empezó a cantar ‘Make up is a lie’, canción que da título a su último álbum. Aunque el delirio llegó con ‘How Soon is now’, la mítica canción de The Smiths que ha superado todos los tests del tiempo. «Está canción es más vieja que vosotros», dijo, y en ese momento, con los primeros arañazos de la guitarra, empezó a llover. Parecía que él había abierto el cielo. Morrissey es teatral hasta en la meteorología Uno de los momentos más épicos del concierto. Porque no era llovizna, era gota gorda, fría, desagradable, pero allí no se movía nadie.En ‘How soon is now’ el cantante nos cuenta que él es hijo y heredero de una timidez que no tiene nada en particular. Todos los tímidos del mundo la adoran, porque en el fondo piensan que puede que su timidez sea una vulgaridad, pero lo canta Morrissey, así que ellos, con su timidez vulgar, ¡también pueden ser Morrisey! No hubo mucho repaso al temario de The Smiths. A penas unas pinceladas, pero cuando las tocaba se notaba. La mejor canción de todo el concierto fue, sin duda, la triste y melancólica ‘I know its over’, otra regresión a los años 80 y al Manchester deprimido de clase trabajadora que hizo las delicias de un público que estaba hipnotizado por la simpatía pasiva del artista.El concierto se encaminaba a su recta final. «Mientras sea legal pensar os tocaré esta canción», dijo antes de empezar con otros de sus temas nuevos, ‘Notre Dame’, una rítmica y no muy inspirada canción en la que el crooner se vuelve rudo y sincopado, un poco a lo Leonard Cohen. La lluvia había refrescado, gracias a dios, el ambiente y el cantante se puso una chaqueta blanca. Hasta los divos se hacen mayores y necesitan una rebequita cuando empieza a hacer fresco.También, por supuesto, hubo momentos para lo ‘camp’ y lo kitsch. «Ahora queremos interpretar un nuevo himno nacional para España» dijo y su banda empezó con una fanfarria entre los pitos de la gente. Con imágenes de corridas de toros que salen mal, al menos para el torero, cantó ‘The bullfighter dies’, de su disco de 2014. Pero no se quedó allí en sus reivindicaciones. «En todos los países del mundo se dice que las mejores personas que un país puede producir están en el gobierno, ¡estáis de acuerdo!», exclamó. Todos rugieron en contra y Morrisey se limitó a contestar: «estoy sorprendido».Morrissey, el rey de la ironía El personaje Morrissey sigue siendo lo segundo mejor que tiene. Lo primero, el repertorio, por supuesto. La gente, mojada, radiante, se lo estaba pasando pipa. Después de presentar a la banda, se dejó de tonterías y volvió a lo mejor de su etapa en solitario con ‘Suedehead’, que acabó con un espontáneo subiendo al escenario y abrazando a Morrissey. ¿Le gustó? Apostemos. Personalmente, creo que no, pero siguió cantando como si no hubiese pasado nada.Para acabar, furia rockera con la vibrante ‘Jack the ripper’ y ‘I’m throwing my arms around Paris’, también de su último disco. Acabó gritando: «ratas, ratas, miles, millones de ellas», como en la película ‘Drácula’, de 1932. El efecto fue estremecedor. Aquí abandonó el escenario y la gente volvió a ponerse nerviosa. ¿Saldrá o no saldrá? Esa era la cuestión. Y Morrissey salió.«Creed sólo lo que veáis con vuestros ojos y lo que oigáis con vuestros oídos. ¡No os creáis las noticias!» Morrissey«Creed sólo lo que veáis con vuestros propios ojos. Creed sólo lo que escuchéis con vuestro propios oídos. No os creáis las noticias, y si no nos volvemos a ver, os quiero mucho». Así se despidió el cantante de Manchester. ¿Tiene sentido hacer una crónica de un concierto si sólo puedes creer lo que ven tus propios ojos? Ni idea.El turno de los bises cerró la noche con la imprescindible ‘There is a light that never goes out’. Alguien entre el público dijo: «pues a mí me gustaba más la versión del de Duncan Dhu». Ja ja ja, claro. Lo peor y lo mejor del mundo es que todo es subjetivo. La voz ce Judy Garland despidió a un público que hubiese deseado muchas más canciones de The Smiths, pero que se contentó con esto. Una hora y media de concierto, unas 18 canciones, y un mito insondable de la historia de la música pop. Morrissey sigue y seguirá siendo el que mejor haga de Morrissey, aunque el cuerpo y la voz ya no acompañen como antes. RSS de noticias de cultura
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