Ayer murió Juan Tamariz y, al conocer la noticia, se me cayó alguna lagrimita. No solo porque se haya ido uno de los grandes magos de la historia, sino porque, si Juan Tamariz no hubiera existido, probablemente yo no sería quien soy.Lo conocí como tantos niños de mi generación: por televisión. Esperaba sus apariciones en ‘Un, dos, tres’ como un acontecimiento. Nos hacía reír y, segundos después, nos dejaba con la boca abierta. Más tarde llegó ‘Magia Potagia’. Yo ya tenía vídeo y grababa sus programas en cintas VHS que machacaba hacia delante y hacia atrás intentando descubrir cómo demonios hacía aquello.Nunca conseguí pillarle los trucos, pero conseguí algo mucho más importante: quise ser mago.Cuando llegué a Madrid para estudiar Informática me apunté a la Sociedad Española de Ilusionismo. Recuerdo perfectamente la primera vez que vi allí a Juan. Había pasado cientos de horas observándolo a través de una pantalla y, de repente, estaba a escasos metros de mí.Los lunes, después de las reuniones en el Hogar Canario de la calle Fuencarral, salíamos a cenar. Juan podía pasarse toda la noche con una baraja en la mano haciendo magia a cualquiera que tuviera cerca. Muchas de aquellas veladas acababan a las ocho de la mañana en un café de la calle Villanueva. Yo regresaba a casa en autobús, ya de día, pensando que había sido testigo de algo extraordinario .Con el tiempo descubrí que lo más importante que enseñaba Tamariz no eran los trucos.En una conferencia contó que, después de actuar, a veces se escondía en el baño para escuchar lo que el público comentaba cuando pensaba que él no estaba delante. No quería halagos. Quería saber la verdad para mejorar.También explicaba que preparaba una solución para cada posible error de sus números. Antes de salir al escenario imaginaba que cometería diez. Cuando sucedía el primero pensaba: «Qué bien, ya solo me quedan nueve».Esa manera de pensar se me quedó grabada.Tuve después la inmensa suerte de compartir escenario con él. Recuerdo especialmente un Congreso Nacional de Magia en Valladolid, en 1993. Me tocaba actuar junto a Anthony Blake y Juan Tamariz. Estaba literalmente cagado de miedo. Delante de mí estaba el maestro de maestros .Hace aproximadamente un año cené con Juan y Jorge Blass. Juan ya estaba delicado y le temblaban las manos. En una mesa cercana lo reconocieron. Podría haberse limitado a saludar, pero se levantó, cogió unas cartas y empezó a hacer magia a aquellos desconocidos.Aquello resumía perfectamente quién era.Juan no hacía magia. Juan era magia.Él decía que la magia era como contemplar un arcoíris. Siempre aparece alguien dispuesto a explicarte que aquello no tiene ningún misterio, que solo es un fenómeno producido por la refracción de la luz. Y a Juan le molestaba que la explicación destruyera el asombro.Déjame disfrutar del arcoíris.Han pasado más de treinta años desde que dejé de ser aquel chaval que rebobinaba cintas VHS. Después de la magia llegaron los monólogos, las conferencias, los cursos y los libros. Pero todavía hoy, cada vez que subo a un escenario, llevo algo de Tamariz conmigo: su psicología, su humor, su obsesión por el público y, sobre todo, sus ganas de ilusionar.Por eso ayer me quedé un poco huérfano.Se ha ido el maestro.Pero nos ha dejado el arcoíris.Mago More Es conferenciante, presentador y formador. Es también mago y humorista Ayer murió Juan Tamariz y, al conocer la noticia, se me cayó alguna lagrimita. No solo porque se haya ido uno de los grandes magos de la historia, sino porque, si Juan Tamariz no hubiera existido, probablemente yo no sería quien soy.Lo conocí como tantos niños de mi generación: por televisión. Esperaba sus apariciones en ‘Un, dos, tres’ como un acontecimiento. Nos hacía reír y, segundos después, nos dejaba con la boca abierta. Más tarde llegó ‘Magia Potagia’. Yo ya tenía vídeo y grababa sus programas en cintas VHS que machacaba hacia delante y hacia atrás intentando descubrir cómo demonios hacía aquello.Nunca conseguí pillarle los trucos, pero conseguí algo mucho más importante: quise ser mago.Cuando llegué a Madrid para estudiar Informática me apunté a la Sociedad Española de Ilusionismo. Recuerdo perfectamente la primera vez que vi allí a Juan. Había pasado cientos de horas observándolo a través de una pantalla y, de repente, estaba a escasos metros de mí.Los lunes, después de las reuniones en el Hogar Canario de la calle Fuencarral, salíamos a cenar. Juan podía pasarse toda la noche con una baraja en la mano haciendo magia a cualquiera que tuviera cerca. Muchas de aquellas veladas acababan a las ocho de la mañana en un café de la calle Villanueva. Yo regresaba a casa en autobús, ya de día, pensando que había sido testigo de algo extraordinario .Con el tiempo descubrí que lo más importante que enseñaba Tamariz no eran los trucos.En una conferencia contó que, después de actuar, a veces se escondía en el baño para escuchar lo que el público comentaba cuando pensaba que él no estaba delante. No quería halagos. Quería saber la verdad para mejorar.También explicaba que preparaba una solución para cada posible error de sus números. Antes de salir al escenario imaginaba que cometería diez. Cuando sucedía el primero pensaba: «Qué bien, ya solo me quedan nueve».Esa manera de pensar se me quedó grabada.Tuve después la inmensa suerte de compartir escenario con él. Recuerdo especialmente un Congreso Nacional de Magia en Valladolid, en 1993. Me tocaba actuar junto a Anthony Blake y Juan Tamariz. Estaba literalmente cagado de miedo. Delante de mí estaba el maestro de maestros .Hace aproximadamente un año cené con Juan y Jorge Blass. Juan ya estaba delicado y le temblaban las manos. En una mesa cercana lo reconocieron. Podría haberse limitado a saludar, pero se levantó, cogió unas cartas y empezó a hacer magia a aquellos desconocidos.Aquello resumía perfectamente quién era.Juan no hacía magia. Juan era magia.Él decía que la magia era como contemplar un arcoíris. Siempre aparece alguien dispuesto a explicarte que aquello no tiene ningún misterio, que solo es un fenómeno producido por la refracción de la luz. Y a Juan le molestaba que la explicación destruyera el asombro.Déjame disfrutar del arcoíris.Han pasado más de treinta años desde que dejé de ser aquel chaval que rebobinaba cintas VHS. Después de la magia llegaron los monólogos, las conferencias, los cursos y los libros. Pero todavía hoy, cada vez que subo a un escenario, llevo algo de Tamariz conmigo: su psicología, su humor, su obsesión por el público y, sobre todo, sus ganas de ilusionar.Por eso ayer me quedé un poco huérfano.Se ha ido el maestro.Pero nos ha dejado el arcoíris.Mago More Es conferenciante, presentador y formador. Es también mago y humorista Ayer murió Juan Tamariz y, al conocer la noticia, se me cayó alguna lagrimita. No solo porque se haya ido uno de los grandes magos de la historia, sino porque, si Juan Tamariz no hubiera existido, probablemente yo no sería quien soy.Lo conocí como tantos niños de mi generación: por televisión. Esperaba sus apariciones en ‘Un, dos, tres’ como un acontecimiento. Nos hacía reír y, segundos después, nos dejaba con la boca abierta. Más tarde llegó ‘Magia Potagia’. Yo ya tenía vídeo y grababa sus programas en cintas VHS que machacaba hacia delante y hacia atrás intentando descubrir cómo demonios hacía aquello.Nunca conseguí pillarle los trucos, pero conseguí algo mucho más importante: quise ser mago.Cuando llegué a Madrid para estudiar Informática me apunté a la Sociedad Española de Ilusionismo. Recuerdo perfectamente la primera vez que vi allí a Juan. Había pasado cientos de horas observándolo a través de una pantalla y, de repente, estaba a escasos metros de mí.Los lunes, después de las reuniones en el Hogar Canario de la calle Fuencarral, salíamos a cenar. Juan podía pasarse toda la noche con una baraja en la mano haciendo magia a cualquiera que tuviera cerca. Muchas de aquellas veladas acababan a las ocho de la mañana en un café de la calle Villanueva. Yo regresaba a casa en autobús, ya de día, pensando que había sido testigo de algo extraordinario .Con el tiempo descubrí que lo más importante que enseñaba Tamariz no eran los trucos.En una conferencia contó que, después de actuar, a veces se escondía en el baño para escuchar lo que el público comentaba cuando pensaba que él no estaba delante. No quería halagos. Quería saber la verdad para mejorar.También explicaba que preparaba una solución para cada posible error de sus números. Antes de salir al escenario imaginaba que cometería diez. Cuando sucedía el primero pensaba: «Qué bien, ya solo me quedan nueve».Esa manera de pensar se me quedó grabada.Tuve después la inmensa suerte de compartir escenario con él. Recuerdo especialmente un Congreso Nacional de Magia en Valladolid, en 1993. Me tocaba actuar junto a Anthony Blake y Juan Tamariz. Estaba literalmente cagado de miedo. Delante de mí estaba el maestro de maestros .Hace aproximadamente un año cené con Juan y Jorge Blass. Juan ya estaba delicado y le temblaban las manos. En una mesa cercana lo reconocieron. Podría haberse limitado a saludar, pero se levantó, cogió unas cartas y empezó a hacer magia a aquellos desconocidos.Aquello resumía perfectamente quién era.Juan no hacía magia. Juan era magia.Él decía que la magia era como contemplar un arcoíris. Siempre aparece alguien dispuesto a explicarte que aquello no tiene ningún misterio, que solo es un fenómeno producido por la refracción de la luz. Y a Juan le molestaba que la explicación destruyera el asombro.Déjame disfrutar del arcoíris.Han pasado más de treinta años desde que dejé de ser aquel chaval que rebobinaba cintas VHS. Después de la magia llegaron los monólogos, las conferencias, los cursos y los libros. Pero todavía hoy, cada vez que subo a un escenario, llevo algo de Tamariz conmigo: su psicología, su humor, su obsesión por el público y, sobre todo, sus ganas de ilusionar.Por eso ayer me quedé un poco huérfano.Se ha ido el maestro.Pero nos ha dejado el arcoíris.Mago More Es conferenciante, presentador y formador. Es también mago y humorista RSS de noticias de cultura
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