Los rayos de sol que entran por la ventana iluminan a dos mujeres que cosen en la humilde cocina de una casa en el campo. Sorprendidas en sus labores, dirigen su mirada al espectador que irrumpe en sus quehaceres cotidianos mientras una niña, que ha abandonado a su muñeca, juega distraída con un gato sobre el suelo. Nada resulta perturbador en esta amable escena que el artista francés Martin Drölling pintó en 1815 y que puede admirarse en el Museo del Louvre , en París. Sin embargo, en esos cálidos ocres de sus pinceladas se podría ocultar un macabro secreto, que se remonta a los años del Terror de la Revolución Francesa.En ese turbulento de 1793 en que los violentos revolucionarios saquearon la basílica de Saint-Denis y destrozaron varias tumbas reales, también se profanaron las urnas con los corazones embalsamados de los reyes y príncipes de Francia que habían sido depositados tras su muerte en la iglesia parisina de los jesuitas de San Pablo y San Luis o en la abadía real de Val-de-Grâce, también en París. El periodista toledano Manuel López relata en ‘El museo del crimen’ (Temas de hoy, 2026) que el arquitecto Louis-François Petit Radel entró en Val de Grâce con la orden de la Convención de eliminar los 45 corazones reales que allí se conservaban, pero no llegó a cumplir su cometido. Al menos, no por completo. Las urnas fueron fundidas, «pero los órganos no los destruyó -escribe López-. Se los quedó. Y luego los vendió a sus amigos pintores, que llevaban tiempo buscando materia prima para uno de los pigmentos más codiciados del momento». ‘Marrón momia’Hasta finales del siglo XIX, se trituraban restos humanos y de animales momificados para obtener un polvo fino que, mezclado con aceite de linaza, brea blanca y mirra o betún, daba como resultado un tono pardo conocido como el ‘ marrón momia ‘ o ‘marrón egipcio’. Cálido y semitransparente, era muy apreciado por los artistas para las tonalidades de la piel, las veladuras y las sombras. Las momias egipcias, que durante siglos se utilizaron también como remedios curativos, dieron pie a un floreciente comercio. En París llegó a existir un establecimiento que se llamaba ‘À la momie’ y la empresa londinense C. Roberson no tuvo reparos en anunciar en el ‘Daily Mail’ en 1904 que necesitaba una momia para elaborar pigmentos. «Seguramente una momia de 2000 años de antigüedad de un monarca egipcio podría usarse para adornar un noble fresco… sin ofender al espíritu del difunto ni a sus descendientes», decía.El marrón momia era un color muy demandado y cuando la materia prima escaseaba, se improvisaban otros suministros. «Hay documentación de que algunos proveedores usaban cadáveres de criminales o esclavos recién fallecidos, que dejaban secar al sol para simular la momificación antigua», explica el autor de ‘El museo del crimen’. Eugène Delacroix utilizó marrón momia en ‘La libertad guiando al pueblo’ (1830) y con el pigmento fabricado a partir de corazones de la realeza francesa, Dröling habría creado ‘El interior de una cocina’, según López. La historia de los ‘Corazones de reyes’ la publicó por primera vez otro cronista, el historiador francés Théodore Gosselin , más conocido por su seudónimo G. Lenôtre , en ‘Le Temps’ el 19 de diciembre de 1905. Según su relato, basado en dos documentos conservados en los Archivos Nacionales franceses, un tal Philippe-Henry Schunck , «honesto burgués» de París, acudió en 1819 a la venta de objetos que habían pertenecido a Petit Radel y adquirió una de las etiquetas de las urnas que habían conservado los corazones de la familia real francesa. En concreto, la alusiva a Luis XIV. Intrigado, Schunck fue a ver al pintor Alexandre Pau de Saint-Martin , amigo de Petit Radel, y éste le acabó confesando que él le compró en 1793 los corazones de Luis XIV y Luis XIII, que se guardaban en la iglesia de los Jesuítas. Drölling, por su parte, adquirió a Petit Ravel once de los que se custodiaban en Val de Grâce, entre ellos el de Ana de Austria o el de María Teresa de Austria.La historia de los ‘Corazones de reyes’ publicada en ‘Le Temps’ en 1905Según la nota de ‘Le Temps’, Schunck estaba convencido de que Drölling empleó todos los órganos en sus pinturas, pero Saint-Martin tuvo más escrúpulos. Dejó intacto el corazón de Luis XIII y aunque llegó a usar parte del de Luis XIV, lo acabó devolviendo con la intermediación de Schunck y, a cambio, recibió una tabaquera de oro. «Por eso es muy posible que la reliquia que hoy se conserva en Saint-Denis -que, según el abad Duperron, no se parece en nada a un corazón- sea, sencillamente, un fragmento que se escapó a los pinceles de Saint-Martin», escribió Lenôtre en este primer relato que después volvió a publicar en ‘La Cité’ en 1906 y reprodujo en su libro ‘Versailles au temps des Rois’. Un año después, continuaba su narración, cuando el pintor estaba a punto de morir, mandó llamar a Schunck y le entregó el corazón de Luis XIII, que éste devolvió a la familia real junto a un resumen de su investigación. En cuanto al resto de los corazones desaparecidos, Lenôtre afirmaba que no estaban perdidos del todo: « Hay que buscar su rastro en el ‘Interior de una cocina’ de Drölling que se encuentra en el Louvre».Un pintor «demasiado pulcro»Para Suzanne Dagnaud, que dedicó un artículo a la historia de la profanación de los corazones de los reyes en una revista científica francesa en 1957, se trataba de una falsedad, carente de cualquier fundamento científico. Laetitia Levrat la cita en su estudio sobre ‘Martin Drölling (Bergheim 1752-París, 1817): un estado de la cuestión. Arte e historia del arte’ (2010), y explica que el tal Schunck es un personaje oscuro. «Nadie sabe exactamente quién es -dice-, salvo que hace gala de un «buen realismo» justo en la época de la Restauración borbónica (1814-1830). Su historia, continúa Levrat, «carece de credibilidad y está plagada de contradicciones, algo que, para Suzanne Dagnaud, la convierte en una «auténtica impostura».La historiadora del arte francesa cree que Drölling se vio envuelto en esta terrorífica leyenda urbana a principios del siglo XIX, tiempo después de su muerte, «quizá, precisamente, porque su vida carece de sobresaltos». Calificado a menudo como «demasiado pulcro y falto de relieve», el artista se transforma con este relato «en un personaje fascinante y lleno de color» y eso resulta «atractivo e intrigante», a juicio de Levrat.Análisis científicosEl famoso forense y antropólogo francés Philippe Charlier quiso comprobar si la historia de los corazones de los reyes comprados por los pintores para utilizarlos como pigmentos en sus lienzos era cierta. Según contó en diversos medios de comunicación, el Louvre no le permitió tomar muestras del cuadro de Drölling, pero sí pudo confirmar que, «efectivamente, fragmentos del corazón de Luis XIV se utilizaron para el cuadro de Pau de Saint-Martin» de ‘Vue de Caen’ (Vista de Caen) que se conserva en el museo Tavet-Delacour de Pontoise. «¡Que la leyenda sea cierta es lo que más me sorprendió!», señaló en 2023 en una entrevista con ‘Le journal à Saint-Germain ‘. Por lo menos, en el caso de la pintura de Saint-Martin. El Louvre recordaba el pasado septiembre las sospechas que rodean a ‘El interior de una cocina’ de Drölling y terminaba señalando que «no tienen ningún fundamento, pero le han otorgado a este pequeño cuadro cierta fama». Los rayos de sol que entran por la ventana iluminan a dos mujeres que cosen en la humilde cocina de una casa en el campo. Sorprendidas en sus labores, dirigen su mirada al espectador que irrumpe en sus quehaceres cotidianos mientras una niña, que ha abandonado a su muñeca, juega distraída con un gato sobre el suelo. Nada resulta perturbador en esta amable escena que el artista francés Martin Drölling pintó en 1815 y que puede admirarse en el Museo del Louvre , en París. Sin embargo, en esos cálidos ocres de sus pinceladas se podría ocultar un macabro secreto, que se remonta a los años del Terror de la Revolución Francesa.En ese turbulento de 1793 en que los violentos revolucionarios saquearon la basílica de Saint-Denis y destrozaron varias tumbas reales, también se profanaron las urnas con los corazones embalsamados de los reyes y príncipes de Francia que habían sido depositados tras su muerte en la iglesia parisina de los jesuitas de San Pablo y San Luis o en la abadía real de Val-de-Grâce, también en París. El periodista toledano Manuel López relata en ‘El museo del crimen’ (Temas de hoy, 2026) que el arquitecto Louis-François Petit Radel entró en Val de Grâce con la orden de la Convención de eliminar los 45 corazones reales que allí se conservaban, pero no llegó a cumplir su cometido. Al menos, no por completo. Las urnas fueron fundidas, «pero los órganos no los destruyó -escribe López-. Se los quedó. Y luego los vendió a sus amigos pintores, que llevaban tiempo buscando materia prima para uno de los pigmentos más codiciados del momento». ‘Marrón momia’Hasta finales del siglo XIX, se trituraban restos humanos y de animales momificados para obtener un polvo fino que, mezclado con aceite de linaza, brea blanca y mirra o betún, daba como resultado un tono pardo conocido como el ‘ marrón momia ‘ o ‘marrón egipcio’. Cálido y semitransparente, era muy apreciado por los artistas para las tonalidades de la piel, las veladuras y las sombras. Las momias egipcias, que durante siglos se utilizaron también como remedios curativos, dieron pie a un floreciente comercio. En París llegó a existir un establecimiento que se llamaba ‘À la momie’ y la empresa londinense C. Roberson no tuvo reparos en anunciar en el ‘Daily Mail’ en 1904 que necesitaba una momia para elaborar pigmentos. «Seguramente una momia de 2000 años de antigüedad de un monarca egipcio podría usarse para adornar un noble fresco… sin ofender al espíritu del difunto ni a sus descendientes», decía.El marrón momia era un color muy demandado y cuando la materia prima escaseaba, se improvisaban otros suministros. «Hay documentación de que algunos proveedores usaban cadáveres de criminales o esclavos recién fallecidos, que dejaban secar al sol para simular la momificación antigua», explica el autor de ‘El museo del crimen’. Eugène Delacroix utilizó marrón momia en ‘La libertad guiando al pueblo’ (1830) y con el pigmento fabricado a partir de corazones de la realeza francesa, Dröling habría creado ‘El interior de una cocina’, según López. La historia de los ‘Corazones de reyes’ la publicó por primera vez otro cronista, el historiador francés Théodore Gosselin , más conocido por su seudónimo G. Lenôtre , en ‘Le Temps’ el 19 de diciembre de 1905. Según su relato, basado en dos documentos conservados en los Archivos Nacionales franceses, un tal Philippe-Henry Schunck , «honesto burgués» de París, acudió en 1819 a la venta de objetos que habían pertenecido a Petit Radel y adquirió una de las etiquetas de las urnas que habían conservado los corazones de la familia real francesa. En concreto, la alusiva a Luis XIV. Intrigado, Schunck fue a ver al pintor Alexandre Pau de Saint-Martin , amigo de Petit Radel, y éste le acabó confesando que él le compró en 1793 los corazones de Luis XIV y Luis XIII, que se guardaban en la iglesia de los Jesuítas. Drölling, por su parte, adquirió a Petit Ravel once de los que se custodiaban en Val de Grâce, entre ellos el de Ana de Austria o el de María Teresa de Austria.La historia de los ‘Corazones de reyes’ publicada en ‘Le Temps’ en 1905Según la nota de ‘Le Temps’, Schunck estaba convencido de que Drölling empleó todos los órganos en sus pinturas, pero Saint-Martin tuvo más escrúpulos. Dejó intacto el corazón de Luis XIII y aunque llegó a usar parte del de Luis XIV, lo acabó devolviendo con la intermediación de Schunck y, a cambio, recibió una tabaquera de oro. «Por eso es muy posible que la reliquia que hoy se conserva en Saint-Denis -que, según el abad Duperron, no se parece en nada a un corazón- sea, sencillamente, un fragmento que se escapó a los pinceles de Saint-Martin», escribió Lenôtre en este primer relato que después volvió a publicar en ‘La Cité’ en 1906 y reprodujo en su libro ‘Versailles au temps des Rois’. Un año después, continuaba su narración, cuando el pintor estaba a punto de morir, mandó llamar a Schunck y le entregó el corazón de Luis XIII, que éste devolvió a la familia real junto a un resumen de su investigación. En cuanto al resto de los corazones desaparecidos, Lenôtre afirmaba que no estaban perdidos del todo: « Hay que buscar su rastro en el ‘Interior de una cocina’ de Drölling que se encuentra en el Louvre».Un pintor «demasiado pulcro»Para Suzanne Dagnaud, que dedicó un artículo a la historia de la profanación de los corazones de los reyes en una revista científica francesa en 1957, se trataba de una falsedad, carente de cualquier fundamento científico. Laetitia Levrat la cita en su estudio sobre ‘Martin Drölling (Bergheim 1752-París, 1817): un estado de la cuestión. Arte e historia del arte’ (2010), y explica que el tal Schunck es un personaje oscuro. «Nadie sabe exactamente quién es -dice-, salvo que hace gala de un «buen realismo» justo en la época de la Restauración borbónica (1814-1830). Su historia, continúa Levrat, «carece de credibilidad y está plagada de contradicciones, algo que, para Suzanne Dagnaud, la convierte en una «auténtica impostura».La historiadora del arte francesa cree que Drölling se vio envuelto en esta terrorífica leyenda urbana a principios del siglo XIX, tiempo después de su muerte, «quizá, precisamente, porque su vida carece de sobresaltos». Calificado a menudo como «demasiado pulcro y falto de relieve», el artista se transforma con este relato «en un personaje fascinante y lleno de color» y eso resulta «atractivo e intrigante», a juicio de Levrat.Análisis científicosEl famoso forense y antropólogo francés Philippe Charlier quiso comprobar si la historia de los corazones de los reyes comprados por los pintores para utilizarlos como pigmentos en sus lienzos era cierta. Según contó en diversos medios de comunicación, el Louvre no le permitió tomar muestras del cuadro de Drölling, pero sí pudo confirmar que, «efectivamente, fragmentos del corazón de Luis XIV se utilizaron para el cuadro de Pau de Saint-Martin» de ‘Vue de Caen’ (Vista de Caen) que se conserva en el museo Tavet-Delacour de Pontoise. «¡Que la leyenda sea cierta es lo que más me sorprendió!», señaló en 2023 en una entrevista con ‘Le journal à Saint-Germain ‘. Por lo menos, en el caso de la pintura de Saint-Martin. El Louvre recordaba el pasado septiembre las sospechas que rodean a ‘El interior de una cocina’ de Drölling y terminaba señalando que «no tienen ningún fundamento, pero le han otorgado a este pequeño cuadro cierta fama». Los rayos de sol que entran por la ventana iluminan a dos mujeres que cosen en la humilde cocina de una casa en el campo. Sorprendidas en sus labores, dirigen su mirada al espectador que irrumpe en sus quehaceres cotidianos mientras una niña, que ha abandonado a su muñeca, juega distraída con un gato sobre el suelo. Nada resulta perturbador en esta amable escena que el artista francés Martin Drölling pintó en 1815 y que puede admirarse en el Museo del Louvre , en París. Sin embargo, en esos cálidos ocres de sus pinceladas se podría ocultar un macabro secreto, que se remonta a los años del Terror de la Revolución Francesa.En ese turbulento de 1793 en que los violentos revolucionarios saquearon la basílica de Saint-Denis y destrozaron varias tumbas reales, también se profanaron las urnas con los corazones embalsamados de los reyes y príncipes de Francia que habían sido depositados tras su muerte en la iglesia parisina de los jesuitas de San Pablo y San Luis o en la abadía real de Val-de-Grâce, también en París. El periodista toledano Manuel López relata en ‘El museo del crimen’ (Temas de hoy, 2026) que el arquitecto Louis-François Petit Radel entró en Val de Grâce con la orden de la Convención de eliminar los 45 corazones reales que allí se conservaban, pero no llegó a cumplir su cometido. Al menos, no por completo. Las urnas fueron fundidas, «pero los órganos no los destruyó -escribe López-. Se los quedó. Y luego los vendió a sus amigos pintores, que llevaban tiempo buscando materia prima para uno de los pigmentos más codiciados del momento». ‘Marrón momia’Hasta finales del siglo XIX, se trituraban restos humanos y de animales momificados para obtener un polvo fino que, mezclado con aceite de linaza, brea blanca y mirra o betún, daba como resultado un tono pardo conocido como el ‘ marrón momia ‘ o ‘marrón egipcio’. Cálido y semitransparente, era muy apreciado por los artistas para las tonalidades de la piel, las veladuras y las sombras. Las momias egipcias, que durante siglos se utilizaron también como remedios curativos, dieron pie a un floreciente comercio. En París llegó a existir un establecimiento que se llamaba ‘À la momie’ y la empresa londinense C. Roberson no tuvo reparos en anunciar en el ‘Daily Mail’ en 1904 que necesitaba una momia para elaborar pigmentos. «Seguramente una momia de 2000 años de antigüedad de un monarca egipcio podría usarse para adornar un noble fresco… sin ofender al espíritu del difunto ni a sus descendientes», decía.El marrón momia era un color muy demandado y cuando la materia prima escaseaba, se improvisaban otros suministros. «Hay documentación de que algunos proveedores usaban cadáveres de criminales o esclavos recién fallecidos, que dejaban secar al sol para simular la momificación antigua», explica el autor de ‘El museo del crimen’. Eugène Delacroix utilizó marrón momia en ‘La libertad guiando al pueblo’ (1830) y con el pigmento fabricado a partir de corazones de la realeza francesa, Dröling habría creado ‘El interior de una cocina’, según López. La historia de los ‘Corazones de reyes’ la publicó por primera vez otro cronista, el historiador francés Théodore Gosselin , más conocido por su seudónimo G. Lenôtre , en ‘Le Temps’ el 19 de diciembre de 1905. Según su relato, basado en dos documentos conservados en los Archivos Nacionales franceses, un tal Philippe-Henry Schunck , «honesto burgués» de París, acudió en 1819 a la venta de objetos que habían pertenecido a Petit Radel y adquirió una de las etiquetas de las urnas que habían conservado los corazones de la familia real francesa. En concreto, la alusiva a Luis XIV. Intrigado, Schunck fue a ver al pintor Alexandre Pau de Saint-Martin , amigo de Petit Radel, y éste le acabó confesando que él le compró en 1793 los corazones de Luis XIV y Luis XIII, que se guardaban en la iglesia de los Jesuítas. Drölling, por su parte, adquirió a Petit Ravel once de los que se custodiaban en Val de Grâce, entre ellos el de Ana de Austria o el de María Teresa de Austria.La historia de los ‘Corazones de reyes’ publicada en ‘Le Temps’ en 1905Según la nota de ‘Le Temps’, Schunck estaba convencido de que Drölling empleó todos los órganos en sus pinturas, pero Saint-Martin tuvo más escrúpulos. Dejó intacto el corazón de Luis XIII y aunque llegó a usar parte del de Luis XIV, lo acabó devolviendo con la intermediación de Schunck y, a cambio, recibió una tabaquera de oro. «Por eso es muy posible que la reliquia que hoy se conserva en Saint-Denis -que, según el abad Duperron, no se parece en nada a un corazón- sea, sencillamente, un fragmento que se escapó a los pinceles de Saint-Martin», escribió Lenôtre en este primer relato que después volvió a publicar en ‘La Cité’ en 1906 y reprodujo en su libro ‘Versailles au temps des Rois’. Un año después, continuaba su narración, cuando el pintor estaba a punto de morir, mandó llamar a Schunck y le entregó el corazón de Luis XIII, que éste devolvió a la familia real junto a un resumen de su investigación. En cuanto al resto de los corazones desaparecidos, Lenôtre afirmaba que no estaban perdidos del todo: « Hay que buscar su rastro en el ‘Interior de una cocina’ de Drölling que se encuentra en el Louvre».Un pintor «demasiado pulcro»Para Suzanne Dagnaud, que dedicó un artículo a la historia de la profanación de los corazones de los reyes en una revista científica francesa en 1957, se trataba de una falsedad, carente de cualquier fundamento científico. Laetitia Levrat la cita en su estudio sobre ‘Martin Drölling (Bergheim 1752-París, 1817): un estado de la cuestión. Arte e historia del arte’ (2010), y explica que el tal Schunck es un personaje oscuro. «Nadie sabe exactamente quién es -dice-, salvo que hace gala de un «buen realismo» justo en la época de la Restauración borbónica (1814-1830). Su historia, continúa Levrat, «carece de credibilidad y está plagada de contradicciones, algo que, para Suzanne Dagnaud, la convierte en una «auténtica impostura».La historiadora del arte francesa cree que Drölling se vio envuelto en esta terrorífica leyenda urbana a principios del siglo XIX, tiempo después de su muerte, «quizá, precisamente, porque su vida carece de sobresaltos». Calificado a menudo como «demasiado pulcro y falto de relieve», el artista se transforma con este relato «en un personaje fascinante y lleno de color» y eso resulta «atractivo e intrigante», a juicio de Levrat.Análisis científicosEl famoso forense y antropólogo francés Philippe Charlier quiso comprobar si la historia de los corazones de los reyes comprados por los pintores para utilizarlos como pigmentos en sus lienzos era cierta. Según contó en diversos medios de comunicación, el Louvre no le permitió tomar muestras del cuadro de Drölling, pero sí pudo confirmar que, «efectivamente, fragmentos del corazón de Luis XIV se utilizaron para el cuadro de Pau de Saint-Martin» de ‘Vue de Caen’ (Vista de Caen) que se conserva en el museo Tavet-Delacour de Pontoise. «¡Que la leyenda sea cierta es lo que más me sorprendió!», señaló en 2023 en una entrevista con ‘Le journal à Saint-Germain ‘. Por lo menos, en el caso de la pintura de Saint-Martin. El Louvre recordaba el pasado septiembre las sospechas que rodean a ‘El interior de una cocina’ de Drölling y terminaba señalando que «no tienen ningún fundamento, pero le han otorgado a este pequeño cuadro cierta fama». RSS de noticias de cultura
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