Mi relación con La conjura de los necios es la oficial, al menos en mi generación y mi tribu. Era inevitable leerla con veintitantos. Pocas veces uno podía zamparse un clásico contemporáneo que consiguiera provocar una risa genuina, la que se escucha a través de la pared. No había piso compartido donde no se asomara la legendaria edición de bolsillo de Anagrama y, cuando el también legendario cómico Ignatius Farray emergió de una cueva de Tenerife conectada con el subconsciente de todos los demás humoristas, todos captamos la referencia tras su nombre artístico (sin caer en el parecido físico entre Ignatius y John Kennedy Toole). Además de las risas, recuerdo de aquella lectura lo espectacular que me resultó el entrelazado de tramas y personajes, un elenco tan grande como el de un culebrón venezolano o una saga con dragones. La estructura de La conjura de los necios, un laberinto de complejidad desatada donde absolutamente todos los personajes encuentran la salida, me dejó boquiabierto, también por tratarse de una novela en la que, en realidad, no pasa casi nada.
El protagonista de La conjura de los necios responde a un arquetipo contemporáneo. el individuo que se presenta como experto en todo pero es incapaz de nada. Ahora, tiene versión de cómic.
Mi relación con La conjura de los necios es la oficial, al menos en mi generación y mi tribu. Era inevitable leerla con veintitantos. Pocas veces uno podía zamparse un clásico contemporáneo que consiguiera provocar una risa genuina, la que se escucha a través de la pared. No había piso compartido donde no se asomara la legendaria edición de bolsillo de Anagrama y, cuando el también legendario cómico Ignatius Farray emergió de una cueva de Tenerife conectada con el subconsciente de todos los demás humoristas, todos captamos la referencia tras su nombre artístico (sin caer en el parecido físico entre Ignatius y John Kennedy Toole). Además de las risas, recuerdo de aquella lectura lo espectacular que me resultó el entrelazado de tramas y personajes, un elenco tan grande como el de un culebrón venezolano o una saga con dragones. La estructura de La conjura de los necios, un laberinto de complejidad desatada donde absolutamente todos los personajes encuentran la salida, me dejó boquiabierto, también por tratarse de una novela en la que, en realidad, no pasa casi nada.
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