Llevo unas semanas leyendo a rachas de capricho los libros de Colette. Colette fue una asamblea de mujeres, y así ejerció en la vida, completando una baraja biográfica que la expone periodista, cabaretera, novelista, desmadre público, amante de hombres y novia de mujeres, criatura mundana y campesina, chica con gato y muchacha infinita. Llegó a besar a una mujer sobre un escenario cuando esos impulsos no propiciaban seguidores sino disgustos. Sus páginas son un monumento de la alegría de vivir, y el sexo y la comida devienen dos pasiones que también son modales del conocimiento. El sexo, en Colette, trae mucho terciopelo dentro de un espejo, o mucho espejo dentro de un clima perfumado, y la comida es un festejo de sólidas abundancias donde no importa el refinamiento, precisamente. Se casó tres veces, y le sirve a su existencia aquella frase de Miller: «No se vive la vida. Se devora». Willy, uno de esos tres maridos, firmó durante muchos años los libros de la propia Colette. De modo que nuestra autora ejerció la lucha por recuperar el nombre propio, concretando así una autobiografía domiciliar del feminismo. Hay que leer, o releer, las novelas de Claudine, o bien Sido, o Chéri, porque de sus páginas uno sale bajo la suave ebriedad del relajo, la satisfacción y hasta la alegría. Colette se aplica a celebrar el tacto de un cuerpo joven, la apoteosis de una fruta, el milagro sin siglos de un gato, y nos contagia así la difícil elementalidad del oficio de vivir, que pasa por la despreocupación y el atrevimiento. Cruzamos épocas en las que la felicidad emparenta con la frivolidad y el pesimismo acredita un sitio de la inteligencia. Enfrente, aquel que ha elegido el recóndito disfrute es un equivocado, y cuando digo aquel digo aquella, o sea, Colette, una mujer que entendió invariablemente que el roce de una flor o un seno es un modo profundo del conocimiento. En Colette tenemos a una alegre contemporánea que escribió hace más de un siglo. Acude al rigor del erotismo como a un juego, y al banquete de los placeres diversos como a una infancia continua. Hay que leer a Colette en épocas convulsas, como éstas. Y quedarse mucho rato dentro de sus libros. Llevo unas semanas leyendo a rachas de capricho los libros de Colette. Colette fue una asamblea de mujeres, y así ejerció en la vida, completando una baraja biográfica que la expone periodista, cabaretera, novelista, desmadre público, amante de hombres y novia de mujeres, criatura mundana y campesina, chica con gato y muchacha infinita. Llegó a besar a una mujer sobre un escenario cuando esos impulsos no propiciaban seguidores sino disgustos. Sus páginas son un monumento de la alegría de vivir, y el sexo y la comida devienen dos pasiones que también son modales del conocimiento. El sexo, en Colette, trae mucho terciopelo dentro de un espejo, o mucho espejo dentro de un clima perfumado, y la comida es un festejo de sólidas abundancias donde no importa el refinamiento, precisamente. Se casó tres veces, y le sirve a su existencia aquella frase de Miller: «No se vive la vida. Se devora». Willy, uno de esos tres maridos, firmó durante muchos años los libros de la propia Colette. De modo que nuestra autora ejerció la lucha por recuperar el nombre propio, concretando así una autobiografía domiciliar del feminismo. Hay que leer, o releer, las novelas de Claudine, o bien Sido, o Chéri, porque de sus páginas uno sale bajo la suave ebriedad del relajo, la satisfacción y hasta la alegría. Colette se aplica a celebrar el tacto de un cuerpo joven, la apoteosis de una fruta, el milagro sin siglos de un gato, y nos contagia así la difícil elementalidad del oficio de vivir, que pasa por la despreocupación y el atrevimiento. Cruzamos épocas en las que la felicidad emparenta con la frivolidad y el pesimismo acredita un sitio de la inteligencia. Enfrente, aquel que ha elegido el recóndito disfrute es un equivocado, y cuando digo aquel digo aquella, o sea, Colette, una mujer que entendió invariablemente que el roce de una flor o un seno es un modo profundo del conocimiento. En Colette tenemos a una alegre contemporánea que escribió hace más de un siglo. Acude al rigor del erotismo como a un juego, y al banquete de los placeres diversos como a una infancia continua. Hay que leer a Colette en épocas convulsas, como éstas. Y quedarse mucho rato dentro de sus libros. Llevo unas semanas leyendo a rachas de capricho los libros de Colette. Colette fue una asamblea de mujeres, y así ejerció en la vida, completando una baraja biográfica que la expone periodista, cabaretera, novelista, desmadre público, amante de hombres y novia de mujeres, criatura mundana y campesina, chica con gato y muchacha infinita. Llegó a besar a una mujer sobre un escenario cuando esos impulsos no propiciaban seguidores sino disgustos. Sus páginas son un monumento de la alegría de vivir, y el sexo y la comida devienen dos pasiones que también son modales del conocimiento. El sexo, en Colette, trae mucho terciopelo dentro de un espejo, o mucho espejo dentro de un clima perfumado, y la comida es un festejo de sólidas abundancias donde no importa el refinamiento, precisamente. Se casó tres veces, y le sirve a su existencia aquella frase de Miller: «No se vive la vida. Se devora». Willy, uno de esos tres maridos, firmó durante muchos años los libros de la propia Colette. De modo que nuestra autora ejerció la lucha por recuperar el nombre propio, concretando así una autobiografía domiciliar del feminismo. Hay que leer, o releer, las novelas de Claudine, o bien Sido, o Chéri, porque de sus páginas uno sale bajo la suave ebriedad del relajo, la satisfacción y hasta la alegría. Colette se aplica a celebrar el tacto de un cuerpo joven, la apoteosis de una fruta, el milagro sin siglos de un gato, y nos contagia así la difícil elementalidad del oficio de vivir, que pasa por la despreocupación y el atrevimiento. Cruzamos épocas en las que la felicidad emparenta con la frivolidad y el pesimismo acredita un sitio de la inteligencia. Enfrente, aquel que ha elegido el recóndito disfrute es un equivocado, y cuando digo aquel digo aquella, o sea, Colette, una mujer que entendió invariablemente que el roce de una flor o un seno es un modo profundo del conocimiento. En Colette tenemos a una alegre contemporánea que escribió hace más de un siglo. Acude al rigor del erotismo como a un juego, y al banquete de los placeres diversos como a una infancia continua. Hay que leer a Colette en épocas convulsas, como éstas. Y quedarse mucho rato dentro de sus libros. RSS de noticias de cultura
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