Algunos, incluso desde dentro, han recordado al arzobispo Luis Argüello la petición del Papa, en su reciente viaje a España, de «desarmar las palabras», para afearle su intervención en la Escuela de Verano de la Conferencia Episcopal, que ha suscitado una especie de tormenta en un vaso de agua a cuenta de una clásica cita de san Agustín , aquella en la que advierte que cuando el Estado pierde toda referencia ética se convierte «en una banda de ladrones ». Una cita, por cierto, invocada por Benedicto XVI en su célebre discurso ante el Bundestag sin que provocara ningún tipo de escándalo. Pero volvamos al desarme de las palabras, porque esa indicación precisa de León XIV puede ser malinterpretada, como cualquier otra, desgraciadamente. Luis Argüello no es precisamente un «polarizador», lo ha demostrado sobradamente con su disposición al encuentro y al diálogo con todos. Pero es también un obispo que no teme entrar en los debates calientes de nuestra sociedad, en esos que muchos prefieren eludir «pro bono pacis». Recordemos que el curso de verano de la CEE tenía un título provocador: « El colapso de la democracia . La oportunidad para una geopolítica al servicio del ser humano». Dios mío, ¿colapso de la democracia?, ¡qué atrevimiento! Lo curioso es que todo el mundo habla de eso, pero ay si se atreve a hacerlo un obispo, y más si es el presidente de la CEE. Argüello recordó algo tan elemental (¿o ya no?) como que la legitimidad del Estado deriva de su subordinación a la justicia, que fue precisamente el principio que dilucidó en el siglo XVI la Escuela de Salamanca, sentando las bases del derecho internacional. Ese fue uno de los temas centrales en el discurso del León XIV en el Congreso. Además, apuntó a una crisis que no es sólo de las instituciones sino de la sociedad entera en la medida en que ha perdido una referencia ética y espiritual compartida. Se refirió a los procesos de despersonalización provocados por ciertas formas de capitalismo; defendió que la dignidad de la persona trasciende las identidades nacionales en un mundo globalizado; también s e atrevió a denunciar la «confesionalidad del Estado» cuando promueve a través de las leyes y procedimientos una visión ideológica, por ejemplo, en lo que se refiere a la cuestión de la diferencia sexual. No hay muchos en España que se atrevan a semejante denuncia y, claro, eso se paga. Como él mismo explicó, no basta entresacar algún titular sabroso, sino que hay que tener en cuenta todos los elementos del discurso porque una mirada católica es siempre una mirada integral.Tenemos que tomarnos muy en serio la invitación del Papa a «desarmar las palabras», es decir, evitar los estereotipos, la deshumanización de quienes son diferentes e incluso adversarios, la trinchera y la división por sistema. Todo el magisterio de Argüello está tejido con los hilos del encuentro, la reconciliación y la amistad cívica. Y eso no significa que no haya podido equivocarse a la hora de medir el impacto o la lectura de determinadas afirmaciones, como él mismo ha reconocido. Ahora bien, recordemos otra invitación clara del Papa León al inicio de su pontificado: «la Iglesia no puede nunca eximirse de decir la verdad sobre el hombre y sobre el mundo, recurriendo a lo que sea necesario, incluso a un lenguaje franco, que inicialmente puede suscitar alguna incomprensión». Ese es un riesgo que Argüello sí está dispuesto a correr. Algunos, incluso desde dentro, han recordado al arzobispo Luis Argüello la petición del Papa, en su reciente viaje a España, de «desarmar las palabras», para afearle su intervención en la Escuela de Verano de la Conferencia Episcopal, que ha suscitado una especie de tormenta en un vaso de agua a cuenta de una clásica cita de san Agustín , aquella en la que advierte que cuando el Estado pierde toda referencia ética se convierte «en una banda de ladrones ». Una cita, por cierto, invocada por Benedicto XVI en su célebre discurso ante el Bundestag sin que provocara ningún tipo de escándalo. Pero volvamos al desarme de las palabras, porque esa indicación precisa de León XIV puede ser malinterpretada, como cualquier otra, desgraciadamente. Luis Argüello no es precisamente un «polarizador», lo ha demostrado sobradamente con su disposición al encuentro y al diálogo con todos. Pero es también un obispo que no teme entrar en los debates calientes de nuestra sociedad, en esos que muchos prefieren eludir «pro bono pacis». Recordemos que el curso de verano de la CEE tenía un título provocador: « El colapso de la democracia . La oportunidad para una geopolítica al servicio del ser humano». Dios mío, ¿colapso de la democracia?, ¡qué atrevimiento! Lo curioso es que todo el mundo habla de eso, pero ay si se atreve a hacerlo un obispo, y más si es el presidente de la CEE. Argüello recordó algo tan elemental (¿o ya no?) como que la legitimidad del Estado deriva de su subordinación a la justicia, que fue precisamente el principio que dilucidó en el siglo XVI la Escuela de Salamanca, sentando las bases del derecho internacional. Ese fue uno de los temas centrales en el discurso del León XIV en el Congreso. Además, apuntó a una crisis que no es sólo de las instituciones sino de la sociedad entera en la medida en que ha perdido una referencia ética y espiritual compartida. Se refirió a los procesos de despersonalización provocados por ciertas formas de capitalismo; defendió que la dignidad de la persona trasciende las identidades nacionales en un mundo globalizado; también s e atrevió a denunciar la «confesionalidad del Estado» cuando promueve a través de las leyes y procedimientos una visión ideológica, por ejemplo, en lo que se refiere a la cuestión de la diferencia sexual. No hay muchos en España que se atrevan a semejante denuncia y, claro, eso se paga. Como él mismo explicó, no basta entresacar algún titular sabroso, sino que hay que tener en cuenta todos los elementos del discurso porque una mirada católica es siempre una mirada integral.Tenemos que tomarnos muy en serio la invitación del Papa a «desarmar las palabras», es decir, evitar los estereotipos, la deshumanización de quienes son diferentes e incluso adversarios, la trinchera y la división por sistema. Todo el magisterio de Argüello está tejido con los hilos del encuentro, la reconciliación y la amistad cívica. Y eso no significa que no haya podido equivocarse a la hora de medir el impacto o la lectura de determinadas afirmaciones, como él mismo ha reconocido. Ahora bien, recordemos otra invitación clara del Papa León al inicio de su pontificado: «la Iglesia no puede nunca eximirse de decir la verdad sobre el hombre y sobre el mundo, recurriendo a lo que sea necesario, incluso a un lenguaje franco, que inicialmente puede suscitar alguna incomprensión». Ese es un riesgo que Argüello sí está dispuesto a correr. Algunos, incluso desde dentro, han recordado al arzobispo Luis Argüello la petición del Papa, en su reciente viaje a España, de «desarmar las palabras», para afearle su intervención en la Escuela de Verano de la Conferencia Episcopal, que ha suscitado una especie de tormenta en un vaso de agua a cuenta de una clásica cita de san Agustín , aquella en la que advierte que cuando el Estado pierde toda referencia ética se convierte «en una banda de ladrones ». Una cita, por cierto, invocada por Benedicto XVI en su célebre discurso ante el Bundestag sin que provocara ningún tipo de escándalo. Pero volvamos al desarme de las palabras, porque esa indicación precisa de León XIV puede ser malinterpretada, como cualquier otra, desgraciadamente. Luis Argüello no es precisamente un «polarizador», lo ha demostrado sobradamente con su disposición al encuentro y al diálogo con todos. Pero es también un obispo que no teme entrar en los debates calientes de nuestra sociedad, en esos que muchos prefieren eludir «pro bono pacis». Recordemos que el curso de verano de la CEE tenía un título provocador: « El colapso de la democracia . La oportunidad para una geopolítica al servicio del ser humano». Dios mío, ¿colapso de la democracia?, ¡qué atrevimiento! Lo curioso es que todo el mundo habla de eso, pero ay si se atreve a hacerlo un obispo, y más si es el presidente de la CEE. Argüello recordó algo tan elemental (¿o ya no?) como que la legitimidad del Estado deriva de su subordinación a la justicia, que fue precisamente el principio que dilucidó en el siglo XVI la Escuela de Salamanca, sentando las bases del derecho internacional. Ese fue uno de los temas centrales en el discurso del León XIV en el Congreso. Además, apuntó a una crisis que no es sólo de las instituciones sino de la sociedad entera en la medida en que ha perdido una referencia ética y espiritual compartida. Se refirió a los procesos de despersonalización provocados por ciertas formas de capitalismo; defendió que la dignidad de la persona trasciende las identidades nacionales en un mundo globalizado; también s e atrevió a denunciar la «confesionalidad del Estado» cuando promueve a través de las leyes y procedimientos una visión ideológica, por ejemplo, en lo que se refiere a la cuestión de la diferencia sexual. No hay muchos en España que se atrevan a semejante denuncia y, claro, eso se paga. Como él mismo explicó, no basta entresacar algún titular sabroso, sino que hay que tener en cuenta todos los elementos del discurso porque una mirada católica es siempre una mirada integral.Tenemos que tomarnos muy en serio la invitación del Papa a «desarmar las palabras», es decir, evitar los estereotipos, la deshumanización de quienes son diferentes e incluso adversarios, la trinchera y la división por sistema. Todo el magisterio de Argüello está tejido con los hilos del encuentro, la reconciliación y la amistad cívica. Y eso no significa que no haya podido equivocarse a la hora de medir el impacto o la lectura de determinadas afirmaciones, como él mismo ha reconocido. Ahora bien, recordemos otra invitación clara del Papa León al inicio de su pontificado: «la Iglesia no puede nunca eximirse de decir la verdad sobre el hombre y sobre el mundo, recurriendo a lo que sea necesario, incluso a un lenguaje franco, que inicialmente puede suscitar alguna incomprensión». Ese es un riesgo que Argüello sí está dispuesto a correr. RSS de noticias de sociedad
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