Madrid tiene una rara costumbre que no figura en las guías turísticas, alcalde: aquí la Navidad dura doce meses. Me explico. Llamo Navidad a una manera de recibir al prójimo que hace del desconocido un conocido, o casi, antes del segundo café. En esta ciudad uno llega con una maleta y, a poco que se descuide, ya tiene un bar, una esquina favorita y alguien que te dice «quedamos mañana». Madrid no pregunta demasiado. Más bien nada. La conversación, aquí, es un fácil deporte de contacto. Hay amistades de años cuyos domicilios ignoramos, porque la verdadera dirección de mucha gente es el café donde desayuna, la taberna donde recae al anochecer o la terraza donde nos ponemos a arreglar el mundo, en cuanto llega abril. Madrid siempre ha preferido el encuentro al protocolo. La amistad, antes que el formulario. Quizá por eso tantas gentes vienen a Madrid. Cada mañana desembarcan muchachos y muchachas con el equipaje lleno de proyectos y un punto de insolencia, que la juventud, si no trae un poco de insolencia, es una jubilación prematura. Quieren conquistar la Gran Vía, un teatro, una redacción de periódico, una oficina luminosa o simplemente un porvenir. Algunos encuentran lo que buscaban. Otros descubren algo distinto. Unos regresan y otros se quedan para siempre. Pero la ciudad apenas distingue entre el recién llegado y el veterano. De modo que la hospitalidad madrileña no necesita fechas. La Navidad, o el espíritu navideño, dura un año, y luego en la Navidad propiamente dicha ese espíritu se adorna de bombillas, de espumillón, de villancicos, en fin. En Madrid, julio incluye la Navidad. Porque la Navidad es esa facilidad para hacer sitio, para admitir una silla más en la mesa, para aceptar que la ciudad pertenece tanto al nacido en Chamberí como al que llegó anoche desde cualquier rincón del mundo. Madrid tiene una rara costumbre que no figura en las guías turísticas, alcalde: aquí la Navidad dura doce meses. Me explico. Llamo Navidad a una manera de recibir al prójimo que hace del desconocido un conocido, o casi, antes del segundo café. En esta ciudad uno llega con una maleta y, a poco que se descuide, ya tiene un bar, una esquina favorita y alguien que te dice «quedamos mañana». Madrid no pregunta demasiado. Más bien nada. La conversación, aquí, es un fácil deporte de contacto. Hay amistades de años cuyos domicilios ignoramos, porque la verdadera dirección de mucha gente es el café donde desayuna, la taberna donde recae al anochecer o la terraza donde nos ponemos a arreglar el mundo, en cuanto llega abril. Madrid siempre ha preferido el encuentro al protocolo. La amistad, antes que el formulario. Quizá por eso tantas gentes vienen a Madrid. Cada mañana desembarcan muchachos y muchachas con el equipaje lleno de proyectos y un punto de insolencia, que la juventud, si no trae un poco de insolencia, es una jubilación prematura. Quieren conquistar la Gran Vía, un teatro, una redacción de periódico, una oficina luminosa o simplemente un porvenir. Algunos encuentran lo que buscaban. Otros descubren algo distinto. Unos regresan y otros se quedan para siempre. Pero la ciudad apenas distingue entre el recién llegado y el veterano. De modo que la hospitalidad madrileña no necesita fechas. La Navidad, o el espíritu navideño, dura un año, y luego en la Navidad propiamente dicha ese espíritu se adorna de bombillas, de espumillón, de villancicos, en fin. En Madrid, julio incluye la Navidad. Porque la Navidad es esa facilidad para hacer sitio, para admitir una silla más en la mesa, para aceptar que la ciudad pertenece tanto al nacido en Chamberí como al que llegó anoche desde cualquier rincón del mundo. Madrid tiene una rara costumbre que no figura en las guías turísticas, alcalde: aquí la Navidad dura doce meses. Me explico. Llamo Navidad a una manera de recibir al prójimo que hace del desconocido un conocido, o casi, antes del segundo café. En esta ciudad uno llega con una maleta y, a poco que se descuide, ya tiene un bar, una esquina favorita y alguien que te dice «quedamos mañana». Madrid no pregunta demasiado. Más bien nada. La conversación, aquí, es un fácil deporte de contacto. Hay amistades de años cuyos domicilios ignoramos, porque la verdadera dirección de mucha gente es el café donde desayuna, la taberna donde recae al anochecer o la terraza donde nos ponemos a arreglar el mundo, en cuanto llega abril. Madrid siempre ha preferido el encuentro al protocolo. La amistad, antes que el formulario. Quizá por eso tantas gentes vienen a Madrid. Cada mañana desembarcan muchachos y muchachas con el equipaje lleno de proyectos y un punto de insolencia, que la juventud, si no trae un poco de insolencia, es una jubilación prematura. Quieren conquistar la Gran Vía, un teatro, una redacción de periódico, una oficina luminosa o simplemente un porvenir. Algunos encuentran lo que buscaban. Otros descubren algo distinto. Unos regresan y otros se quedan para siempre. Pero la ciudad apenas distingue entre el recién llegado y el veterano. De modo que la hospitalidad madrileña no necesita fechas. La Navidad, o el espíritu navideño, dura un año, y luego en la Navidad propiamente dicha ese espíritu se adorna de bombillas, de espumillón, de villancicos, en fin. En Madrid, julio incluye la Navidad. Porque la Navidad es esa facilidad para hacer sitio, para admitir una silla más en la mesa, para aceptar que la ciudad pertenece tanto al nacido en Chamberí como al que llegó anoche desde cualquier rincón del mundo. RSS de noticias de espana
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