Hay confesiones judiciales que, aun pendientes del necesario juicio contradictorio, cambian el eje de un caso. No porque demuestren la culpabilidad de nadie, sino porque alteran la naturaleza del debate. Eso es lo que sucede con la declaración de Julio Martínez sobre Plus Ultra . Ya no estamos ante la investigación de un rescate público. Estamos ante la descripción de un supuesto mercado de influencia política cuyo activo principal sería un expresidente del Gobierno al que se percibe capaz de influir sobre un sucesor de su mismo partido .Según el escrito de la defensa de Martínez, José Luis Rodríguez Zapatero era quien lideraba realmente la sociedad Análisis Relevante, captaba clientes y dirigía la estrategia, permaneciendo deliberadamente fuera de los órganos formales de la empresa. Además, el documento sostiene que el 1% del rescate de Plus Ultra constituía la remuneración pactada por el éxito de la operación.Las cifras ayudan a comprender la magnitud del problema. El rescate ascendió a 53 millones de euros. El uno por ciento equivale a 530.000 euros. Dicho de otra manera, si esta versión terminara acreditándose, el supuesto precio de impulsar favorablemente una decisión gubernamental habría sido algo más de medio millón de euros . Pero la cuestión decisiva no es la cuantía. Es el objeto. Un Consejo de Ministros es el máximo órgano colegiado del Poder Ejecutivo. Sus acuerdos son colectivos. Ningún ministro puede refugiarse en que otro impulsó la decisión. Todos la hacen suya. Por eso la declaración abre una disyuntiva incómoda. Si Zapatero realmente tenía capacidad para influir decisivamente en el rescate, como sostienen la UDEF y ahora apuntala su colaborador, estaríamos ante un presunto caso de tráfico de influencias de extraordinaria gravedad. Pero si no disponía de esa capacidad y aun así cobró por hacer creer a los empresarios que la tenía, el escenario tampoco mejora demasiado. En ese caso hablaríamos de que la sociedad está convencida de que las decisiones del Consejo de Ministros se pueden vender a través de determinados intermediarios.En ambos supuestos, el daño institucional es devastador. Porque nadie paga medio millón de euros por un informe estratégico. Se paga por la expectativa de un resultado. Y ese resultado dependía de un Gobierno presidido por Sánchez.Conviene recordar un dato que con frecuencia desaparece del relato. El rescate fue aprobado por un Consejo de Ministros del que formaban parte Pablo Iglesias (Podemos), Nadia Calviño, María Jesús Montero, José Luis Escrivá o Yolanda Díaz. Las decisiones colegiadas generan responsabilidades colegiadas. Si alguien hubiera logrado alterar la voluntad del Consejo, la cuestión no afectaría solo al presidente del Gobierno ni al expresidente señalado. Alcanzaría al Ejecutivo en su conjunto. La pregunta, por tanto, ya no interpela solo a Zapatero. Interpela a Sánchez. Porque si el expresidente fue realmente capaz de mover la voluntad del Gobierno desde fuera, ¿qué autoridad política proyecta un presidente cuya decisión podía ser orientada por su antecesor? Y si no la movía, corresponde al Gobierno explicar por qué unos empresarios estaban convencidos de que sí podía hacerlo y estaban dispuestos a pagar por ello. Hay confesiones judiciales que, aun pendientes del necesario juicio contradictorio, cambian el eje de un caso. No porque demuestren la culpabilidad de nadie, sino porque alteran la naturaleza del debate. Eso es lo que sucede con la declaración de Julio Martínez sobre Plus Ultra . Ya no estamos ante la investigación de un rescate público. Estamos ante la descripción de un supuesto mercado de influencia política cuyo activo principal sería un expresidente del Gobierno al que se percibe capaz de influir sobre un sucesor de su mismo partido .Según el escrito de la defensa de Martínez, José Luis Rodríguez Zapatero era quien lideraba realmente la sociedad Análisis Relevante, captaba clientes y dirigía la estrategia, permaneciendo deliberadamente fuera de los órganos formales de la empresa. Además, el documento sostiene que el 1% del rescate de Plus Ultra constituía la remuneración pactada por el éxito de la operación.Las cifras ayudan a comprender la magnitud del problema. El rescate ascendió a 53 millones de euros. El uno por ciento equivale a 530.000 euros. Dicho de otra manera, si esta versión terminara acreditándose, el supuesto precio de impulsar favorablemente una decisión gubernamental habría sido algo más de medio millón de euros . Pero la cuestión decisiva no es la cuantía. Es el objeto. Un Consejo de Ministros es el máximo órgano colegiado del Poder Ejecutivo. Sus acuerdos son colectivos. Ningún ministro puede refugiarse en que otro impulsó la decisión. Todos la hacen suya. Por eso la declaración abre una disyuntiva incómoda. Si Zapatero realmente tenía capacidad para influir decisivamente en el rescate, como sostienen la UDEF y ahora apuntala su colaborador, estaríamos ante un presunto caso de tráfico de influencias de extraordinaria gravedad. Pero si no disponía de esa capacidad y aun así cobró por hacer creer a los empresarios que la tenía, el escenario tampoco mejora demasiado. En ese caso hablaríamos de que la sociedad está convencida de que las decisiones del Consejo de Ministros se pueden vender a través de determinados intermediarios.En ambos supuestos, el daño institucional es devastador. Porque nadie paga medio millón de euros por un informe estratégico. Se paga por la expectativa de un resultado. Y ese resultado dependía de un Gobierno presidido por Sánchez.Conviene recordar un dato que con frecuencia desaparece del relato. El rescate fue aprobado por un Consejo de Ministros del que formaban parte Pablo Iglesias (Podemos), Nadia Calviño, María Jesús Montero, José Luis Escrivá o Yolanda Díaz. Las decisiones colegiadas generan responsabilidades colegiadas. Si alguien hubiera logrado alterar la voluntad del Consejo, la cuestión no afectaría solo al presidente del Gobierno ni al expresidente señalado. Alcanzaría al Ejecutivo en su conjunto. La pregunta, por tanto, ya no interpela solo a Zapatero. Interpela a Sánchez. Porque si el expresidente fue realmente capaz de mover la voluntad del Gobierno desde fuera, ¿qué autoridad política proyecta un presidente cuya decisión podía ser orientada por su antecesor? Y si no la movía, corresponde al Gobierno explicar por qué unos empresarios estaban convencidos de que sí podía hacerlo y estaban dispuestos a pagar por ello. Hay confesiones judiciales que, aun pendientes del necesario juicio contradictorio, cambian el eje de un caso. No porque demuestren la culpabilidad de nadie, sino porque alteran la naturaleza del debate. Eso es lo que sucede con la declaración de Julio Martínez sobre Plus Ultra . Ya no estamos ante la investigación de un rescate público. Estamos ante la descripción de un supuesto mercado de influencia política cuyo activo principal sería un expresidente del Gobierno al que se percibe capaz de influir sobre un sucesor de su mismo partido .Según el escrito de la defensa de Martínez, José Luis Rodríguez Zapatero era quien lideraba realmente la sociedad Análisis Relevante, captaba clientes y dirigía la estrategia, permaneciendo deliberadamente fuera de los órganos formales de la empresa. Además, el documento sostiene que el 1% del rescate de Plus Ultra constituía la remuneración pactada por el éxito de la operación.Las cifras ayudan a comprender la magnitud del problema. El rescate ascendió a 53 millones de euros. El uno por ciento equivale a 530.000 euros. Dicho de otra manera, si esta versión terminara acreditándose, el supuesto precio de impulsar favorablemente una decisión gubernamental habría sido algo más de medio millón de euros . Pero la cuestión decisiva no es la cuantía. Es el objeto. Un Consejo de Ministros es el máximo órgano colegiado del Poder Ejecutivo. Sus acuerdos son colectivos. Ningún ministro puede refugiarse en que otro impulsó la decisión. Todos la hacen suya. Por eso la declaración abre una disyuntiva incómoda. Si Zapatero realmente tenía capacidad para influir decisivamente en el rescate, como sostienen la UDEF y ahora apuntala su colaborador, estaríamos ante un presunto caso de tráfico de influencias de extraordinaria gravedad. Pero si no disponía de esa capacidad y aun así cobró por hacer creer a los empresarios que la tenía, el escenario tampoco mejora demasiado. En ese caso hablaríamos de que la sociedad está convencida de que las decisiones del Consejo de Ministros se pueden vender a través de determinados intermediarios.En ambos supuestos, el daño institucional es devastador. Porque nadie paga medio millón de euros por un informe estratégico. Se paga por la expectativa de un resultado. Y ese resultado dependía de un Gobierno presidido por Sánchez.Conviene recordar un dato que con frecuencia desaparece del relato. El rescate fue aprobado por un Consejo de Ministros del que formaban parte Pablo Iglesias (Podemos), Nadia Calviño, María Jesús Montero, José Luis Escrivá o Yolanda Díaz. Las decisiones colegiadas generan responsabilidades colegiadas. Si alguien hubiera logrado alterar la voluntad del Consejo, la cuestión no afectaría solo al presidente del Gobierno ni al expresidente señalado. Alcanzaría al Ejecutivo en su conjunto. La pregunta, por tanto, ya no interpela solo a Zapatero. Interpela a Sánchez. Porque si el expresidente fue realmente capaz de mover la voluntad del Gobierno desde fuera, ¿qué autoridad política proyecta un presidente cuya decisión podía ser orientada por su antecesor? Y si no la movía, corresponde al Gobierno explicar por qué unos empresarios estaban convencidos de que sí podía hacerlo y estaban dispuestos a pagar por ello. RSS de noticias de economia
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