Tarde de asfixia colectiva, coso de la Ribera cerrado a cal y canto, con la cubierta inamovible, con treinta y tantos grados a orillas del Ebro y casi cuarenta dentro de una plaza que se convirtió en una tortura para las diez mil almas que casi colmaron los tendidos. Calor sofocante, calor en el primer día del otoño, en la jornada del santo Mateo. Una temperatura que afectó a unos más que a otros, el público con ganas de fiesta, el diestro riojano pleno de hondura y torería, y un presidente con las neuronas requemadas.La faena que dibujó Diego Urdiales al cuarto -al primero ya le había cortado una oreja- de Juan Pedro fue de premio gordo desde el fogonazo de buen toreo que abrió la faena de muleta. A más siempre, entrega y querer. A derechas cuajó una tanda redonda, ajustados los muletazos, encajado el torero, que con la izquierda dictó una lección al natural. El toro con su casta, había que poderle, y el de Arnedo le ganó siempre hasta un final por naturales, uno a uno, armonia pura. Como la hombría en el estoconazo final, de libro la ejecución, fulminante el efecto y la plaza blanca de pañuelos pidiendo los trofeos.Un pañuelo asomó por la balconada y la petición lejos de apaciguarse aún se intensificó más. Al final el usía, el de la neurona requemada, no cedió y la bronca que se llevó hizo temblar la plaza, cubierta incluida. Eso sí, la temperatura más alta todavía.Fue el punto culminante de una tarde más calentita en los tendidos que en ruedo. Juan Pedro Domecq envió una corrida lejos de las exigencias que siempre ha tenido esta plaza. Muy desigual, con toros feos unos, otros impresentables por sus más que terciadas hechuras, y un sexto, que hubiera pasado en cualquiera de los festejos de vaquillas que se celebran en el Valle del Ebro. Un saldo en presentación y con algunos apuntes de calidad en sus embestidas, pero todo tan poco y tan mal envuelto, que el regalo caminó por la senda del petardo.Feria de San Mateo Plaza de la Ribera (Logroño) Lunes 21 de septiembre de 2026. Tres cuartos largos de entrada. Se lidiaron toros de Juan Pedro Domecq, mal presentados y de juego desigual. Diego Urdiales, de rioja y oro. Estocada delantera. Aviso (oreja). Gran estocada (oreja con fuerte petición de la segunda). Roca Rey, de azul y oro. Estocada desprendida. Aviso (oreja más petición). Estocada (silencio). Aarón Palacio, de marino y oro. Media baja. Aviso (silencio). Dos pinchazos, estocada y dos descabellos. Aviso (aplausos).Roca Rey tuvo enfrente al segundo, el terciadIto, que metió bien la cara y al que el peruano lo exprimió en un torbellino de pases por delante y por detrás, de rodillas en los medios, que hizo olvidar lo poquito que era el toro. El final de cercanías acabó de poner a todos de parte del de luces, tanto que le pidieron con fuerza la segunda oreja, negada también. Con el quinto ni para una línea.Salió a por todas el joven Aarón Palacio que lo dio todo con dos toros que le dieron pocas opciones. Por encima de los dos estuvo el de las Cinco Villas que derrochó valor y conectó con el público desde que se abrió de capote. Lástima que la espada se le negara pues dejó pasajes de buen toreo, tanto con el capote como con la franela. Tarde de asfixia colectiva, coso de la Ribera cerrado a cal y canto, con la cubierta inamovible, con treinta y tantos grados a orillas del Ebro y casi cuarenta dentro de una plaza que se convirtió en una tortura para las diez mil almas que casi colmaron los tendidos. Calor sofocante, calor en el primer día del otoño, en la jornada del santo Mateo. Una temperatura que afectó a unos más que a otros, el público con ganas de fiesta, el diestro riojano pleno de hondura y torería, y un presidente con las neuronas requemadas.La faena que dibujó Diego Urdiales al cuarto -al primero ya le había cortado una oreja- de Juan Pedro fue de premio gordo desde el fogonazo de buen toreo que abrió la faena de muleta. A más siempre, entrega y querer. A derechas cuajó una tanda redonda, ajustados los muletazos, encajado el torero, que con la izquierda dictó una lección al natural. El toro con su casta, había que poderle, y el de Arnedo le ganó siempre hasta un final por naturales, uno a uno, armonia pura. Como la hombría en el estoconazo final, de libro la ejecución, fulminante el efecto y la plaza blanca de pañuelos pidiendo los trofeos.Un pañuelo asomó por la balconada y la petición lejos de apaciguarse aún se intensificó más. Al final el usía, el de la neurona requemada, no cedió y la bronca que se llevó hizo temblar la plaza, cubierta incluida. Eso sí, la temperatura más alta todavía.Fue el punto culminante de una tarde más calentita en los tendidos que en ruedo. Juan Pedro Domecq envió una corrida lejos de las exigencias que siempre ha tenido esta plaza. Muy desigual, con toros feos unos, otros impresentables por sus más que terciadas hechuras, y un sexto, que hubiera pasado en cualquiera de los festejos de vaquillas que se celebran en el Valle del Ebro. Un saldo en presentación y con algunos apuntes de calidad en sus embestidas, pero todo tan poco y tan mal envuelto, que el regalo caminó por la senda del petardo.Feria de San Mateo Plaza de la Ribera (Logroño) Lunes 21 de septiembre de 2026. Tres cuartos largos de entrada. Se lidiaron toros de Juan Pedro Domecq, mal presentados y de juego desigual. Diego Urdiales, de rioja y oro. Estocada delantera. Aviso (oreja). Gran estocada (oreja con fuerte petición de la segunda). Roca Rey, de azul y oro. Estocada desprendida. Aviso (oreja más petición). Estocada (silencio). Aarón Palacio, de marino y oro. Media baja. Aviso (silencio). Dos pinchazos, estocada y dos descabellos. Aviso (aplausos).Roca Rey tuvo enfrente al segundo, el terciadIto, que metió bien la cara y al que el peruano lo exprimió en un torbellino de pases por delante y por detrás, de rodillas en los medios, que hizo olvidar lo poquito que era el toro. El final de cercanías acabó de poner a todos de parte del de luces, tanto que le pidieron con fuerza la segunda oreja, negada también. Con el quinto ni para una línea.Salió a por todas el joven Aarón Palacio que lo dio todo con dos toros que le dieron pocas opciones. Por encima de los dos estuvo el de las Cinco Villas que derrochó valor y conectó con el público desde que se abrió de capote. Lástima que la espada se le negara pues dejó pasajes de buen toreo, tanto con el capote como con la franela. Tarde de asfixia colectiva, coso de la Ribera cerrado a cal y canto, con la cubierta inamovible, con treinta y tantos grados a orillas del Ebro y casi cuarenta dentro de una plaza que se convirtió en una tortura para las diez mil almas que casi colmaron los tendidos. Calor sofocante, calor en el primer día del otoño, en la jornada del santo Mateo. Una temperatura que afectó a unos más que a otros, el público con ganas de fiesta, el diestro riojano pleno de hondura y torería, y un presidente con las neuronas requemadas.La faena que dibujó Diego Urdiales al cuarto -al primero ya le había cortado una oreja- de Juan Pedro fue de premio gordo desde el fogonazo de buen toreo que abrió la faena de muleta. A más siempre, entrega y querer. A derechas cuajó una tanda redonda, ajustados los muletazos, encajado el torero, que con la izquierda dictó una lección al natural. El toro con su casta, había que poderle, y el de Arnedo le ganó siempre hasta un final por naturales, uno a uno, armonia pura. Como la hombría en el estoconazo final, de libro la ejecución, fulminante el efecto y la plaza blanca de pañuelos pidiendo los trofeos.Un pañuelo asomó por la balconada y la petición lejos de apaciguarse aún se intensificó más. Al final el usía, el de la neurona requemada, no cedió y la bronca que se llevó hizo temblar la plaza, cubierta incluida. Eso sí, la temperatura más alta todavía.Fue el punto culminante de una tarde más calentita en los tendidos que en ruedo. Juan Pedro Domecq envió una corrida lejos de las exigencias que siempre ha tenido esta plaza. Muy desigual, con toros feos unos, otros impresentables por sus más que terciadas hechuras, y un sexto, que hubiera pasado en cualquiera de los festejos de vaquillas que se celebran en el Valle del Ebro. Un saldo en presentación y con algunos apuntes de calidad en sus embestidas, pero todo tan poco y tan mal envuelto, que el regalo caminó por la senda del petardo.Feria de San Mateo Plaza de la Ribera (Logroño) Lunes 21 de septiembre de 2026. Tres cuartos largos de entrada. Se lidiaron toros de Juan Pedro Domecq, mal presentados y de juego desigual. Diego Urdiales, de rioja y oro. Estocada delantera. Aviso (oreja). Gran estocada (oreja con fuerte petición de la segunda). Roca Rey, de azul y oro. Estocada desprendida. Aviso (oreja más petición). Estocada (silencio). Aarón Palacio, de marino y oro. Media baja. Aviso (silencio). Dos pinchazos, estocada y dos descabellos. Aviso (aplausos).Roca Rey tuvo enfrente al segundo, el terciadIto, que metió bien la cara y al que el peruano lo exprimió en un torbellino de pases por delante y por detrás, de rodillas en los medios, que hizo olvidar lo poquito que era el toro. El final de cercanías acabó de poner a todos de parte del de luces, tanto que le pidieron con fuerza la segunda oreja, negada también. Con el quinto ni para una línea.Salió a por todas el joven Aarón Palacio que lo dio todo con dos toros que le dieron pocas opciones. Por encima de los dos estuvo el de las Cinco Villas que derrochó valor y conectó con el público desde que se abrió de capote. Lástima que la espada se le negara pues dejó pasajes de buen toreo, tanto con el capote como con la franela. RSS de noticias de cultura
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