Hay algo obscenamente literario en las imágenes del MV Hondius avanzando despacio sobre el Atlántico con muertos a bordo y un virus imparable, correteando como una rata apestada por cubierta. El mar tiene esas ironías. Cada siglo cree haber domesticado a sus monstruos hasta que uno reaparece flotando entre la niebla para recordarnos que seguimos mirando, asustados, su oscuridad desde la orilla. Casi lo hemos olvidado, pero aquel irlandés publicó esta misma historia un 26 de mayo de 1897.Cuando Bram Stoker escribió ‘Drácula’ no hablaba sólo de vampiros. Hablaba del miedo europeo a lo desconocido que llega por mar. Al contagio que desembarca mientras las ciudades duermen convencidas de que sus ministerios, sus políticos y sus hospitales bastan para contener la muerte. Por eso el episodio más poderoso de la novela no ocurre en Transilvania, sino a bordo del Deméter. Un barco convertido en ataúd flotante donde la tripulación desaparece uno a uno. Nadie comprende qué sucede. Sólo quedan sombras, sangre y la imagen inolvidable de ese capitán amarrado al timón con un crucifijo entre las manos mientras el barco sigue avanzando hacia Inglaterra obedeciendo a una voluntad antigua. Y ahora miren las noticias. Un crucero procedente del sur de Argentina navega hacia Canarias con un brote de hantavirus a bordo, muertos confirmados y media burocracia internacional decidiendo quién abre el puerto y quién se lava las manos. Cambien los telegramas por móviles, los periódicos por redes sociales y ahí sigue intacta la vieja escena de novela gótica y, naturalmente el mar, que siempre fue territorio de tránsito. Ni vida ni muerte. Ni patria ni tumba. Las grandes pestes llegaron así a Europa, escondidas entre mercancías húmedas, marineros febriles y bodegas infestadas de ratas. La peste negra, el cólera, la gripe del 18. Ahora el miedo vuelve envuelto en protocolos sanitarios y ruedas de prensa.Quizá por eso el Hondius incomoda tanto. Porque no parece una noticia contemporánea sino una novela de Stoker escrita mañana. La prueba de que bajo toda nuestra tecnología sigue latiendo el mismo terror antiguo. Así que háganse un favor: vuelvan a leer ‘Drácula’. No les salvará del virus, pero quizá les ayude a entender el miedo. Y, sobre todo, a evitar lo más importante: no morir con cara de gilipollas. Hay algo obscenamente literario en las imágenes del MV Hondius avanzando despacio sobre el Atlántico con muertos a bordo y un virus imparable, correteando como una rata apestada por cubierta. El mar tiene esas ironías. Cada siglo cree haber domesticado a sus monstruos hasta que uno reaparece flotando entre la niebla para recordarnos que seguimos mirando, asustados, su oscuridad desde la orilla. Casi lo hemos olvidado, pero aquel irlandés publicó esta misma historia un 26 de mayo de 1897.Cuando Bram Stoker escribió ‘Drácula’ no hablaba sólo de vampiros. Hablaba del miedo europeo a lo desconocido que llega por mar. Al contagio que desembarca mientras las ciudades duermen convencidas de que sus ministerios, sus políticos y sus hospitales bastan para contener la muerte. Por eso el episodio más poderoso de la novela no ocurre en Transilvania, sino a bordo del Deméter. Un barco convertido en ataúd flotante donde la tripulación desaparece uno a uno. Nadie comprende qué sucede. Sólo quedan sombras, sangre y la imagen inolvidable de ese capitán amarrado al timón con un crucifijo entre las manos mientras el barco sigue avanzando hacia Inglaterra obedeciendo a una voluntad antigua. Y ahora miren las noticias. Un crucero procedente del sur de Argentina navega hacia Canarias con un brote de hantavirus a bordo, muertos confirmados y media burocracia internacional decidiendo quién abre el puerto y quién se lava las manos. Cambien los telegramas por móviles, los periódicos por redes sociales y ahí sigue intacta la vieja escena de novela gótica y, naturalmente el mar, que siempre fue territorio de tránsito. Ni vida ni muerte. Ni patria ni tumba. Las grandes pestes llegaron así a Europa, escondidas entre mercancías húmedas, marineros febriles y bodegas infestadas de ratas. La peste negra, el cólera, la gripe del 18. Ahora el miedo vuelve envuelto en protocolos sanitarios y ruedas de prensa.Quizá por eso el Hondius incomoda tanto. Porque no parece una noticia contemporánea sino una novela de Stoker escrita mañana. La prueba de que bajo toda nuestra tecnología sigue latiendo el mismo terror antiguo. Así que háganse un favor: vuelvan a leer ‘Drácula’. No les salvará del virus, pero quizá les ayude a entender el miedo. Y, sobre todo, a evitar lo más importante: no morir con cara de gilipollas. Hay algo obscenamente literario en las imágenes del MV Hondius avanzando despacio sobre el Atlántico con muertos a bordo y un virus imparable, correteando como una rata apestada por cubierta. El mar tiene esas ironías. Cada siglo cree haber domesticado a sus monstruos hasta que uno reaparece flotando entre la niebla para recordarnos que seguimos mirando, asustados, su oscuridad desde la orilla. Casi lo hemos olvidado, pero aquel irlandés publicó esta misma historia un 26 de mayo de 1897.Cuando Bram Stoker escribió ‘Drácula’ no hablaba sólo de vampiros. Hablaba del miedo europeo a lo desconocido que llega por mar. Al contagio que desembarca mientras las ciudades duermen convencidas de que sus ministerios, sus políticos y sus hospitales bastan para contener la muerte. Por eso el episodio más poderoso de la novela no ocurre en Transilvania, sino a bordo del Deméter. Un barco convertido en ataúd flotante donde la tripulación desaparece uno a uno. Nadie comprende qué sucede. Sólo quedan sombras, sangre y la imagen inolvidable de ese capitán amarrado al timón con un crucifijo entre las manos mientras el barco sigue avanzando hacia Inglaterra obedeciendo a una voluntad antigua. Y ahora miren las noticias. Un crucero procedente del sur de Argentina navega hacia Canarias con un brote de hantavirus a bordo, muertos confirmados y media burocracia internacional decidiendo quién abre el puerto y quién se lava las manos. Cambien los telegramas por móviles, los periódicos por redes sociales y ahí sigue intacta la vieja escena de novela gótica y, naturalmente el mar, que siempre fue territorio de tránsito. Ni vida ni muerte. Ni patria ni tumba. Las grandes pestes llegaron así a Europa, escondidas entre mercancías húmedas, marineros febriles y bodegas infestadas de ratas. La peste negra, el cólera, la gripe del 18. Ahora el miedo vuelve envuelto en protocolos sanitarios y ruedas de prensa.Quizá por eso el Hondius incomoda tanto. Porque no parece una noticia contemporánea sino una novela de Stoker escrita mañana. La prueba de que bajo toda nuestra tecnología sigue latiendo el mismo terror antiguo. Así que háganse un favor: vuelvan a leer ‘Drácula’. No les salvará del virus, pero quizá les ayude a entender el miedo. Y, sobre todo, a evitar lo más importante: no morir con cara de gilipollas. RSS de noticias de cultura
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