Después de muchos intentos, el otro día finalmente fui a visitar uno de esos lugares escondidos a plena vista en Madrid: el Panteón de España, más conocido como Panteón de los Hombres Ilustres . Pese a que se encuentra a dos pasos del Retiro, es un lugar poco conocido y casi desierto, por lo que resulta ideal tanto para ir en buena compañía como para refugiarse en solitario de la furia del mundo. De estilo neobizantino como la estupenda iglesia de san Manuel y san Benito, es un edificio ciertamente elegante que —dicho con algo de brutalidad— vale más por el continente que por el contenido, ya que se puede decir que este mausoleo nacional es un proyecto más bien fallido: ideado sólo en 1837 y pensado como panteón para políticos de especial importancia, luego se quiso abrir a todas las glorias españolas, pero sin mucha suerte. Así, su historia es una suma de desengaños y vaivenes tristes: un buen abanico de restos (incluso Cervantes y Lope) se dieron por perdidos y otros (Calderón, Garcilaso, Quevedo, etc.) se depositaron en una capilla durante un tiempo para devolverlos más tarde a sus lugares de origen. Total, que al final el panteón ha vuelto a sus orígenes como monumento político (Canalejas, Cánovas del Castillo, Dato y Mateo Sagasta), mientras otros siguen en fosas comunes y osarios. Tanto el bendito secretismo del lugar como su condición de proyecto inacabado hacen del Panteón de España un lugar tremendamente español, ya que representa a la perfección el trato típico que damos a nuestros héroes y más si —permítaseme— son hombres de cultura. Ya lo decía Quevedo en ‘España defendida’ (1609), retomando una idea añeja: «La poca ambición de España tiene en manos del olvido las cosas que merecieron más clara voz de la fama». Noticia relacionada reportaje No No La aventura de confirmar la paternidad de una comedia olvidada de Lope de Vega Adrián J. SáezNo me tomen por ave de mal agüero, el panteón bien merece una visita con tiempo para meditar, pero, desde luego, uno se esperaba otros personajes y otros túmulos. Y, puesto que el cambio de nombre se hizo sólo en 2022 con la Ley de Memoria Democrática, quizá se pueda esperar que el retoque cosmético sea el primer paso para dar acogida tanto a «representantes de la democracia española» como a «quienes hayan destacado por sus excepcionales servicios a España» en —y recorto— «el progreso de la ciencia o la cultura en todas sus manifestaciones». Cruzo los dedos: ojalá no quede todo en la superficie de las palabras. Después de muchos intentos, el otro día finalmente fui a visitar uno de esos lugares escondidos a plena vista en Madrid: el Panteón de España, más conocido como Panteón de los Hombres Ilustres . Pese a que se encuentra a dos pasos del Retiro, es un lugar poco conocido y casi desierto, por lo que resulta ideal tanto para ir en buena compañía como para refugiarse en solitario de la furia del mundo. De estilo neobizantino como la estupenda iglesia de san Manuel y san Benito, es un edificio ciertamente elegante que —dicho con algo de brutalidad— vale más por el continente que por el contenido, ya que se puede decir que este mausoleo nacional es un proyecto más bien fallido: ideado sólo en 1837 y pensado como panteón para políticos de especial importancia, luego se quiso abrir a todas las glorias españolas, pero sin mucha suerte. Así, su historia es una suma de desengaños y vaivenes tristes: un buen abanico de restos (incluso Cervantes y Lope) se dieron por perdidos y otros (Calderón, Garcilaso, Quevedo, etc.) se depositaron en una capilla durante un tiempo para devolverlos más tarde a sus lugares de origen. Total, que al final el panteón ha vuelto a sus orígenes como monumento político (Canalejas, Cánovas del Castillo, Dato y Mateo Sagasta), mientras otros siguen en fosas comunes y osarios. Tanto el bendito secretismo del lugar como su condición de proyecto inacabado hacen del Panteón de España un lugar tremendamente español, ya que representa a la perfección el trato típico que damos a nuestros héroes y más si —permítaseme— son hombres de cultura. Ya lo decía Quevedo en ‘España defendida’ (1609), retomando una idea añeja: «La poca ambición de España tiene en manos del olvido las cosas que merecieron más clara voz de la fama». Noticia relacionada reportaje No No La aventura de confirmar la paternidad de una comedia olvidada de Lope de Vega Adrián J. SáezNo me tomen por ave de mal agüero, el panteón bien merece una visita con tiempo para meditar, pero, desde luego, uno se esperaba otros personajes y otros túmulos. Y, puesto que el cambio de nombre se hizo sólo en 2022 con la Ley de Memoria Democrática, quizá se pueda esperar que el retoque cosmético sea el primer paso para dar acogida tanto a «representantes de la democracia española» como a «quienes hayan destacado por sus excepcionales servicios a España» en —y recorto— «el progreso de la ciencia o la cultura en todas sus manifestaciones». Cruzo los dedos: ojalá no quede todo en la superficie de las palabras. Después de muchos intentos, el otro día finalmente fui a visitar uno de esos lugares escondidos a plena vista en Madrid: el Panteón de España, más conocido como Panteón de los Hombres Ilustres . Pese a que se encuentra a dos pasos del Retiro, es un lugar poco conocido y casi desierto, por lo que resulta ideal tanto para ir en buena compañía como para refugiarse en solitario de la furia del mundo. De estilo neobizantino como la estupenda iglesia de san Manuel y san Benito, es un edificio ciertamente elegante que —dicho con algo de brutalidad— vale más por el continente que por el contenido, ya que se puede decir que este mausoleo nacional es un proyecto más bien fallido: ideado sólo en 1837 y pensado como panteón para políticos de especial importancia, luego se quiso abrir a todas las glorias españolas, pero sin mucha suerte. Así, su historia es una suma de desengaños y vaivenes tristes: un buen abanico de restos (incluso Cervantes y Lope) se dieron por perdidos y otros (Calderón, Garcilaso, Quevedo, etc.) se depositaron en una capilla durante un tiempo para devolverlos más tarde a sus lugares de origen. Total, que al final el panteón ha vuelto a sus orígenes como monumento político (Canalejas, Cánovas del Castillo, Dato y Mateo Sagasta), mientras otros siguen en fosas comunes y osarios. Tanto el bendito secretismo del lugar como su condición de proyecto inacabado hacen del Panteón de España un lugar tremendamente español, ya que representa a la perfección el trato típico que damos a nuestros héroes y más si —permítaseme— son hombres de cultura. Ya lo decía Quevedo en ‘España defendida’ (1609), retomando una idea añeja: «La poca ambición de España tiene en manos del olvido las cosas que merecieron más clara voz de la fama». Noticia relacionada reportaje No No La aventura de confirmar la paternidad de una comedia olvidada de Lope de Vega Adrián J. SáezNo me tomen por ave de mal agüero, el panteón bien merece una visita con tiempo para meditar, pero, desde luego, uno se esperaba otros personajes y otros túmulos. Y, puesto que el cambio de nombre se hizo sólo en 2022 con la Ley de Memoria Democrática, quizá se pueda esperar que el retoque cosmético sea el primer paso para dar acogida tanto a «representantes de la democracia española» como a «quienes hayan destacado por sus excepcionales servicios a España» en —y recorto— «el progreso de la ciencia o la cultura en todas sus manifestaciones». Cruzo los dedos: ojalá no quede todo en la superficie de las palabras. RSS de noticias de cultura
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