En ‘Eva tomando el so’l dice Sabina que «vivíamos de ‘squatters’ en un piso abandonado de Moratalaz, si no has estado allí, no has visto el paraíso terrenal». Y no le faltaba razón al maese, que ya vio en 1988 cómo este barrio de Madrid respiraba con pulmones propios. Comenzó a construirse en los años 50. Una década en la que Madrid debía poner techo a tantos vecinos nuevos que vinieron de toda España para levantar esta capital. En aquellos años, Moratalaz era todavía un horizonte donde cielo y tierra se fundían entre el polvo y lejos del asfalto. Ese tránsito del campo a la ciudad, del silencio rural al ruido industrial, tuvo entre estas calles una nueva forma de vida, una solución que buscaba dar cobijo, pero también dignidad, para todas las personas que nos hicieron posible. De ahí que, en 1959, se aprobara el Plan de Urgencia Social de Madrid, una respuesta a la llegada masiva de personas desde todas las regiones de España. Hablamos de casi cien mil personas que venían cada año huyendo de la tierra seca, soñando con una prosperidad que se contaba en postales y giros de viruta para ayudar a los suyos.Noticia relacionada general No No BAJO CIELO El túnel de Bonaparte: huida y discreción Alfonso J. Ussía De ese ambicioso plan, que contemplaba edificar cerca de 1.400 hectáreas, Moratalaz fue el eje de una idea principal: hacer una ciudad dentro de la ciudad. Y así fue. Las primeras promociones comenzaron a levantarse a principios de los años sesenta. Entre ellas, las conocidas como colonias o sectores, numerados del I al VIII, que aún hoy organizan la vida cotidiana del distrito. Cada sector incluía no solo viviendas, sino también colegios, parroquias y pequeños centros comerciales de proximidad. Esas tiendas en las que se podía fiar y que poco a poco conectaban las vidas de todos sus vecinos. Las calles de Moratalaz fueron bautizadas con una lógica que combinaba historia y geografía. Así aparecieron nombres como la calle del Camino de los Vinateros, que recuerda antiguos caminos rurales; la avenida de Moratalaz, eje vertebrador del barrio; o la calle de la Hacienda de Pavones, evocando antiguas fincas de la zona. En aquellos primeros años, sin embargo, el trazado sobre el plano no siempre coincidía con la experiencia diaria. Las calles existían antes que el asfalto; muchas eran todavía caminos de tierra por los que circulaban autobuses escasos y vecinos cargados con la compra. El transporte público tardó en consolidarse, y no sería hasta décadas más tarde cuando el metro llegaría con estaciones como Vinateros o Artilleros.Es el resultado de una política de vivienda seria, de una idea de ciudad y, sobre todo, de miles de historias personalesPoco a poco, el barrio fue creciendo por fases durante los años sesenta y setenta, incorporando nuevos sectores y ampliando su red de servicios. El polvo dejó paso al pavimento, y los descampados se transformaron en parques. Con el tiempo, Moratalaz quedó integrado plenamente en la trama urbana de Madrid. Lo que había sido periferia se convirtió en un distrito consolidado, con identidad propia y una estructura urbana reconocible tan personal, orgullo de sus gentes y patria de sus vecinos. Un ejemplo de cómo solucionar el problema de vivienda y, al toque, de no trabajar para especuladores sino para personas. Me paro en el bar Gredos, alma de esta zona del barrio, medio escondido en Arroyo Belincoso. Una ración de bravas y una caña son suficientes para ver cómo esta zona no necesita más que a sus vecinos para seguir brillando. Precios normales, calidad perfecta. Me gusta que varias generaciones se hayan quedado aquí, sin necesidad de volver. Han echado raíces porque todo esto les pertenece. Y es que Moratalaz es algo más que un barrio de expansión de los años sesenta. Es el resultado de una política de vivienda seria, de una idea de ciudad y, sobre todo, de miles de historias personales que encontraron en sus calles un lugar donde empezar. Porque, al fin y al cabo, entre el hormigón y el ladrillo, lo que terminó por levantar Moratalaz no fueron solo los planos, sino la vida que se instaló en ellos. Y esa vida no se mueve, no se inmuta ni cambia. Aquí no caben los que se dedican a hacerse de oro con el ladrillo. Aquí no gustan los que buscan en esas casas con más de medio siglo de historia el pelotazo de turno. Aquí heredan de padres a hijos y se entiende que, al final, Madrid es precisamente eso. Un lugar al que se llega para salir adelante, y que no necesita más que a las personas que lo hicieron posible. En ‘Eva tomando el so’l dice Sabina que «vivíamos de ‘squatters’ en un piso abandonado de Moratalaz, si no has estado allí, no has visto el paraíso terrenal». Y no le faltaba razón al maese, que ya vio en 1988 cómo este barrio de Madrid respiraba con pulmones propios. Comenzó a construirse en los años 50. Una década en la que Madrid debía poner techo a tantos vecinos nuevos que vinieron de toda España para levantar esta capital. En aquellos años, Moratalaz era todavía un horizonte donde cielo y tierra se fundían entre el polvo y lejos del asfalto. Ese tránsito del campo a la ciudad, del silencio rural al ruido industrial, tuvo entre estas calles una nueva forma de vida, una solución que buscaba dar cobijo, pero también dignidad, para todas las personas que nos hicieron posible. De ahí que, en 1959, se aprobara el Plan de Urgencia Social de Madrid, una respuesta a la llegada masiva de personas desde todas las regiones de España. Hablamos de casi cien mil personas que venían cada año huyendo de la tierra seca, soñando con una prosperidad que se contaba en postales y giros de viruta para ayudar a los suyos.Noticia relacionada general No No BAJO CIELO El túnel de Bonaparte: huida y discreción Alfonso J. Ussía De ese ambicioso plan, que contemplaba edificar cerca de 1.400 hectáreas, Moratalaz fue el eje de una idea principal: hacer una ciudad dentro de la ciudad. Y así fue. Las primeras promociones comenzaron a levantarse a principios de los años sesenta. Entre ellas, las conocidas como colonias o sectores, numerados del I al VIII, que aún hoy organizan la vida cotidiana del distrito. Cada sector incluía no solo viviendas, sino también colegios, parroquias y pequeños centros comerciales de proximidad. Esas tiendas en las que se podía fiar y que poco a poco conectaban las vidas de todos sus vecinos. Las calles de Moratalaz fueron bautizadas con una lógica que combinaba historia y geografía. Así aparecieron nombres como la calle del Camino de los Vinateros, que recuerda antiguos caminos rurales; la avenida de Moratalaz, eje vertebrador del barrio; o la calle de la Hacienda de Pavones, evocando antiguas fincas de la zona. En aquellos primeros años, sin embargo, el trazado sobre el plano no siempre coincidía con la experiencia diaria. Las calles existían antes que el asfalto; muchas eran todavía caminos de tierra por los que circulaban autobuses escasos y vecinos cargados con la compra. El transporte público tardó en consolidarse, y no sería hasta décadas más tarde cuando el metro llegaría con estaciones como Vinateros o Artilleros.Es el resultado de una política de vivienda seria, de una idea de ciudad y, sobre todo, de miles de historias personalesPoco a poco, el barrio fue creciendo por fases durante los años sesenta y setenta, incorporando nuevos sectores y ampliando su red de servicios. El polvo dejó paso al pavimento, y los descampados se transformaron en parques. Con el tiempo, Moratalaz quedó integrado plenamente en la trama urbana de Madrid. Lo que había sido periferia se convirtió en un distrito consolidado, con identidad propia y una estructura urbana reconocible tan personal, orgullo de sus gentes y patria de sus vecinos. Un ejemplo de cómo solucionar el problema de vivienda y, al toque, de no trabajar para especuladores sino para personas. Me paro en el bar Gredos, alma de esta zona del barrio, medio escondido en Arroyo Belincoso. Una ración de bravas y una caña son suficientes para ver cómo esta zona no necesita más que a sus vecinos para seguir brillando. Precios normales, calidad perfecta. Me gusta que varias generaciones se hayan quedado aquí, sin necesidad de volver. Han echado raíces porque todo esto les pertenece. Y es que Moratalaz es algo más que un barrio de expansión de los años sesenta. Es el resultado de una política de vivienda seria, de una idea de ciudad y, sobre todo, de miles de historias personales que encontraron en sus calles un lugar donde empezar. Porque, al fin y al cabo, entre el hormigón y el ladrillo, lo que terminó por levantar Moratalaz no fueron solo los planos, sino la vida que se instaló en ellos. Y esa vida no se mueve, no se inmuta ni cambia. Aquí no caben los que se dedican a hacerse de oro con el ladrillo. Aquí no gustan los que buscan en esas casas con más de medio siglo de historia el pelotazo de turno. Aquí heredan de padres a hijos y se entiende que, al final, Madrid es precisamente eso. Un lugar al que se llega para salir adelante, y que no necesita más que a las personas que lo hicieron posible. En ‘Eva tomando el so’l dice Sabina que «vivíamos de ‘squatters’ en un piso abandonado de Moratalaz, si no has estado allí, no has visto el paraíso terrenal». Y no le faltaba razón al maese, que ya vio en 1988 cómo este barrio de Madrid respiraba con pulmones propios. Comenzó a construirse en los años 50. Una década en la que Madrid debía poner techo a tantos vecinos nuevos que vinieron de toda España para levantar esta capital. En aquellos años, Moratalaz era todavía un horizonte donde cielo y tierra se fundían entre el polvo y lejos del asfalto. Ese tránsito del campo a la ciudad, del silencio rural al ruido industrial, tuvo entre estas calles una nueva forma de vida, una solución que buscaba dar cobijo, pero también dignidad, para todas las personas que nos hicieron posible. De ahí que, en 1959, se aprobara el Plan de Urgencia Social de Madrid, una respuesta a la llegada masiva de personas desde todas las regiones de España. Hablamos de casi cien mil personas que venían cada año huyendo de la tierra seca, soñando con una prosperidad que se contaba en postales y giros de viruta para ayudar a los suyos.Noticia relacionada general No No BAJO CIELO El túnel de Bonaparte: huida y discreción Alfonso J. Ussía De ese ambicioso plan, que contemplaba edificar cerca de 1.400 hectáreas, Moratalaz fue el eje de una idea principal: hacer una ciudad dentro de la ciudad. Y así fue. Las primeras promociones comenzaron a levantarse a principios de los años sesenta. Entre ellas, las conocidas como colonias o sectores, numerados del I al VIII, que aún hoy organizan la vida cotidiana del distrito. Cada sector incluía no solo viviendas, sino también colegios, parroquias y pequeños centros comerciales de proximidad. Esas tiendas en las que se podía fiar y que poco a poco conectaban las vidas de todos sus vecinos. Las calles de Moratalaz fueron bautizadas con una lógica que combinaba historia y geografía. Así aparecieron nombres como la calle del Camino de los Vinateros, que recuerda antiguos caminos rurales; la avenida de Moratalaz, eje vertebrador del barrio; o la calle de la Hacienda de Pavones, evocando antiguas fincas de la zona. En aquellos primeros años, sin embargo, el trazado sobre el plano no siempre coincidía con la experiencia diaria. Las calles existían antes que el asfalto; muchas eran todavía caminos de tierra por los que circulaban autobuses escasos y vecinos cargados con la compra. El transporte público tardó en consolidarse, y no sería hasta décadas más tarde cuando el metro llegaría con estaciones como Vinateros o Artilleros.Es el resultado de una política de vivienda seria, de una idea de ciudad y, sobre todo, de miles de historias personalesPoco a poco, el barrio fue creciendo por fases durante los años sesenta y setenta, incorporando nuevos sectores y ampliando su red de servicios. El polvo dejó paso al pavimento, y los descampados se transformaron en parques. Con el tiempo, Moratalaz quedó integrado plenamente en la trama urbana de Madrid. Lo que había sido periferia se convirtió en un distrito consolidado, con identidad propia y una estructura urbana reconocible tan personal, orgullo de sus gentes y patria de sus vecinos. Un ejemplo de cómo solucionar el problema de vivienda y, al toque, de no trabajar para especuladores sino para personas. Me paro en el bar Gredos, alma de esta zona del barrio, medio escondido en Arroyo Belincoso. Una ración de bravas y una caña son suficientes para ver cómo esta zona no necesita más que a sus vecinos para seguir brillando. Precios normales, calidad perfecta. Me gusta que varias generaciones se hayan quedado aquí, sin necesidad de volver. Han echado raíces porque todo esto les pertenece. Y es que Moratalaz es algo más que un barrio de expansión de los años sesenta. Es el resultado de una política de vivienda seria, de una idea de ciudad y, sobre todo, de miles de historias personales que encontraron en sus calles un lugar donde empezar. Porque, al fin y al cabo, entre el hormigón y el ladrillo, lo que terminó por levantar Moratalaz no fueron solo los planos, sino la vida que se instaló en ellos. Y esa vida no se mueve, no se inmuta ni cambia. Aquí no caben los que se dedican a hacerse de oro con el ladrillo. Aquí no gustan los que buscan en esas casas con más de medio siglo de historia el pelotazo de turno. Aquí heredan de padres a hijos y se entiende que, al final, Madrid es precisamente eso. Un lugar al que se llega para salir adelante, y que no necesita más que a las personas que lo hicieron posible. RSS de noticias de espana
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