Los toros cogen porque sí, nos guste o no. La grandeza del toreo reside en ese peligro constante que se espera en el toro. Sin esa tragedia griega de la creación sobre el drama, el toreo no sería lo que es. A Morante de la Puebla, tanto el otro día como en el último año, lo han cogido varios toros de manera muy fea, y no sólo por este apunte primero y casi consustancial e inextirpable para el arte, a ello hay que sumarle un exceso de confianza que yo no sé a qué se debe. Veo, de unas temporadas a acá, a un torero tan excesivamente confiado que casi no saca los brazos a la salida de los toros cuando, como ante el de Matilla, el toro es incierto, va a lo suyo, desparrama la vista y no atiende a los capotes, y con esas premisas, el torero que sale a por él con esa confianza excesiva (sin inmutarse) y el toro se lo lleva por delante. En otras ocasiones, con el toro de salida, le veo pegarse tanto a las tablas, sin salirse para afuera, que el propio toro se queda sin espacio. Ni que decir tiene, el que primero ve las cosas es el que se pone delante, pero pienso que el hecho de cuajar tantos toros, tal como los ha cuajado en los últimos años, lo ha llevado a traspasar ciertas líneas, las de confiar en demasía en uno mismo o en el Espíritu Santo, vaya usted a saber. Se entiende así, que cuando te sale un toro noble, aunque sin raza, tal como le han salido en los últimos años, el torero se haya entregado en cuerpo y alma, ¡que es como se hace el toreo!, con esa especie de ofrenda a la suerte, en ese tirar la moneda al aire, pues cuando uno expone tanto, no basta con ponerle bien los avíos y ponerse en el sitio, no, el toro es el que tiene la última palabra de obedecer o no. Y con todo se entiende el por qué Morante está donde está. Quizás, eso sí, debería medirse en esa excesiva confianza, sobre todo ante el toro que no la merezca. Mis mejores deseos y respetos y pronta recuperación. Los toros cogen porque sí, nos guste o no. La grandeza del toreo reside en ese peligro constante que se espera en el toro. Sin esa tragedia griega de la creación sobre el drama, el toreo no sería lo que es. A Morante de la Puebla, tanto el otro día como en el último año, lo han cogido varios toros de manera muy fea, y no sólo por este apunte primero y casi consustancial e inextirpable para el arte, a ello hay que sumarle un exceso de confianza que yo no sé a qué se debe. Veo, de unas temporadas a acá, a un torero tan excesivamente confiado que casi no saca los brazos a la salida de los toros cuando, como ante el de Matilla, el toro es incierto, va a lo suyo, desparrama la vista y no atiende a los capotes, y con esas premisas, el torero que sale a por él con esa confianza excesiva (sin inmutarse) y el toro se lo lleva por delante. En otras ocasiones, con el toro de salida, le veo pegarse tanto a las tablas, sin salirse para afuera, que el propio toro se queda sin espacio. Ni que decir tiene, el que primero ve las cosas es el que se pone delante, pero pienso que el hecho de cuajar tantos toros, tal como los ha cuajado en los últimos años, lo ha llevado a traspasar ciertas líneas, las de confiar en demasía en uno mismo o en el Espíritu Santo, vaya usted a saber. Se entiende así, que cuando te sale un toro noble, aunque sin raza, tal como le han salido en los últimos años, el torero se haya entregado en cuerpo y alma, ¡que es como se hace el toreo!, con esa especie de ofrenda a la suerte, en ese tirar la moneda al aire, pues cuando uno expone tanto, no basta con ponerle bien los avíos y ponerse en el sitio, no, el toro es el que tiene la última palabra de obedecer o no. Y con todo se entiende el por qué Morante está donde está. Quizás, eso sí, debería medirse en esa excesiva confianza, sobre todo ante el toro que no la merezca. Mis mejores deseos y respetos y pronta recuperación. Los toros cogen porque sí, nos guste o no. La grandeza del toreo reside en ese peligro constante que se espera en el toro. Sin esa tragedia griega de la creación sobre el drama, el toreo no sería lo que es. A Morante de la Puebla, tanto el otro día como en el último año, lo han cogido varios toros de manera muy fea, y no sólo por este apunte primero y casi consustancial e inextirpable para el arte, a ello hay que sumarle un exceso de confianza que yo no sé a qué se debe. Veo, de unas temporadas a acá, a un torero tan excesivamente confiado que casi no saca los brazos a la salida de los toros cuando, como ante el de Matilla, el toro es incierto, va a lo suyo, desparrama la vista y no atiende a los capotes, y con esas premisas, el torero que sale a por él con esa confianza excesiva (sin inmutarse) y el toro se lo lleva por delante. En otras ocasiones, con el toro de salida, le veo pegarse tanto a las tablas, sin salirse para afuera, que el propio toro se queda sin espacio. Ni que decir tiene, el que primero ve las cosas es el que se pone delante, pero pienso que el hecho de cuajar tantos toros, tal como los ha cuajado en los últimos años, lo ha llevado a traspasar ciertas líneas, las de confiar en demasía en uno mismo o en el Espíritu Santo, vaya usted a saber. Se entiende así, que cuando te sale un toro noble, aunque sin raza, tal como le han salido en los últimos años, el torero se haya entregado en cuerpo y alma, ¡que es como se hace el toreo!, con esa especie de ofrenda a la suerte, en ese tirar la moneda al aire, pues cuando uno expone tanto, no basta con ponerle bien los avíos y ponerse en el sitio, no, el toro es el que tiene la última palabra de obedecer o no. Y con todo se entiende el por qué Morante está donde está. Quizás, eso sí, debería medirse en esa excesiva confianza, sobre todo ante el toro que no la merezca. Mis mejores deseos y respetos y pronta recuperación. RSS de noticias de cultura
Cultura El toro y su peligro
El toro y su peligro
abril 21, 2026
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