«¿Es vuestra primera vez? Este festival es único, no vais a conocer otro como este». Y la voz ronca de Ramón, mientras rebusca en su vieja Igloo unas cervezas heladas, retumba entre un grupo de chicas que busca hidratación para cruzar con sus maletas el terral que las separa de su cámping. Es la una de la tarde, el sol dispara sobre la amarillenta llanura castellana entre en un ir y venir constante de gente. Es imposible caminar sin toparse con enormes bolsas cargadas de comida de subsistencia -el jamón de york y las patatas fritas son tendencia-, packs de cerveza y garrafones de agua. En unos minutos, las explanadas se convierten en un hormigueo de coches hasta casi desaparecer. Y las zapatillas reventadas son el oficioso uniforme de todos los presentes.
Nos colamos en una de las citas musicales del verano. Nació hace 29 años en Aranda de Duero para 200 personas y hoy es una referencia sin renunciar a sus principios
«¿Es vuestra primera vez? Este festival es único, no vais a conocer otro como este». Y la voz ronca de Ramón, mientras rebusca en su vieja Igloo unas cervezas heladas, retumba entre un grupo de chicas que busca hidratación para cruzar con sus maletas el terral que las separa de su cámping. Es la una de la tarde, el sol dispara sobre la amarillenta llanura castellana entre en un ir y venir constante de gente. Es imposible caminar sin toparse con enormes bolsas cargadas de comida de subsistencia -el jamón de york y las patatas fritas son tendencia-, packs de cerveza y garrafones de agua. En unos minutos, las explanadas se convierten en un hormigueo de coches hasta casi desaparecer. Y las zapatillas reventadas son el oficioso uniforme de todos los presentes.
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