En las negociaciones nucleares que culminaron en 2015, el iraní Mohamed Javad Zarif desplegó una diplomacia con piel de terciopelo sobre huesos de acero: sonriente, irónico, perfectamente adaptado al inglés tras pasar años en Estados Unidos, cultivaba con el secretario de Estado estadounidense John Kerry una relación casi personal, prolongando reuniones y paseos que parecían acercar posiciones. Pero una escena se repetía con precisión casi teatral: al regresar a la mesa, el tono cambiaba, se terminaban las bromas y la línea dura de Teherán reaparecía intacta, sin moverse ni un milímetro, basada en tres puntos: sanciones, enriquecimiento y soberanía.
Mientras Trump presiona con prolongar el cierre de Ormuz, Teherán usa la diplomacia con paciencia, ambigüedad y la certeza de que el tiempo juega a su favor
En las negociaciones nucleares que culminaron en 2015, el iraní Mohamed Javad Zarif desplegó una diplomacia con piel de terciopelo sobre huesos de acero: sonriente, irónico, perfectamente adaptado al inglés tras pasar años en Estados Unidos, cultivaba con el secretario de Estado estadounidense John Kerry una relación casi personal, prolongando reuniones y paseos que parecían acercar posiciones. Pero una escena se repetía con precisión casi teatral: al regresar a la mesa, el tono cambiaba, se terminaban las bromas y la línea dura de Teherán reaparecía intacta, sin moverse ni un milímetro, basada en tres puntos: sanciones, enriquecimiento y soberanía.
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