Los músicos suelen pretender la juventud eterna, pero Eric Clapton aceptó desde siempre la tiranía del tiempo y logró del desgaste un estilo. Acaba de avalarse en Madrid, en un recital memorable . Lleva décadas hablándole a la guitarra como quien conversa con sus propias pérdidas, con sus destrozos íntimos. Nunca fue un guitarrista de fuegos artificiales. Incluso en sus años de leyenda precoz, cuando el rock pedía héroes, Clapton aupaba algo de funcionario melancólico, de caballero inglés que hubiese llegado equivocadamente al santuario eléctrico del blues. Muchos artistas son vasallos de la energía, mientras Clapton es un heraldo de la memoria. No toca desde el impulso, sino desde una suerte de arqueología emocional. Cada canción parece extraída de una gruta distinta de su biografía. Ahí está la arrogancia virtuosa de los primeros años, el romanticismo maltrecho de ‘Layla’, el barro químico de las adicciones, la devastación indecible de ‘Tears in Heaven’, el regreso obstinado a la médula del blues, como quien vuelve a casa después de comprobar que el mundo no es «noble ni bueno ni sagrado», según la máxima iluminada del poeta. En Clapton siempre se ataron dos naturalezas improbables, la disciplina británica y el desorden sentimental del blues. Tiene algo de hombre severo y algo de herido incurable. Nunca fue Hendrix, que tocaba como si invocara una tormenta. Nunca fue Jimmy Page, acróbata de excesos. Nunca Jeff Beck, experimental y centelleante. Clapton eligió el territorio de la emoción bajo control, el del dolor con modales. Triunfó enseguida, y enseguida lo adornaron mítico. A pesar de esto, logró sobrevivirse, lo que quiere decir que venció a la fama, a la heroína, al luto, a la tentación de repetirse. Noticia relacionada No No ÁNGEL ANTONIO HERRERA Eric Clapton, el monje del desgarro Ángel Antonio HerreraHoy ya no toca para conquistar el mundo, y a la chica guapa de la primera fila. Toca como quien revisa una correspondencia antigua. En sus conciertos hay menos hambre que recuerdo, menos desafío que elegía. Logra el prodigio de inaugurar una guitarra del pasado, hasta que se detiene la noche. Nunca fue Clapton rigurosamente joven. Siempre tuvo la edad del blues. Los músicos suelen pretender la juventud eterna, pero Eric Clapton aceptó desde siempre la tiranía del tiempo y logró del desgaste un estilo. Acaba de avalarse en Madrid, en un recital memorable . Lleva décadas hablándole a la guitarra como quien conversa con sus propias pérdidas, con sus destrozos íntimos. Nunca fue un guitarrista de fuegos artificiales. Incluso en sus años de leyenda precoz, cuando el rock pedía héroes, Clapton aupaba algo de funcionario melancólico, de caballero inglés que hubiese llegado equivocadamente al santuario eléctrico del blues. Muchos artistas son vasallos de la energía, mientras Clapton es un heraldo de la memoria. No toca desde el impulso, sino desde una suerte de arqueología emocional. Cada canción parece extraída de una gruta distinta de su biografía. Ahí está la arrogancia virtuosa de los primeros años, el romanticismo maltrecho de ‘Layla’, el barro químico de las adicciones, la devastación indecible de ‘Tears in Heaven’, el regreso obstinado a la médula del blues, como quien vuelve a casa después de comprobar que el mundo no es «noble ni bueno ni sagrado», según la máxima iluminada del poeta. En Clapton siempre se ataron dos naturalezas improbables, la disciplina británica y el desorden sentimental del blues. Tiene algo de hombre severo y algo de herido incurable. Nunca fue Hendrix, que tocaba como si invocara una tormenta. Nunca fue Jimmy Page, acróbata de excesos. Nunca Jeff Beck, experimental y centelleante. Clapton eligió el territorio de la emoción bajo control, el del dolor con modales. Triunfó enseguida, y enseguida lo adornaron mítico. A pesar de esto, logró sobrevivirse, lo que quiere decir que venció a la fama, a la heroína, al luto, a la tentación de repetirse. Noticia relacionada No No ÁNGEL ANTONIO HERRERA Eric Clapton, el monje del desgarro Ángel Antonio HerreraHoy ya no toca para conquistar el mundo, y a la chica guapa de la primera fila. Toca como quien revisa una correspondencia antigua. En sus conciertos hay menos hambre que recuerdo, menos desafío que elegía. Logra el prodigio de inaugurar una guitarra del pasado, hasta que se detiene la noche. Nunca fue Clapton rigurosamente joven. Siempre tuvo la edad del blues. Los músicos suelen pretender la juventud eterna, pero Eric Clapton aceptó desde siempre la tiranía del tiempo y logró del desgaste un estilo. Acaba de avalarse en Madrid, en un recital memorable . Lleva décadas hablándole a la guitarra como quien conversa con sus propias pérdidas, con sus destrozos íntimos. Nunca fue un guitarrista de fuegos artificiales. Incluso en sus años de leyenda precoz, cuando el rock pedía héroes, Clapton aupaba algo de funcionario melancólico, de caballero inglés que hubiese llegado equivocadamente al santuario eléctrico del blues. Muchos artistas son vasallos de la energía, mientras Clapton es un heraldo de la memoria. No toca desde el impulso, sino desde una suerte de arqueología emocional. Cada canción parece extraída de una gruta distinta de su biografía. Ahí está la arrogancia virtuosa de los primeros años, el romanticismo maltrecho de ‘Layla’, el barro químico de las adicciones, la devastación indecible de ‘Tears in Heaven’, el regreso obstinado a la médula del blues, como quien vuelve a casa después de comprobar que el mundo no es «noble ni bueno ni sagrado», según la máxima iluminada del poeta. En Clapton siempre se ataron dos naturalezas improbables, la disciplina británica y el desorden sentimental del blues. Tiene algo de hombre severo y algo de herido incurable. Nunca fue Hendrix, que tocaba como si invocara una tormenta. Nunca fue Jimmy Page, acróbata de excesos. Nunca Jeff Beck, experimental y centelleante. Clapton eligió el territorio de la emoción bajo control, el del dolor con modales. Triunfó enseguida, y enseguida lo adornaron mítico. A pesar de esto, logró sobrevivirse, lo que quiere decir que venció a la fama, a la heroína, al luto, a la tentación de repetirse. Noticia relacionada No No ÁNGEL ANTONIO HERRERA Eric Clapton, el monje del desgarro Ángel Antonio HerreraHoy ya no toca para conquistar el mundo, y a la chica guapa de la primera fila. Toca como quien revisa una correspondencia antigua. En sus conciertos hay menos hambre que recuerdo, menos desafío que elegía. Logra el prodigio de inaugurar una guitarra del pasado, hasta que se detiene la noche. Nunca fue Clapton rigurosamente joven. Siempre tuvo la edad del blues. RSS de noticias de cultura
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