Nuria y Álvaro compraron la casa en 2021, todavía con la resaca de la pandemia, con la idea de salir de un piso en Ciudad Jardín y criar a su hija en algo parecido a lo que ellos recordaban de sus abuelos. Una casa de patio en el barrio de Santa Marina , a un paseo de la iglesia fernandina que le da nombre, con pozo, arriates y un limonero que, según la vendedora, pasaba de los sesenta años.Durante buena parte del siglo XX aquello fue una casa de vecinos. Llegaron a vivir cinco familias, cada una en una o dos habitaciones, compartiendo patio, lavadero y pozo, como en tantas casas del casco histórico de Córdoba. La última inquilina se marchó a finales de los ochenta. Después vino una propietaria que la usó como segunda vivienda y la mantuvo con lo justo.La reforma duró casi un año. Se mudaron en septiembre de 2022. A las pocas semanas empezaron las cosas raras.«Lo primero fueron las macetas«, cuenta Nuria, funcionaria de la Junta de Andalucía. «Yo regaba por la tarde, cuando bajaba el sol. Y había días que, al ir a regar, las gitanillas de la pared del pozo ya estaban mojadas. La tierra empapada, el plato con agua. Pensé que había sido Álvaro. Álvaro pensó que había sido yo».No había sido ninguno. Tampoco había llovido. Durante un tiempo lo achacaron a una fuga, a la humedad del muro, a algún vecino que se asomara desde la azotea de al lado. Un fontanero revisó la instalación. Todo estaba bien.Después llegó el sonido. Algunas noches, desde el dormitorio que da al patio, se oía el chirrido de una polea y el golpe de un cubo contra el agua. El pozo conserva el brocal original, pero la polea se quitó hace décadas. «Es un ruido que no puedes confundir. Lo reconoces aunque no lo hayas oído nunca. Metal, cuerda y agua», dice Álvaro, ingeniero agrónomo.Él fue el escéptico de la casa durante meses. Instaló una cámara de vigilancia de las que se venden para jardines, con detección de movimiento, apuntando al pozo. En tres meses grabó gatos, una salamanquesa y una noche de viento que tumbó dos macetas. Nada más. Las gitanillas, en cambio, seguían amaneciendo regadas de vez en cuando.«Eso fue lo que me desarmó. Tenía la cámara puesta, no salía nadie y la tierra estaba mojada».Los dibujos de Valeria y la señora del patioLa hija de la pareja, Valeria, tenía entonces cuatro años. Un día dibujó la casa en la guardería. El patio, el limonero, el pozo. Y junto al pozo, una mujer con delantal y un cubo.«La maestra nos lo enseñó porque le hizo gracia. Le preguntó quién era y Valeria dijo que era la señora que riega», explica Nuria. «En casa le preguntamos. Nos contó que la veía a veces por la mañana temprano, cuando se despertaba antes que nosotros y se asomaba a la ventana. Que era mayor, que iba de negro con un delantal de cuadros y que le decía «buenos días, chiquilla»».Al principio no le dieron importancia. Los niños inventan amigos y personajes, es lo más normal a esa edad. Lo que les inquietó fue la insistencia y el detalle. Valeria hablaba de la señora con naturalidad, sin miedo, y siempre la colocaba en el mismo sitio. Y un día dijo un nombre: Señá Encarna (Señora Encarna).La vecina no sabía nada de los dibujos de Valeria. Cuando Nuria se los enseñó, se santiguóFue entonces cuando Nuria buscó a la antigua propietaria. La localizó por teléfono, en Málaga, y le preguntó si en la casa había vivido alguien llamado Encarna. La mujer tardó en contestar.«Me dijo que sí. Que cuando ella era pequeña y aquello todavía era casa de vecinos, vivía allí una viuda, la señá Encarna, que era la que se encargaba del patio. Que no dejaba que nadie le tocara las macetas. Y que murió en la casa, en su habitación, a mediados de los setenta». Esa habitación es hoy el dormitorio de Valeria.Más tarde, una vecina de la misma calle, que pasa de los ochenta, confirmó la historia sin que nadie le diera detalles. Se acordaba perfectamente de la señá Encarna, «una mujer bajita, siempre de luto, con su delantal», que se levantaba antes que nadie para regar y que regañaba a los niños si jugaban a la pelota cerca de las macetas. «Decía que las plantas había que regarlas antes de que saliera el sol, que luego se queman. Y así lo hacía todos los días, lloviera o no». La vecina no sabía nada de los dibujos de Valeria. Cuando Nuria se los enseñó, se santiguó.Lo que registraron los investigadoresLa familia pidió ayuda a un equipo de investigación de Sevilla que les recomendó una compañera de trabajo. Lo encabeza por Rafael de Alba y yo mismo, prestigioso médium. Su método es minucioso y poco amigo del espectáculo.«En las casas de patio hay muchas explicaciones posibles para lo que cuenta esta familia. La humedad del pozo puede subir por capilaridad a las macetas cercanas. Los ruidos en un patio cerrado rebotan y engañan. Y los niños perciben y cuentan las cosas a su manera», enumera Rafael de Alba.Aun así, aceptó el caso. Pasaron dos noches en la casa en mayo de 2023, la semana del Festival de los Patios, cuando Santa Marina se llena de visitantes durante el día y vuelve al silencio por la noche. Instalaron sensores de humedad en la tierra de las macetas, grabadoras junto al pozo y en el dormitorio de la niña, que esas noches durmió con sus padres.La primera noche no ocurrió nada. La segunda, el sensor de una de las macetas marcó a las 06:10 horas una subida brusca de humedad, como si alguien hubiera echado agua. La cámara del patio no muestra a nadie, aunque a esa hora, con tan poca luz, la imagen es pobre. El sensor de la maceta de al lado no se movió.«No puedo explicar ese sensor. He revisado el equipo y funciona bien. Tampoco puedo explicar el audio. Lo que sí puedo decir es que esta familia no se lo está inventando, porque los datos los tengo yo» Rafael de Alba InvestigadorUna de las grabadoras del dormitorio recogió a las 06:05 horas una voz de mujer, cascada, que el equipo transcribe como «ya está, ya está». Cinco minutos antes de que la tierra se mojara.Rafael de Alba no saca conclusiones. «No puedo explicar ese sensor. He revisado el equipo y funciona bien. Tampoco puedo explicar el audio. Lo que sí puedo decir es que esta familia no se lo está inventando, porque los datos los tengo yo».Nuria y Álvaro siguen en la casa y no han pensado en irse. Valeria tiene ahora seis años y dice que ya no ve a la señora tan a menudo. En casa han tomado una decisión que a cualquiera de fuera le parecería extraña: las gitanillas del pozo ya no las riega nadie de la familia. «Si alguien las cuida, que las cuide», dice Nuria. Llevan dos primaveras floreciendo mejor que el resto del patio.*Si ha tenido alguna experiencia paranormal, de cualquier tipo, no dude en comunicarse conmigo. Investigaré gratis su caso (como siempre lo hago) y trataré de ofrecerle respuestas: correodecontacto.garciabautista@gmail.com Nuria y Álvaro compraron la casa en 2021, todavía con la resaca de la pandemia, con la idea de salir de un piso en Ciudad Jardín y criar a su hija en algo parecido a lo que ellos recordaban de sus abuelos. Una casa de patio en el barrio de Santa Marina , a un paseo de la iglesia fernandina que le da nombre, con pozo, arriates y un limonero que, según la vendedora, pasaba de los sesenta años.Durante buena parte del siglo XX aquello fue una casa de vecinos. Llegaron a vivir cinco familias, cada una en una o dos habitaciones, compartiendo patio, lavadero y pozo, como en tantas casas del casco histórico de Córdoba. La última inquilina se marchó a finales de los ochenta. Después vino una propietaria que la usó como segunda vivienda y la mantuvo con lo justo.La reforma duró casi un año. Se mudaron en septiembre de 2022. A las pocas semanas empezaron las cosas raras.«Lo primero fueron las macetas«, cuenta Nuria, funcionaria de la Junta de Andalucía. «Yo regaba por la tarde, cuando bajaba el sol. Y había días que, al ir a regar, las gitanillas de la pared del pozo ya estaban mojadas. La tierra empapada, el plato con agua. Pensé que había sido Álvaro. Álvaro pensó que había sido yo».No había sido ninguno. Tampoco había llovido. Durante un tiempo lo achacaron a una fuga, a la humedad del muro, a algún vecino que se asomara desde la azotea de al lado. Un fontanero revisó la instalación. Todo estaba bien.Después llegó el sonido. Algunas noches, desde el dormitorio que da al patio, se oía el chirrido de una polea y el golpe de un cubo contra el agua. El pozo conserva el brocal original, pero la polea se quitó hace décadas. «Es un ruido que no puedes confundir. Lo reconoces aunque no lo hayas oído nunca. Metal, cuerda y agua», dice Álvaro, ingeniero agrónomo.Él fue el escéptico de la casa durante meses. Instaló una cámara de vigilancia de las que se venden para jardines, con detección de movimiento, apuntando al pozo. En tres meses grabó gatos, una salamanquesa y una noche de viento que tumbó dos macetas. Nada más. Las gitanillas, en cambio, seguían amaneciendo regadas de vez en cuando.«Eso fue lo que me desarmó. Tenía la cámara puesta, no salía nadie y la tierra estaba mojada».Los dibujos de Valeria y la señora del patioLa hija de la pareja, Valeria, tenía entonces cuatro años. Un día dibujó la casa en la guardería. El patio, el limonero, el pozo. Y junto al pozo, una mujer con delantal y un cubo.«La maestra nos lo enseñó porque le hizo gracia. Le preguntó quién era y Valeria dijo que era la señora que riega», explica Nuria. «En casa le preguntamos. Nos contó que la veía a veces por la mañana temprano, cuando se despertaba antes que nosotros y se asomaba a la ventana. Que era mayor, que iba de negro con un delantal de cuadros y que le decía «buenos días, chiquilla»».Al principio no le dieron importancia. Los niños inventan amigos y personajes, es lo más normal a esa edad. Lo que les inquietó fue la insistencia y el detalle. Valeria hablaba de la señora con naturalidad, sin miedo, y siempre la colocaba en el mismo sitio. Y un día dijo un nombre: Señá Encarna (Señora Encarna).La vecina no sabía nada de los dibujos de Valeria. Cuando Nuria se los enseñó, se santiguóFue entonces cuando Nuria buscó a la antigua propietaria. La localizó por teléfono, en Málaga, y le preguntó si en la casa había vivido alguien llamado Encarna. La mujer tardó en contestar.«Me dijo que sí. Que cuando ella era pequeña y aquello todavía era casa de vecinos, vivía allí una viuda, la señá Encarna, que era la que se encargaba del patio. Que no dejaba que nadie le tocara las macetas. Y que murió en la casa, en su habitación, a mediados de los setenta». Esa habitación es hoy el dormitorio de Valeria.Más tarde, una vecina de la misma calle, que pasa de los ochenta, confirmó la historia sin que nadie le diera detalles. Se acordaba perfectamente de la señá Encarna, «una mujer bajita, siempre de luto, con su delantal», que se levantaba antes que nadie para regar y que regañaba a los niños si jugaban a la pelota cerca de las macetas. «Decía que las plantas había que regarlas antes de que saliera el sol, que luego se queman. Y así lo hacía todos los días, lloviera o no». La vecina no sabía nada de los dibujos de Valeria. Cuando Nuria se los enseñó, se santiguó.Lo que registraron los investigadoresLa familia pidió ayuda a un equipo de investigación de Sevilla que les recomendó una compañera de trabajo. Lo encabeza por Rafael de Alba y yo mismo, prestigioso médium. Su método es minucioso y poco amigo del espectáculo.«En las casas de patio hay muchas explicaciones posibles para lo que cuenta esta familia. La humedad del pozo puede subir por capilaridad a las macetas cercanas. Los ruidos en un patio cerrado rebotan y engañan. Y los niños perciben y cuentan las cosas a su manera», enumera Rafael de Alba.Aun así, aceptó el caso. Pasaron dos noches en la casa en mayo de 2023, la semana del Festival de los Patios, cuando Santa Marina se llena de visitantes durante el día y vuelve al silencio por la noche. Instalaron sensores de humedad en la tierra de las macetas, grabadoras junto al pozo y en el dormitorio de la niña, que esas noches durmió con sus padres.La primera noche no ocurrió nada. La segunda, el sensor de una de las macetas marcó a las 06:10 horas una subida brusca de humedad, como si alguien hubiera echado agua. La cámara del patio no muestra a nadie, aunque a esa hora, con tan poca luz, la imagen es pobre. El sensor de la maceta de al lado no se movió.«No puedo explicar ese sensor. He revisado el equipo y funciona bien. Tampoco puedo explicar el audio. Lo que sí puedo decir es que esta familia no se lo está inventando, porque los datos los tengo yo» Rafael de Alba InvestigadorUna de las grabadoras del dormitorio recogió a las 06:05 horas una voz de mujer, cascada, que el equipo transcribe como «ya está, ya está». Cinco minutos antes de que la tierra se mojara.Rafael de Alba no saca conclusiones. «No puedo explicar ese sensor. He revisado el equipo y funciona bien. Tampoco puedo explicar el audio. Lo que sí puedo decir es que esta familia no se lo está inventando, porque los datos los tengo yo».Nuria y Álvaro siguen en la casa y no han pensado en irse. Valeria tiene ahora seis años y dice que ya no ve a la señora tan a menudo. En casa han tomado una decisión que a cualquiera de fuera le parecería extraña: las gitanillas del pozo ya no las riega nadie de la familia. «Si alguien las cuida, que las cuide», dice Nuria. Llevan dos primaveras floreciendo mejor que el resto del patio.*Si ha tenido alguna experiencia paranormal, de cualquier tipo, no dude en comunicarse conmigo. Investigaré gratis su caso (como siempre lo hago) y trataré de ofrecerle respuestas: correodecontacto.garciabautista@gmail.com Nuria y Álvaro compraron la casa en 2021, todavía con la resaca de la pandemia, con la idea de salir de un piso en Ciudad Jardín y criar a su hija en algo parecido a lo que ellos recordaban de sus abuelos. Una casa de patio en el barrio de Santa Marina , a un paseo de la iglesia fernandina que le da nombre, con pozo, arriates y un limonero que, según la vendedora, pasaba de los sesenta años.Durante buena parte del siglo XX aquello fue una casa de vecinos. Llegaron a vivir cinco familias, cada una en una o dos habitaciones, compartiendo patio, lavadero y pozo, como en tantas casas del casco histórico de Córdoba. La última inquilina se marchó a finales de los ochenta. Después vino una propietaria que la usó como segunda vivienda y la mantuvo con lo justo.La reforma duró casi un año. Se mudaron en septiembre de 2022. A las pocas semanas empezaron las cosas raras.«Lo primero fueron las macetas«, cuenta Nuria, funcionaria de la Junta de Andalucía. «Yo regaba por la tarde, cuando bajaba el sol. Y había días que, al ir a regar, las gitanillas de la pared del pozo ya estaban mojadas. La tierra empapada, el plato con agua. Pensé que había sido Álvaro. Álvaro pensó que había sido yo».No había sido ninguno. Tampoco había llovido. Durante un tiempo lo achacaron a una fuga, a la humedad del muro, a algún vecino que se asomara desde la azotea de al lado. Un fontanero revisó la instalación. Todo estaba bien.Después llegó el sonido. Algunas noches, desde el dormitorio que da al patio, se oía el chirrido de una polea y el golpe de un cubo contra el agua. El pozo conserva el brocal original, pero la polea se quitó hace décadas. «Es un ruido que no puedes confundir. Lo reconoces aunque no lo hayas oído nunca. Metal, cuerda y agua», dice Álvaro, ingeniero agrónomo.Él fue el escéptico de la casa durante meses. Instaló una cámara de vigilancia de las que se venden para jardines, con detección de movimiento, apuntando al pozo. En tres meses grabó gatos, una salamanquesa y una noche de viento que tumbó dos macetas. Nada más. Las gitanillas, en cambio, seguían amaneciendo regadas de vez en cuando.«Eso fue lo que me desarmó. Tenía la cámara puesta, no salía nadie y la tierra estaba mojada».Los dibujos de Valeria y la señora del patioLa hija de la pareja, Valeria, tenía entonces cuatro años. Un día dibujó la casa en la guardería. El patio, el limonero, el pozo. Y junto al pozo, una mujer con delantal y un cubo.«La maestra nos lo enseñó porque le hizo gracia. Le preguntó quién era y Valeria dijo que era la señora que riega», explica Nuria. «En casa le preguntamos. Nos contó que la veía a veces por la mañana temprano, cuando se despertaba antes que nosotros y se asomaba a la ventana. Que era mayor, que iba de negro con un delantal de cuadros y que le decía «buenos días, chiquilla»».Al principio no le dieron importancia. Los niños inventan amigos y personajes, es lo más normal a esa edad. Lo que les inquietó fue la insistencia y el detalle. Valeria hablaba de la señora con naturalidad, sin miedo, y siempre la colocaba en el mismo sitio. Y un día dijo un nombre: Señá Encarna (Señora Encarna).La vecina no sabía nada de los dibujos de Valeria. Cuando Nuria se los enseñó, se santiguóFue entonces cuando Nuria buscó a la antigua propietaria. La localizó por teléfono, en Málaga, y le preguntó si en la casa había vivido alguien llamado Encarna. La mujer tardó en contestar.«Me dijo que sí. Que cuando ella era pequeña y aquello todavía era casa de vecinos, vivía allí una viuda, la señá Encarna, que era la que se encargaba del patio. Que no dejaba que nadie le tocara las macetas. Y que murió en la casa, en su habitación, a mediados de los setenta». Esa habitación es hoy el dormitorio de Valeria.Más tarde, una vecina de la misma calle, que pasa de los ochenta, confirmó la historia sin que nadie le diera detalles. Se acordaba perfectamente de la señá Encarna, «una mujer bajita, siempre de luto, con su delantal», que se levantaba antes que nadie para regar y que regañaba a los niños si jugaban a la pelota cerca de las macetas. «Decía que las plantas había que regarlas antes de que saliera el sol, que luego se queman. Y así lo hacía todos los días, lloviera o no». La vecina no sabía nada de los dibujos de Valeria. Cuando Nuria se los enseñó, se santiguó.Lo que registraron los investigadoresLa familia pidió ayuda a un equipo de investigación de Sevilla que les recomendó una compañera de trabajo. Lo encabeza por Rafael de Alba y yo mismo, prestigioso médium. Su método es minucioso y poco amigo del espectáculo.«En las casas de patio hay muchas explicaciones posibles para lo que cuenta esta familia. La humedad del pozo puede subir por capilaridad a las macetas cercanas. Los ruidos en un patio cerrado rebotan y engañan. Y los niños perciben y cuentan las cosas a su manera», enumera Rafael de Alba.Aun así, aceptó el caso. Pasaron dos noches en la casa en mayo de 2023, la semana del Festival de los Patios, cuando Santa Marina se llena de visitantes durante el día y vuelve al silencio por la noche. Instalaron sensores de humedad en la tierra de las macetas, grabadoras junto al pozo y en el dormitorio de la niña, que esas noches durmió con sus padres.La primera noche no ocurrió nada. La segunda, el sensor de una de las macetas marcó a las 06:10 horas una subida brusca de humedad, como si alguien hubiera echado agua. La cámara del patio no muestra a nadie, aunque a esa hora, con tan poca luz, la imagen es pobre. El sensor de la maceta de al lado no se movió.«No puedo explicar ese sensor. He revisado el equipo y funciona bien. Tampoco puedo explicar el audio. Lo que sí puedo decir es que esta familia no se lo está inventando, porque los datos los tengo yo» Rafael de Alba InvestigadorUna de las grabadoras del dormitorio recogió a las 06:05 horas una voz de mujer, cascada, que el equipo transcribe como «ya está, ya está». Cinco minutos antes de que la tierra se mojara.Rafael de Alba no saca conclusiones. «No puedo explicar ese sensor. He revisado el equipo y funciona bien. Tampoco puedo explicar el audio. Lo que sí puedo decir es que esta familia no se lo está inventando, porque los datos los tengo yo».Nuria y Álvaro siguen en la casa y no han pensado en irse. Valeria tiene ahora seis años y dice que ya no ve a la señora tan a menudo. En casa han tomado una decisión que a cualquiera de fuera le parecería extraña: las gitanillas del pozo ya no las riega nadie de la familia. «Si alguien las cuida, que las cuide», dice Nuria. Llevan dos primaveras floreciendo mejor que el resto del patio.*Si ha tenido alguna experiencia paranormal, de cualquier tipo, no dude en comunicarse conmigo. Investigaré gratis su caso (como siempre lo hago) y trataré de ofrecerle respuestas: correodecontacto.garciabautista@gmail.com RSS de noticias de espana/andalucia
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