Jóvenes con bocadillos comen sentados en el bordillo de Piazza Navona, a diez metros de la Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini . En el balcón de un palacio, ondea una bandera española: es la nueva sede de la cancillería española ante el Quirinal . Dos siglos largos después de cerrar un enclave emblemático, la iglesia de Santiago de los Españoles, la diplomacia de Madrid regresa a la manzana desde la que un día influyó poderosamente en el gobierno de la cristiandad. Aquí residían dos cardenales, embajadores de los Reyes Católicos ante la Santa Sede. A unos pasos de la entrada en la embajada española, una tienda vende todo tipo de recuerdos de Roma, llaveros y reproducciones del Coliseo a un euro. La paradoja romana no necesita subrayado, pero sí explicación.Llegué a Roma como corresponsal de TVE en 1987. Desde entonces he oído a varios diplomáticos quejarse del Palazzo Borghese, sede alquilada de la cancillería: 30.000 euros mensuales de alquiler, salones de nobleza destartalada, el embajador en un edificio y las consejerías repartidas en 17 locales por media Roma. La orden de mudarse llevaba décadas pendiente. La solución llegó con la Obra Pía-Establecimientos Españoles en Italia, propietaria de 270 apartamentos y locales en el centro histórico, cuyos estatutos no contemplan la venta de ninguna propiedad. Solo hizo una excepción: cuando Giulio Andreotti, en plena negociación de la entrada de España en el Mercado Común, pidió al Gobierno el edificio anexo al Senado. España aceptó. Pocos meses después fue admitida. La Obra Pía , cuyos inicios se remontan al siglo XI, dedica sus ganancias a «iniciativas sociales, culturales, artísticas y de protección y conservación del patrimonio», según explica en sus documentos.Para el Palazzo San Giacomo, los obispos españoles no eran partidarios de vender ni de alquilar. «Sería una presencia que suscita recelos», me confesó un prelado sin rodeos. Al final se firmó un contrato con un alquiler inferior al del Palacio Borghese. A doce metros de la entrada, los precios reales del centro hablan: un local de 43 metros cuadrados paga 8.000 euros al mes a la Obra Pía española. Es lo que cuesta estar frente a la fuente de Bernini, en la plaza que registró 22,9 millones de llegadas turísticas en 2025, según el Ente Bilaterale Turismo del Lazio. El arrendatario, Khokan Sarder, de Bangladés, me dice que el negocio le va viento en popa. «Estoy encantado de tener a España de vecino», sonríe. Olfato no le falta: el centro se vacía de romanos y se llena de turistas.Noticia relacionada No No El barco que guardó el sabor de Roma durante 2.000 años Ángel Gómez Fuentes Bajo la cal, el ladrilloSeis años de obras han devuelto al palacio de San Giacomo un rango que había perdido. Christian Rocchi, el arquitecto responsable, también firmó la rehabilitación del Palazzo di Spagna, sede de la embajada española ante la Santa Sede, en 2007. La gran sorpresa apareció trabajando en la fachada: bajo una capa muy gruesa de scialbatura a calce (un revoque blanquecino que pasaba por enlucido) asomaron los arcos originales de la planta baja y la cortina de ladrillo. La discusión con la Sovrintendenza fue áspera. «Aquel falso enlucido tenía espesor real, ya era histórico, pero ocultaba un edificio noble. Tuvimos que demostrar, con Sant’Andrea della Valle, Sant’Apollinare y San Carlo ai Catinari, que el edificio anexo a la iglesia siempre era de ladrillo: el travertino se reservaba al templo. Era el único modo científicamente correcto», explica el arquitecto Rocchi a ABC.Bajo capas negras del techo aparecieron escudos cardenalicios y los blasones de Castilla, Aragón y León: prueba de que la manzana entera, del número 90 al 106 de la plaza, había sido española durante cinco siglos. En el despacho del embajador, detrás de una puerta tapiada, los obreros encontraron el suelo original de terracota y dos nichos pareados en la pared. Sus medidas cuadran, según Rocchi, con los dos bustos berninianos de Anima Salvata y Anima Dannata (alma salvada y alma condenada), que hoy reposan en el Palazzo di Spagna de la embajada ante la Santa Sede. «No tenemos confirmación documental, pero la sospecha es razonable», admite. Si así fuera, los dos bustos habrían estado separados cuatro siglos de la pared que los esperaba. Aislar el palacio del rugido permanente de la plaza, añade Rocchi, ha exigido tanta ingeniería como restauración. Para sellar el círculo, ha usado la misma ricetta de Borromini que aplicó en la otra embajada de España ante la Santa Sede: polvo de travertino y cal blanca. Una pasta que une las dos sedes españolas en Roma a través de los siglos. «A menudo le digo al embajador que los italianos somos así gracias a España, y España es así gracias a Italia», dice el arquitecto Rocchi.Bajo capas negras del techo aparecieron escudos cardenalicios y los blasones de Castilla, Aragón y León: prueba de que la manzana entera había sido española durante cinco siglosQuartiere degli SpagnoliLos españoles llevaban en este rincón al menos desde 1450, cuando el canónigo castellano Alfonso de Paradinas levantó la iglesia de Santiago de los Españoles y, contiguos, el hospital y la hospedería de peregrinos. Bajo Calixto III y Alejandro VI, los dos papas Borja, valencianos, el barrio se hispanizó hasta el punto de que los mapas lo bautizaron sin metáforas: Quartiere degli Spagnoli. No era retórica, era cartografía . El hospital tenía su propio reglamento, firmado en 1485: prohibía comer en las camas para no atraer ratones, fijaba el cambio de sábanas cada quince días y, una vez al año, renovaba la paja de los colchones para librar las salas de pulgas y aliis inmundis bestiis. Tres siglos después, un viajero anónimo describía aquel refugio como un refugium pecatorum poblado por «frailes apóstatas, licenciados sopones, escolares y tramitadores de todos calibres». Por aquí pasó, en 1569, un joven Cervantes, camarero del cardenal Acquaviva. Probablemente rezara en Santiago. Tres años después combatiría en Lepanto.En la primera foto, la embajada española en la Piazza Navonna. En la segunda, numerosos turistas disfrutan de las vistas de la plaza. En la tercera, la entrada del Museo del Gladiador. Ángel Gómez FuentesJusto enfrente, en el Palazzo Pamphilj, hoy embajada de Brasil, vivió durante su pontificado Inocencio X. Para él pintó Velázquez, en el verano de 1650, el retrato más implacable del barroco. La tradición quiere que el papa, al ver el lienzo terminado, murmurase: «Troppo vero». Demasiado verdadero. Pocos retratos diplomáticos han alcanzado esa exactitud incómoda. Velázquez vio también cómo cada agosto la nobleza paseaba en carrozas por la plaza convertida en lago artificial, con los desagües cerrados. Santiago de los españoles decayó en el siglo XIX y en 1878 fue enajenada a los misioneros del Sagrado Corazón. Forcella, el gran recopilador de inscripciones romanas, dejó constancia escandalizada del expolio de lápidas y mármoles vendidos al peso: «no recuerdo ejemplo semejante». Mussolini hizo el resto en 1936, amputando el ábside al abrir el Corso del Rinascimento.Un circo a la puertaEl embajador Miguel Ángel Fernández-Palacios anunció el regreso a este palacio histórico en la última Fiesta Nacional del 12 de octubre, ante cinco ministros italianos y varios cientos de invitados reunidos en su residencia del Gianicolo, una concurrencia política que no se veía en décadas. «Torniamo a Piazza Navona dopo quattrocento anni». Volvemos a Piazza Navona después de cuatrocientos años. Es una frase para enmarcar.El cuadro cobra un tinte agridulce cuando uno baja a la arena de la plaza. Frente a la Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini, donde estuvo una famosa librería española, hoy el Museo del Gladiador se anuncia con carteles estridentes; un músico ambulante toca un címbalo húngaro sobre una mesita de ruedas mientras un grupo de estudiantes escucha a su profesora delante de la fuente. En los años setenta, el periodista Antonio Cederna, conciencia urbanística de Roma durante medio siglo, advirtió que el centro histórico corría el riesgo de convertirse en un parque temático de sí mismo. Su advertencia se cumple en directo. Un diplomático español describe sin disimulo lo que a menudo ven sus ventanas: «un circo». Un vecino romano me confiesa: «Evito la calle que va del Panteón a Piazza Navona: trescientos metros convertidos en un río de gente. Uno se siente extraño en su propia casa». No es un mal solo romano. Venecia ha claudicado ante los cruceros; Florencia expulsa a los suyos por los alquileres turísticos. Roma es la versión extrema de una enfermedad común: la conversión del patrimonio en escenografía y de la identidad en producto.Este lunes 4 de mayo, cuando el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, cruce el umbral de San Giacomo, España cerrará un paréntesis de dos siglos. No estrena edificio: vuelve a la misma manzana donde estuvo siempre. Iglesia, hospital y cancillería se vuelven a tocar. La misma pasta de travertino y cal de Borromini cubre hoy las dos sedes diplomáticas españolas en Roma. Los bustos de Bernini esperan en el Palazzo di Spagna, a cuatrocientos metros de los nichos donde quizá estuvieron. Es un éxito diplomático que Isabel y Fernando habrían celebrado con satisfacción. Probablemente habrían mandado cerrar la tienda de al lado. Jóvenes con bocadillos comen sentados en el bordillo de Piazza Navona, a diez metros de la Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini . En el balcón de un palacio, ondea una bandera española: es la nueva sede de la cancillería española ante el Quirinal . Dos siglos largos después de cerrar un enclave emblemático, la iglesia de Santiago de los Españoles, la diplomacia de Madrid regresa a la manzana desde la que un día influyó poderosamente en el gobierno de la cristiandad. Aquí residían dos cardenales, embajadores de los Reyes Católicos ante la Santa Sede. A unos pasos de la entrada en la embajada española, una tienda vende todo tipo de recuerdos de Roma, llaveros y reproducciones del Coliseo a un euro. La paradoja romana no necesita subrayado, pero sí explicación.Llegué a Roma como corresponsal de TVE en 1987. Desde entonces he oído a varios diplomáticos quejarse del Palazzo Borghese, sede alquilada de la cancillería: 30.000 euros mensuales de alquiler, salones de nobleza destartalada, el embajador en un edificio y las consejerías repartidas en 17 locales por media Roma. La orden de mudarse llevaba décadas pendiente. La solución llegó con la Obra Pía-Establecimientos Españoles en Italia, propietaria de 270 apartamentos y locales en el centro histórico, cuyos estatutos no contemplan la venta de ninguna propiedad. Solo hizo una excepción: cuando Giulio Andreotti, en plena negociación de la entrada de España en el Mercado Común, pidió al Gobierno el edificio anexo al Senado. España aceptó. Pocos meses después fue admitida. La Obra Pía , cuyos inicios se remontan al siglo XI, dedica sus ganancias a «iniciativas sociales, culturales, artísticas y de protección y conservación del patrimonio», según explica en sus documentos.Para el Palazzo San Giacomo, los obispos españoles no eran partidarios de vender ni de alquilar. «Sería una presencia que suscita recelos», me confesó un prelado sin rodeos. Al final se firmó un contrato con un alquiler inferior al del Palacio Borghese. A doce metros de la entrada, los precios reales del centro hablan: un local de 43 metros cuadrados paga 8.000 euros al mes a la Obra Pía española. Es lo que cuesta estar frente a la fuente de Bernini, en la plaza que registró 22,9 millones de llegadas turísticas en 2025, según el Ente Bilaterale Turismo del Lazio. El arrendatario, Khokan Sarder, de Bangladés, me dice que el negocio le va viento en popa. «Estoy encantado de tener a España de vecino», sonríe. Olfato no le falta: el centro se vacía de romanos y se llena de turistas.Noticia relacionada No No El barco que guardó el sabor de Roma durante 2.000 años Ángel Gómez Fuentes Bajo la cal, el ladrilloSeis años de obras han devuelto al palacio de San Giacomo un rango que había perdido. Christian Rocchi, el arquitecto responsable, también firmó la rehabilitación del Palazzo di Spagna, sede de la embajada española ante la Santa Sede, en 2007. La gran sorpresa apareció trabajando en la fachada: bajo una capa muy gruesa de scialbatura a calce (un revoque blanquecino que pasaba por enlucido) asomaron los arcos originales de la planta baja y la cortina de ladrillo. La discusión con la Sovrintendenza fue áspera. «Aquel falso enlucido tenía espesor real, ya era histórico, pero ocultaba un edificio noble. Tuvimos que demostrar, con Sant’Andrea della Valle, Sant’Apollinare y San Carlo ai Catinari, que el edificio anexo a la iglesia siempre era de ladrillo: el travertino se reservaba al templo. Era el único modo científicamente correcto», explica el arquitecto Rocchi a ABC.Bajo capas negras del techo aparecieron escudos cardenalicios y los blasones de Castilla, Aragón y León: prueba de que la manzana entera, del número 90 al 106 de la plaza, había sido española durante cinco siglos. En el despacho del embajador, detrás de una puerta tapiada, los obreros encontraron el suelo original de terracota y dos nichos pareados en la pared. Sus medidas cuadran, según Rocchi, con los dos bustos berninianos de Anima Salvata y Anima Dannata (alma salvada y alma condenada), que hoy reposan en el Palazzo di Spagna de la embajada ante la Santa Sede. «No tenemos confirmación documental, pero la sospecha es razonable», admite. Si así fuera, los dos bustos habrían estado separados cuatro siglos de la pared que los esperaba. Aislar el palacio del rugido permanente de la plaza, añade Rocchi, ha exigido tanta ingeniería como restauración. Para sellar el círculo, ha usado la misma ricetta de Borromini que aplicó en la otra embajada de España ante la Santa Sede: polvo de travertino y cal blanca. Una pasta que une las dos sedes españolas en Roma a través de los siglos. «A menudo le digo al embajador que los italianos somos así gracias a España, y España es así gracias a Italia», dice el arquitecto Rocchi.Bajo capas negras del techo aparecieron escudos cardenalicios y los blasones de Castilla, Aragón y León: prueba de que la manzana entera había sido española durante cinco siglosQuartiere degli SpagnoliLos españoles llevaban en este rincón al menos desde 1450, cuando el canónigo castellano Alfonso de Paradinas levantó la iglesia de Santiago de los Españoles y, contiguos, el hospital y la hospedería de peregrinos. Bajo Calixto III y Alejandro VI, los dos papas Borja, valencianos, el barrio se hispanizó hasta el punto de que los mapas lo bautizaron sin metáforas: Quartiere degli Spagnoli. No era retórica, era cartografía . El hospital tenía su propio reglamento, firmado en 1485: prohibía comer en las camas para no atraer ratones, fijaba el cambio de sábanas cada quince días y, una vez al año, renovaba la paja de los colchones para librar las salas de pulgas y aliis inmundis bestiis. Tres siglos después, un viajero anónimo describía aquel refugio como un refugium pecatorum poblado por «frailes apóstatas, licenciados sopones, escolares y tramitadores de todos calibres». Por aquí pasó, en 1569, un joven Cervantes, camarero del cardenal Acquaviva. Probablemente rezara en Santiago. Tres años después combatiría en Lepanto.En la primera foto, la embajada española en la Piazza Navonna. En la segunda, numerosos turistas disfrutan de las vistas de la plaza. En la tercera, la entrada del Museo del Gladiador. Ángel Gómez FuentesJusto enfrente, en el Palazzo Pamphilj, hoy embajada de Brasil, vivió durante su pontificado Inocencio X. Para él pintó Velázquez, en el verano de 1650, el retrato más implacable del barroco. La tradición quiere que el papa, al ver el lienzo terminado, murmurase: «Troppo vero». Demasiado verdadero. Pocos retratos diplomáticos han alcanzado esa exactitud incómoda. Velázquez vio también cómo cada agosto la nobleza paseaba en carrozas por la plaza convertida en lago artificial, con los desagües cerrados. Santiago de los españoles decayó en el siglo XIX y en 1878 fue enajenada a los misioneros del Sagrado Corazón. Forcella, el gran recopilador de inscripciones romanas, dejó constancia escandalizada del expolio de lápidas y mármoles vendidos al peso: «no recuerdo ejemplo semejante». Mussolini hizo el resto en 1936, amputando el ábside al abrir el Corso del Rinascimento.Un circo a la puertaEl embajador Miguel Ángel Fernández-Palacios anunció el regreso a este palacio histórico en la última Fiesta Nacional del 12 de octubre, ante cinco ministros italianos y varios cientos de invitados reunidos en su residencia del Gianicolo, una concurrencia política que no se veía en décadas. «Torniamo a Piazza Navona dopo quattrocento anni». Volvemos a Piazza Navona después de cuatrocientos años. Es una frase para enmarcar.El cuadro cobra un tinte agridulce cuando uno baja a la arena de la plaza. Frente a la Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini, donde estuvo una famosa librería española, hoy el Museo del Gladiador se anuncia con carteles estridentes; un músico ambulante toca un címbalo húngaro sobre una mesita de ruedas mientras un grupo de estudiantes escucha a su profesora delante de la fuente. En los años setenta, el periodista Antonio Cederna, conciencia urbanística de Roma durante medio siglo, advirtió que el centro histórico corría el riesgo de convertirse en un parque temático de sí mismo. Su advertencia se cumple en directo. Un diplomático español describe sin disimulo lo que a menudo ven sus ventanas: «un circo». Un vecino romano me confiesa: «Evito la calle que va del Panteón a Piazza Navona: trescientos metros convertidos en un río de gente. Uno se siente extraño en su propia casa». No es un mal solo romano. Venecia ha claudicado ante los cruceros; Florencia expulsa a los suyos por los alquileres turísticos. Roma es la versión extrema de una enfermedad común: la conversión del patrimonio en escenografía y de la identidad en producto.Este lunes 4 de mayo, cuando el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, cruce el umbral de San Giacomo, España cerrará un paréntesis de dos siglos. No estrena edificio: vuelve a la misma manzana donde estuvo siempre. Iglesia, hospital y cancillería se vuelven a tocar. La misma pasta de travertino y cal de Borromini cubre hoy las dos sedes diplomáticas españolas en Roma. Los bustos de Bernini esperan en el Palazzo di Spagna, a cuatrocientos metros de los nichos donde quizá estuvieron. Es un éxito diplomático que Isabel y Fernando habrían celebrado con satisfacción. Probablemente habrían mandado cerrar la tienda de al lado. Jóvenes con bocadillos comen sentados en el bordillo de Piazza Navona, a diez metros de la Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini . En el balcón de un palacio, ondea una bandera española: es la nueva sede de la cancillería española ante el Quirinal . Dos siglos largos después de cerrar un enclave emblemático, la iglesia de Santiago de los Españoles, la diplomacia de Madrid regresa a la manzana desde la que un día influyó poderosamente en el gobierno de la cristiandad. Aquí residían dos cardenales, embajadores de los Reyes Católicos ante la Santa Sede. A unos pasos de la entrada en la embajada española, una tienda vende todo tipo de recuerdos de Roma, llaveros y reproducciones del Coliseo a un euro. La paradoja romana no necesita subrayado, pero sí explicación.Llegué a Roma como corresponsal de TVE en 1987. Desde entonces he oído a varios diplomáticos quejarse del Palazzo Borghese, sede alquilada de la cancillería: 30.000 euros mensuales de alquiler, salones de nobleza destartalada, el embajador en un edificio y las consejerías repartidas en 17 locales por media Roma. La orden de mudarse llevaba décadas pendiente. La solución llegó con la Obra Pía-Establecimientos Españoles en Italia, propietaria de 270 apartamentos y locales en el centro histórico, cuyos estatutos no contemplan la venta de ninguna propiedad. Solo hizo una excepción: cuando Giulio Andreotti, en plena negociación de la entrada de España en el Mercado Común, pidió al Gobierno el edificio anexo al Senado. España aceptó. Pocos meses después fue admitida. La Obra Pía , cuyos inicios se remontan al siglo XI, dedica sus ganancias a «iniciativas sociales, culturales, artísticas y de protección y conservación del patrimonio», según explica en sus documentos.Para el Palazzo San Giacomo, los obispos españoles no eran partidarios de vender ni de alquilar. «Sería una presencia que suscita recelos», me confesó un prelado sin rodeos. Al final se firmó un contrato con un alquiler inferior al del Palacio Borghese. A doce metros de la entrada, los precios reales del centro hablan: un local de 43 metros cuadrados paga 8.000 euros al mes a la Obra Pía española. Es lo que cuesta estar frente a la fuente de Bernini, en la plaza que registró 22,9 millones de llegadas turísticas en 2025, según el Ente Bilaterale Turismo del Lazio. El arrendatario, Khokan Sarder, de Bangladés, me dice que el negocio le va viento en popa. «Estoy encantado de tener a España de vecino», sonríe. Olfato no le falta: el centro se vacía de romanos y se llena de turistas.Noticia relacionada No No El barco que guardó el sabor de Roma durante 2.000 años Ángel Gómez Fuentes Bajo la cal, el ladrilloSeis años de obras han devuelto al palacio de San Giacomo un rango que había perdido. Christian Rocchi, el arquitecto responsable, también firmó la rehabilitación del Palazzo di Spagna, sede de la embajada española ante la Santa Sede, en 2007. La gran sorpresa apareció trabajando en la fachada: bajo una capa muy gruesa de scialbatura a calce (un revoque blanquecino que pasaba por enlucido) asomaron los arcos originales de la planta baja y la cortina de ladrillo. La discusión con la Sovrintendenza fue áspera. «Aquel falso enlucido tenía espesor real, ya era histórico, pero ocultaba un edificio noble. Tuvimos que demostrar, con Sant’Andrea della Valle, Sant’Apollinare y San Carlo ai Catinari, que el edificio anexo a la iglesia siempre era de ladrillo: el travertino se reservaba al templo. Era el único modo científicamente correcto», explica el arquitecto Rocchi a ABC.Bajo capas negras del techo aparecieron escudos cardenalicios y los blasones de Castilla, Aragón y León: prueba de que la manzana entera, del número 90 al 106 de la plaza, había sido española durante cinco siglos. En el despacho del embajador, detrás de una puerta tapiada, los obreros encontraron el suelo original de terracota y dos nichos pareados en la pared. Sus medidas cuadran, según Rocchi, con los dos bustos berninianos de Anima Salvata y Anima Dannata (alma salvada y alma condenada), que hoy reposan en el Palazzo di Spagna de la embajada ante la Santa Sede. «No tenemos confirmación documental, pero la sospecha es razonable», admite. Si así fuera, los dos bustos habrían estado separados cuatro siglos de la pared que los esperaba. Aislar el palacio del rugido permanente de la plaza, añade Rocchi, ha exigido tanta ingeniería como restauración. Para sellar el círculo, ha usado la misma ricetta de Borromini que aplicó en la otra embajada de España ante la Santa Sede: polvo de travertino y cal blanca. Una pasta que une las dos sedes españolas en Roma a través de los siglos. «A menudo le digo al embajador que los italianos somos así gracias a España, y España es así gracias a Italia», dice el arquitecto Rocchi.Bajo capas negras del techo aparecieron escudos cardenalicios y los blasones de Castilla, Aragón y León: prueba de que la manzana entera había sido española durante cinco siglosQuartiere degli SpagnoliLos españoles llevaban en este rincón al menos desde 1450, cuando el canónigo castellano Alfonso de Paradinas levantó la iglesia de Santiago de los Españoles y, contiguos, el hospital y la hospedería de peregrinos. Bajo Calixto III y Alejandro VI, los dos papas Borja, valencianos, el barrio se hispanizó hasta el punto de que los mapas lo bautizaron sin metáforas: Quartiere degli Spagnoli. No era retórica, era cartografía . El hospital tenía su propio reglamento, firmado en 1485: prohibía comer en las camas para no atraer ratones, fijaba el cambio de sábanas cada quince días y, una vez al año, renovaba la paja de los colchones para librar las salas de pulgas y aliis inmundis bestiis. Tres siglos después, un viajero anónimo describía aquel refugio como un refugium pecatorum poblado por «frailes apóstatas, licenciados sopones, escolares y tramitadores de todos calibres». Por aquí pasó, en 1569, un joven Cervantes, camarero del cardenal Acquaviva. Probablemente rezara en Santiago. Tres años después combatiría en Lepanto.En la primera foto, la embajada española en la Piazza Navonna. En la segunda, numerosos turistas disfrutan de las vistas de la plaza. En la tercera, la entrada del Museo del Gladiador. Ángel Gómez FuentesJusto enfrente, en el Palazzo Pamphilj, hoy embajada de Brasil, vivió durante su pontificado Inocencio X. Para él pintó Velázquez, en el verano de 1650, el retrato más implacable del barroco. La tradición quiere que el papa, al ver el lienzo terminado, murmurase: «Troppo vero». Demasiado verdadero. Pocos retratos diplomáticos han alcanzado esa exactitud incómoda. Velázquez vio también cómo cada agosto la nobleza paseaba en carrozas por la plaza convertida en lago artificial, con los desagües cerrados. Santiago de los españoles decayó en el siglo XIX y en 1878 fue enajenada a los misioneros del Sagrado Corazón. Forcella, el gran recopilador de inscripciones romanas, dejó constancia escandalizada del expolio de lápidas y mármoles vendidos al peso: «no recuerdo ejemplo semejante». Mussolini hizo el resto en 1936, amputando el ábside al abrir el Corso del Rinascimento.Un circo a la puertaEl embajador Miguel Ángel Fernández-Palacios anunció el regreso a este palacio histórico en la última Fiesta Nacional del 12 de octubre, ante cinco ministros italianos y varios cientos de invitados reunidos en su residencia del Gianicolo, una concurrencia política que no se veía en décadas. «Torniamo a Piazza Navona dopo quattrocento anni». Volvemos a Piazza Navona después de cuatrocientos años. Es una frase para enmarcar.El cuadro cobra un tinte agridulce cuando uno baja a la arena de la plaza. Frente a la Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini, donde estuvo una famosa librería española, hoy el Museo del Gladiador se anuncia con carteles estridentes; un músico ambulante toca un címbalo húngaro sobre una mesita de ruedas mientras un grupo de estudiantes escucha a su profesora delante de la fuente. En los años setenta, el periodista Antonio Cederna, conciencia urbanística de Roma durante medio siglo, advirtió que el centro histórico corría el riesgo de convertirse en un parque temático de sí mismo. Su advertencia se cumple en directo. Un diplomático español describe sin disimulo lo que a menudo ven sus ventanas: «un circo». Un vecino romano me confiesa: «Evito la calle que va del Panteón a Piazza Navona: trescientos metros convertidos en un río de gente. Uno se siente extraño en su propia casa». No es un mal solo romano. Venecia ha claudicado ante los cruceros; Florencia expulsa a los suyos por los alquileres turísticos. Roma es la versión extrema de una enfermedad común: la conversión del patrimonio en escenografía y de la identidad en producto.Este lunes 4 de mayo, cuando el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, cruce el umbral de San Giacomo, España cerrará un paréntesis de dos siglos. No estrena edificio: vuelve a la misma manzana donde estuvo siempre. Iglesia, hospital y cancillería se vuelven a tocar. La misma pasta de travertino y cal de Borromini cubre hoy las dos sedes diplomáticas españolas en Roma. Los bustos de Bernini esperan en el Palazzo di Spagna, a cuatrocientos metros de los nichos donde quizá estuvieron. Es un éxito diplomático que Isabel y Fernando habrían celebrado con satisfacción. Probablemente habrían mandado cerrar la tienda de al lado. RSS de noticias de espana
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