En abril de 1916 el explorador británico Ernest Shackleton comprendió que nadie vendría a rescatarles. El hielo había destruido su barco y llevaba año y medio deambulando por la Antártida con los 27 miembros de su tripulación. Tenían una barca de madera de 7 metros, un sextante, una brújula rota y un mapa que decía que si atravesaba 1.300 kilómetros de uno de los mares más peligrosos del mundo podría llegar a una pequeña isla (sólo una, nada más en miles de kilómetros a la redonda). Un error de un par de kilómetros en los cálculos y el barco habría llegado cargado de cadáveres a Sudáfrica o Australia meses después. Pero atinaron con la isla y pudieron volver con ayuda a rescatar a sus compañeros.
Prever el rumbo de esta guerra exige construir escenarios con instrumentos imperfectos y supuestos frágiles en medio de la incertidumbre
En abril de 1916 el explorador británico Ernest Shackleton comprendió que nadie vendría a rescatarles. El hielo había destruido su barco y llevaba año y medio deambulando por la Antártida con los 27 miembros de su tripulación. Tenían una barca de madera de 7 metros, un sextante, una brújula rota y un mapa que decía que si atravesaba 1.300 kilómetros de uno de los mares más peligrosos del mundo podría llegar a una pequeña isla (sólo una, nada más en miles de kilómetros a la redonda). Un error de un par de kilómetros en los cálculos y el barco habría llegado cargado de cadáveres a Sudáfrica o Australia meses después. Pero atinaron con la isla y pudieron volver con ayuda a rescatar a sus compañeros.
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