Ha traído ‘La bola negra’ a Federico García Lorca a la actualidad vivísima, entre tolderías de campaña y gritos de reforma, entre jaranas del cine y novelistas despreciadas. De modo que «hace Federico», que es lo que decía otro poeta de nuestro poeta, si Lorca irrumpía. A Lorca la posteridad nunca acaba de darle por muerto, y aún menos ahora, cuando las mocedades lo vislumbran, y estamos a dos ratos de celebrar el talento de la Generación del 27, tan incalculablemente celeste. A Lorca hay que redescubrirle a diario, como si ayer llegara de Nueva York, con la corbata bizca, una luna al hombro y primicias luminosas sobre la nocturna sangre del amor. En mi ajuar biográfico siempre estuvo ‘Poeta en Nueva York’ . Ahí se explica un voltaje metafórico y estupefaciente, una tormenta de nutricias lejanías. Fue en mí un deslumbramiento de juventud, y creo que no me he repuesto nunca de aquellos calambres primeros. Uno se rehace de casi todas las lecturas, incluso de algunas que supuso decisivas, pero hay páginas que se nos quedan a vivir en lo medular de la emoción. Para siempre.’Poeta en Nueva York’ es el caso. Yo entré ahí buscando poesía, y salí con una avería gratísima. En Lorca la modernidad tiene siglos, porque en sus versos la metáfora no sirve para hermosear el mundo, sino para inventarlo, incesantemente. Antes de Lorca una luna podía ser una luna. Después de Lorca, ya no estamos tan seguros. Quizá Lorca está de moda , aunque las modas tienen la buena o mala costumbre de acabarse. Yo prefiero pensar que vuelve a circular Lorca con ardiente entusiasmo, que otra generación acaba de probar el peligroso almíbar que es su idioma. «El poeta no debe dar una idea sino una cosa», según Francis Ponge. Ese milagro está en Lorca. Uno vuelve a las metáforas de Lorca, veinte o cuarenta años después, y siguen ocurriendo. No significan una cosa sino que producen una cosa. De ahí su rara juventud antigua. Lorca no parece contemporáneo porque se parezca a nosotros, sino porque nosotros todavía no hemos terminado de parecernos a él. Sí, hace Federico. Ha traído ‘La bola negra’ a Federico García Lorca a la actualidad vivísima, entre tolderías de campaña y gritos de reforma, entre jaranas del cine y novelistas despreciadas. De modo que «hace Federico», que es lo que decía otro poeta de nuestro poeta, si Lorca irrumpía. A Lorca la posteridad nunca acaba de darle por muerto, y aún menos ahora, cuando las mocedades lo vislumbran, y estamos a dos ratos de celebrar el talento de la Generación del 27, tan incalculablemente celeste. A Lorca hay que redescubrirle a diario, como si ayer llegara de Nueva York, con la corbata bizca, una luna al hombro y primicias luminosas sobre la nocturna sangre del amor. En mi ajuar biográfico siempre estuvo ‘Poeta en Nueva York’ . Ahí se explica un voltaje metafórico y estupefaciente, una tormenta de nutricias lejanías. Fue en mí un deslumbramiento de juventud, y creo que no me he repuesto nunca de aquellos calambres primeros. Uno se rehace de casi todas las lecturas, incluso de algunas que supuso decisivas, pero hay páginas que se nos quedan a vivir en lo medular de la emoción. Para siempre.’Poeta en Nueva York’ es el caso. Yo entré ahí buscando poesía, y salí con una avería gratísima. En Lorca la modernidad tiene siglos, porque en sus versos la metáfora no sirve para hermosear el mundo, sino para inventarlo, incesantemente. Antes de Lorca una luna podía ser una luna. Después de Lorca, ya no estamos tan seguros. Quizá Lorca está de moda , aunque las modas tienen la buena o mala costumbre de acabarse. Yo prefiero pensar que vuelve a circular Lorca con ardiente entusiasmo, que otra generación acaba de probar el peligroso almíbar que es su idioma. «El poeta no debe dar una idea sino una cosa», según Francis Ponge. Ese milagro está en Lorca. Uno vuelve a las metáforas de Lorca, veinte o cuarenta años después, y siguen ocurriendo. No significan una cosa sino que producen una cosa. De ahí su rara juventud antigua. Lorca no parece contemporáneo porque se parezca a nosotros, sino porque nosotros todavía no hemos terminado de parecernos a él. Sí, hace Federico. Ha traído ‘La bola negra’ a Federico García Lorca a la actualidad vivísima, entre tolderías de campaña y gritos de reforma, entre jaranas del cine y novelistas despreciadas. De modo que «hace Federico», que es lo que decía otro poeta de nuestro poeta, si Lorca irrumpía. A Lorca la posteridad nunca acaba de darle por muerto, y aún menos ahora, cuando las mocedades lo vislumbran, y estamos a dos ratos de celebrar el talento de la Generación del 27, tan incalculablemente celeste. A Lorca hay que redescubrirle a diario, como si ayer llegara de Nueva York, con la corbata bizca, una luna al hombro y primicias luminosas sobre la nocturna sangre del amor. En mi ajuar biográfico siempre estuvo ‘Poeta en Nueva York’ . Ahí se explica un voltaje metafórico y estupefaciente, una tormenta de nutricias lejanías. Fue en mí un deslumbramiento de juventud, y creo que no me he repuesto nunca de aquellos calambres primeros. Uno se rehace de casi todas las lecturas, incluso de algunas que supuso decisivas, pero hay páginas que se nos quedan a vivir en lo medular de la emoción. Para siempre.’Poeta en Nueva York’ es el caso. Yo entré ahí buscando poesía, y salí con una avería gratísima. En Lorca la modernidad tiene siglos, porque en sus versos la metáfora no sirve para hermosear el mundo, sino para inventarlo, incesantemente. Antes de Lorca una luna podía ser una luna. Después de Lorca, ya no estamos tan seguros. Quizá Lorca está de moda , aunque las modas tienen la buena o mala costumbre de acabarse. Yo prefiero pensar que vuelve a circular Lorca con ardiente entusiasmo, que otra generación acaba de probar el peligroso almíbar que es su idioma. «El poeta no debe dar una idea sino una cosa», según Francis Ponge. Ese milagro está en Lorca. Uno vuelve a las metáforas de Lorca, veinte o cuarenta años después, y siguen ocurriendo. No significan una cosa sino que producen una cosa. De ahí su rara juventud antigua. Lorca no parece contemporáneo porque se parezca a nosotros, sino porque nosotros todavía no hemos terminado de parecernos a él. Sí, hace Federico. RSS de noticias de cultura
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