Que el fin del mundo está cerca lo sabemos desde prácticamente el origen de la Humanidad. Fue organizarse para empezar a plantar cereales, cuidar ganado, construir fortalezas y dejar de dar tumbos recogiendo frutos y cazando bichos, y ya aparecieron las primeras narraciones sobre el asunto. Que si un diluvio nada menos que universal, que si una plaga detrás de otra, que si una invasión no prevista de los pueblos del mar… Es cierto que los relatos cada vez son menos fantasiosos y los datos que los sustentan irrefutables, pero su encanto no reside tanto en su mayor o menor capacidad de predicción como en su evidente poder catártico. Hay algo casi curativo (o incluso salvífico) en escuchar la historia de un mundo que agoniza mientras se devora un paquete descomunal de palomitas. Estas historias no sirven en puridad como avisos ni para prevenir nada ni para que tomemos nota ni para empezar, por fin, a separar la basura como es debido (el vidrio no es cristal, por cierto); su encanto y hasta utilidad reside más bien en el refugio psicológico que procuran como los simulacros que son. Saber que son otros los que sufren y que, además, ni siquiera sufren porque son actores, activa nuestra autoconfianza y demuestra una vez más que la estupidez asumida con orgullo relaja mucho.
Ridley Scott ofrece su propia e incatalogable versión del fin del mundo en un ejercicio de cine errático, sin foco y muy cursi
Que el fin del mundo está cerca lo sabemos desde prácticamente el origen de la Humanidad. Fue organizarse para empezar a plantar cereales, cuidar ganado, construir fortalezas y dejar de dar tumbos recogiendo frutos y cazando bichos, y ya aparecieron las primeras narraciones sobre el asunto. Que si un diluvio nada menos que universal, que si una plaga detrás de otra, que si una invasión no prevista de los pueblos del mar… Es cierto que los relatos cada vez son menos fantasiosos y los datos que los sustentan irrefutables, pero su encanto no reside tanto en su mayor o menor capacidad de predicción como en su evidente poder catártico. Hay algo casi curativo (o incluso salvífico) en escuchar la historia de un mundo que agoniza mientras se devora un paquete descomunal de palomitas. Estas historias no sirven en puridad como avisos ni para prevenir nada ni para que tomemos nota ni para empezar, por fin, a separar la basura como es debido (el vidrio no es cristal, por cierto); su encanto y hasta utilidad reside más bien en el refugio psicológico que procuran como los simulacros que son. Saber que son otros los que sufren y que, además, ni siquiera sufren porque son actores, activa nuestra autoconfianza y demuestra una vez más que la estupidez asumida con orgullo relaja mucho.
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