Hay veranos políticos en los que los partidos aprovechan la pausa parlamentaria para ordenar ideas, preparar el nuevo curso y decidir cuáles serán sus principales batallas. Y hay veranos en los que parece suficiente con encontrar una palabra que sirva para explicarlo todo. En la izquierda andaluza, y particularmente en el PSOE, esa palabra es ‘Vox’ . El nuevo Gobierno autonómico ofrece, desde luego, material abundante. Juanma Moreno fue investido en julio después de alcanzar un acuerdo con los de Santiago Abascal que incluye 150 compromisos y que incorpora algunas de las principales reivindicaciones ideológicas de esa formación, desde la inmigración hasta el rechazo de determinadas políticas vinculadas a la Agenda 2030. La propia rúbrica generó ya las esperadas críticas de organizaciones sociales y sindicatos y situó en primer plano asuntos como la llamada ‘prioridad nacional’, los menores extranjeros no acompañados o la ausencia de referencias concretas a la violencia machista. Es decir, el PSOE no se está inventando la cuestión. Tiene delante un Gobierno que ha pactado con Vox y un documento que contiene decisiones susceptibles de ser discutidas políticamente. Sería absurdo exigirle a la principal fuerza de la oposición que no hable de ello cuando su principal labor es fiscalizar las consecuencias del acuerdo. La cuestión es otra: qué hace con ese material político .Y ahí aparece una forma de oposición no sólo cómoda sino un tanto torticera. El PSOE andaluz parece haber encontrado en el pacto con Vox una especie de comodín que permite convertir cuestiones diferentes —la inmigración, la violencia de género, el cambio climático, la memoria o las políticas sociales— en distintas versiones de una misma acusación. El Gobierno PP-Vox no necesita explicar una decisión concreta: basta con situarlo dentro de una determinada categoría ideológica . El adversario queda identificado y el debate, aparentemente resuelto. Es una manera extraordinariamente eficaz de hacer oposición porque reduce mucho el esfuerzo. Si la Junta habla de inmigración, la respuesta es Vox. Si se discute sobre menores extranjeros no acompañados, Vox. Si aparece una polémica sobre violencia de género, Vox. Si el debate se traslada al cambio climático, Vox. Si se cuestiona una decisión medioambiental, Vox. Pero una cosa es señalar la influencia de un socio parlamentario y otra convertir esa influencia en explicación suficiente de cualquier decisión de la Junta. La diferencia no es menor. Una oposición eficaz no debería limitarse a decir qué significa ideológicamente lo que hace el Gobierno. Debería explicar qué está mal, por qué está mal y qué haría ella de otra manera. Y esa última parte no existe desde hace tiempo en la delegación sanchista andaluza, que se limita a repetir las consignas de Ferraz sin distinción territorial.El adversario como respuestaEl mecanismo tiene además una ventaja añadida: permite al PSOE situarse en un territorio moralmente confortable. No se trata ya de discutir sobre una política concreta, sino de determinar quién está del lado correcto de la historia merced a ese supremacismo moral que maneja el progresismo patrio . La inmigración se convierte así en una cuestión de «solidaridad frente a insolidaridad». La violencia de género, en una prueba de «compromiso democrático» frente a quienes supuestamente cuestionan la igualdad. El cambio climático, en una frontera entre la ciencia y el negacionismo. El acuerdo con Vox permite establecer con enorme rapidez esas parejas conceptuales tan simplistas como recurrentes. Y las parejas conceptuales son políticamente muy cómodas porque no necesitan demasiada explicación. El dilema es que Andalucía, como cualquier región, tiene problemas que no caben en una etiqueta.Un inmigrante no es una política migratoria. Un menor extranjero no acompañado no es un argumento electoral. Una víctima de violencia de género no es una categoría ideológica. Y un incendio forestal no es una discusión abstracta sobre cambio climático. Cada una de esas cuestiones exige decisiones concretas, presupuestos, recursos, competencias, procedimientos y resultados. Pero a los de María Jesús Montero eso les da igual, como están dejando claro. Precisamente en el caso de los incendios, que desgraciadamente está ocupando buena parte del verano andaluz, existe un terreno mucho más fértil para una oposición basada en la gestión. El PSOE ha reclamado explicaciones sobre los medios del Plan Infoca y llegó a plantear una comisión sobre la prevención y los recursos destinados a combatir los incendios. Ese es el camino que permite pasar de la denuncia política superficial al control del Gobierno: cuántos efectivos hay, cómo se organizan, qué medios están disponibles, qué falla, qué inversión se ha realizado y qué medidas deberían adoptarse. Pero junto a ese debate que el socialismo apenas apunta aparece otro mucho más sencillo de comunicar: el Gobierno está condicionado por un socio que cuestiona el discurso climático. Y ya con eso, sólo con eso, se lanzan a la arena. El PSOE podría exigir o aportar datos, explicar, presentar alternativas… Pero existe una tentación mucho más sencilla: convertir el asunto en una batalla entre ciencia y negacionismo. La primera fórmula obliga a trabajar y la segunda apenas necesita un eslogan .Política de intencionesAlgo parecido sucede con la inmigración. El PSOE tiene razones para cuestionar determinadas propuestas de Vox, que plantea posiciones muy restrictivas y, durante la negociación de la gobernabilidad andaluza, llegó a reclamar que el SAS no atendiera a inmigrantes en situación administrativa irregular. El PSOE-A respondió entonces reclamando a Moreno que aclarase si estaba dispuesto a aceptar esa condición. Ahí hay oposición concreta. Pero enseguida apareció la tentación de hacer de cualquier debate migratorio una prueba general sobre la naturaleza moral del Gobierno . Y esa es una diferencia fundamental, ya que la política migratoria real no se resuelve diciendo que unos son solidarios y otros no sino hablando de atención sanitaria, educación, integración, empleo, seguridad, competencias estatales y autonómicas, acogida, menores y financiación. Hay que explicar qué se propone y cómo se paga, enfrentándose a los problemas que existen, incluso cuando resulta incómodo reconocerlos. Eso es política. Pero no. Se ha escogido el examen moral permanente.Aquí la izquierda andaluza corre el riesgo de quedar atrapada en una paradoja . Denuncia continuamente que el PP depende de Vox, pero al mismo tiempo necesita a Vox para construir buena parte de su discurso de oposición. El partido de Manuel Gavira se convierte en el socio incómodo de Moreno y, simultáneamente, en el protagonista indirecto de la comunicación socialista. Puede ser un problema para el PP, pero también constituye un recurso narrativo extraordinariamente útil para el PSOE. Hasta el punto de que el adversario real deja de ser una política concreta del Gobierno y pasa a ser la supuesta intención que existe detrás de ella. La operación resulta especialmente tentadora en un verano político. No hay Parlamento, las agendas institucionales se ralentizan y la actualidad se concentra en asuntos muy concretos. El incendio, la ola de calor, una declaración de Vox, una medida del Gobierno. Cada acontecimiento puede convertirse en una nueva pieza de la misma historia.La izquierda corre el riesgo de quedarse atrapada en una paradoja: denuncia que el PP depende de Vox pero necesita a Vox para construir su discursoEl PSOE, además, afronta una dificultad añadida: después de las elecciones andaluzas, necesita reconstruir una posición política que no consista únicamente en esperar que el desgaste del Gobierno haga el trabajo por él. Su propia dirección anunció tras los comicios que ejercerá una oposición «limpia, firme, constructiva pero implacable». La fórmula contiene una exigencia bastante clara: ser implacable con un gobierno no significa necesariamente ser maximalista en la descalificación ideológica . Significa ser preciso. Demostrar es más laborioso que denunciar y, además, puede terminar desmontando las proclamas. Y no está Sánchez para eso. Hay veranos políticos en los que los partidos aprovechan la pausa parlamentaria para ordenar ideas, preparar el nuevo curso y decidir cuáles serán sus principales batallas. Y hay veranos en los que parece suficiente con encontrar una palabra que sirva para explicarlo todo. En la izquierda andaluza, y particularmente en el PSOE, esa palabra es ‘Vox’ . El nuevo Gobierno autonómico ofrece, desde luego, material abundante. Juanma Moreno fue investido en julio después de alcanzar un acuerdo con los de Santiago Abascal que incluye 150 compromisos y que incorpora algunas de las principales reivindicaciones ideológicas de esa formación, desde la inmigración hasta el rechazo de determinadas políticas vinculadas a la Agenda 2030. La propia rúbrica generó ya las esperadas críticas de organizaciones sociales y sindicatos y situó en primer plano asuntos como la llamada ‘prioridad nacional’, los menores extranjeros no acompañados o la ausencia de referencias concretas a la violencia machista. Es decir, el PSOE no se está inventando la cuestión. Tiene delante un Gobierno que ha pactado con Vox y un documento que contiene decisiones susceptibles de ser discutidas políticamente. Sería absurdo exigirle a la principal fuerza de la oposición que no hable de ello cuando su principal labor es fiscalizar las consecuencias del acuerdo. La cuestión es otra: qué hace con ese material político .Y ahí aparece una forma de oposición no sólo cómoda sino un tanto torticera. El PSOE andaluz parece haber encontrado en el pacto con Vox una especie de comodín que permite convertir cuestiones diferentes —la inmigración, la violencia de género, el cambio climático, la memoria o las políticas sociales— en distintas versiones de una misma acusación. El Gobierno PP-Vox no necesita explicar una decisión concreta: basta con situarlo dentro de una determinada categoría ideológica . El adversario queda identificado y el debate, aparentemente resuelto. Es una manera extraordinariamente eficaz de hacer oposición porque reduce mucho el esfuerzo. Si la Junta habla de inmigración, la respuesta es Vox. Si se discute sobre menores extranjeros no acompañados, Vox. Si aparece una polémica sobre violencia de género, Vox. Si el debate se traslada al cambio climático, Vox. Si se cuestiona una decisión medioambiental, Vox. Pero una cosa es señalar la influencia de un socio parlamentario y otra convertir esa influencia en explicación suficiente de cualquier decisión de la Junta. La diferencia no es menor. Una oposición eficaz no debería limitarse a decir qué significa ideológicamente lo que hace el Gobierno. Debería explicar qué está mal, por qué está mal y qué haría ella de otra manera. Y esa última parte no existe desde hace tiempo en la delegación sanchista andaluza, que se limita a repetir las consignas de Ferraz sin distinción territorial.El adversario como respuestaEl mecanismo tiene además una ventaja añadida: permite al PSOE situarse en un territorio moralmente confortable. No se trata ya de discutir sobre una política concreta, sino de determinar quién está del lado correcto de la historia merced a ese supremacismo moral que maneja el progresismo patrio . La inmigración se convierte así en una cuestión de «solidaridad frente a insolidaridad». La violencia de género, en una prueba de «compromiso democrático» frente a quienes supuestamente cuestionan la igualdad. El cambio climático, en una frontera entre la ciencia y el negacionismo. El acuerdo con Vox permite establecer con enorme rapidez esas parejas conceptuales tan simplistas como recurrentes. Y las parejas conceptuales son políticamente muy cómodas porque no necesitan demasiada explicación. El dilema es que Andalucía, como cualquier región, tiene problemas que no caben en una etiqueta.Un inmigrante no es una política migratoria. Un menor extranjero no acompañado no es un argumento electoral. Una víctima de violencia de género no es una categoría ideológica. Y un incendio forestal no es una discusión abstracta sobre cambio climático. Cada una de esas cuestiones exige decisiones concretas, presupuestos, recursos, competencias, procedimientos y resultados. Pero a los de María Jesús Montero eso les da igual, como están dejando claro. Precisamente en el caso de los incendios, que desgraciadamente está ocupando buena parte del verano andaluz, existe un terreno mucho más fértil para una oposición basada en la gestión. El PSOE ha reclamado explicaciones sobre los medios del Plan Infoca y llegó a plantear una comisión sobre la prevención y los recursos destinados a combatir los incendios. Ese es el camino que permite pasar de la denuncia política superficial al control del Gobierno: cuántos efectivos hay, cómo se organizan, qué medios están disponibles, qué falla, qué inversión se ha realizado y qué medidas deberían adoptarse. Pero junto a ese debate que el socialismo apenas apunta aparece otro mucho más sencillo de comunicar: el Gobierno está condicionado por un socio que cuestiona el discurso climático. Y ya con eso, sólo con eso, se lanzan a la arena. El PSOE podría exigir o aportar datos, explicar, presentar alternativas… Pero existe una tentación mucho más sencilla: convertir el asunto en una batalla entre ciencia y negacionismo. La primera fórmula obliga a trabajar y la segunda apenas necesita un eslogan .Política de intencionesAlgo parecido sucede con la inmigración. El PSOE tiene razones para cuestionar determinadas propuestas de Vox, que plantea posiciones muy restrictivas y, durante la negociación de la gobernabilidad andaluza, llegó a reclamar que el SAS no atendiera a inmigrantes en situación administrativa irregular. El PSOE-A respondió entonces reclamando a Moreno que aclarase si estaba dispuesto a aceptar esa condición. Ahí hay oposición concreta. Pero enseguida apareció la tentación de hacer de cualquier debate migratorio una prueba general sobre la naturaleza moral del Gobierno . Y esa es una diferencia fundamental, ya que la política migratoria real no se resuelve diciendo que unos son solidarios y otros no sino hablando de atención sanitaria, educación, integración, empleo, seguridad, competencias estatales y autonómicas, acogida, menores y financiación. Hay que explicar qué se propone y cómo se paga, enfrentándose a los problemas que existen, incluso cuando resulta incómodo reconocerlos. Eso es política. Pero no. Se ha escogido el examen moral permanente.Aquí la izquierda andaluza corre el riesgo de quedar atrapada en una paradoja . Denuncia continuamente que el PP depende de Vox, pero al mismo tiempo necesita a Vox para construir buena parte de su discurso de oposición. El partido de Manuel Gavira se convierte en el socio incómodo de Moreno y, simultáneamente, en el protagonista indirecto de la comunicación socialista. Puede ser un problema para el PP, pero también constituye un recurso narrativo extraordinariamente útil para el PSOE. Hasta el punto de que el adversario real deja de ser una política concreta del Gobierno y pasa a ser la supuesta intención que existe detrás de ella. La operación resulta especialmente tentadora en un verano político. No hay Parlamento, las agendas institucionales se ralentizan y la actualidad se concentra en asuntos muy concretos. El incendio, la ola de calor, una declaración de Vox, una medida del Gobierno. Cada acontecimiento puede convertirse en una nueva pieza de la misma historia.La izquierda corre el riesgo de quedarse atrapada en una paradoja: denuncia que el PP depende de Vox pero necesita a Vox para construir su discursoEl PSOE, además, afronta una dificultad añadida: después de las elecciones andaluzas, necesita reconstruir una posición política que no consista únicamente en esperar que el desgaste del Gobierno haga el trabajo por él. Su propia dirección anunció tras los comicios que ejercerá una oposición «limpia, firme, constructiva pero implacable». La fórmula contiene una exigencia bastante clara: ser implacable con un gobierno no significa necesariamente ser maximalista en la descalificación ideológica . Significa ser preciso. Demostrar es más laborioso que denunciar y, además, puede terminar desmontando las proclamas. Y no está Sánchez para eso. Hay veranos políticos en los que los partidos aprovechan la pausa parlamentaria para ordenar ideas, preparar el nuevo curso y decidir cuáles serán sus principales batallas. Y hay veranos en los que parece suficiente con encontrar una palabra que sirva para explicarlo todo. En la izquierda andaluza, y particularmente en el PSOE, esa palabra es ‘Vox’ . El nuevo Gobierno autonómico ofrece, desde luego, material abundante. Juanma Moreno fue investido en julio después de alcanzar un acuerdo con los de Santiago Abascal que incluye 150 compromisos y que incorpora algunas de las principales reivindicaciones ideológicas de esa formación, desde la inmigración hasta el rechazo de determinadas políticas vinculadas a la Agenda 2030. La propia rúbrica generó ya las esperadas críticas de organizaciones sociales y sindicatos y situó en primer plano asuntos como la llamada ‘prioridad nacional’, los menores extranjeros no acompañados o la ausencia de referencias concretas a la violencia machista. Es decir, el PSOE no se está inventando la cuestión. Tiene delante un Gobierno que ha pactado con Vox y un documento que contiene decisiones susceptibles de ser discutidas políticamente. Sería absurdo exigirle a la principal fuerza de la oposición que no hable de ello cuando su principal labor es fiscalizar las consecuencias del acuerdo. La cuestión es otra: qué hace con ese material político .Y ahí aparece una forma de oposición no sólo cómoda sino un tanto torticera. El PSOE andaluz parece haber encontrado en el pacto con Vox una especie de comodín que permite convertir cuestiones diferentes —la inmigración, la violencia de género, el cambio climático, la memoria o las políticas sociales— en distintas versiones de una misma acusación. El Gobierno PP-Vox no necesita explicar una decisión concreta: basta con situarlo dentro de una determinada categoría ideológica . El adversario queda identificado y el debate, aparentemente resuelto. Es una manera extraordinariamente eficaz de hacer oposición porque reduce mucho el esfuerzo. Si la Junta habla de inmigración, la respuesta es Vox. Si se discute sobre menores extranjeros no acompañados, Vox. Si aparece una polémica sobre violencia de género, Vox. Si el debate se traslada al cambio climático, Vox. Si se cuestiona una decisión medioambiental, Vox. Pero una cosa es señalar la influencia de un socio parlamentario y otra convertir esa influencia en explicación suficiente de cualquier decisión de la Junta. La diferencia no es menor. Una oposición eficaz no debería limitarse a decir qué significa ideológicamente lo que hace el Gobierno. Debería explicar qué está mal, por qué está mal y qué haría ella de otra manera. Y esa última parte no existe desde hace tiempo en la delegación sanchista andaluza, que se limita a repetir las consignas de Ferraz sin distinción territorial.El adversario como respuestaEl mecanismo tiene además una ventaja añadida: permite al PSOE situarse en un territorio moralmente confortable. No se trata ya de discutir sobre una política concreta, sino de determinar quién está del lado correcto de la historia merced a ese supremacismo moral que maneja el progresismo patrio . La inmigración se convierte así en una cuestión de «solidaridad frente a insolidaridad». La violencia de género, en una prueba de «compromiso democrático» frente a quienes supuestamente cuestionan la igualdad. El cambio climático, en una frontera entre la ciencia y el negacionismo. El acuerdo con Vox permite establecer con enorme rapidez esas parejas conceptuales tan simplistas como recurrentes. Y las parejas conceptuales son políticamente muy cómodas porque no necesitan demasiada explicación. El dilema es que Andalucía, como cualquier región, tiene problemas que no caben en una etiqueta.Un inmigrante no es una política migratoria. Un menor extranjero no acompañado no es un argumento electoral. Una víctima de violencia de género no es una categoría ideológica. Y un incendio forestal no es una discusión abstracta sobre cambio climático. Cada una de esas cuestiones exige decisiones concretas, presupuestos, recursos, competencias, procedimientos y resultados. Pero a los de María Jesús Montero eso les da igual, como están dejando claro. Precisamente en el caso de los incendios, que desgraciadamente está ocupando buena parte del verano andaluz, existe un terreno mucho más fértil para una oposición basada en la gestión. El PSOE ha reclamado explicaciones sobre los medios del Plan Infoca y llegó a plantear una comisión sobre la prevención y los recursos destinados a combatir los incendios. Ese es el camino que permite pasar de la denuncia política superficial al control del Gobierno: cuántos efectivos hay, cómo se organizan, qué medios están disponibles, qué falla, qué inversión se ha realizado y qué medidas deberían adoptarse. Pero junto a ese debate que el socialismo apenas apunta aparece otro mucho más sencillo de comunicar: el Gobierno está condicionado por un socio que cuestiona el discurso climático. Y ya con eso, sólo con eso, se lanzan a la arena. El PSOE podría exigir o aportar datos, explicar, presentar alternativas… Pero existe una tentación mucho más sencilla: convertir el asunto en una batalla entre ciencia y negacionismo. La primera fórmula obliga a trabajar y la segunda apenas necesita un eslogan .Política de intencionesAlgo parecido sucede con la inmigración. El PSOE tiene razones para cuestionar determinadas propuestas de Vox, que plantea posiciones muy restrictivas y, durante la negociación de la gobernabilidad andaluza, llegó a reclamar que el SAS no atendiera a inmigrantes en situación administrativa irregular. El PSOE-A respondió entonces reclamando a Moreno que aclarase si estaba dispuesto a aceptar esa condición. Ahí hay oposición concreta. Pero enseguida apareció la tentación de hacer de cualquier debate migratorio una prueba general sobre la naturaleza moral del Gobierno . Y esa es una diferencia fundamental, ya que la política migratoria real no se resuelve diciendo que unos son solidarios y otros no sino hablando de atención sanitaria, educación, integración, empleo, seguridad, competencias estatales y autonómicas, acogida, menores y financiación. Hay que explicar qué se propone y cómo se paga, enfrentándose a los problemas que existen, incluso cuando resulta incómodo reconocerlos. Eso es política. Pero no. Se ha escogido el examen moral permanente.Aquí la izquierda andaluza corre el riesgo de quedar atrapada en una paradoja . Denuncia continuamente que el PP depende de Vox, pero al mismo tiempo necesita a Vox para construir buena parte de su discurso de oposición. El partido de Manuel Gavira se convierte en el socio incómodo de Moreno y, simultáneamente, en el protagonista indirecto de la comunicación socialista. Puede ser un problema para el PP, pero también constituye un recurso narrativo extraordinariamente útil para el PSOE. Hasta el punto de que el adversario real deja de ser una política concreta del Gobierno y pasa a ser la supuesta intención que existe detrás de ella. La operación resulta especialmente tentadora en un verano político. No hay Parlamento, las agendas institucionales se ralentizan y la actualidad se concentra en asuntos muy concretos. El incendio, la ola de calor, una declaración de Vox, una medida del Gobierno. Cada acontecimiento puede convertirse en una nueva pieza de la misma historia.La izquierda corre el riesgo de quedarse atrapada en una paradoja: denuncia que el PP depende de Vox pero necesita a Vox para construir su discursoEl PSOE, además, afronta una dificultad añadida: después de las elecciones andaluzas, necesita reconstruir una posición política que no consista únicamente en esperar que el desgaste del Gobierno haga el trabajo por él. Su propia dirección anunció tras los comicios que ejercerá una oposición «limpia, firme, constructiva pero implacable». La fórmula contiene una exigencia bastante clara: ser implacable con un gobierno no significa necesariamente ser maximalista en la descalificación ideológica . Significa ser preciso. Demostrar es más laborioso que denunciar y, además, puede terminar desmontando las proclamas. Y no está Sánchez para eso. RSS de noticias de espana/andalucia
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