La libertad pretendo es un texto teatral pergeñado por Lola Baldrich sobre material de dos figuras nacidas del barroco -La Serrana de la Vera y El Animal de Hungría-, al que añade algún otro pasaje bien conocido y bueno para recitar, como es el amoroso que ha incorporado de Lope de Vega. La obra hace un recorrido por los mitos femeninos clásicos de la antigüedad , pasándolos por el tamiz del Barroco. Es la mirada contemporánea de la visión que de la mujer aporta el teatro del Siglo de Oro.En la obra la Serrana de la Vera encarna un símbolo doble: por un lado, la fuerza indómita de la naturaleza y de lo femenino cuando se libera de los moldes sociales; por otro, el temor ancestral a lo que queda fuera del orden establecido. Su figura -mitad mujer herida, mitad criatura legendaria- concentra la violencia del desengaño y la potencia de la libertad salvaje, convirtiéndose en un espejo donde los personajes y el público contemplan tanto la fragilidad humana como su impulso de transgresión. En escena, la Serrana no es solo un mito rural: es la memoria de una injusticia que se vuelve furia , la advertencia de que el deseo puede romper cualquier frontera y, al mismo tiempo, la afirmación de una identidad que se niega a ser domesticada.El Animal de Hungría nos pone frente a una madre y una hija que se protegen de ‘El Otro’ y se autoimponen el aislamiento. La mujer joven, a través del deseo y su afán de curiosidad y conocimiento, logrará abolir los límites que le habían marcado y, así, ser ella misma asumiendo riesgos.La originalidad de la propuesta teatral estriba en la óptica actual que supone la incorporación de diferentes artes: la interpretación, la danza, la música, la poesía y las canciones; un todo que va surgiendo a lo largo de la representación de manera sorprendente.La pieza, narrativamente hablando, no es fácil de seguir si no se conoce y se tiene presente las obras clásicas a las que hace referencia. En cualquier caso, da para irse haciendo una idea sobre la libertad pretendida, donde esta no parece un destino y hay que tomársela más bien como una tensión viva, un hilo que se estira entre la violencia y el conocimiento, entre la venganza y el amor, entre la experiencia y la inocencia. Y en ese territorio devastado, donde el sentido se busca y se pierde, las dos actrices toledanas Lola Baldrich y Silvia Almenara sostienen la escena con una verdad que no admite titubeos.La parte relacionada con la serrana de la Vera, mujer de armas tomar, es teatralmente más potente y donde la Baldrich saca a relucir la fuerza telúrica que el personaje esconde, dominando el espacio con una mezcla de fiereza y hondura, algo que da la experiencia y que solo se adquiere con años de oficio, de tablas, de cicatrices y de éxitos . Es preciso señalar la calidad de esu voz afilada y grave, su buena capacidad para el recitado y para el canto, el gesto preciso y nunca gratuito, y la mirada, capaz de pasar del rencor al desamparo en un parpadeo; con todo ello sostiene la tragedia sin necesidad de subrayarla. Es ella la que lleva el peso de la obra ; y desde ella, la obra respira; desde ella, la violencia se vuelve reflexión; y desde ella, la libertad se convierte en una herida que arde.Frente a la densidad de Baldrich, Silvia Almenara aporta la frescura de quien llega al teatro con hambre de mundo. Su Animal de Hungría es luz, curiosidad, temblor, acaso suave ingenuidad. Almenara no se limita a replicar, también crea sus personajes con naturalidad . Con su voz limpia, que aún debe acomodar a una más sosegada pronunciación, una mejor vocalización y una proyección más potente, quiere convencer al público de que la libertad no es venganza ni furia, sino descubrimiento y apertura. Es una intérprete joven que apunta maneras : se nota en cómo sostiene la réplica, en cómo se deja atravesar por la emoción sin perder el control técnico o en cómo dialoga con la escena sin miedo a ocuparla. La música de Pilar Senso aporta un sustrato espiritual, casi ritual y es esencial para llenar de contenido las transiciones entre escenas, alguna, por cierto, demasiado larga, que daba al piano el protagonismo de un concierto.La propuesta se sostiene sobre un armazón técnico que acompaña sin invadir. Espectáculo minimalista cuya escenografía se reduce a dos elementos móviles con largos palos insertados, que tanto sirven de perchas como para simular la intrincada sierra o la selva por donde discurren los personajes. La escenografía y el vestuario crean un espacio que es a la vez monte, memoria y cicatriz. La iluminación dibuja un claroscuro emocional que convierte cada escena en un cuadro respirante. La coreografía introduce un movimiento más revelador que decorativo.Digamos en conclusión, para sacar una ilustración de lo visto, que esta propuesta escénica, La libertad pretendo , es un acto de justicia poética: ellas -las relegadas, las burladas, las privadas de libertad- ocupan el centro de la escena. Y lo hacen con una potencia que nace de la conjunción de dos intérpretes: Lola Baldrich , que demuestra que la experiencia es un arma de precisión, y Silvia Almenara , que confirma que el futuro del teatro se escribe con voces nuevas que saben escuchar su propia verdad. Juntas construyen un relato que no se cierra, que no concluye, que sigue latiendo cuando las luces se apagan. Porque la libertad, como la buena escena, no es un final: es un camino.Ficha técnica de la obraTítulo: La libertad pretendo . Dramaturgia y dirección: Lola Baldrich . Compañía: Uceta . Intérpretes: Lola Baldrich, Silvia Almenara y la pianista Pilar Senso . Escenografía y vestuario: Uceta . Iluminación: Txabi Pastorius. Producción: Uceta y Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Escenario: Teatro de Rojas. La libertad pretendo es un texto teatral pergeñado por Lola Baldrich sobre material de dos figuras nacidas del barroco -La Serrana de la Vera y El Animal de Hungría-, al que añade algún otro pasaje bien conocido y bueno para recitar, como es el amoroso que ha incorporado de Lope de Vega. La obra hace un recorrido por los mitos femeninos clásicos de la antigüedad , pasándolos por el tamiz del Barroco. Es la mirada contemporánea de la visión que de la mujer aporta el teatro del Siglo de Oro.En la obra la Serrana de la Vera encarna un símbolo doble: por un lado, la fuerza indómita de la naturaleza y de lo femenino cuando se libera de los moldes sociales; por otro, el temor ancestral a lo que queda fuera del orden establecido. Su figura -mitad mujer herida, mitad criatura legendaria- concentra la violencia del desengaño y la potencia de la libertad salvaje, convirtiéndose en un espejo donde los personajes y el público contemplan tanto la fragilidad humana como su impulso de transgresión. En escena, la Serrana no es solo un mito rural: es la memoria de una injusticia que se vuelve furia , la advertencia de que el deseo puede romper cualquier frontera y, al mismo tiempo, la afirmación de una identidad que se niega a ser domesticada.El Animal de Hungría nos pone frente a una madre y una hija que se protegen de ‘El Otro’ y se autoimponen el aislamiento. La mujer joven, a través del deseo y su afán de curiosidad y conocimiento, logrará abolir los límites que le habían marcado y, así, ser ella misma asumiendo riesgos.La originalidad de la propuesta teatral estriba en la óptica actual que supone la incorporación de diferentes artes: la interpretación, la danza, la música, la poesía y las canciones; un todo que va surgiendo a lo largo de la representación de manera sorprendente.La pieza, narrativamente hablando, no es fácil de seguir si no se conoce y se tiene presente las obras clásicas a las que hace referencia. En cualquier caso, da para irse haciendo una idea sobre la libertad pretendida, donde esta no parece un destino y hay que tomársela más bien como una tensión viva, un hilo que se estira entre la violencia y el conocimiento, entre la venganza y el amor, entre la experiencia y la inocencia. Y en ese territorio devastado, donde el sentido se busca y se pierde, las dos actrices toledanas Lola Baldrich y Silvia Almenara sostienen la escena con una verdad que no admite titubeos.La parte relacionada con la serrana de la Vera, mujer de armas tomar, es teatralmente más potente y donde la Baldrich saca a relucir la fuerza telúrica que el personaje esconde, dominando el espacio con una mezcla de fiereza y hondura, algo que da la experiencia y que solo se adquiere con años de oficio, de tablas, de cicatrices y de éxitos . Es preciso señalar la calidad de esu voz afilada y grave, su buena capacidad para el recitado y para el canto, el gesto preciso y nunca gratuito, y la mirada, capaz de pasar del rencor al desamparo en un parpadeo; con todo ello sostiene la tragedia sin necesidad de subrayarla. Es ella la que lleva el peso de la obra ; y desde ella, la obra respira; desde ella, la violencia se vuelve reflexión; y desde ella, la libertad se convierte en una herida que arde.Frente a la densidad de Baldrich, Silvia Almenara aporta la frescura de quien llega al teatro con hambre de mundo. Su Animal de Hungría es luz, curiosidad, temblor, acaso suave ingenuidad. Almenara no se limita a replicar, también crea sus personajes con naturalidad . Con su voz limpia, que aún debe acomodar a una más sosegada pronunciación, una mejor vocalización y una proyección más potente, quiere convencer al público de que la libertad no es venganza ni furia, sino descubrimiento y apertura. Es una intérprete joven que apunta maneras : se nota en cómo sostiene la réplica, en cómo se deja atravesar por la emoción sin perder el control técnico o en cómo dialoga con la escena sin miedo a ocuparla. La música de Pilar Senso aporta un sustrato espiritual, casi ritual y es esencial para llenar de contenido las transiciones entre escenas, alguna, por cierto, demasiado larga, que daba al piano el protagonismo de un concierto.La propuesta se sostiene sobre un armazón técnico que acompaña sin invadir. Espectáculo minimalista cuya escenografía se reduce a dos elementos móviles con largos palos insertados, que tanto sirven de perchas como para simular la intrincada sierra o la selva por donde discurren los personajes. La escenografía y el vestuario crean un espacio que es a la vez monte, memoria y cicatriz. La iluminación dibuja un claroscuro emocional que convierte cada escena en un cuadro respirante. La coreografía introduce un movimiento más revelador que decorativo.Digamos en conclusión, para sacar una ilustración de lo visto, que esta propuesta escénica, La libertad pretendo , es un acto de justicia poética: ellas -las relegadas, las burladas, las privadas de libertad- ocupan el centro de la escena. Y lo hacen con una potencia que nace de la conjunción de dos intérpretes: Lola Baldrich , que demuestra que la experiencia es un arma de precisión, y Silvia Almenara , que confirma que el futuro del teatro se escribe con voces nuevas que saben escuchar su propia verdad. Juntas construyen un relato que no se cierra, que no concluye, que sigue latiendo cuando las luces se apagan. Porque la libertad, como la buena escena, no es un final: es un camino.Ficha técnica de la obraTítulo: La libertad pretendo . Dramaturgia y dirección: Lola Baldrich . Compañía: Uceta . Intérpretes: Lola Baldrich, Silvia Almenara y la pianista Pilar Senso . Escenografía y vestuario: Uceta . Iluminación: Txabi Pastorius. Producción: Uceta y Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Escenario: Teatro de Rojas. La libertad pretendo es un texto teatral pergeñado por Lola Baldrich sobre material de dos figuras nacidas del barroco -La Serrana de la Vera y El Animal de Hungría-, al que añade algún otro pasaje bien conocido y bueno para recitar, como es el amoroso que ha incorporado de Lope de Vega. La obra hace un recorrido por los mitos femeninos clásicos de la antigüedad , pasándolos por el tamiz del Barroco. Es la mirada contemporánea de la visión que de la mujer aporta el teatro del Siglo de Oro.En la obra la Serrana de la Vera encarna un símbolo doble: por un lado, la fuerza indómita de la naturaleza y de lo femenino cuando se libera de los moldes sociales; por otro, el temor ancestral a lo que queda fuera del orden establecido. Su figura -mitad mujer herida, mitad criatura legendaria- concentra la violencia del desengaño y la potencia de la libertad salvaje, convirtiéndose en un espejo donde los personajes y el público contemplan tanto la fragilidad humana como su impulso de transgresión. En escena, la Serrana no es solo un mito rural: es la memoria de una injusticia que se vuelve furia , la advertencia de que el deseo puede romper cualquier frontera y, al mismo tiempo, la afirmación de una identidad que se niega a ser domesticada.El Animal de Hungría nos pone frente a una madre y una hija que se protegen de ‘El Otro’ y se autoimponen el aislamiento. La mujer joven, a través del deseo y su afán de curiosidad y conocimiento, logrará abolir los límites que le habían marcado y, así, ser ella misma asumiendo riesgos.La originalidad de la propuesta teatral estriba en la óptica actual que supone la incorporación de diferentes artes: la interpretación, la danza, la música, la poesía y las canciones; un todo que va surgiendo a lo largo de la representación de manera sorprendente.La pieza, narrativamente hablando, no es fácil de seguir si no se conoce y se tiene presente las obras clásicas a las que hace referencia. En cualquier caso, da para irse haciendo una idea sobre la libertad pretendida, donde esta no parece un destino y hay que tomársela más bien como una tensión viva, un hilo que se estira entre la violencia y el conocimiento, entre la venganza y el amor, entre la experiencia y la inocencia. Y en ese territorio devastado, donde el sentido se busca y se pierde, las dos actrices toledanas Lola Baldrich y Silvia Almenara sostienen la escena con una verdad que no admite titubeos.La parte relacionada con la serrana de la Vera, mujer de armas tomar, es teatralmente más potente y donde la Baldrich saca a relucir la fuerza telúrica que el personaje esconde, dominando el espacio con una mezcla de fiereza y hondura, algo que da la experiencia y que solo se adquiere con años de oficio, de tablas, de cicatrices y de éxitos . Es preciso señalar la calidad de esu voz afilada y grave, su buena capacidad para el recitado y para el canto, el gesto preciso y nunca gratuito, y la mirada, capaz de pasar del rencor al desamparo en un parpadeo; con todo ello sostiene la tragedia sin necesidad de subrayarla. Es ella la que lleva el peso de la obra ; y desde ella, la obra respira; desde ella, la violencia se vuelve reflexión; y desde ella, la libertad se convierte en una herida que arde.Frente a la densidad de Baldrich, Silvia Almenara aporta la frescura de quien llega al teatro con hambre de mundo. Su Animal de Hungría es luz, curiosidad, temblor, acaso suave ingenuidad. Almenara no se limita a replicar, también crea sus personajes con naturalidad . Con su voz limpia, que aún debe acomodar a una más sosegada pronunciación, una mejor vocalización y una proyección más potente, quiere convencer al público de que la libertad no es venganza ni furia, sino descubrimiento y apertura. Es una intérprete joven que apunta maneras : se nota en cómo sostiene la réplica, en cómo se deja atravesar por la emoción sin perder el control técnico o en cómo dialoga con la escena sin miedo a ocuparla. La música de Pilar Senso aporta un sustrato espiritual, casi ritual y es esencial para llenar de contenido las transiciones entre escenas, alguna, por cierto, demasiado larga, que daba al piano el protagonismo de un concierto.La propuesta se sostiene sobre un armazón técnico que acompaña sin invadir. Espectáculo minimalista cuya escenografía se reduce a dos elementos móviles con largos palos insertados, que tanto sirven de perchas como para simular la intrincada sierra o la selva por donde discurren los personajes. La escenografía y el vestuario crean un espacio que es a la vez monte, memoria y cicatriz. La iluminación dibuja un claroscuro emocional que convierte cada escena en un cuadro respirante. La coreografía introduce un movimiento más revelador que decorativo.Digamos en conclusión, para sacar una ilustración de lo visto, que esta propuesta escénica, La libertad pretendo , es un acto de justicia poética: ellas -las relegadas, las burladas, las privadas de libertad- ocupan el centro de la escena. Y lo hacen con una potencia que nace de la conjunción de dos intérpretes: Lola Baldrich , que demuestra que la experiencia es un arma de precisión, y Silvia Almenara , que confirma que el futuro del teatro se escribe con voces nuevas que saben escuchar su propia verdad. Juntas construyen un relato que no se cierra, que no concluye, que sigue latiendo cuando las luces se apagan. Porque la libertad, como la buena escena, no es un final: es un camino.Ficha técnica de la obraTítulo: La libertad pretendo . Dramaturgia y dirección: Lola Baldrich . Compañía: Uceta . Intérpretes: Lola Baldrich, Silvia Almenara y la pianista Pilar Senso . Escenografía y vestuario: Uceta . Iluminación: Txabi Pastorius. Producción: Uceta y Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Escenario: Teatro de Rojas. RSS de noticias de espana
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