No tenía ningún sentido. ¿Por qué debían fingir que eran terrícolas si aquello no era, oh, si aquello jamás sería, (LA TIERRA)? Jill Delano se arrancó aquella nariz de plástico. Tenía calor. No le gustaba su aspecto. Ni su color. ¿Acaso existía en (LA TIERRA) algo parecido a aquel rojo cereza de Debney (PARA PIELES SENSIBLES)?—Es absurdo, Jane.—Oh, vamos, Jill. Póntela.—Ni siquiera estamos en otro planeta.—¿No tamo Tieda, ma?Oh, aquel maldito gato. ¿Por qué tenía que haber aprendido a hablar? ¿Desde cuándo hablaban los gatos? ¿Y por qué hablaba de aquella manera tan ridícula?—Claro que sí, Thomsey, estamos Tierra, pequeño. La tía Jill está bromeando.—La tía Jill nunca bromea —dijo la propia Jill. Y era cierto. Jill Delano Roosevelt aborrecía las bromas casi tanto como aborrecía las novelas de Robbie Stamp.Y, oh, la tía Jill aborrecía soberanamente a Robbie Stamp. Aquella condenada escritora de ciencia ficción terrícola tenía la culpa de todo. ¿Acaso se creía (ÚNICA)?—No es ella quien se cree única, Jill —le había dicho Jane en una ocasión.—¿Ah, no? Ni siquiera se ha dignado a pasar por aquí.—¿No Dobbie Tam Tieda, ma? —le diría Thomsey aquella mañana, en el reservado en el que las hermanas Delano y el propio Thomsey, aquel bebé gato parlanchín, tomaban el desayuno. (POR SUPUESTO QUE ROBBIE STAMP ESTÁ EN LA TIERRA, THOMSEY, ¿QUÉ TE HE DICHO DE LA TÍA JILL?), le respondería Jane.Y Jane Delano Roosevelt, la también escritora de ciencia ficción, nada famosa si se la comparaba con Robbie Stamp, y no porque no fuese buena sino únicamente porque ella no era de (LA TIERRA) sino de aquel condenado planeta diminuto, Rethrick, advirtiendo que uno de los empleados de aquel lujoso hotel prototerrícola se disponía a llamarle la atención por (NO TERRÍCOLA), volvió a ponerse aquella inmunda cosa de plástico. Oh, ¿no lo he dicho aún? Los habitantes de Rethrick no tenían nariz porque no la necesitaban, pero debían esconder sus antenas y ocultar su tercer ojo bajo una de plástico si querían viajar a (LA TIERRA).O si fingían estar haciéndolo, como las hermanas Delano.Todo había empezado con aquel ridículo cheque. Jill había vendido un cuento a una revista por lo que parecía una cantidad considerable, pero resultó que no era tan considerable.—¿No se suponía que iban a pagarte más?—Han encontrado un inédito de Robbie Stamp.—Oh, no, ¿y qué vamos a hacer ahora?—No ir a ninguna parte.—¿No dadte, ma Dane?—¿Quieres pedirle a ese gato que cierre el pico?El gato se echó a llorar. Era complicado, pero lo consiguió. Jill Delano no había visto jamás llorar a un gato. Su hermana tampoco.—Iremos a la Tierra de todas formas —le había dicho su hermana, aquella noche, un rato después— ¿Has oído hablar de Kerwick Henessey? Ha construido una Tierra aquí.—Oh, no, Jane, no vamos a ir a uno de esos sitios con piscina aquí.—Yo quiero ver el eclipse, Jill.—¿Qué eclipse, Jane? ¡Aquí no habrá ningún eclipse!—¿No? ¿Por qué no?Oh, ¿que por qué no, Jane? Porque no estamos en (LA TIERRA), Jane. Ni aunque vayamos a uno de esos sitios. Es en (LA TIERRA) donde el sol va a apagarse . Ya, bueno, lo sé. No se va a apagar en realidad. Sólo va a quedar cubierto por algo infinitamente más pequeño, algo que, durante una diminuta colección de segundos, va a parecer tan, esto, eh, grande como él, se había dicho Jill Delano.Y, por un momento, sus tres ojos azules habían brillado como lo hacían cuando daba con una buena idea para una historia.— ¿Insinúas que en la Tierra de ese tal Kermick también va a haber un eclipse?Instalada en aquella ridícula habitación compartida, decididamente fría y terrícola, con su máquina de escribir preparada para lo que demonios fuese que pudiese ocurrir durante (EL ECLIPSE), Jill Delano echó mano de su intercomunicador espacial y llamó a su jefe. Oh, uno de ellos. Beau. Beau Whitehill, el redactor jefe del Laurie Evening Standard.—¿Jefe Beau?—¿Delano?—He tenido una idea.—¿No estás de vacaciones?—Sí, pero adivina dónde.—Me trae sin cuidado dónde, Delano, yo sigo aquí.—¿Aún piensas publicar ese absurdo montón de palabras? ¿Cómo se llamaba? Oh, sí, Vamos, Vincent Fanning, acaba con el mundo de una vez, ¿quieres?—¿Tú qué crees?—Yo creo que. Oh, Beau. Podría tener algo mejor.—¿Algo mejor que Robbie Stamp, Delano?—Ni siquiera hay un eclipse en ese relato, Beau.Beau se encogió de hombros. Miró a su alrededor. Era tarde. Hacía calor. Quería irse a casa. No quería estar teniendo ningún tipo de conversación. Dijo:—Oh, sé que voy a arrepentirme de esto, Delano —Y también— Desembucha.Jill Delano miró a su hermana y sonrió. Dijo (¡LO TENGO!), pero no lo dijo en realidad. Sólo movió los labios. Su hermana frunció el ceño. (¿QUÉ TIENES?). Jane tampoco había abierto el pico, había sido aquel ceño el que lo había dicho.No fueron más que dos minutos. Dos minutos terrestres. Pero aquel Kermack Hennessy se las ingenió para hacerlos durar una agradable media hora rethrickiana. Jill Delano no hizo otra cosa que relatar aquello que ocurría en aquella otra realidad. No estaba en la Tierra. Y ningún sol estaba siendo cubierto por nada. La oscuridad, en aquel no tan lujoso hotel con piscina terrícola, era sólo ficción. El eclipse estaba siendo televisado. Enormes pantallas reproducían el momento (AHÍ ARRIBA), en el cielo de aquella otra Tierra en Rethrick. Y todo el mundo podía, si quería, mirar directamente, porque nada iba a hacerles daño. Oh, nada era real .Ni siquiera, por supuesto, el relato que Jill Delano publicó al día siguiente en el Laurie Evening Standard. Bajo su nombre, Beau había escrito (DESTACADA ESCRITORA DE CIENCIA FICCIÓN) y (AUTORA DE CUANDO QUE CHATTY SE MARCHÓ A ESE CONDENADO OTRO PLANETA Y LE PODRÍA OCURRIR A CUALQUIERA, CAPITANA MADISON), y (ENVIADA ESPECIAL A LA TIERRA). El relato no era más que un relato, pero, durante una pequeña colección de segundos que se alagaron durante días, una pequeña y francamente agradable colección de días rethrickianos que las hermanas Delano habían pasado supuestamente (LEJOS DE CASA), había cubierto a aquella cosa enorme. A la escritora terrícola. La imbatible, por una vez batida, Robbie Stamp.Laura Fernández Escritora Su última obra es ‘La señora Potter no es exactamente Santa Claus’ No tenía ningún sentido. ¿Por qué debían fingir que eran terrícolas si aquello no era, oh, si aquello jamás sería, (LA TIERRA)? Jill Delano se arrancó aquella nariz de plástico. Tenía calor. No le gustaba su aspecto. Ni su color. ¿Acaso existía en (LA TIERRA) algo parecido a aquel rojo cereza de Debney (PARA PIELES SENSIBLES)?—Es absurdo, Jane.—Oh, vamos, Jill. Póntela.—Ni siquiera estamos en otro planeta.—¿No tamo Tieda, ma?Oh, aquel maldito gato. ¿Por qué tenía que haber aprendido a hablar? ¿Desde cuándo hablaban los gatos? ¿Y por qué hablaba de aquella manera tan ridícula?—Claro que sí, Thomsey, estamos Tierra, pequeño. La tía Jill está bromeando.—La tía Jill nunca bromea —dijo la propia Jill. Y era cierto. Jill Delano Roosevelt aborrecía las bromas casi tanto como aborrecía las novelas de Robbie Stamp.Y, oh, la tía Jill aborrecía soberanamente a Robbie Stamp. Aquella condenada escritora de ciencia ficción terrícola tenía la culpa de todo. ¿Acaso se creía (ÚNICA)?—No es ella quien se cree única, Jill —le había dicho Jane en una ocasión.—¿Ah, no? Ni siquiera se ha dignado a pasar por aquí.—¿No Dobbie Tam Tieda, ma? —le diría Thomsey aquella mañana, en el reservado en el que las hermanas Delano y el propio Thomsey, aquel bebé gato parlanchín, tomaban el desayuno. (POR SUPUESTO QUE ROBBIE STAMP ESTÁ EN LA TIERRA, THOMSEY, ¿QUÉ TE HE DICHO DE LA TÍA JILL?), le respondería Jane.Y Jane Delano Roosevelt, la también escritora de ciencia ficción, nada famosa si se la comparaba con Robbie Stamp, y no porque no fuese buena sino únicamente porque ella no era de (LA TIERRA) sino de aquel condenado planeta diminuto, Rethrick, advirtiendo que uno de los empleados de aquel lujoso hotel prototerrícola se disponía a llamarle la atención por (NO TERRÍCOLA), volvió a ponerse aquella inmunda cosa de plástico. Oh, ¿no lo he dicho aún? Los habitantes de Rethrick no tenían nariz porque no la necesitaban, pero debían esconder sus antenas y ocultar su tercer ojo bajo una de plástico si querían viajar a (LA TIERRA).O si fingían estar haciéndolo, como las hermanas Delano.Todo había empezado con aquel ridículo cheque. Jill había vendido un cuento a una revista por lo que parecía una cantidad considerable, pero resultó que no era tan considerable.—¿No se suponía que iban a pagarte más?—Han encontrado un inédito de Robbie Stamp.—Oh, no, ¿y qué vamos a hacer ahora?—No ir a ninguna parte.—¿No dadte, ma Dane?—¿Quieres pedirle a ese gato que cierre el pico?El gato se echó a llorar. Era complicado, pero lo consiguió. Jill Delano no había visto jamás llorar a un gato. Su hermana tampoco.—Iremos a la Tierra de todas formas —le había dicho su hermana, aquella noche, un rato después— ¿Has oído hablar de Kerwick Henessey? Ha construido una Tierra aquí.—Oh, no, Jane, no vamos a ir a uno de esos sitios con piscina aquí.—Yo quiero ver el eclipse, Jill.—¿Qué eclipse, Jane? ¡Aquí no habrá ningún eclipse!—¿No? ¿Por qué no?Oh, ¿que por qué no, Jane? Porque no estamos en (LA TIERRA), Jane. Ni aunque vayamos a uno de esos sitios. Es en (LA TIERRA) donde el sol va a apagarse . Ya, bueno, lo sé. No se va a apagar en realidad. Sólo va a quedar cubierto por algo infinitamente más pequeño, algo que, durante una diminuta colección de segundos, va a parecer tan, esto, eh, grande como él, se había dicho Jill Delano.Y, por un momento, sus tres ojos azules habían brillado como lo hacían cuando daba con una buena idea para una historia.— ¿Insinúas que en la Tierra de ese tal Kermick también va a haber un eclipse?Instalada en aquella ridícula habitación compartida, decididamente fría y terrícola, con su máquina de escribir preparada para lo que demonios fuese que pudiese ocurrir durante (EL ECLIPSE), Jill Delano echó mano de su intercomunicador espacial y llamó a su jefe. Oh, uno de ellos. Beau. Beau Whitehill, el redactor jefe del Laurie Evening Standard.—¿Jefe Beau?—¿Delano?—He tenido una idea.—¿No estás de vacaciones?—Sí, pero adivina dónde.—Me trae sin cuidado dónde, Delano, yo sigo aquí.—¿Aún piensas publicar ese absurdo montón de palabras? ¿Cómo se llamaba? Oh, sí, Vamos, Vincent Fanning, acaba con el mundo de una vez, ¿quieres?—¿Tú qué crees?—Yo creo que. Oh, Beau. Podría tener algo mejor.—¿Algo mejor que Robbie Stamp, Delano?—Ni siquiera hay un eclipse en ese relato, Beau.Beau se encogió de hombros. Miró a su alrededor. Era tarde. Hacía calor. Quería irse a casa. No quería estar teniendo ningún tipo de conversación. Dijo:—Oh, sé que voy a arrepentirme de esto, Delano —Y también— Desembucha.Jill Delano miró a su hermana y sonrió. Dijo (¡LO TENGO!), pero no lo dijo en realidad. Sólo movió los labios. Su hermana frunció el ceño. (¿QUÉ TIENES?). Jane tampoco había abierto el pico, había sido aquel ceño el que lo había dicho.No fueron más que dos minutos. Dos minutos terrestres. Pero aquel Kermack Hennessy se las ingenió para hacerlos durar una agradable media hora rethrickiana. Jill Delano no hizo otra cosa que relatar aquello que ocurría en aquella otra realidad. No estaba en la Tierra. Y ningún sol estaba siendo cubierto por nada. La oscuridad, en aquel no tan lujoso hotel con piscina terrícola, era sólo ficción. El eclipse estaba siendo televisado. Enormes pantallas reproducían el momento (AHÍ ARRIBA), en el cielo de aquella otra Tierra en Rethrick. Y todo el mundo podía, si quería, mirar directamente, porque nada iba a hacerles daño. Oh, nada era real .Ni siquiera, por supuesto, el relato que Jill Delano publicó al día siguiente en el Laurie Evening Standard. Bajo su nombre, Beau había escrito (DESTACADA ESCRITORA DE CIENCIA FICCIÓN) y (AUTORA DE CUANDO QUE CHATTY SE MARCHÓ A ESE CONDENADO OTRO PLANETA Y LE PODRÍA OCURRIR A CUALQUIERA, CAPITANA MADISON), y (ENVIADA ESPECIAL A LA TIERRA). El relato no era más que un relato, pero, durante una pequeña colección de segundos que se alagaron durante días, una pequeña y francamente agradable colección de días rethrickianos que las hermanas Delano habían pasado supuestamente (LEJOS DE CASA), había cubierto a aquella cosa enorme. A la escritora terrícola. La imbatible, por una vez batida, Robbie Stamp.Laura Fernández Escritora Su última obra es ‘La señora Potter no es exactamente Santa Claus’ No tenía ningún sentido. ¿Por qué debían fingir que eran terrícolas si aquello no era, oh, si aquello jamás sería, (LA TIERRA)? Jill Delano se arrancó aquella nariz de plástico. Tenía calor. No le gustaba su aspecto. Ni su color. ¿Acaso existía en (LA TIERRA) algo parecido a aquel rojo cereza de Debney (PARA PIELES SENSIBLES)?—Es absurdo, Jane.—Oh, vamos, Jill. Póntela.—Ni siquiera estamos en otro planeta.—¿No tamo Tieda, ma?Oh, aquel maldito gato. ¿Por qué tenía que haber aprendido a hablar? ¿Desde cuándo hablaban los gatos? ¿Y por qué hablaba de aquella manera tan ridícula?—Claro que sí, Thomsey, estamos Tierra, pequeño. La tía Jill está bromeando.—La tía Jill nunca bromea —dijo la propia Jill. Y era cierto. Jill Delano Roosevelt aborrecía las bromas casi tanto como aborrecía las novelas de Robbie Stamp.Y, oh, la tía Jill aborrecía soberanamente a Robbie Stamp. Aquella condenada escritora de ciencia ficción terrícola tenía la culpa de todo. ¿Acaso se creía (ÚNICA)?—No es ella quien se cree única, Jill —le había dicho Jane en una ocasión.—¿Ah, no? Ni siquiera se ha dignado a pasar por aquí.—¿No Dobbie Tam Tieda, ma? —le diría Thomsey aquella mañana, en el reservado en el que las hermanas Delano y el propio Thomsey, aquel bebé gato parlanchín, tomaban el desayuno. (POR SUPUESTO QUE ROBBIE STAMP ESTÁ EN LA TIERRA, THOMSEY, ¿QUÉ TE HE DICHO DE LA TÍA JILL?), le respondería Jane.Y Jane Delano Roosevelt, la también escritora de ciencia ficción, nada famosa si se la comparaba con Robbie Stamp, y no porque no fuese buena sino únicamente porque ella no era de (LA TIERRA) sino de aquel condenado planeta diminuto, Rethrick, advirtiendo que uno de los empleados de aquel lujoso hotel prototerrícola se disponía a llamarle la atención por (NO TERRÍCOLA), volvió a ponerse aquella inmunda cosa de plástico. Oh, ¿no lo he dicho aún? Los habitantes de Rethrick no tenían nariz porque no la necesitaban, pero debían esconder sus antenas y ocultar su tercer ojo bajo una de plástico si querían viajar a (LA TIERRA).O si fingían estar haciéndolo, como las hermanas Delano.Todo había empezado con aquel ridículo cheque. Jill había vendido un cuento a una revista por lo que parecía una cantidad considerable, pero resultó que no era tan considerable.—¿No se suponía que iban a pagarte más?—Han encontrado un inédito de Robbie Stamp.—Oh, no, ¿y qué vamos a hacer ahora?—No ir a ninguna parte.—¿No dadte, ma Dane?—¿Quieres pedirle a ese gato que cierre el pico?El gato se echó a llorar. Era complicado, pero lo consiguió. Jill Delano no había visto jamás llorar a un gato. Su hermana tampoco.—Iremos a la Tierra de todas formas —le había dicho su hermana, aquella noche, un rato después— ¿Has oído hablar de Kerwick Henessey? Ha construido una Tierra aquí.—Oh, no, Jane, no vamos a ir a uno de esos sitios con piscina aquí.—Yo quiero ver el eclipse, Jill.—¿Qué eclipse, Jane? ¡Aquí no habrá ningún eclipse!—¿No? ¿Por qué no?Oh, ¿que por qué no, Jane? Porque no estamos en (LA TIERRA), Jane. Ni aunque vayamos a uno de esos sitios. Es en (LA TIERRA) donde el sol va a apagarse . Ya, bueno, lo sé. No se va a apagar en realidad. Sólo va a quedar cubierto por algo infinitamente más pequeño, algo que, durante una diminuta colección de segundos, va a parecer tan, esto, eh, grande como él, se había dicho Jill Delano.Y, por un momento, sus tres ojos azules habían brillado como lo hacían cuando daba con una buena idea para una historia.— ¿Insinúas que en la Tierra de ese tal Kermick también va a haber un eclipse?Instalada en aquella ridícula habitación compartida, decididamente fría y terrícola, con su máquina de escribir preparada para lo que demonios fuese que pudiese ocurrir durante (EL ECLIPSE), Jill Delano echó mano de su intercomunicador espacial y llamó a su jefe. Oh, uno de ellos. Beau. Beau Whitehill, el redactor jefe del Laurie Evening Standard.—¿Jefe Beau?—¿Delano?—He tenido una idea.—¿No estás de vacaciones?—Sí, pero adivina dónde.—Me trae sin cuidado dónde, Delano, yo sigo aquí.—¿Aún piensas publicar ese absurdo montón de palabras? ¿Cómo se llamaba? Oh, sí, Vamos, Vincent Fanning, acaba con el mundo de una vez, ¿quieres?—¿Tú qué crees?—Yo creo que. Oh, Beau. Podría tener algo mejor.—¿Algo mejor que Robbie Stamp, Delano?—Ni siquiera hay un eclipse en ese relato, Beau.Beau se encogió de hombros. Miró a su alrededor. Era tarde. Hacía calor. Quería irse a casa. No quería estar teniendo ningún tipo de conversación. Dijo:—Oh, sé que voy a arrepentirme de esto, Delano —Y también— Desembucha.Jill Delano miró a su hermana y sonrió. Dijo (¡LO TENGO!), pero no lo dijo en realidad. Sólo movió los labios. Su hermana frunció el ceño. (¿QUÉ TIENES?). Jane tampoco había abierto el pico, había sido aquel ceño el que lo había dicho.No fueron más que dos minutos. Dos minutos terrestres. Pero aquel Kermack Hennessy se las ingenió para hacerlos durar una agradable media hora rethrickiana. Jill Delano no hizo otra cosa que relatar aquello que ocurría en aquella otra realidad. No estaba en la Tierra. Y ningún sol estaba siendo cubierto por nada. La oscuridad, en aquel no tan lujoso hotel con piscina terrícola, era sólo ficción. El eclipse estaba siendo televisado. Enormes pantallas reproducían el momento (AHÍ ARRIBA), en el cielo de aquella otra Tierra en Rethrick. Y todo el mundo podía, si quería, mirar directamente, porque nada iba a hacerles daño. Oh, nada era real .Ni siquiera, por supuesto, el relato que Jill Delano publicó al día siguiente en el Laurie Evening Standard. Bajo su nombre, Beau había escrito (DESTACADA ESCRITORA DE CIENCIA FICCIÓN) y (AUTORA DE CUANDO QUE CHATTY SE MARCHÓ A ESE CONDENADO OTRO PLANETA Y LE PODRÍA OCURRIR A CUALQUIERA, CAPITANA MADISON), y (ENVIADA ESPECIAL A LA TIERRA). El relato no era más que un relato, pero, durante una pequeña colección de segundos que se alagaron durante días, una pequeña y francamente agradable colección de días rethrickianos que las hermanas Delano habían pasado supuestamente (LEJOS DE CASA), había cubierto a aquella cosa enorme. A la escritora terrícola. La imbatible, por una vez batida, Robbie Stamp.Laura Fernández Escritora Su última obra es ‘La señora Potter no es exactamente Santa Claus’ RSS de noticias de cultura
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