Mi hija cumple años a principios de septiembre y ella cree que es muy injusto porque entonces pasa el verano con un año menos y no puede entrar en las discotecas de 16. Hace un cálculo que me divierte y, es decir, que a pesar de que tiene 14, es su verano de los 15 -esto más o menos podría aceptarlo-, pero luego llega el salto creativo y dice que cuánto le concedo por lo inteligente y brillante que es y antes de que pueda responder me dice: «Un año por lo menos, ¿no? Tendrían que ser más pero yo con uno me conformo», y de ahí saca el impulso para decirme que Lucas, el que falsifica carnés de identidad, le ha hecho uno para ella y que no puedo quejarme porque lo ha pagado con su dinero. No me gusta decirle que no a mi hija, porque aprecio el trabajo que antes se toma de pensar lo que me pide. Y en estos asuntos vivo la contradicción de que me disgustan y me dan miedo, pero sé que más temprano que tarde tendré que abrir la mano. Sus matemáticas del pato Donald me hacen gracia y merece que confíe en ella sin tener en cuenta la cifra concreta de la edad. La fiesta importante de este verano era a finales de junio en una discoteca de Sant Cugat e iban todos sus amigos. «Que vayan todos me da igual -me dijo María- pero es que a Jimena sus padres no solo la dejan volver a las 4. ¡Será la mejor noche de nuestra vida! Los demás me dan igual, ¡yo quiero estar con ella!».Yo no quería discutir, ni decirle que no, pero mucho menos que fuera y hasta tan tarde. He de confesar que pasé unas horas incómodo, sobre todo por lo de Jimena y el afán que mi hija tiene por estar con ella. Me parecía como un doble castigo decirle que no . Y cuando me siento muy entre la espada y la pared me sale el instinto del propietario y el recuerdo de tantas lecciones aprendidas, en el sentido de que la mejor solución es siempre pagar. «Tantas lecciones aprendidas, en el sentido de que la mejor solución es siempre pagar»Llegó el día, yo no tengo permiso de conducir y le pedí a mi sobrino Guille, que es muy formal y vive en Sant Cugat que, a partir de la una, que es la hora a la que María y sus amigas querían acudir, estuviera allí, con su coche preparado. Mi mujer me preguntó «¿por qué le dices a la una?», si es cuando llegaban, y yo di una respuesta pero no muy clara. A la 1:15 María me llamaba desde el coche de Guille: -Papi estamos volviendo a casa. Guille estaba por ahí, nos ha visto y nos está llevando. -¿Pero no os han dejado entrar? -A mí sí, y muchas gracias porque me ha dicho el portero que le habías llamado. De verdad, muchas gracias, te quiero mucho. -Y entonces, ¿qué ha pasado? -Pues que a Jimena no la han dejado pasar porque el portero se ha dado cuenta de que el DNI estaba falsificado. No sé cómo, porque no se notaba nada, pero la ha pillado. -Vaya, siento que no te hayas podido quedar. -Nunca dejaría a Jimena tirada, ya lo sabes. -Claro que lo sé, hija. -Ahora llegamos. Todavía en el coche, Jimena le dijo a María que le había demostrado ser su mejor amiga, porque solo ella salió para acompañarla. Guille dejó primero a Jimena y los padres le dieron 50 euros por las molestias. Ya a solas con María, mi hija le dijo: -Es que a mi casa se va por la otra calle. -Es que no vamos a tu casa. Cuando llegaron a Dry Martini , solo con verme, riendo, y con los brazos abiertos, mi hija supo exactamente lo que había pasado. -¡María, hay que ver cómo son estos porteros! -¿Cuánto te ha costado? -Lo tuyo una botella de champán, que generosamente le ha mandado tu abuelo. Lo de Jimena, gratis. Mi hija cumple años a principios de septiembre y ella cree que es muy injusto porque entonces pasa el verano con un año menos y no puede entrar en las discotecas de 16. Hace un cálculo que me divierte y, es decir, que a pesar de que tiene 14, es su verano de los 15 -esto más o menos podría aceptarlo-, pero luego llega el salto creativo y dice que cuánto le concedo por lo inteligente y brillante que es y antes de que pueda responder me dice: «Un año por lo menos, ¿no? Tendrían que ser más pero yo con uno me conformo», y de ahí saca el impulso para decirme que Lucas, el que falsifica carnés de identidad, le ha hecho uno para ella y que no puedo quejarme porque lo ha pagado con su dinero. No me gusta decirle que no a mi hija, porque aprecio el trabajo que antes se toma de pensar lo que me pide. Y en estos asuntos vivo la contradicción de que me disgustan y me dan miedo, pero sé que más temprano que tarde tendré que abrir la mano. Sus matemáticas del pato Donald me hacen gracia y merece que confíe en ella sin tener en cuenta la cifra concreta de la edad. La fiesta importante de este verano era a finales de junio en una discoteca de Sant Cugat e iban todos sus amigos. «Que vayan todos me da igual -me dijo María- pero es que a Jimena sus padres no solo la dejan volver a las 4. ¡Será la mejor noche de nuestra vida! Los demás me dan igual, ¡yo quiero estar con ella!».Yo no quería discutir, ni decirle que no, pero mucho menos que fuera y hasta tan tarde. He de confesar que pasé unas horas incómodo, sobre todo por lo de Jimena y el afán que mi hija tiene por estar con ella. Me parecía como un doble castigo decirle que no . Y cuando me siento muy entre la espada y la pared me sale el instinto del propietario y el recuerdo de tantas lecciones aprendidas, en el sentido de que la mejor solución es siempre pagar. «Tantas lecciones aprendidas, en el sentido de que la mejor solución es siempre pagar»Llegó el día, yo no tengo permiso de conducir y le pedí a mi sobrino Guille, que es muy formal y vive en Sant Cugat que, a partir de la una, que es la hora a la que María y sus amigas querían acudir, estuviera allí, con su coche preparado. Mi mujer me preguntó «¿por qué le dices a la una?», si es cuando llegaban, y yo di una respuesta pero no muy clara. A la 1:15 María me llamaba desde el coche de Guille: -Papi estamos volviendo a casa. Guille estaba por ahí, nos ha visto y nos está llevando. -¿Pero no os han dejado entrar? -A mí sí, y muchas gracias porque me ha dicho el portero que le habías llamado. De verdad, muchas gracias, te quiero mucho. -Y entonces, ¿qué ha pasado? -Pues que a Jimena no la han dejado pasar porque el portero se ha dado cuenta de que el DNI estaba falsificado. No sé cómo, porque no se notaba nada, pero la ha pillado. -Vaya, siento que no te hayas podido quedar. -Nunca dejaría a Jimena tirada, ya lo sabes. -Claro que lo sé, hija. -Ahora llegamos. Todavía en el coche, Jimena le dijo a María que le había demostrado ser su mejor amiga, porque solo ella salió para acompañarla. Guille dejó primero a Jimena y los padres le dieron 50 euros por las molestias. Ya a solas con María, mi hija le dijo: -Es que a mi casa se va por la otra calle. -Es que no vamos a tu casa. Cuando llegaron a Dry Martini , solo con verme, riendo, y con los brazos abiertos, mi hija supo exactamente lo que había pasado. -¡María, hay que ver cómo son estos porteros! -¿Cuánto te ha costado? -Lo tuyo una botella de champán, que generosamente le ha mandado tu abuelo. Lo de Jimena, gratis. Mi hija cumple años a principios de septiembre y ella cree que es muy injusto porque entonces pasa el verano con un año menos y no puede entrar en las discotecas de 16. Hace un cálculo que me divierte y, es decir, que a pesar de que tiene 14, es su verano de los 15 -esto más o menos podría aceptarlo-, pero luego llega el salto creativo y dice que cuánto le concedo por lo inteligente y brillante que es y antes de que pueda responder me dice: «Un año por lo menos, ¿no? Tendrían que ser más pero yo con uno me conformo», y de ahí saca el impulso para decirme que Lucas, el que falsifica carnés de identidad, le ha hecho uno para ella y que no puedo quejarme porque lo ha pagado con su dinero. No me gusta decirle que no a mi hija, porque aprecio el trabajo que antes se toma de pensar lo que me pide. Y en estos asuntos vivo la contradicción de que me disgustan y me dan miedo, pero sé que más temprano que tarde tendré que abrir la mano. Sus matemáticas del pato Donald me hacen gracia y merece que confíe en ella sin tener en cuenta la cifra concreta de la edad. La fiesta importante de este verano era a finales de junio en una discoteca de Sant Cugat e iban todos sus amigos. «Que vayan todos me da igual -me dijo María- pero es que a Jimena sus padres no solo la dejan volver a las 4. ¡Será la mejor noche de nuestra vida! Los demás me dan igual, ¡yo quiero estar con ella!».Yo no quería discutir, ni decirle que no, pero mucho menos que fuera y hasta tan tarde. He de confesar que pasé unas horas incómodo, sobre todo por lo de Jimena y el afán que mi hija tiene por estar con ella. Me parecía como un doble castigo decirle que no . Y cuando me siento muy entre la espada y la pared me sale el instinto del propietario y el recuerdo de tantas lecciones aprendidas, en el sentido de que la mejor solución es siempre pagar. «Tantas lecciones aprendidas, en el sentido de que la mejor solución es siempre pagar»Llegó el día, yo no tengo permiso de conducir y le pedí a mi sobrino Guille, que es muy formal y vive en Sant Cugat que, a partir de la una, que es la hora a la que María y sus amigas querían acudir, estuviera allí, con su coche preparado. Mi mujer me preguntó «¿por qué le dices a la una?», si es cuando llegaban, y yo di una respuesta pero no muy clara. A la 1:15 María me llamaba desde el coche de Guille: -Papi estamos volviendo a casa. Guille estaba por ahí, nos ha visto y nos está llevando. -¿Pero no os han dejado entrar? -A mí sí, y muchas gracias porque me ha dicho el portero que le habías llamado. De verdad, muchas gracias, te quiero mucho. -Y entonces, ¿qué ha pasado? -Pues que a Jimena no la han dejado pasar porque el portero se ha dado cuenta de que el DNI estaba falsificado. No sé cómo, porque no se notaba nada, pero la ha pillado. -Vaya, siento que no te hayas podido quedar. -Nunca dejaría a Jimena tirada, ya lo sabes. -Claro que lo sé, hija. -Ahora llegamos. Todavía en el coche, Jimena le dijo a María que le había demostrado ser su mejor amiga, porque solo ella salió para acompañarla. Guille dejó primero a Jimena y los padres le dieron 50 euros por las molestias. Ya a solas con María, mi hija le dijo: -Es que a mi casa se va por la otra calle. -Es que no vamos a tu casa. Cuando llegaron a Dry Martini , solo con verme, riendo, y con los brazos abiertos, mi hija supo exactamente lo que había pasado. -¡María, hay que ver cómo son estos porteros! -¿Cuánto te ha costado? -Lo tuyo una botella de champán, que generosamente le ha mandado tu abuelo. Lo de Jimena, gratis. RSS de noticias de cultura
Noticias Similares
