Justo en el segundo aniversario de la Dana valenciana, aún sin vislumbrar soluciones y lejos de convencimientos políticos, una parte del parlamento español sigue rechazando leyes elementales para la evolución social y la modernización de las infraestructuras, cuando es demostrable que seguimos siendo vulnerables, ya no ante la erupción de la naturaleza, sino frente a la insumisión del poderoso que, apoltronado en su butaca, continúa sin ofrecer una mínima respuesta para allanar la verdad de lo sucedido entonces. Todo este enjambre de malas noticias, mientras la avalancha de un tren de alta velocidad impacta contra otro, detenido en la vía no se sabe por qué, y la esperanza del viajero de seguir viviendo se esfuma definitivamente. El compendio de todas las utopías con las que el pueblo sobrevivió pocos años antes, me refiero a los años de encierro de la época dictatorial, la distopía irónica de la sociedad, o el estancamiento que imponía la economía, parecen de una vigencia insalvable, poco importa que se piense en cesar al presidente de la compañía ferroviaria, cambiar de gobierno o creer que una época dorada está a la vuelta de la esquina. Las razones interpuestas por el ser humano, y duele decirlo, lejos andan del pensamiento del creador de ideas bárbaras, el ritmo de vida no es asumible, el capital nos ha invadido, y si todo consiste en tocar la principal fuente de la riqueza, o sea, las manos del trabajador, debemos saber que esta no es una causalidad asumible o fácil de alcanzar, pero quienes la alcanzan causan un mal cercano a la soberbia, aunque tampoco atendemos a la oportunidad que nos brinda el tiempo para cambiar de registro y aprender de nuestros propios errores. El nivel de riesgo afecta a la sociedad de igual manera, cuando ayer ya no será mañana en una vía que pasa por mi pueblo manchego, donde ha perdido la vida demasiada gente y resulta desolador irse del mundo sin poder decir adiós, y quienes hemos sufrido este golpe podemos hablar del dolor que produce esta despedida, mientras los especializados, donantes de sangre y voluntarios, rescatan a los que se quedaron atrapados en los vagones que pasan un miedo atroz hasta que llega ese momento, y es que se ha enfadado la luz, y no pululamos más que por las sombras, porque estas se han tragado la ilusión de compartirnos también, y ya pocos creemos en los que mandan, y muchas cosas más, y esto lo digo para quienes porfían con esta situación, porque surge del egoísmo del hombre en contra de la realidad y los medios, una amenaza desgarradora que nos acompañará cada vez más, y ya no será nuestra mejor compañera ni mucho menos , más estando sin lo más básico, vivir, porque desolación será la palabra que nos acompañe si la seguridad de nuestros días debe pasar por quien maneja los hilos invisibles de la decadencia. Pero acaso es más acuciante la celeridad con la que el opositor pide la cabeza del supuesto responsable de la catástrofe, y aquí es donde quienes nos comportamos como observadores debemos opinar. Hace unos cuantos años, cuando sucedió el accidente de Santiago de Compostela, recuerdo que se trató de un fallo humano que el gobernante obvió, ahora el mismo fallo desluce otra posibilidad, algunos hablan de la empresa de seguridad, capitalizada en su mayoría por el dinero de los israelitas, que por cierto vienen amenanzando nuestra soberanía estos meses de atrás, al parecer por la falta de cooperación con su gobierno genocida, por lo tanto, porfiar con el contrario, según las leyes democráticas, y visto lo visto, significa desconfiar de uno mismo, ya que las cuestiones paralelas, en un mundo lleno de hemerotecas, tampoco dicen nada para el opositor. Así pues, el resultado de la catástrofe será una gran victoria para unos, un desastre para otros, y una tragedia para los familiares que han perdido a sus seres queridos, obligados a soportar semejante atrocidaz. Una historia tóxica y nada exótica para los demás, los que lloramos la pérdida de identidad y los rasgos de una postura común que jamás aparece, porque volvemos a lo mismo, al capital maldito, a las prisas y ante todo, a la falta de sensibilidad que impera en el despotismo de quienes mandan, y hablo de todos, no de unos pocos, más cuando hay quien se niega a guardar un minuto de silencio, cuando sin tocar poder aún, debe callar más que nadie. Fernando Pessoa (a través de su heterónimo Bernardo Soares), escribió un libro titulado: El libro del desasosiego , una genialidad de la fragmentación y la inacción, donde el protagonista vive una intensa vida interior marcada por la melancolía, el fracaso de sus grandes ambiciones y la conciencia de que los sueños nunca se materializan en la realidad. Sigan mi recomendación, lean esta obra maestra si tienen la sensación de que la vida no toma el rumbo deseado, porque la belleza encuentra la profundidad de vivir en esa misma melancolía, y si vamos a ser los perdedores siempre los mismos, apaga y vámonos, como los que se han ido sin decir adiós aún sin vislumbrar soluciones y lejos de convencimientos políticos, cuando una parte del parlamento español rechaza leyes para la evolución social y la modernización de las infraestructuras. Tome nota a quien le corresponde. Justo en el segundo aniversario de la Dana valenciana, aún sin vislumbrar soluciones y lejos de convencimientos políticos, una parte del parlamento español sigue rechazando leyes elementales para la evolución social y la modernización de las infraestructuras, cuando es demostrable que seguimos siendo vulnerables, ya no ante la erupción de la naturaleza, sino frente a la insumisión del poderoso que, apoltronado en su butaca, continúa sin ofrecer una mínima respuesta para allanar la verdad de lo sucedido entonces. Todo este enjambre de malas noticias, mientras la avalancha de un tren de alta velocidad impacta contra otro, detenido en la vía no se sabe por qué, y la esperanza del viajero de seguir viviendo se esfuma definitivamente. El compendio de todas las utopías con las que el pueblo sobrevivió pocos años antes, me refiero a los años de encierro de la época dictatorial, la distopía irónica de la sociedad, o el estancamiento que imponía la economía, parecen de una vigencia insalvable, poco importa que se piense en cesar al presidente de la compañía ferroviaria, cambiar de gobierno o creer que una época dorada está a la vuelta de la esquina. Las razones interpuestas por el ser humano, y duele decirlo, lejos andan del pensamiento del creador de ideas bárbaras, el ritmo de vida no es asumible, el capital nos ha invadido, y si todo consiste en tocar la principal fuente de la riqueza, o sea, las manos del trabajador, debemos saber que esta no es una causalidad asumible o fácil de alcanzar, pero quienes la alcanzan causan un mal cercano a la soberbia, aunque tampoco atendemos a la oportunidad que nos brinda el tiempo para cambiar de registro y aprender de nuestros propios errores. El nivel de riesgo afecta a la sociedad de igual manera, cuando ayer ya no será mañana en una vía que pasa por mi pueblo manchego, donde ha perdido la vida demasiada gente y resulta desolador irse del mundo sin poder decir adiós, y quienes hemos sufrido este golpe podemos hablar del dolor que produce esta despedida, mientras los especializados, donantes de sangre y voluntarios, rescatan a los que se quedaron atrapados en los vagones que pasan un miedo atroz hasta que llega ese momento, y es que se ha enfadado la luz, y no pululamos más que por las sombras, porque estas se han tragado la ilusión de compartirnos también, y ya pocos creemos en los que mandan, y muchas cosas más, y esto lo digo para quienes porfían con esta situación, porque surge del egoísmo del hombre en contra de la realidad y los medios, una amenaza desgarradora que nos acompañará cada vez más, y ya no será nuestra mejor compañera ni mucho menos , más estando sin lo más básico, vivir, porque desolación será la palabra que nos acompañe si la seguridad de nuestros días debe pasar por quien maneja los hilos invisibles de la decadencia. Pero acaso es más acuciante la celeridad con la que el opositor pide la cabeza del supuesto responsable de la catástrofe, y aquí es donde quienes nos comportamos como observadores debemos opinar. Hace unos cuantos años, cuando sucedió el accidente de Santiago de Compostela, recuerdo que se trató de un fallo humano que el gobernante obvió, ahora el mismo fallo desluce otra posibilidad, algunos hablan de la empresa de seguridad, capitalizada en su mayoría por el dinero de los israelitas, que por cierto vienen amenanzando nuestra soberanía estos meses de atrás, al parecer por la falta de cooperación con su gobierno genocida, por lo tanto, porfiar con el contrario, según las leyes democráticas, y visto lo visto, significa desconfiar de uno mismo, ya que las cuestiones paralelas, en un mundo lleno de hemerotecas, tampoco dicen nada para el opositor. Así pues, el resultado de la catástrofe será una gran victoria para unos, un desastre para otros, y una tragedia para los familiares que han perdido a sus seres queridos, obligados a soportar semejante atrocidaz. Una historia tóxica y nada exótica para los demás, los que lloramos la pérdida de identidad y los rasgos de una postura común que jamás aparece, porque volvemos a lo mismo, al capital maldito, a las prisas y ante todo, a la falta de sensibilidad que impera en el despotismo de quienes mandan, y hablo de todos, no de unos pocos, más cuando hay quien se niega a guardar un minuto de silencio, cuando sin tocar poder aún, debe callar más que nadie. Fernando Pessoa (a través de su heterónimo Bernardo Soares), escribió un libro titulado: El libro del desasosiego , una genialidad de la fragmentación y la inacción, donde el protagonista vive una intensa vida interior marcada por la melancolía, el fracaso de sus grandes ambiciones y la conciencia de que los sueños nunca se materializan en la realidad. Sigan mi recomendación, lean esta obra maestra si tienen la sensación de que la vida no toma el rumbo deseado, porque la belleza encuentra la profundidad de vivir en esa misma melancolía, y si vamos a ser los perdedores siempre los mismos, apaga y vámonos, como los que se han ido sin decir adiós aún sin vislumbrar soluciones y lejos de convencimientos políticos, cuando una parte del parlamento español rechaza leyes para la evolución social y la modernización de las infraestructuras. Tome nota a quien le corresponde. Justo en el segundo aniversario de la Dana valenciana, aún sin vislumbrar soluciones y lejos de convencimientos políticos, una parte del parlamento español sigue rechazando leyes elementales para la evolución social y la modernización de las infraestructuras, cuando es demostrable que seguimos siendo vulnerables, ya no ante la erupción de la naturaleza, sino frente a la insumisión del poderoso que, apoltronado en su butaca, continúa sin ofrecer una mínima respuesta para allanar la verdad de lo sucedido entonces. Todo este enjambre de malas noticias, mientras la avalancha de un tren de alta velocidad impacta contra otro, detenido en la vía no se sabe por qué, y la esperanza del viajero de seguir viviendo se esfuma definitivamente. El compendio de todas las utopías con las que el pueblo sobrevivió pocos años antes, me refiero a los años de encierro de la época dictatorial, la distopía irónica de la sociedad, o el estancamiento que imponía la economía, parecen de una vigencia insalvable, poco importa que se piense en cesar al presidente de la compañía ferroviaria, cambiar de gobierno o creer que una época dorada está a la vuelta de la esquina. Las razones interpuestas por el ser humano, y duele decirlo, lejos andan del pensamiento del creador de ideas bárbaras, el ritmo de vida no es asumible, el capital nos ha invadido, y si todo consiste en tocar la principal fuente de la riqueza, o sea, las manos del trabajador, debemos saber que esta no es una causalidad asumible o fácil de alcanzar, pero quienes la alcanzan causan un mal cercano a la soberbia, aunque tampoco atendemos a la oportunidad que nos brinda el tiempo para cambiar de registro y aprender de nuestros propios errores. El nivel de riesgo afecta a la sociedad de igual manera, cuando ayer ya no será mañana en una vía que pasa por mi pueblo manchego, donde ha perdido la vida demasiada gente y resulta desolador irse del mundo sin poder decir adiós, y quienes hemos sufrido este golpe podemos hablar del dolor que produce esta despedida, mientras los especializados, donantes de sangre y voluntarios, rescatan a los que se quedaron atrapados en los vagones que pasan un miedo atroz hasta que llega ese momento, y es que se ha enfadado la luz, y no pululamos más que por las sombras, porque estas se han tragado la ilusión de compartirnos también, y ya pocos creemos en los que mandan, y muchas cosas más, y esto lo digo para quienes porfían con esta situación, porque surge del egoísmo del hombre en contra de la realidad y los medios, una amenaza desgarradora que nos acompañará cada vez más, y ya no será nuestra mejor compañera ni mucho menos , más estando sin lo más básico, vivir, porque desolación será la palabra que nos acompañe si la seguridad de nuestros días debe pasar por quien maneja los hilos invisibles de la decadencia. Pero acaso es más acuciante la celeridad con la que el opositor pide la cabeza del supuesto responsable de la catástrofe, y aquí es donde quienes nos comportamos como observadores debemos opinar. Hace unos cuantos años, cuando sucedió el accidente de Santiago de Compostela, recuerdo que se trató de un fallo humano que el gobernante obvió, ahora el mismo fallo desluce otra posibilidad, algunos hablan de la empresa de seguridad, capitalizada en su mayoría por el dinero de los israelitas, que por cierto vienen amenanzando nuestra soberanía estos meses de atrás, al parecer por la falta de cooperación con su gobierno genocida, por lo tanto, porfiar con el contrario, según las leyes democráticas, y visto lo visto, significa desconfiar de uno mismo, ya que las cuestiones paralelas, en un mundo lleno de hemerotecas, tampoco dicen nada para el opositor. Así pues, el resultado de la catástrofe será una gran victoria para unos, un desastre para otros, y una tragedia para los familiares que han perdido a sus seres queridos, obligados a soportar semejante atrocidaz. Una historia tóxica y nada exótica para los demás, los que lloramos la pérdida de identidad y los rasgos de una postura común que jamás aparece, porque volvemos a lo mismo, al capital maldito, a las prisas y ante todo, a la falta de sensibilidad que impera en el despotismo de quienes mandan, y hablo de todos, no de unos pocos, más cuando hay quien se niega a guardar un minuto de silencio, cuando sin tocar poder aún, debe callar más que nadie. Fernando Pessoa (a través de su heterónimo Bernardo Soares), escribió un libro titulado: El libro del desasosiego , una genialidad de la fragmentación y la inacción, donde el protagonista vive una intensa vida interior marcada por la melancolía, el fracaso de sus grandes ambiciones y la conciencia de que los sueños nunca se materializan en la realidad. Sigan mi recomendación, lean esta obra maestra si tienen la sensación de que la vida no toma el rumbo deseado, porque la belleza encuentra la profundidad de vivir en esa misma melancolía, y si vamos a ser los perdedores siempre los mismos, apaga y vámonos, como los que se han ido sin decir adiós aún sin vislumbrar soluciones y lejos de convencimientos políticos, cuando una parte del parlamento español rechaza leyes para la evolución social y la modernización de las infraestructuras. Tome nota a quien le corresponde. RSS de noticias de espana
España Los perdedores en una vía del tren
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noviembre 2, 2026
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