En el día de Todos los Santos, hoy nos acordamos de los inocentes, los que han dejado su vida en las vías del AVE. Y, a mayores, el resto, los ciudadanos, santos inocentes víctimas de una situación que nos tiene entristecidos. Y santos cristianos pero, a su vez, paganos, de pagar, los cotizantes, los contribuyentes, los que dedican diez días enteros de cada mes a pagar para que luego haya ministros dispuestos a gastarse su dinero con la eficiencia que se ve. Santos inocentes. Santos paganos.Y el «fatum». Hace siete años Sánchez sacó de paseo a Franco, siempre útil para su mercancía intelectual trasnochada, y en este tiempo parece que los fantasmas quieren volver: hace ochenta y dos años y nueve meses que el tren correo perdió los frenos en el Bierzo bajando el Manzanal y se produjo el mismo accidente que esta semana. Dicen que fue la mayor tragedia ferroviaria de la historia en España. Por andar revolviendo tumbas, no podemos olvidar las grandes inundaciones de ahora, semejantes en magnitud a las de antaño. Los asaltos norteafricanos, como cuando la guerra de África. Andar revolviendo anacronismos nos devuelve odiosas similitudes.Lo dijo Felipe González, en quien ahora se ciscan, mientras la historia se toma su venganza: «el cambio consiste en que España funcione». Castrovido es un pantano contemporáneo cuya construcción tarda más que la de las pirámides. Y eso que el dinero es el de unos españoles maniatados por una factura fiscal insoportable, explican clarito los inspectores de Hacienda en su congreso. Hablan de abandono y desidia, dicen. «El problema no son los trenes, sino las personas que dirigen, organizan y gestionan, porque los políticos son temporales, pero los funcionarios son permanentes», ha dicho su presidenta. Quien tenga oídos…Los santos inocentes esperan una sentencia judicial por años infinitos porque el sistema ha colapsado. Los santos inocentes transitan por carreteras con baches abisales, esperan sin esperanza a que les den enganche de la luz para el taller del polígono, aguantan eternamente que les paguen la subvención que han merecido tras una tramitación infinita. Esperan compensación por el gran apagón. Esperan el desalojo de Ceuta, la ciudad tomada por los invasores. Los que esperan no ya cuatro presupuestos del Estado en cuatro años, no ya uno incluso, sino al menos una coartada creíble que no sea «porque no me da la gana». La España de los santos inocentes que esperan… y pagan.La España que no funciona cuesta el doble: hacer las cosas mal y pagar las consecuencias. Derrochar. Es la España triste. En manos de una dirigencia poco cualificada, que gamberrea en público haciendo ostentación de sus carencias intelectuales mientras pastorea no ya los servicios públicos en los que nos va la calidad de vida como Estado occidental, sino nuestra propia supervivencia. Una dirigencia cuya capacidad para solventar problemas no va más allá de Twitter. Y eso entristece, mientras el gasoil se dispara, la fruta se desboca, la pescadería es una entelequia para muchos y los meses se eternizan entre nómina y nómina.Sea porque la historia llama a nuestra puerta constantemente para censurarnos nuestra soberbia moral, sea porque estamos arramplando con la pasta de la gente con el procedimiento del timo de la estampita, sea porque el Manual de Resistencia se ha convertido en un dogal que colapsa, bloquea e impide el diálogo nacional. Sea porque los políticos no hablan, gritan, no conversan, se insultan, no se reúnen, se evitan, no buscan consensos, sino enfrentamientos y, sobre todo, no bajan la factura, la suben, la suben todo el rato: España está triste. La España condenada, plagada de santos inocentes. En el día de Todos los Santos. En el día de Todos los Santos, hoy nos acordamos de los inocentes, los que han dejado su vida en las vías del AVE. Y, a mayores, el resto, los ciudadanos, santos inocentes víctimas de una situación que nos tiene entristecidos. Y santos cristianos pero, a su vez, paganos, de pagar, los cotizantes, los contribuyentes, los que dedican diez días enteros de cada mes a pagar para que luego haya ministros dispuestos a gastarse su dinero con la eficiencia que se ve. Santos inocentes. Santos paganos.Y el «fatum». Hace siete años Sánchez sacó de paseo a Franco, siempre útil para su mercancía intelectual trasnochada, y en este tiempo parece que los fantasmas quieren volver: hace ochenta y dos años y nueve meses que el tren correo perdió los frenos en el Bierzo bajando el Manzanal y se produjo el mismo accidente que esta semana. Dicen que fue la mayor tragedia ferroviaria de la historia en España. Por andar revolviendo tumbas, no podemos olvidar las grandes inundaciones de ahora, semejantes en magnitud a las de antaño. Los asaltos norteafricanos, como cuando la guerra de África. Andar revolviendo anacronismos nos devuelve odiosas similitudes.Lo dijo Felipe González, en quien ahora se ciscan, mientras la historia se toma su venganza: «el cambio consiste en que España funcione». Castrovido es un pantano contemporáneo cuya construcción tarda más que la de las pirámides. Y eso que el dinero es el de unos españoles maniatados por una factura fiscal insoportable, explican clarito los inspectores de Hacienda en su congreso. Hablan de abandono y desidia, dicen. «El problema no son los trenes, sino las personas que dirigen, organizan y gestionan, porque los políticos son temporales, pero los funcionarios son permanentes», ha dicho su presidenta. Quien tenga oídos…Los santos inocentes esperan una sentencia judicial por años infinitos porque el sistema ha colapsado. Los santos inocentes transitan por carreteras con baches abisales, esperan sin esperanza a que les den enganche de la luz para el taller del polígono, aguantan eternamente que les paguen la subvención que han merecido tras una tramitación infinita. Esperan compensación por el gran apagón. Esperan el desalojo de Ceuta, la ciudad tomada por los invasores. Los que esperan no ya cuatro presupuestos del Estado en cuatro años, no ya uno incluso, sino al menos una coartada creíble que no sea «porque no me da la gana». La España de los santos inocentes que esperan… y pagan.La España que no funciona cuesta el doble: hacer las cosas mal y pagar las consecuencias. Derrochar. Es la España triste. En manos de una dirigencia poco cualificada, que gamberrea en público haciendo ostentación de sus carencias intelectuales mientras pastorea no ya los servicios públicos en los que nos va la calidad de vida como Estado occidental, sino nuestra propia supervivencia. Una dirigencia cuya capacidad para solventar problemas no va más allá de Twitter. Y eso entristece, mientras el gasoil se dispara, la fruta se desboca, la pescadería es una entelequia para muchos y los meses se eternizan entre nómina y nómina.Sea porque la historia llama a nuestra puerta constantemente para censurarnos nuestra soberbia moral, sea porque estamos arramplando con la pasta de la gente con el procedimiento del timo de la estampita, sea porque el Manual de Resistencia se ha convertido en un dogal que colapsa, bloquea e impide el diálogo nacional. Sea porque los políticos no hablan, gritan, no conversan, se insultan, no se reúnen, se evitan, no buscan consensos, sino enfrentamientos y, sobre todo, no bajan la factura, la suben, la suben todo el rato: España está triste. La España condenada, plagada de santos inocentes. En el día de Todos los Santos. En el día de Todos los Santos, hoy nos acordamos de los inocentes, los que han dejado su vida en las vías del AVE. Y, a mayores, el resto, los ciudadanos, santos inocentes víctimas de una situación que nos tiene entristecidos. Y santos cristianos pero, a su vez, paganos, de pagar, los cotizantes, los contribuyentes, los que dedican diez días enteros de cada mes a pagar para que luego haya ministros dispuestos a gastarse su dinero con la eficiencia que se ve. Santos inocentes. Santos paganos.Y el «fatum». Hace siete años Sánchez sacó de paseo a Franco, siempre útil para su mercancía intelectual trasnochada, y en este tiempo parece que los fantasmas quieren volver: hace ochenta y dos años y nueve meses que el tren correo perdió los frenos en el Bierzo bajando el Manzanal y se produjo el mismo accidente que esta semana. Dicen que fue la mayor tragedia ferroviaria de la historia en España. Por andar revolviendo tumbas, no podemos olvidar las grandes inundaciones de ahora, semejantes en magnitud a las de antaño. Los asaltos norteafricanos, como cuando la guerra de África. Andar revolviendo anacronismos nos devuelve odiosas similitudes.Lo dijo Felipe González, en quien ahora se ciscan, mientras la historia se toma su venganza: «el cambio consiste en que España funcione». Castrovido es un pantano contemporáneo cuya construcción tarda más que la de las pirámides. Y eso que el dinero es el de unos españoles maniatados por una factura fiscal insoportable, explican clarito los inspectores de Hacienda en su congreso. Hablan de abandono y desidia, dicen. «El problema no son los trenes, sino las personas que dirigen, organizan y gestionan, porque los políticos son temporales, pero los funcionarios son permanentes», ha dicho su presidenta. Quien tenga oídos…Los santos inocentes esperan una sentencia judicial por años infinitos porque el sistema ha colapsado. Los santos inocentes transitan por carreteras con baches abisales, esperan sin esperanza a que les den enganche de la luz para el taller del polígono, aguantan eternamente que les paguen la subvención que han merecido tras una tramitación infinita. Esperan compensación por el gran apagón. Esperan el desalojo de Ceuta, la ciudad tomada por los invasores. Los que esperan no ya cuatro presupuestos del Estado en cuatro años, no ya uno incluso, sino al menos una coartada creíble que no sea «porque no me da la gana». La España de los santos inocentes que esperan… y pagan.La España que no funciona cuesta el doble: hacer las cosas mal y pagar las consecuencias. Derrochar. Es la España triste. En manos de una dirigencia poco cualificada, que gamberrea en público haciendo ostentación de sus carencias intelectuales mientras pastorea no ya los servicios públicos en los que nos va la calidad de vida como Estado occidental, sino nuestra propia supervivencia. Una dirigencia cuya capacidad para solventar problemas no va más allá de Twitter. Y eso entristece, mientras el gasoil se dispara, la fruta se desboca, la pescadería es una entelequia para muchos y los meses se eternizan entre nómina y nómina.Sea porque la historia llama a nuestra puerta constantemente para censurarnos nuestra soberbia moral, sea porque estamos arramplando con la pasta de la gente con el procedimiento del timo de la estampita, sea porque el Manual de Resistencia se ha convertido en un dogal que colapsa, bloquea e impide el diálogo nacional. Sea porque los políticos no hablan, gritan, no conversan, se insultan, no se reúnen, se evitan, no buscan consensos, sino enfrentamientos y, sobre todo, no bajan la factura, la suben, la suben todo el rato: España está triste. La España condenada, plagada de santos inocentes. En el día de Todos los Santos. RSS de noticias de espana
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