El de Ceuta es un grito ahogado en el mar que lleva a la Península. En sus olas se deshacen las plegarias desatendidas de unos ciudadanos cuyas vidas distan de recuperar la normalidad incluso más de veinte días después de que todo fuese caos. Suenan cada poco las sirenas en una ciudad que hace un mes era callada y en los parques infantiles ya no se escuchan risas de niños sino el silencio de quienes allí pasan las noches. Los paseos de las vecinas no son nunca solitarios, se reúnen en aras de una defensa común. Y la situación amenaza con consumir sus ánimos, si es que no lo ha hecho ya. Porque las calles, especialmente cuando se alejan del centro pero todavía incluso en éste, se han vuelto extrañas. Hace semanas que los ceutíes viven con una mano en la garganta, dolidos por el peso de infinidad de preguntas cuyas respuestas han dado por perdidas.A la ciudad de los amaneceres acariciados por la niebla ya hay quienes la llaman «ciudad cementerio». No solo por lo ocurrido este julio, sino porque no son pocos los que se despidieron en sus aguas, cuando trataban de franquear la frontera. «Por la zona en la que nado a mar abierto, durante el año no paran de aparecer cuerpos, pero nunca había ocurrido esto», cuenta uno de sus residentes, Antonio. Lo primero fue el impacto. Todos recuerdan dónde estaban cuando decenas de miles de inmigrantes treparon por las piedras de la que les juraron ser tierra prometida. Lo primero fue el impacto y lo segundo fue sentirlo todo sin saber qué hacer con nada. Lo que Francisco, empresario en construcción, ha bautizado como «la bomba emocional». Tan rápido se abrió paso el miedo como llegaron después la impotencia, la rabia y, la que acosa sin distinción de edad ni género, la ansiedad. «Tengo clientes que lo están pasando fatal, con ataques de ansiedad. Por el miedo, mucha gente no viene presencial a mi consulta, lo hace online», afirma Nisha, una coach que es también tercera generación de hindús ceutíes. Como otras tantas ciudadanas, ahora solo camina si lo hace junto a sus amigas, y siempre se avisan al llegar a casa cuando retornan de compartir una cena.En la noche de Ceuta la luz es escasa «porque han dejado de funcionar las farolas en ciertas partes porque se ponen ahí a cargar los móviles». Y los coches pitan por carreteras que muchos inmigrantes cruzan sin atenerse a norma alguna. «Vas asustado porque no quieres atropellarlos, les pitas y te contestan sonriendo y levantándote el pulgar. O vas paseando por la calle y tienes que ir cambiando de acera porque van en grupos de diez o veinte», cuenta Marta, médico en pediatría, en su narración de una normalidad todavía no recuperada. Determinadas partes del centro parecen querer recuperar algo de la cotidianidad que les fue arrebatada, a pesar de los inmigrantes que todavía deambulan por sus calles. La población enfrenta esa inquietud que no les abandona y salen a reivindicar sus terrazas y paseos. En las barriadas, el intento es frustrado. «Los que vivimos en las barriadas nos sentimos españoles de segunda, porque nos lo han traído aquí todo», confiesa Anissa, musulmana ceutí y madre de tres hijos. En la del Príncipe Alfonso, pero también en otros tantos puntos de la ciudad, algunos han hecho negocio de la llegada masiva y les alquilan coches, viviendas, azoteas e incluso existen empresas que les contratan como mano de obra precaria y barata, y «donde está el negocio están ellos», tratando de entrar en esa economía sumergida como puerta a España.Como parte del servicio municipal de limpieza, Anissa cuenta de sus compañeros, los que tratan de mantener la higiene en playas como El Trampolín, que «están agotados». Se pusieron horas extra y reforzaron servicios, cuenta, en días que para ellos son desesperados. «En el mercado donde limpio, en el centro, entran a los baños a afeitarse y lavarse. Allí se vende pescado, fruta y verdura. No podemos parar de trabajar», sentencia.La justicia por su manoLo primero fue el impacto, lo segundo una tempestad emocional y lo tercero una sensación de inseguridad al doblar de cada esquina, el caminar por las calles en guardia. Temen robos, agresiones, que una reyerta acontezca con ellos en medio. Quienes pueden se limitan al centro, hay zonas que creen mejor no pisar. «Muchas personas están hablando de hacer las maletas e irse, incluso de comprar una segunda casa en la Península por lo que pueda pasar», cuenta Alejandro, residente en Benítez. Cuando el miedo choca con la rabia, atraviesa la ciudad un ansia de protesta . «La gente está muy caliente aquí, están muy pasados y desbordados porque les puede la situación», apuntan fuentes de La Legión en Ceuta. Porque en la ciudad, a pesar del despliegue de tropas, se sienten desamparados y los hay que ya hablan de tomarse la justicia por su mano, de organizar «grupos de autodefensa». El despliegue «insuficiente», con escasa disponibilidad de vehículos para patrullar y sin respaldo estatal para actuar, según estas mismas fuentes, decepciona tanto a tropas como a vecinos. Son las mujeres quienes ven en su bienestar una mayor inseguridad, temerosas de un exterior cuyo ambiente es mayoritariamente masculino. Antonia, por ejemplo, que vive cerca del Monte Hacho, ha tenido miedo durante la semana que ha vivido sola en su bajo: «Cada vez que escuchaba un ruido salía para ver si entraba alguien. Por la noche, si no es con mi marido no voy a ninguna parte». Algunos de los vecinos reunidos para contar su situación. Ignacio GilOcurre, sobre todo, tras los casos de agresiones sexuales y violaciones que se han denunciado en los últimos días. De ellos han nacido iniciativas de gimnasios o particulares que imparten cursos de defensa personal por precios más bien simbólicos. Además, muchas se han apuntado a grupos coordinados por aplicaciones de mensajería para caminar Ceuta acompañadas. Algunos suman más de doscientas mujeres que antes no se conocían y que ahora la recorren juntas. Y en su caminar ven el hacinamiento, comentan el proliferar de enfermedades como resultado de unas condiciones insalubres. Aunque no fuese una de ellas la que les contagiase, una fiebre por la que tengan que ir a un hospital «colapsado» les asusta. «Vas al hospital y solo hay migrantes, no te pongas malo que no te van a atender», puntualiza Enrique, otro vecino, que declara una población «emocionalmente hundida» porque allí todos ven la misma oscuridad que al principio. «Ceuta es una ciudad en la que los médicos y enfermeros están muy limitados. Dios no quiera que uno se ponga malo, y eso genera más ansiedad todavía», añade Francisco, el empresario. Un brote entre la población, creen las fuentes de la Legión, bastaría para hacerla estallar.Orfandad políticaLo primero fue el impacto, lo segundo una tempestad emocional, lo tercero la inseguridad y lo cuarto el encierro de la infancia ceutí, la incertidumbre de un retorno cercano a colegios que han sido vandalizados y que todavía albergan inmigrantes. «El que no está en la península está metido en casa. Llevo la consulta diabetes infantil y necesitan actividad física para mantener control glucémico y no salen», recalca la pediatra. «Tienen la vida anulada» estos pequeños, cuyos padres rehúsan dejarles salir solos ante la inseguridad que perciben en el exterior. No conocen a quienes han entrado en su hogar.Lo primero fue el impacto, lo segundo una tempestad emocional, lo tercero la inseguridad, lo cuarto los niños encerrados y lo quinto la sensación de abandono que les transmite el Gobierno central, sumado a acusaciones de xenofobia que consideran infundadas. Porque imagina, evoca Antonio, «que estás en tu propia casa, que te dejas la puerta abierta y que cuando te levantas se han metido veinte personas. Y al que pago para que me cuide la puerta no hace nada, y sigo pagándole». Lo tiene claro Anissa, que cada día ve a los vecinos de su barriada cuidar de los inmigrantes: « El gobierno ha cedido la responsabilidad de cuidar a los inmigrantes a los ciudadanos ».El vaivén de ministros que cruzan el mar hasta Ceuta no ha logrado aplacar los ánimos, tampoco resolver inquietudes porque, dicen, lo suyo es un movimiento vacío. Que cómo no va a haber colapso sanitario, cómo van a abrir los colegios en semejantes condiciones, cómo nos han desatendido así, son las preguntas que unos y otros claman. Y que a ellos, dicen, no les hablen de racismo si no han visto Ceuta en su normalidad, con consultas médicas, amistades y amores que no hacen distinción por religión o cultura. Lo primero fue el impacto, lo segundo una tempestad emocional, lo tercero la inseguridad, lo cuarto los niños encerrados, lo quinto la orfandad política y lo sexto, pensar que volverán, incluso antes de que se hayan marchado: «Es la crónica de una muerte anunciada para España». El de Ceuta es un grito ahogado en el mar que lleva a la Península. En sus olas se deshacen las plegarias desatendidas de unos ciudadanos cuyas vidas distan de recuperar la normalidad incluso más de veinte días después de que todo fuese caos. Suenan cada poco las sirenas en una ciudad que hace un mes era callada y en los parques infantiles ya no se escuchan risas de niños sino el silencio de quienes allí pasan las noches. Los paseos de las vecinas no son nunca solitarios, se reúnen en aras de una defensa común. Y la situación amenaza con consumir sus ánimos, si es que no lo ha hecho ya. Porque las calles, especialmente cuando se alejan del centro pero todavía incluso en éste, se han vuelto extrañas. Hace semanas que los ceutíes viven con una mano en la garganta, dolidos por el peso de infinidad de preguntas cuyas respuestas han dado por perdidas.A la ciudad de los amaneceres acariciados por la niebla ya hay quienes la llaman «ciudad cementerio». No solo por lo ocurrido este julio, sino porque no son pocos los que se despidieron en sus aguas, cuando trataban de franquear la frontera. «Por la zona en la que nado a mar abierto, durante el año no paran de aparecer cuerpos, pero nunca había ocurrido esto», cuenta uno de sus residentes, Antonio. Lo primero fue el impacto. Todos recuerdan dónde estaban cuando decenas de miles de inmigrantes treparon por las piedras de la que les juraron ser tierra prometida. Lo primero fue el impacto y lo segundo fue sentirlo todo sin saber qué hacer con nada. Lo que Francisco, empresario en construcción, ha bautizado como «la bomba emocional». Tan rápido se abrió paso el miedo como llegaron después la impotencia, la rabia y, la que acosa sin distinción de edad ni género, la ansiedad. «Tengo clientes que lo están pasando fatal, con ataques de ansiedad. Por el miedo, mucha gente no viene presencial a mi consulta, lo hace online», afirma Nisha, una coach que es también tercera generación de hindús ceutíes. Como otras tantas ciudadanas, ahora solo camina si lo hace junto a sus amigas, y siempre se avisan al llegar a casa cuando retornan de compartir una cena.En la noche de Ceuta la luz es escasa «porque han dejado de funcionar las farolas en ciertas partes porque se ponen ahí a cargar los móviles». Y los coches pitan por carreteras que muchos inmigrantes cruzan sin atenerse a norma alguna. «Vas asustado porque no quieres atropellarlos, les pitas y te contestan sonriendo y levantándote el pulgar. O vas paseando por la calle y tienes que ir cambiando de acera porque van en grupos de diez o veinte», cuenta Marta, médico en pediatría, en su narración de una normalidad todavía no recuperada. Determinadas partes del centro parecen querer recuperar algo de la cotidianidad que les fue arrebatada, a pesar de los inmigrantes que todavía deambulan por sus calles. La población enfrenta esa inquietud que no les abandona y salen a reivindicar sus terrazas y paseos. En las barriadas, el intento es frustrado. «Los que vivimos en las barriadas nos sentimos españoles de segunda, porque nos lo han traído aquí todo», confiesa Anissa, musulmana ceutí y madre de tres hijos. En la del Príncipe Alfonso, pero también en otros tantos puntos de la ciudad, algunos han hecho negocio de la llegada masiva y les alquilan coches, viviendas, azoteas e incluso existen empresas que les contratan como mano de obra precaria y barata, y «donde está el negocio están ellos», tratando de entrar en esa economía sumergida como puerta a España.Como parte del servicio municipal de limpieza, Anissa cuenta de sus compañeros, los que tratan de mantener la higiene en playas como El Trampolín, que «están agotados». Se pusieron horas extra y reforzaron servicios, cuenta, en días que para ellos son desesperados. «En el mercado donde limpio, en el centro, entran a los baños a afeitarse y lavarse. Allí se vende pescado, fruta y verdura. No podemos parar de trabajar», sentencia.La justicia por su manoLo primero fue el impacto, lo segundo una tempestad emocional y lo tercero una sensación de inseguridad al doblar de cada esquina, el caminar por las calles en guardia. Temen robos, agresiones, que una reyerta acontezca con ellos en medio. Quienes pueden se limitan al centro, hay zonas que creen mejor no pisar. «Muchas personas están hablando de hacer las maletas e irse, incluso de comprar una segunda casa en la Península por lo que pueda pasar», cuenta Alejandro, residente en Benítez. Cuando el miedo choca con la rabia, atraviesa la ciudad un ansia de protesta . «La gente está muy caliente aquí, están muy pasados y desbordados porque les puede la situación», apuntan fuentes de La Legión en Ceuta. Porque en la ciudad, a pesar del despliegue de tropas, se sienten desamparados y los hay que ya hablan de tomarse la justicia por su mano, de organizar «grupos de autodefensa». El despliegue «insuficiente», con escasa disponibilidad de vehículos para patrullar y sin respaldo estatal para actuar, según estas mismas fuentes, decepciona tanto a tropas como a vecinos. Son las mujeres quienes ven en su bienestar una mayor inseguridad, temerosas de un exterior cuyo ambiente es mayoritariamente masculino. Antonia, por ejemplo, que vive cerca del Monte Hacho, ha tenido miedo durante la semana que ha vivido sola en su bajo: «Cada vez que escuchaba un ruido salía para ver si entraba alguien. Por la noche, si no es con mi marido no voy a ninguna parte». Algunos de los vecinos reunidos para contar su situación. Ignacio GilOcurre, sobre todo, tras los casos de agresiones sexuales y violaciones que se han denunciado en los últimos días. De ellos han nacido iniciativas de gimnasios o particulares que imparten cursos de defensa personal por precios más bien simbólicos. Además, muchas se han apuntado a grupos coordinados por aplicaciones de mensajería para caminar Ceuta acompañadas. Algunos suman más de doscientas mujeres que antes no se conocían y que ahora la recorren juntas. Y en su caminar ven el hacinamiento, comentan el proliferar de enfermedades como resultado de unas condiciones insalubres. Aunque no fuese una de ellas la que les contagiase, una fiebre por la que tengan que ir a un hospital «colapsado» les asusta. «Vas al hospital y solo hay migrantes, no te pongas malo que no te van a atender», puntualiza Enrique, otro vecino, que declara una población «emocionalmente hundida» porque allí todos ven la misma oscuridad que al principio. «Ceuta es una ciudad en la que los médicos y enfermeros están muy limitados. Dios no quiera que uno se ponga malo, y eso genera más ansiedad todavía», añade Francisco, el empresario. Un brote entre la población, creen las fuentes de la Legión, bastaría para hacerla estallar.Orfandad políticaLo primero fue el impacto, lo segundo una tempestad emocional, lo tercero la inseguridad y lo cuarto el encierro de la infancia ceutí, la incertidumbre de un retorno cercano a colegios que han sido vandalizados y que todavía albergan inmigrantes. «El que no está en la península está metido en casa. Llevo la consulta diabetes infantil y necesitan actividad física para mantener control glucémico y no salen», recalca la pediatra. «Tienen la vida anulada» estos pequeños, cuyos padres rehúsan dejarles salir solos ante la inseguridad que perciben en el exterior. No conocen a quienes han entrado en su hogar.Lo primero fue el impacto, lo segundo una tempestad emocional, lo tercero la inseguridad, lo cuarto los niños encerrados y lo quinto la sensación de abandono que les transmite el Gobierno central, sumado a acusaciones de xenofobia que consideran infundadas. Porque imagina, evoca Antonio, «que estás en tu propia casa, que te dejas la puerta abierta y que cuando te levantas se han metido veinte personas. Y al que pago para que me cuide la puerta no hace nada, y sigo pagándole». Lo tiene claro Anissa, que cada día ve a los vecinos de su barriada cuidar de los inmigrantes: « El gobierno ha cedido la responsabilidad de cuidar a los inmigrantes a los ciudadanos ».El vaivén de ministros que cruzan el mar hasta Ceuta no ha logrado aplacar los ánimos, tampoco resolver inquietudes porque, dicen, lo suyo es un movimiento vacío. Que cómo no va a haber colapso sanitario, cómo van a abrir los colegios en semejantes condiciones, cómo nos han desatendido así, son las preguntas que unos y otros claman. Y que a ellos, dicen, no les hablen de racismo si no han visto Ceuta en su normalidad, con consultas médicas, amistades y amores que no hacen distinción por religión o cultura. Lo primero fue el impacto, lo segundo una tempestad emocional, lo tercero la inseguridad, lo cuarto los niños encerrados, lo quinto la orfandad política y lo sexto, pensar que volverán, incluso antes de que se hayan marchado: «Es la crónica de una muerte anunciada para España». El de Ceuta es un grito ahogado en el mar que lleva a la Península. En sus olas se deshacen las plegarias desatendidas de unos ciudadanos cuyas vidas distan de recuperar la normalidad incluso más de veinte días después de que todo fuese caos. Suenan cada poco las sirenas en una ciudad que hace un mes era callada y en los parques infantiles ya no se escuchan risas de niños sino el silencio de quienes allí pasan las noches. Los paseos de las vecinas no son nunca solitarios, se reúnen en aras de una defensa común. Y la situación amenaza con consumir sus ánimos, si es que no lo ha hecho ya. Porque las calles, especialmente cuando se alejan del centro pero todavía incluso en éste, se han vuelto extrañas. Hace semanas que los ceutíes viven con una mano en la garganta, dolidos por el peso de infinidad de preguntas cuyas respuestas han dado por perdidas.A la ciudad de los amaneceres acariciados por la niebla ya hay quienes la llaman «ciudad cementerio». No solo por lo ocurrido este julio, sino porque no son pocos los que se despidieron en sus aguas, cuando trataban de franquear la frontera. «Por la zona en la que nado a mar abierto, durante el año no paran de aparecer cuerpos, pero nunca había ocurrido esto», cuenta uno de sus residentes, Antonio. Lo primero fue el impacto. Todos recuerdan dónde estaban cuando decenas de miles de inmigrantes treparon por las piedras de la que les juraron ser tierra prometida. Lo primero fue el impacto y lo segundo fue sentirlo todo sin saber qué hacer con nada. Lo que Francisco, empresario en construcción, ha bautizado como «la bomba emocional». Tan rápido se abrió paso el miedo como llegaron después la impotencia, la rabia y, la que acosa sin distinción de edad ni género, la ansiedad. «Tengo clientes que lo están pasando fatal, con ataques de ansiedad. Por el miedo, mucha gente no viene presencial a mi consulta, lo hace online», afirma Nisha, una coach que es también tercera generación de hindús ceutíes. Como otras tantas ciudadanas, ahora solo camina si lo hace junto a sus amigas, y siempre se avisan al llegar a casa cuando retornan de compartir una cena.En la noche de Ceuta la luz es escasa «porque han dejado de funcionar las farolas en ciertas partes porque se ponen ahí a cargar los móviles». Y los coches pitan por carreteras que muchos inmigrantes cruzan sin atenerse a norma alguna. «Vas asustado porque no quieres atropellarlos, les pitas y te contestan sonriendo y levantándote el pulgar. O vas paseando por la calle y tienes que ir cambiando de acera porque van en grupos de diez o veinte», cuenta Marta, médico en pediatría, en su narración de una normalidad todavía no recuperada. Determinadas partes del centro parecen querer recuperar algo de la cotidianidad que les fue arrebatada, a pesar de los inmigrantes que todavía deambulan por sus calles. La población enfrenta esa inquietud que no les abandona y salen a reivindicar sus terrazas y paseos. En las barriadas, el intento es frustrado. «Los que vivimos en las barriadas nos sentimos españoles de segunda, porque nos lo han traído aquí todo», confiesa Anissa, musulmana ceutí y madre de tres hijos. En la del Príncipe Alfonso, pero también en otros tantos puntos de la ciudad, algunos han hecho negocio de la llegada masiva y les alquilan coches, viviendas, azoteas e incluso existen empresas que les contratan como mano de obra precaria y barata, y «donde está el negocio están ellos», tratando de entrar en esa economía sumergida como puerta a España.Como parte del servicio municipal de limpieza, Anissa cuenta de sus compañeros, los que tratan de mantener la higiene en playas como El Trampolín, que «están agotados». Se pusieron horas extra y reforzaron servicios, cuenta, en días que para ellos son desesperados. «En el mercado donde limpio, en el centro, entran a los baños a afeitarse y lavarse. Allí se vende pescado, fruta y verdura. No podemos parar de trabajar», sentencia.La justicia por su manoLo primero fue el impacto, lo segundo una tempestad emocional y lo tercero una sensación de inseguridad al doblar de cada esquina, el caminar por las calles en guardia. Temen robos, agresiones, que una reyerta acontezca con ellos en medio. Quienes pueden se limitan al centro, hay zonas que creen mejor no pisar. «Muchas personas están hablando de hacer las maletas e irse, incluso de comprar una segunda casa en la Península por lo que pueda pasar», cuenta Alejandro, residente en Benítez. Cuando el miedo choca con la rabia, atraviesa la ciudad un ansia de protesta . «La gente está muy caliente aquí, están muy pasados y desbordados porque les puede la situación», apuntan fuentes de La Legión en Ceuta. Porque en la ciudad, a pesar del despliegue de tropas, se sienten desamparados y los hay que ya hablan de tomarse la justicia por su mano, de organizar «grupos de autodefensa». El despliegue «insuficiente», con escasa disponibilidad de vehículos para patrullar y sin respaldo estatal para actuar, según estas mismas fuentes, decepciona tanto a tropas como a vecinos. Son las mujeres quienes ven en su bienestar una mayor inseguridad, temerosas de un exterior cuyo ambiente es mayoritariamente masculino. Antonia, por ejemplo, que vive cerca del Monte Hacho, ha tenido miedo durante la semana que ha vivido sola en su bajo: «Cada vez que escuchaba un ruido salía para ver si entraba alguien. Por la noche, si no es con mi marido no voy a ninguna parte». Algunos de los vecinos reunidos para contar su situación. Ignacio GilOcurre, sobre todo, tras los casos de agresiones sexuales y violaciones que se han denunciado en los últimos días. De ellos han nacido iniciativas de gimnasios o particulares que imparten cursos de defensa personal por precios más bien simbólicos. Además, muchas se han apuntado a grupos coordinados por aplicaciones de mensajería para caminar Ceuta acompañadas. Algunos suman más de doscientas mujeres que antes no se conocían y que ahora la recorren juntas. Y en su caminar ven el hacinamiento, comentan el proliferar de enfermedades como resultado de unas condiciones insalubres. Aunque no fuese una de ellas la que les contagiase, una fiebre por la que tengan que ir a un hospital «colapsado» les asusta. «Vas al hospital y solo hay migrantes, no te pongas malo que no te van a atender», puntualiza Enrique, otro vecino, que declara una población «emocionalmente hundida» porque allí todos ven la misma oscuridad que al principio. «Ceuta es una ciudad en la que los médicos y enfermeros están muy limitados. Dios no quiera que uno se ponga malo, y eso genera más ansiedad todavía», añade Francisco, el empresario. Un brote entre la población, creen las fuentes de la Legión, bastaría para hacerla estallar.Orfandad políticaLo primero fue el impacto, lo segundo una tempestad emocional, lo tercero la inseguridad y lo cuarto el encierro de la infancia ceutí, la incertidumbre de un retorno cercano a colegios que han sido vandalizados y que todavía albergan inmigrantes. «El que no está en la península está metido en casa. Llevo la consulta diabetes infantil y necesitan actividad física para mantener control glucémico y no salen», recalca la pediatra. «Tienen la vida anulada» estos pequeños, cuyos padres rehúsan dejarles salir solos ante la inseguridad que perciben en el exterior. No conocen a quienes han entrado en su hogar.Lo primero fue el impacto, lo segundo una tempestad emocional, lo tercero la inseguridad, lo cuarto los niños encerrados y lo quinto la sensación de abandono que les transmite el Gobierno central, sumado a acusaciones de xenofobia que consideran infundadas. Porque imagina, evoca Antonio, «que estás en tu propia casa, que te dejas la puerta abierta y que cuando te levantas se han metido veinte personas. Y al que pago para que me cuide la puerta no hace nada, y sigo pagándole». Lo tiene claro Anissa, que cada día ve a los vecinos de su barriada cuidar de los inmigrantes: « El gobierno ha cedido la responsabilidad de cuidar a los inmigrantes a los ciudadanos ».El vaivén de ministros que cruzan el mar hasta Ceuta no ha logrado aplacar los ánimos, tampoco resolver inquietudes porque, dicen, lo suyo es un movimiento vacío. Que cómo no va a haber colapso sanitario, cómo van a abrir los colegios en semejantes condiciones, cómo nos han desatendido así, son las preguntas que unos y otros claman. Y que a ellos, dicen, no les hablen de racismo si no han visto Ceuta en su normalidad, con consultas médicas, amistades y amores que no hacen distinción por religión o cultura. Lo primero fue el impacto, lo segundo una tempestad emocional, lo tercero la inseguridad, lo cuarto los niños encerrados, lo quinto la orfandad política y lo sexto, pensar que volverán, incluso antes de que se hayan marchado: «Es la crónica de una muerte anunciada para España». RSS de noticias de espana
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