«El cine muestra otro mundo, un mundo diferente», se escucha en A lullaby to the sorrowful mystery (Nana al misterio doloroso), la película muy anterior de Lav Díaz que con apenas 20 secuencias ocupa casi 8 horas en la pantalla como un sueño iluminado. No es, por cierto, la más larga de su filmografía siempre detenida. Magallanes no ocupa tanto (apenas se acerca a las tres horas), pero su radicalidad en el empeño de ofrecer otros mundos se mantiene intacta. Se diría incluso que, dos pasos más allá, lo que se busca ahora es acercarse no solo a un mundo diferente, sino a otro tiempo. Lo que propone en su nueva película el director filipino, de hecho, no es más que un drama histórico o de época con todas las consecuencias, con sus atrezzos peculiares, con sus galeones de otro siglo, son sus ropajes incomprensibles y con sus luces palpitantes de cera. Y desde ahí, y como es regla en todo su trabajo, el propio concepto de tiempo es refutado. Contra la duración que determina el entretenimiento como mercancía consumible y, por ello, desmemoriada, él insiste en proponer un tiempo íntimamente ligado al espacio en el que transcurre; un espacio selvático y algo salvaje infectado de humedad, de misterio, de sangre, de lentitud y de espera.
Lav Diaz reescribe cerca de la hipnosis la hazaña del conquistador desde la locura del hombre común
«El cine muestra otro mundo, un mundo diferente», se escucha en A lullaby to the sorrowful mystery (Nana al misterio doloroso), la película muy anterior de Lav Díaz que con apenas 20 secuencias ocupa casi 8 horas en la pantalla como un sueño iluminado. No es, por cierto, la más larga de su filmografía siempre detenida. Magallanes no ocupa tanto (apenas se acerca a las tres horas), pero su radicalidad en el empeño de ofrecer otros mundos se mantiene intacta. Se diría incluso que, dos pasos más allá, lo que se busca ahora es acercarse no solo a un mundo diferente, sino a otro tiempo. Lo que propone en su nueva película el director filipino, de hecho, no es más que un drama histórico o de época con todas las consecuencias, con sus atrezzos peculiares, con sus galeones de otro siglo, son sus ropajes incomprensibles y con sus luces palpitantes de cera. Y desde ahí, y como es regla en todo su trabajo, el propio concepto de tiempo es refutado. Contra la duración que determina el entretenimiento como mercancía consumible y, por ello, desmemoriada, él insiste en proponer un tiempo íntimamente ligado al espacio en el que transcurre; un espacio selvático y algo salvaje infectado de humedad, de misterio, de sangre, de lentitud y de espera.
Noticias de Cultura
