Debo tener la sangre más dulce que la miel, dando la vuelta al título de un cuadro de Dalí de hace exactamente un siglo. Los mosquitos no mienten: en cuanto pueden me asaetan. Tengo algo de ‘san Sebastían’ del mosquito tigre. Poco importa el repelente o la ridícula pulsera rosita de citronela que me han comprado (para más inri lleva escrito ‘Love’ como si estuviera dando cariñitos a los malditos insectos que me dejan hecho un eccehomo), cae la tarde y comienza mi pesadilla. La cosa llegó a convertirse en conflagración mundial en un autocine en las Marinas de Denia. Ahí pude ver (si en este caso la expresión tiene algún sentido) ‘Oppenheimer’ hace tres años y ahora mis hijos han tenido la ‘feliz’ idea de llevarme a ver los ‘Minions’. Confieso que en bastantes cosas soy un indocumentado profesional y, en esto de los seres amarillos con gruesas gafas, no tenía ni pajolera idea. Pensaba que solamente eran muñecos, peluches o llaveros para tropas infantilizadas. Me equivocaba como la paloma aquella de Alberti que hasta fue incapaz de diferenciar ‘la calor’ de la nevada.Como los malotes de la clase en EGB, me acomodé en una azotea sobre el bar, aromatizado por humo de morcilla frita y vapores de palomitas recalentadas. Si lo sublime tiene una condición deconstructiva en nuestra época desquiciada, en este autocine veraniego creo que rinden culto a la estética hiperindigesta. Menos mal que llevé mi ración de combate: una bolsa de Cheetos Pandilla que devoré como si no hubiera mañana. Los mosquitos comenzaron a martirizarme justamente cuando arrancaron las tropelías de los Minions. Lo maravilloso de tener ‘mirada viejuna’ es que las realidades abyectas o ridículas pueden adquirir, con un mínimo de ajuste irónico, una dimensión ‘interesante’ (la categoría que Theodor W. Adorno consideraba el colmo del desastre artístico, el correlato inevitable cuando el kitsch adquiere proporciones planetarias).No pude entender nada de nada de lo que pasaba en la primera media hora de la tercera entrega de ‘la saga’ de los Minions. Bastante tenía con rascarme y maldecir por mi aciago destino, especialmente cuando a mi mujer no le pica nunca ningún malvado mosquito. Cuando levantaba la vista hacia la pantalla que estaba ‘en Parla’, descubría correrías de seres que producían una aberrante sensación de vértigo. El alarde digital me dejaba frío mentalmente, aunque la noche seguía provocándome una sudada atroz. Contemplé un descarrilamiento que pretendía ser el colmo de lo divertido. No estaba para tan abismales chorradas y comencé a impacientarme porque aquello tenía cuerda para rato.AburrimientoPara sobrevivir a esta bobería vacacional tuve que recurrir a la sabiduría zen propagada por John Cage: aumentar exponencialmente mi atención a algo que provocaba un aburrimiento supino. Los enredos habituales de un crítico de arte requieren de ajustes sublimadores constantes porque sería imposible, por más tragaderas que uno pudiera tener, sobrellevar la impostura ‘profesional’, la estupidez procedimental, la idiotez generalizada y el narcisismo irreductible de la secta del artisteo. Tuve, acosado por enjambres de culícidos, una epifanía profana (una forma pedantosáurica de anotar que encontré una clave para soportar sin llorar lo insoportable): los minions son desertores del Imperio Museístico. Buscan, desesperadamente el lado oscuro y hasta conjuran monstruos porque no quieren volver a leer ni una cartela con eso de la técnica mixta y las dimensiones variables, tampoco están sintonizados con la retórica curatorial recalentada en el microondas de la IA. Puede parecer que los odiosos dípteros me inocularon un veneno que provoca ‘intuiciones ciegas’ que, en términos kantianos, carecen de conceptos. Tengo una prueba irrefutable de que esa ‘comedia de animación’ (algo que me suena a oxímoron inconsciente) es una alegoría del aceleracionismo estético; en un momento de la película escuché la única frase con un mínimo coeficiente de sensatez que calificaba las derivas, valga esta pomada pseudosituacionista, de los minions como un ‘delicioso galimatías’. Saqué el teléfono móvil y escribí esas dos palabras en la aplicación de notas que funciona, en mi prehistórica relación con la tecnología, como un basurero de lo ‘memorable’. También anoté ‘destruir’ y ‘blandi blup’ para reconducir textualmente un monstruo anaranjado y lleno de ojos que llenaba la pantalla del autocine.Los enredos habituales de un crítico de arte requieren de ajustes sublimadores constantesFrente a las alegorías ciclópeas, ese ser gelatinoso llamado Irene con infinidad de ojos ‘estupefacientes’ servía como materialización penosa del afán de verlo todo, del FOMO (miedo a estar perdiéndose algo) de una sociedad que parece necesitar solamente el pulgar del like o la procastinación del scrolling. Los minions son los lacayos torpes, los entusiastas desubicados, los chistosos que hablan el ‘idioma banana’, esto es, la tropa cultureta que va de Bienal en Bienal hasta el hartazgo final. Tras el berenjenal veneciano comprendí, en un fantasmal autocine cercano al Poblet (un restaurante en el que me indigné cuando me dieron el ‘sablazo’ en 2017), que mi pensamiento estaba abducido por un extraterrestre de hojalata o, incluso peor, mi condición era la de siervo ‘minion’, enano mental con ínfulas de esteta, vejestorio de cuerpo escombro y sangre dulcísima. La cuquificación es el reverso de la monstruosidad y, en estas revelaciones caniculares, el punto de inflexión o la picadura mosquitera que lleva a la autoconciencia de la tontería. Experimenté, con una dulzura mielosa, la metamorfosis en minion. Ya no tengo cura. Debo tener la sangre más dulce que la miel, dando la vuelta al título de un cuadro de Dalí de hace exactamente un siglo. Los mosquitos no mienten: en cuanto pueden me asaetan. Tengo algo de ‘san Sebastían’ del mosquito tigre. Poco importa el repelente o la ridícula pulsera rosita de citronela que me han comprado (para más inri lleva escrito ‘Love’ como si estuviera dando cariñitos a los malditos insectos que me dejan hecho un eccehomo), cae la tarde y comienza mi pesadilla. La cosa llegó a convertirse en conflagración mundial en un autocine en las Marinas de Denia. Ahí pude ver (si en este caso la expresión tiene algún sentido) ‘Oppenheimer’ hace tres años y ahora mis hijos han tenido la ‘feliz’ idea de llevarme a ver los ‘Minions’. Confieso que en bastantes cosas soy un indocumentado profesional y, en esto de los seres amarillos con gruesas gafas, no tenía ni pajolera idea. Pensaba que solamente eran muñecos, peluches o llaveros para tropas infantilizadas. Me equivocaba como la paloma aquella de Alberti que hasta fue incapaz de diferenciar ‘la calor’ de la nevada.Como los malotes de la clase en EGB, me acomodé en una azotea sobre el bar, aromatizado por humo de morcilla frita y vapores de palomitas recalentadas. Si lo sublime tiene una condición deconstructiva en nuestra época desquiciada, en este autocine veraniego creo que rinden culto a la estética hiperindigesta. Menos mal que llevé mi ración de combate: una bolsa de Cheetos Pandilla que devoré como si no hubiera mañana. Los mosquitos comenzaron a martirizarme justamente cuando arrancaron las tropelías de los Minions. Lo maravilloso de tener ‘mirada viejuna’ es que las realidades abyectas o ridículas pueden adquirir, con un mínimo de ajuste irónico, una dimensión ‘interesante’ (la categoría que Theodor W. Adorno consideraba el colmo del desastre artístico, el correlato inevitable cuando el kitsch adquiere proporciones planetarias).No pude entender nada de nada de lo que pasaba en la primera media hora de la tercera entrega de ‘la saga’ de los Minions. Bastante tenía con rascarme y maldecir por mi aciago destino, especialmente cuando a mi mujer no le pica nunca ningún malvado mosquito. Cuando levantaba la vista hacia la pantalla que estaba ‘en Parla’, descubría correrías de seres que producían una aberrante sensación de vértigo. El alarde digital me dejaba frío mentalmente, aunque la noche seguía provocándome una sudada atroz. Contemplé un descarrilamiento que pretendía ser el colmo de lo divertido. No estaba para tan abismales chorradas y comencé a impacientarme porque aquello tenía cuerda para rato.AburrimientoPara sobrevivir a esta bobería vacacional tuve que recurrir a la sabiduría zen propagada por John Cage: aumentar exponencialmente mi atención a algo que provocaba un aburrimiento supino. Los enredos habituales de un crítico de arte requieren de ajustes sublimadores constantes porque sería imposible, por más tragaderas que uno pudiera tener, sobrellevar la impostura ‘profesional’, la estupidez procedimental, la idiotez generalizada y el narcisismo irreductible de la secta del artisteo. Tuve, acosado por enjambres de culícidos, una epifanía profana (una forma pedantosáurica de anotar que encontré una clave para soportar sin llorar lo insoportable): los minions son desertores del Imperio Museístico. Buscan, desesperadamente el lado oscuro y hasta conjuran monstruos porque no quieren volver a leer ni una cartela con eso de la técnica mixta y las dimensiones variables, tampoco están sintonizados con la retórica curatorial recalentada en el microondas de la IA. Puede parecer que los odiosos dípteros me inocularon un veneno que provoca ‘intuiciones ciegas’ que, en términos kantianos, carecen de conceptos. Tengo una prueba irrefutable de que esa ‘comedia de animación’ (algo que me suena a oxímoron inconsciente) es una alegoría del aceleracionismo estético; en un momento de la película escuché la única frase con un mínimo coeficiente de sensatez que calificaba las derivas, valga esta pomada pseudosituacionista, de los minions como un ‘delicioso galimatías’. Saqué el teléfono móvil y escribí esas dos palabras en la aplicación de notas que funciona, en mi prehistórica relación con la tecnología, como un basurero de lo ‘memorable’. También anoté ‘destruir’ y ‘blandi blup’ para reconducir textualmente un monstruo anaranjado y lleno de ojos que llenaba la pantalla del autocine.Los enredos habituales de un crítico de arte requieren de ajustes sublimadores constantesFrente a las alegorías ciclópeas, ese ser gelatinoso llamado Irene con infinidad de ojos ‘estupefacientes’ servía como materialización penosa del afán de verlo todo, del FOMO (miedo a estar perdiéndose algo) de una sociedad que parece necesitar solamente el pulgar del like o la procastinación del scrolling. Los minions son los lacayos torpes, los entusiastas desubicados, los chistosos que hablan el ‘idioma banana’, esto es, la tropa cultureta que va de Bienal en Bienal hasta el hartazgo final. Tras el berenjenal veneciano comprendí, en un fantasmal autocine cercano al Poblet (un restaurante en el que me indigné cuando me dieron el ‘sablazo’ en 2017), que mi pensamiento estaba abducido por un extraterrestre de hojalata o, incluso peor, mi condición era la de siervo ‘minion’, enano mental con ínfulas de esteta, vejestorio de cuerpo escombro y sangre dulcísima. La cuquificación es el reverso de la monstruosidad y, en estas revelaciones caniculares, el punto de inflexión o la picadura mosquitera que lleva a la autoconciencia de la tontería. Experimenté, con una dulzura mielosa, la metamorfosis en minion. Ya no tengo cura. Debo tener la sangre más dulce que la miel, dando la vuelta al título de un cuadro de Dalí de hace exactamente un siglo. Los mosquitos no mienten: en cuanto pueden me asaetan. Tengo algo de ‘san Sebastían’ del mosquito tigre. Poco importa el repelente o la ridícula pulsera rosita de citronela que me han comprado (para más inri lleva escrito ‘Love’ como si estuviera dando cariñitos a los malditos insectos que me dejan hecho un eccehomo), cae la tarde y comienza mi pesadilla. La cosa llegó a convertirse en conflagración mundial en un autocine en las Marinas de Denia. Ahí pude ver (si en este caso la expresión tiene algún sentido) ‘Oppenheimer’ hace tres años y ahora mis hijos han tenido la ‘feliz’ idea de llevarme a ver los ‘Minions’. Confieso que en bastantes cosas soy un indocumentado profesional y, en esto de los seres amarillos con gruesas gafas, no tenía ni pajolera idea. Pensaba que solamente eran muñecos, peluches o llaveros para tropas infantilizadas. Me equivocaba como la paloma aquella de Alberti que hasta fue incapaz de diferenciar ‘la calor’ de la nevada.Como los malotes de la clase en EGB, me acomodé en una azotea sobre el bar, aromatizado por humo de morcilla frita y vapores de palomitas recalentadas. Si lo sublime tiene una condición deconstructiva en nuestra época desquiciada, en este autocine veraniego creo que rinden culto a la estética hiperindigesta. Menos mal que llevé mi ración de combate: una bolsa de Cheetos Pandilla que devoré como si no hubiera mañana. Los mosquitos comenzaron a martirizarme justamente cuando arrancaron las tropelías de los Minions. Lo maravilloso de tener ‘mirada viejuna’ es que las realidades abyectas o ridículas pueden adquirir, con un mínimo de ajuste irónico, una dimensión ‘interesante’ (la categoría que Theodor W. Adorno consideraba el colmo del desastre artístico, el correlato inevitable cuando el kitsch adquiere proporciones planetarias).No pude entender nada de nada de lo que pasaba en la primera media hora de la tercera entrega de ‘la saga’ de los Minions. Bastante tenía con rascarme y maldecir por mi aciago destino, especialmente cuando a mi mujer no le pica nunca ningún malvado mosquito. Cuando levantaba la vista hacia la pantalla que estaba ‘en Parla’, descubría correrías de seres que producían una aberrante sensación de vértigo. El alarde digital me dejaba frío mentalmente, aunque la noche seguía provocándome una sudada atroz. Contemplé un descarrilamiento que pretendía ser el colmo de lo divertido. No estaba para tan abismales chorradas y comencé a impacientarme porque aquello tenía cuerda para rato.AburrimientoPara sobrevivir a esta bobería vacacional tuve que recurrir a la sabiduría zen propagada por John Cage: aumentar exponencialmente mi atención a algo que provocaba un aburrimiento supino. Los enredos habituales de un crítico de arte requieren de ajustes sublimadores constantes porque sería imposible, por más tragaderas que uno pudiera tener, sobrellevar la impostura ‘profesional’, la estupidez procedimental, la idiotez generalizada y el narcisismo irreductible de la secta del artisteo. Tuve, acosado por enjambres de culícidos, una epifanía profana (una forma pedantosáurica de anotar que encontré una clave para soportar sin llorar lo insoportable): los minions son desertores del Imperio Museístico. Buscan, desesperadamente el lado oscuro y hasta conjuran monstruos porque no quieren volver a leer ni una cartela con eso de la técnica mixta y las dimensiones variables, tampoco están sintonizados con la retórica curatorial recalentada en el microondas de la IA. Puede parecer que los odiosos dípteros me inocularon un veneno que provoca ‘intuiciones ciegas’ que, en términos kantianos, carecen de conceptos. Tengo una prueba irrefutable de que esa ‘comedia de animación’ (algo que me suena a oxímoron inconsciente) es una alegoría del aceleracionismo estético; en un momento de la película escuché la única frase con un mínimo coeficiente de sensatez que calificaba las derivas, valga esta pomada pseudosituacionista, de los minions como un ‘delicioso galimatías’. Saqué el teléfono móvil y escribí esas dos palabras en la aplicación de notas que funciona, en mi prehistórica relación con la tecnología, como un basurero de lo ‘memorable’. También anoté ‘destruir’ y ‘blandi blup’ para reconducir textualmente un monstruo anaranjado y lleno de ojos que llenaba la pantalla del autocine.Los enredos habituales de un crítico de arte requieren de ajustes sublimadores constantesFrente a las alegorías ciclópeas, ese ser gelatinoso llamado Irene con infinidad de ojos ‘estupefacientes’ servía como materialización penosa del afán de verlo todo, del FOMO (miedo a estar perdiéndose algo) de una sociedad que parece necesitar solamente el pulgar del like o la procastinación del scrolling. Los minions son los lacayos torpes, los entusiastas desubicados, los chistosos que hablan el ‘idioma banana’, esto es, la tropa cultureta que va de Bienal en Bienal hasta el hartazgo final. Tras el berenjenal veneciano comprendí, en un fantasmal autocine cercano al Poblet (un restaurante en el que me indigné cuando me dieron el ‘sablazo’ en 2017), que mi pensamiento estaba abducido por un extraterrestre de hojalata o, incluso peor, mi condición era la de siervo ‘minion’, enano mental con ínfulas de esteta, vejestorio de cuerpo escombro y sangre dulcísima. La cuquificación es el reverso de la monstruosidad y, en estas revelaciones caniculares, el punto de inflexión o la picadura mosquitera que lleva a la autoconciencia de la tontería. Experimenté, con una dulzura mielosa, la metamorfosis en minion. Ya no tengo cura. RSS de noticias de cultura
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