Amparo responde al teléfono de ABC desde su casa de Sartajada, una pequeña localidad de la comarca de la sierra de San Vicente, situada junto al Valle del Tiétar, zona donde fueron desalojados todos los municipios debido al humo por el incendio en Bugohondo (Ávila) . Está sentada en su sofá, desayunando después de una noche en la que, por fin, ha vuelto a dormir bajo su propio techo. Mientras habla, estira las piernas para evitar los dolores que le recuerdan que tiene 80 años. Lo hace tranquila. Con la serenidad de quien acaba de recuperar algo que durante días pareció incierto: volver a casa .« La sensación es de seguridad, de tranquilidad . Es como decir: estoy aquí, estoy segura, estoy en mi casa», cuenta. El pasado miércoles pudo regresar al municipio del que es vecina desde hace décadas, aunque nació en La Adrada (Ávila). Sartajada fue evacuado por el incendio y durante cinco días ella tuvo que dejar atrás su hogar.Cuando abrió la puerta al volver, lo primero que hizo fue conectar la luz, que había dejado desconectada por precaución, y sentarse en el sofá de la entrada. « Me senté y respiré fuerte, como llenándome de tranquilidad . Fue la sensación de que una vez más en la vida, a pesar de los años, podía seguir respirando».La historia de Amparo durante la emergencia no empieza con una evacuación, sino con un gesto de ayuda. La tarde del viernes esta octogenaria decidió desplazarse hasta la localidad vecina de Almendral de la Cañada , para prestar apoyo a las personas que lo necesitaban. «Fui a ayudar a la gente que venía de otros incendios a dormir. Les llevé medicinas, cositas para ayudar un poco», explica.Allí se organizaban para atender a quienes iban llegando. Recuerda que algunos vecinos llevaban agua, otros comida y otros simplemente ofrecían sus manos, como Amparo, que se ha dedicado toda su vida a dar masajes. Pero la situación cambió por completo cuando, una vez entrada la noche, comenzaron a caer pavesas encendidas.«No sabíamos ni lo que hacer. Se empezó a correr la voz de que había que salir del pueblo». Unos momentos que recuerda «de desconcierto», con familias intentando decidir qué coger y hacia dónde ir. Ella llevaba lo imprescindible: una manta, sus medicinas y algo de agua.El trayecto en coche hasta ponerse a salvo fue uno de los momentos que más miedo le produjo porque «no sabía si iba a poder salir de aquel camino», relata, mientras explica que las carreteras estaban complicadas y tuvo que avanzar por rutas alternativas hasta encontrar ayuda.Condujo en solitario hasta el pueblo más próximo, Navamorcuende , donde agotada y nerviosa, se detuvo en la primera casa que encontró para pedir ayuda. «Llamé y le dije al señor: «¿Me puede hacer un favor?». Fue súper amable y colaboró conmigo», recuerda.Allí pudo reencontrarse con su hijo y con otro vecino del pueblo., donde las autoridades les indicaron que dejaran los coches y subieran a un autobús. «Cogimos las cuatro cosas que llevábamos y nos fuimos sin saber muy bien adónde», cuenta.El conductor del autobús se convirtió para ella en uno de los rostros de la solidaridad que encontró durante aquellas horas. «Estuvo trabajando desde las nueve de la noche hasta las tres de la mañana con nosotros. Se levantó, cogió el autobús y empezó a hacer viajes a donde le mandaban. Tengo que darle las gracias», explica.Cinco días en un pabellón con 1.800 personasLa llegada de Amparo al pabellón ferial de Talavera marcó el inicio de una espera que se prolongó durante cinco días. Allí convivió con cientos de vecinos afectados por el incendio. «En mi pabellón éramos 1.800 personas. Había niños, mayores, gente en silla de ruedas…», relata emocionada. El fuego llegó hasta la vecina localidad de La Iglesuela, situada como Sartajada en la parte toledana del valle del Tiétar. CPEISUno de los primeros problemas fue adaptar las instalaciones a las necesidades de las personas mayores. Recuerda cómo llegaron las primeras noches y cómo los equipos de ayuda fueron reaccionando rápidamente. «Había camas que eran dobles y las personas mayores no podían subir. Enseguida vinieron y montaron camillas bajitas para que cada uno tuviera la suya».Para Amparo, la respuesta de voluntarios, servicios de emergencia y trabajadores fue excepcional. «No puedo ponerle pegas a nada. Me parece una labor importantísima». Destaca especialmente la rapidez con la que atendían cualquier necesidad. «Pedías algo y en dos minutos estaban allí».«Las caras de terror de las personas obligadas a abandonar sus casas no se me olvidarán jamás» Amparo Vecina de Sartajada evacuadaPero si hay una imagen que no olvidará jamás es la de los vecinos obligados a abandonar sus casas. «Las caras de terror de las personas se me han quedado grabadas».Recuerda especialmente a quienes se resistían a marcharse porque no querían dejar sus hogares, sobre todo, personas mayores que gritaban: «Yo me quedo aquí, yo me quedo en mi casa», mientras los guardias civiles intentaban convencerlos para que salieran. Pero hay que entenderlo, añade, cuando no sabes qué va a pasar, dónde vas a estar o cuándo vas a volver, se forma un caos enorme.Entre las escenas que vivió, hay una que todavía la conmueve especialmente. Una mujer muy mayor que estaba sola en su casa y desconfiaba de los hombre que habían acudido a desalojarla por lo que, los agentes pidieron a Amparo que intentara hablar con ella.«Me dijeron: ‘Mire, a ver si puede echar una mano, porque no se fía’. Fui a explicarle que había un fuego y que teníamos que salir para que no le pasara nada», cuenta. La mujer, desorientada, llegó a confundirla con su hermana. Finalmente, fue atendida y trasladada en ambulancia.«No tengo palabras para explicar cómo nos han tratado, cómo han sido capaces de controlar todo esto. Han sido personas excepcionales» Amparo Vecina de Sartajada evacuadaTambién cuenta cómo se perdió un niño en el pabellón y al que buscaron durante horas mediante avisos por megafonía. «Son cosas que se quedan grabadas porque ves sufrir a la gente y quieres ayudar en lo que puedes», explica.A pesar de que ella misma había sido desalojada y atravesaba momentos de gran tensión, Amparo trató de animar a quienes tenía alrededor porque «había personas muy afectadas y yo les daba ánimo. Incluso me decían que cómo podía estar tan tranquila. Pero yo tengo esa energía y, si puedo servir para algo, pues lo hago», asegura.Y, aunque su vivienda en Sartajada no ha sufrido daños, Amparo no puede dejar de pensar en quienes no han tenido la misma suerte que ella. Tiene familia y amigos afectados en La Adrada, donde algunas viviendas han quedado destruidas, y no puede evitar su preocupación por aquellos que han perdido casi todo.Una copla para agradecer la ayudaAntes de abandonar el pabellón, los evacuados quisieron agradecer el trabajo de quienes les habían atendido. Amparo, que tiene una energía que sorprende a quienes la rodean, decidió cantar una copa pero «se estropeó el micrófono», cuenta entre risas. Aquel pequeño fallo arrancó sonrisas entre quiénes habían pasado unos días difíciles. «Son esas cositas que ayudan», afirma. Ahora, de vuelta en Sartajada, sigue pendiente del teléfono. Llama a vecinos y familiares, pregunta cómo están y trata de saber qué ocurre en las zonas más afectadas porque su tranquilidad de estar en casa convive con la preocupación por los demás.Mientras termina su desayuno y mueve las piernas para recuperar fuerzas, Amparo insiste en una idea: la gratitud. «No tengo palabras para explicar cómo nos han tratado, cómo han sido capaces de controlar todo esto. Han sido personas excepcionales».Después de cinco días fuera, pudo volver a disfrutar de su sofá, su rutina y sus pequeñas cosas. Todo aquello que parecía tan sencillo y que ahora tiene un valor enorme. «Estoy aquí», dice. Y en esa frase cabe el alivio de quien ha vuelto a casa. Amparo responde al teléfono de ABC desde su casa de Sartajada, una pequeña localidad de la comarca de la sierra de San Vicente, situada junto al Valle del Tiétar, zona donde fueron desalojados todos los municipios debido al humo por el incendio en Bugohondo (Ávila) . Está sentada en su sofá, desayunando después de una noche en la que, por fin, ha vuelto a dormir bajo su propio techo. Mientras habla, estira las piernas para evitar los dolores que le recuerdan que tiene 80 años. Lo hace tranquila. Con la serenidad de quien acaba de recuperar algo que durante días pareció incierto: volver a casa .« La sensación es de seguridad, de tranquilidad . Es como decir: estoy aquí, estoy segura, estoy en mi casa», cuenta. El pasado miércoles pudo regresar al municipio del que es vecina desde hace décadas, aunque nació en La Adrada (Ávila). Sartajada fue evacuado por el incendio y durante cinco días ella tuvo que dejar atrás su hogar.Cuando abrió la puerta al volver, lo primero que hizo fue conectar la luz, que había dejado desconectada por precaución, y sentarse en el sofá de la entrada. « Me senté y respiré fuerte, como llenándome de tranquilidad . Fue la sensación de que una vez más en la vida, a pesar de los años, podía seguir respirando».La historia de Amparo durante la emergencia no empieza con una evacuación, sino con un gesto de ayuda. La tarde del viernes esta octogenaria decidió desplazarse hasta la localidad vecina de Almendral de la Cañada , para prestar apoyo a las personas que lo necesitaban. «Fui a ayudar a la gente que venía de otros incendios a dormir. Les llevé medicinas, cositas para ayudar un poco», explica.Allí se organizaban para atender a quienes iban llegando. Recuerda que algunos vecinos llevaban agua, otros comida y otros simplemente ofrecían sus manos, como Amparo, que se ha dedicado toda su vida a dar masajes. Pero la situación cambió por completo cuando, una vez entrada la noche, comenzaron a caer pavesas encendidas.«No sabíamos ni lo que hacer. Se empezó a correr la voz de que había que salir del pueblo». Unos momentos que recuerda «de desconcierto», con familias intentando decidir qué coger y hacia dónde ir. Ella llevaba lo imprescindible: una manta, sus medicinas y algo de agua.El trayecto en coche hasta ponerse a salvo fue uno de los momentos que más miedo le produjo porque «no sabía si iba a poder salir de aquel camino», relata, mientras explica que las carreteras estaban complicadas y tuvo que avanzar por rutas alternativas hasta encontrar ayuda.Condujo en solitario hasta el pueblo más próximo, Navamorcuende , donde agotada y nerviosa, se detuvo en la primera casa que encontró para pedir ayuda. «Llamé y le dije al señor: «¿Me puede hacer un favor?». Fue súper amable y colaboró conmigo», recuerda.Allí pudo reencontrarse con su hijo y con otro vecino del pueblo., donde las autoridades les indicaron que dejaran los coches y subieran a un autobús. «Cogimos las cuatro cosas que llevábamos y nos fuimos sin saber muy bien adónde», cuenta.El conductor del autobús se convirtió para ella en uno de los rostros de la solidaridad que encontró durante aquellas horas. «Estuvo trabajando desde las nueve de la noche hasta las tres de la mañana con nosotros. Se levantó, cogió el autobús y empezó a hacer viajes a donde le mandaban. Tengo que darle las gracias», explica.Cinco días en un pabellón con 1.800 personasLa llegada de Amparo al pabellón ferial de Talavera marcó el inicio de una espera que se prolongó durante cinco días. Allí convivió con cientos de vecinos afectados por el incendio. «En mi pabellón éramos 1.800 personas. Había niños, mayores, gente en silla de ruedas…», relata emocionada. El fuego llegó hasta la vecina localidad de La Iglesuela, situada como Sartajada en la parte toledana del valle del Tiétar. CPEISUno de los primeros problemas fue adaptar las instalaciones a las necesidades de las personas mayores. Recuerda cómo llegaron las primeras noches y cómo los equipos de ayuda fueron reaccionando rápidamente. «Había camas que eran dobles y las personas mayores no podían subir. Enseguida vinieron y montaron camillas bajitas para que cada uno tuviera la suya».Para Amparo, la respuesta de voluntarios, servicios de emergencia y trabajadores fue excepcional. «No puedo ponerle pegas a nada. Me parece una labor importantísima». Destaca especialmente la rapidez con la que atendían cualquier necesidad. «Pedías algo y en dos minutos estaban allí».«Las caras de terror de las personas obligadas a abandonar sus casas no se me olvidarán jamás» Amparo Vecina de Sartajada evacuadaPero si hay una imagen que no olvidará jamás es la de los vecinos obligados a abandonar sus casas. «Las caras de terror de las personas se me han quedado grabadas».Recuerda especialmente a quienes se resistían a marcharse porque no querían dejar sus hogares, sobre todo, personas mayores que gritaban: «Yo me quedo aquí, yo me quedo en mi casa», mientras los guardias civiles intentaban convencerlos para que salieran. Pero hay que entenderlo, añade, cuando no sabes qué va a pasar, dónde vas a estar o cuándo vas a volver, se forma un caos enorme.Entre las escenas que vivió, hay una que todavía la conmueve especialmente. Una mujer muy mayor que estaba sola en su casa y desconfiaba de los hombre que habían acudido a desalojarla por lo que, los agentes pidieron a Amparo que intentara hablar con ella.«Me dijeron: ‘Mire, a ver si puede echar una mano, porque no se fía’. Fui a explicarle que había un fuego y que teníamos que salir para que no le pasara nada», cuenta. La mujer, desorientada, llegó a confundirla con su hermana. Finalmente, fue atendida y trasladada en ambulancia.«No tengo palabras para explicar cómo nos han tratado, cómo han sido capaces de controlar todo esto. Han sido personas excepcionales» Amparo Vecina de Sartajada evacuadaTambién cuenta cómo se perdió un niño en el pabellón y al que buscaron durante horas mediante avisos por megafonía. «Son cosas que se quedan grabadas porque ves sufrir a la gente y quieres ayudar en lo que puedes», explica.A pesar de que ella misma había sido desalojada y atravesaba momentos de gran tensión, Amparo trató de animar a quienes tenía alrededor porque «había personas muy afectadas y yo les daba ánimo. Incluso me decían que cómo podía estar tan tranquila. Pero yo tengo esa energía y, si puedo servir para algo, pues lo hago», asegura.Y, aunque su vivienda en Sartajada no ha sufrido daños, Amparo no puede dejar de pensar en quienes no han tenido la misma suerte que ella. Tiene familia y amigos afectados en La Adrada, donde algunas viviendas han quedado destruidas, y no puede evitar su preocupación por aquellos que han perdido casi todo.Una copla para agradecer la ayudaAntes de abandonar el pabellón, los evacuados quisieron agradecer el trabajo de quienes les habían atendido. Amparo, que tiene una energía que sorprende a quienes la rodean, decidió cantar una copa pero «se estropeó el micrófono», cuenta entre risas. Aquel pequeño fallo arrancó sonrisas entre quiénes habían pasado unos días difíciles. «Son esas cositas que ayudan», afirma. Ahora, de vuelta en Sartajada, sigue pendiente del teléfono. Llama a vecinos y familiares, pregunta cómo están y trata de saber qué ocurre en las zonas más afectadas porque su tranquilidad de estar en casa convive con la preocupación por los demás.Mientras termina su desayuno y mueve las piernas para recuperar fuerzas, Amparo insiste en una idea: la gratitud. «No tengo palabras para explicar cómo nos han tratado, cómo han sido capaces de controlar todo esto. Han sido personas excepcionales».Después de cinco días fuera, pudo volver a disfrutar de su sofá, su rutina y sus pequeñas cosas. Todo aquello que parecía tan sencillo y que ahora tiene un valor enorme. «Estoy aquí», dice. Y en esa frase cabe el alivio de quien ha vuelto a casa. Amparo responde al teléfono de ABC desde su casa de Sartajada, una pequeña localidad de la comarca de la sierra de San Vicente, situada junto al Valle del Tiétar, zona donde fueron desalojados todos los municipios debido al humo por el incendio en Bugohondo (Ávila) . Está sentada en su sofá, desayunando después de una noche en la que, por fin, ha vuelto a dormir bajo su propio techo. Mientras habla, estira las piernas para evitar los dolores que le recuerdan que tiene 80 años. Lo hace tranquila. Con la serenidad de quien acaba de recuperar algo que durante días pareció incierto: volver a casa .« La sensación es de seguridad, de tranquilidad . Es como decir: estoy aquí, estoy segura, estoy en mi casa», cuenta. El pasado miércoles pudo regresar al municipio del que es vecina desde hace décadas, aunque nació en La Adrada (Ávila). Sartajada fue evacuado por el incendio y durante cinco días ella tuvo que dejar atrás su hogar.Cuando abrió la puerta al volver, lo primero que hizo fue conectar la luz, que había dejado desconectada por precaución, y sentarse en el sofá de la entrada. « Me senté y respiré fuerte, como llenándome de tranquilidad . Fue la sensación de que una vez más en la vida, a pesar de los años, podía seguir respirando».La historia de Amparo durante la emergencia no empieza con una evacuación, sino con un gesto de ayuda. La tarde del viernes esta octogenaria decidió desplazarse hasta la localidad vecina de Almendral de la Cañada , para prestar apoyo a las personas que lo necesitaban. «Fui a ayudar a la gente que venía de otros incendios a dormir. Les llevé medicinas, cositas para ayudar un poco», explica.Allí se organizaban para atender a quienes iban llegando. Recuerda que algunos vecinos llevaban agua, otros comida y otros simplemente ofrecían sus manos, como Amparo, que se ha dedicado toda su vida a dar masajes. Pero la situación cambió por completo cuando, una vez entrada la noche, comenzaron a caer pavesas encendidas.«No sabíamos ni lo que hacer. Se empezó a correr la voz de que había que salir del pueblo». Unos momentos que recuerda «de desconcierto», con familias intentando decidir qué coger y hacia dónde ir. Ella llevaba lo imprescindible: una manta, sus medicinas y algo de agua.El trayecto en coche hasta ponerse a salvo fue uno de los momentos que más miedo le produjo porque «no sabía si iba a poder salir de aquel camino», relata, mientras explica que las carreteras estaban complicadas y tuvo que avanzar por rutas alternativas hasta encontrar ayuda.Condujo en solitario hasta el pueblo más próximo, Navamorcuende , donde agotada y nerviosa, se detuvo en la primera casa que encontró para pedir ayuda. «Llamé y le dije al señor: «¿Me puede hacer un favor?». Fue súper amable y colaboró conmigo», recuerda.Allí pudo reencontrarse con su hijo y con otro vecino del pueblo., donde las autoridades les indicaron que dejaran los coches y subieran a un autobús. «Cogimos las cuatro cosas que llevábamos y nos fuimos sin saber muy bien adónde», cuenta.El conductor del autobús se convirtió para ella en uno de los rostros de la solidaridad que encontró durante aquellas horas. «Estuvo trabajando desde las nueve de la noche hasta las tres de la mañana con nosotros. Se levantó, cogió el autobús y empezó a hacer viajes a donde le mandaban. Tengo que darle las gracias», explica.Cinco días en un pabellón con 1.800 personasLa llegada de Amparo al pabellón ferial de Talavera marcó el inicio de una espera que se prolongó durante cinco días. Allí convivió con cientos de vecinos afectados por el incendio. «En mi pabellón éramos 1.800 personas. Había niños, mayores, gente en silla de ruedas…», relata emocionada. El fuego llegó hasta la vecina localidad de La Iglesuela, situada como Sartajada en la parte toledana del valle del Tiétar. CPEISUno de los primeros problemas fue adaptar las instalaciones a las necesidades de las personas mayores. Recuerda cómo llegaron las primeras noches y cómo los equipos de ayuda fueron reaccionando rápidamente. «Había camas que eran dobles y las personas mayores no podían subir. Enseguida vinieron y montaron camillas bajitas para que cada uno tuviera la suya».Para Amparo, la respuesta de voluntarios, servicios de emergencia y trabajadores fue excepcional. «No puedo ponerle pegas a nada. Me parece una labor importantísima». Destaca especialmente la rapidez con la que atendían cualquier necesidad. «Pedías algo y en dos minutos estaban allí».«Las caras de terror de las personas obligadas a abandonar sus casas no se me olvidarán jamás» Amparo Vecina de Sartajada evacuadaPero si hay una imagen que no olvidará jamás es la de los vecinos obligados a abandonar sus casas. «Las caras de terror de las personas se me han quedado grabadas».Recuerda especialmente a quienes se resistían a marcharse porque no querían dejar sus hogares, sobre todo, personas mayores que gritaban: «Yo me quedo aquí, yo me quedo en mi casa», mientras los guardias civiles intentaban convencerlos para que salieran. Pero hay que entenderlo, añade, cuando no sabes qué va a pasar, dónde vas a estar o cuándo vas a volver, se forma un caos enorme.Entre las escenas que vivió, hay una que todavía la conmueve especialmente. Una mujer muy mayor que estaba sola en su casa y desconfiaba de los hombre que habían acudido a desalojarla por lo que, los agentes pidieron a Amparo que intentara hablar con ella.«Me dijeron: ‘Mire, a ver si puede echar una mano, porque no se fía’. Fui a explicarle que había un fuego y que teníamos que salir para que no le pasara nada», cuenta. La mujer, desorientada, llegó a confundirla con su hermana. Finalmente, fue atendida y trasladada en ambulancia.«No tengo palabras para explicar cómo nos han tratado, cómo han sido capaces de controlar todo esto. Han sido personas excepcionales» Amparo Vecina de Sartajada evacuadaTambién cuenta cómo se perdió un niño en el pabellón y al que buscaron durante horas mediante avisos por megafonía. «Son cosas que se quedan grabadas porque ves sufrir a la gente y quieres ayudar en lo que puedes», explica.A pesar de que ella misma había sido desalojada y atravesaba momentos de gran tensión, Amparo trató de animar a quienes tenía alrededor porque «había personas muy afectadas y yo les daba ánimo. Incluso me decían que cómo podía estar tan tranquila. Pero yo tengo esa energía y, si puedo servir para algo, pues lo hago», asegura.Y, aunque su vivienda en Sartajada no ha sufrido daños, Amparo no puede dejar de pensar en quienes no han tenido la misma suerte que ella. Tiene familia y amigos afectados en La Adrada, donde algunas viviendas han quedado destruidas, y no puede evitar su preocupación por aquellos que han perdido casi todo.Una copla para agradecer la ayudaAntes de abandonar el pabellón, los evacuados quisieron agradecer el trabajo de quienes les habían atendido. Amparo, que tiene una energía que sorprende a quienes la rodean, decidió cantar una copa pero «se estropeó el micrófono», cuenta entre risas. Aquel pequeño fallo arrancó sonrisas entre quiénes habían pasado unos días difíciles. «Son esas cositas que ayudan», afirma. Ahora, de vuelta en Sartajada, sigue pendiente del teléfono. Llama a vecinos y familiares, pregunta cómo están y trata de saber qué ocurre en las zonas más afectadas porque su tranquilidad de estar en casa convive con la preocupación por los demás.Mientras termina su desayuno y mueve las piernas para recuperar fuerzas, Amparo insiste en una idea: la gratitud. «No tengo palabras para explicar cómo nos han tratado, cómo han sido capaces de controlar todo esto. Han sido personas excepcionales».Después de cinco días fuera, pudo volver a disfrutar de su sofá, su rutina y sus pequeñas cosas. Todo aquello que parecía tan sencillo y que ahora tiene un valor enorme. «Estoy aquí», dice. Y en esa frase cabe el alivio de quien ha vuelto a casa. RSS de noticias de espana
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