En el año 186 a.C., el Senado romano puso, mediante el ‘Senatus consultum de Bacchanalibus’ duras restricciones a las bacanales, unas fiestas en origen de carácter religioso y dedicadas a Baco, el dios del vino, la fertilidad, el éxtasis y la liberación. Había en esa decisión una preocupación moral, pero también política y un deseo de control por parte de quienes entonces gobernaban Roma.«Solo quien danza puede creer en la vida. Quien renuncia al movimiento renuncia a la libertad». Casi dos mil años después del decreto romano, Chevi Muraday y Juan Carlos Rubio , creadores de ‘ Bacanal ‘, han rescatado aquel episodio para plantear «una reflexión sobre la censura del deseo, el miedo al cuerpo y la pérdida de los rituales excesivos». Es la respuesta, desde el escenario, desde la danza y la palabra, «a un mundo de prohibiciones», según palabras del coreógrafo. La pregunta central de ‘Bacanal’ es, dicen sus creadores, «¿por qué aprendimos a temer al cuerpo y por qué se nos enseñó a vivir fragmentados, alejados del deseo y de la celebración de la vida?».’Bacanal’ se inspira lejanamente en ‘ Las Bacantes ‘, la tragedia de Eurípides escrita aproximadamente en el año 409 a. C. Cuenta el texto de Rubio un encuentro simbólico entre Dionisio y Baco –los nombres griego y romano del mismo dios– tras la prohibición, y su diálogo acerca de «la necesidad de recuperar la celebración de la vida», con las Bacantes como representantes de «una comunidad libre que encuentra en el cuerpo, la danza y el goce una forma de resistencia frente a la represión».Chevi Muraday es uno de los coreógrafos españoles más destacados de los últimos años. Premio Nacional de Danza en 2006, creó hace treinta años (se cumplirán en 2027) una compañía, Losdedae, que sigue presente en los escenarios. A Muraday le ha gustado romper los límites de la danza en sus espectáculos, y ha buscado en la palabra y la interpretación textual un añadido al movimiento. Marta Etura, Ernesto Alterio, Alberto Velasco, Aitana Sánchez-Gijón, Juana Acosta o Cayetana Guillén Cuervo son algunos de los actores que han colaborado anteriormente en sus proyectos.’Bacanal’ sigue esta línea, en la que la palabra se convierte en un bailarín más. «La vida tiene ritmo», dice Dionisio en un momento de la obra, y en este trabajo se vuelven a trenzar el verbo y el movimiento. Hay en la obra tintes de tragedia, especialmente cuando las Bacantes –las Ménades, nombre griego de las seguidoras de Dionisio– Ágave, Ino y Autónoe rememoran su olvidado pasado. Pero también hay humor, deslizado a través sobre todo de las palabras de Dionisio. El texto de Juan Carlos Rubio es más narrativo que activo , y es la coreografía de Muraday, a través no solo de los bailarines que conforman el coro, sino también de los actores –«quiero anunciar que hoy empiezo una carrera de bailarina», bromeaba tras la función Toni Acosta, que interpreta a la bacante Ágave–. El movimiento le otorga dinamismo y calidad al peculiar espectáculo, que se anunciaba «inmersivo» –se pidió a los espectadores, no se entendió bien para qué, que acudieran a la función vestidos de blanco, color que dominó las gradas del espectacular recinto–, pero la participación del público se limitó, aparentemente, a la lectura conjunta del ‘Manifiesto bacanal’, que entre otras cosas dice: «Hoy no eres espectador: eres cuerpo, coro, máscara. No has venido a mirar, sino a arder. Aquí no hay títulos, edades ni jerarquías. Tu cuerpo es tu voz. Muévete, respira, grita o calla, pero nunca permanezcas muerto. Acepta el exceso». Solo por haberle dado a Carlos Hipólito la oportunidad de pisar por primera vez el escenario del Teatro Romano de Mérida después de medio siglo de fabulosa trayectoria, habría merecido la pena poner en pie este espectáculo. Y es que da gusto escuchar y ver desenvolverse al actor madrileño, un auténtico rey Midas de la escena, que convierte en oro todo personaje que toca. La función, además, era especial, porque compartía escenario (por primera vez) con su mujer, Mapi Sagaseta –Corifeo–, y su hija, Elisa Hipólito, una de las bacantes «¿Cómo se te ocurre traer a tu familia a una bacanas?», bromearon con él tras la función, con una sonora carcajada como respuesta. Además de su familia, acompañan a Hipólito el propio Chevi Muraday, convincente como actor y notable como bailarín; Juana Acosta y Toni Acosta, las otras dos bacantes (ellas no son parientes, a pesar de la coincidencia del apellido). Ignasi Vidal firma la dirección de actores, y Mariano Marín la música original de un espectáculo que concluyó energéticamente, bajo las luces rojas y una música martilleante; el jamón ibérico ayudó seguramente a más de uno a mantener la energía. En el año 186 a.C., el Senado romano puso, mediante el ‘Senatus consultum de Bacchanalibus’ duras restricciones a las bacanales, unas fiestas en origen de carácter religioso y dedicadas a Baco, el dios del vino, la fertilidad, el éxtasis y la liberación. Había en esa decisión una preocupación moral, pero también política y un deseo de control por parte de quienes entonces gobernaban Roma.«Solo quien danza puede creer en la vida. Quien renuncia al movimiento renuncia a la libertad». Casi dos mil años después del decreto romano, Chevi Muraday y Juan Carlos Rubio , creadores de ‘ Bacanal ‘, han rescatado aquel episodio para plantear «una reflexión sobre la censura del deseo, el miedo al cuerpo y la pérdida de los rituales excesivos». Es la respuesta, desde el escenario, desde la danza y la palabra, «a un mundo de prohibiciones», según palabras del coreógrafo. La pregunta central de ‘Bacanal’ es, dicen sus creadores, «¿por qué aprendimos a temer al cuerpo y por qué se nos enseñó a vivir fragmentados, alejados del deseo y de la celebración de la vida?».’Bacanal’ se inspira lejanamente en ‘ Las Bacantes ‘, la tragedia de Eurípides escrita aproximadamente en el año 409 a. C. Cuenta el texto de Rubio un encuentro simbólico entre Dionisio y Baco –los nombres griego y romano del mismo dios– tras la prohibición, y su diálogo acerca de «la necesidad de recuperar la celebración de la vida», con las Bacantes como representantes de «una comunidad libre que encuentra en el cuerpo, la danza y el goce una forma de resistencia frente a la represión».Chevi Muraday es uno de los coreógrafos españoles más destacados de los últimos años. Premio Nacional de Danza en 2006, creó hace treinta años (se cumplirán en 2027) una compañía, Losdedae, que sigue presente en los escenarios. A Muraday le ha gustado romper los límites de la danza en sus espectáculos, y ha buscado en la palabra y la interpretación textual un añadido al movimiento. Marta Etura, Ernesto Alterio, Alberto Velasco, Aitana Sánchez-Gijón, Juana Acosta o Cayetana Guillén Cuervo son algunos de los actores que han colaborado anteriormente en sus proyectos.’Bacanal’ sigue esta línea, en la que la palabra se convierte en un bailarín más. «La vida tiene ritmo», dice Dionisio en un momento de la obra, y en este trabajo se vuelven a trenzar el verbo y el movimiento. Hay en la obra tintes de tragedia, especialmente cuando las Bacantes –las Ménades, nombre griego de las seguidoras de Dionisio– Ágave, Ino y Autónoe rememoran su olvidado pasado. Pero también hay humor, deslizado a través sobre todo de las palabras de Dionisio. El texto de Juan Carlos Rubio es más narrativo que activo , y es la coreografía de Muraday, a través no solo de los bailarines que conforman el coro, sino también de los actores –«quiero anunciar que hoy empiezo una carrera de bailarina», bromeaba tras la función Toni Acosta, que interpreta a la bacante Ágave–. El movimiento le otorga dinamismo y calidad al peculiar espectáculo, que se anunciaba «inmersivo» –se pidió a los espectadores, no se entendió bien para qué, que acudieran a la función vestidos de blanco, color que dominó las gradas del espectacular recinto–, pero la participación del público se limitó, aparentemente, a la lectura conjunta del ‘Manifiesto bacanal’, que entre otras cosas dice: «Hoy no eres espectador: eres cuerpo, coro, máscara. No has venido a mirar, sino a arder. Aquí no hay títulos, edades ni jerarquías. Tu cuerpo es tu voz. Muévete, respira, grita o calla, pero nunca permanezcas muerto. Acepta el exceso». Solo por haberle dado a Carlos Hipólito la oportunidad de pisar por primera vez el escenario del Teatro Romano de Mérida después de medio siglo de fabulosa trayectoria, habría merecido la pena poner en pie este espectáculo. Y es que da gusto escuchar y ver desenvolverse al actor madrileño, un auténtico rey Midas de la escena, que convierte en oro todo personaje que toca. La función, además, era especial, porque compartía escenario (por primera vez) con su mujer, Mapi Sagaseta –Corifeo–, y su hija, Elisa Hipólito, una de las bacantes «¿Cómo se te ocurre traer a tu familia a una bacanas?», bromearon con él tras la función, con una sonora carcajada como respuesta. Además de su familia, acompañan a Hipólito el propio Chevi Muraday, convincente como actor y notable como bailarín; Juana Acosta y Toni Acosta, las otras dos bacantes (ellas no son parientes, a pesar de la coincidencia del apellido). Ignasi Vidal firma la dirección de actores, y Mariano Marín la música original de un espectáculo que concluyó energéticamente, bajo las luces rojas y una música martilleante; el jamón ibérico ayudó seguramente a más de uno a mantener la energía. En el año 186 a.C., el Senado romano puso, mediante el ‘Senatus consultum de Bacchanalibus’ duras restricciones a las bacanales, unas fiestas en origen de carácter religioso y dedicadas a Baco, el dios del vino, la fertilidad, el éxtasis y la liberación. Había en esa decisión una preocupación moral, pero también política y un deseo de control por parte de quienes entonces gobernaban Roma.«Solo quien danza puede creer en la vida. Quien renuncia al movimiento renuncia a la libertad». Casi dos mil años después del decreto romano, Chevi Muraday y Juan Carlos Rubio , creadores de ‘ Bacanal ‘, han rescatado aquel episodio para plantear «una reflexión sobre la censura del deseo, el miedo al cuerpo y la pérdida de los rituales excesivos». Es la respuesta, desde el escenario, desde la danza y la palabra, «a un mundo de prohibiciones», según palabras del coreógrafo. La pregunta central de ‘Bacanal’ es, dicen sus creadores, «¿por qué aprendimos a temer al cuerpo y por qué se nos enseñó a vivir fragmentados, alejados del deseo y de la celebración de la vida?».’Bacanal’ se inspira lejanamente en ‘ Las Bacantes ‘, la tragedia de Eurípides escrita aproximadamente en el año 409 a. C. Cuenta el texto de Rubio un encuentro simbólico entre Dionisio y Baco –los nombres griego y romano del mismo dios– tras la prohibición, y su diálogo acerca de «la necesidad de recuperar la celebración de la vida», con las Bacantes como representantes de «una comunidad libre que encuentra en el cuerpo, la danza y el goce una forma de resistencia frente a la represión».Chevi Muraday es uno de los coreógrafos españoles más destacados de los últimos años. Premio Nacional de Danza en 2006, creó hace treinta años (se cumplirán en 2027) una compañía, Losdedae, que sigue presente en los escenarios. A Muraday le ha gustado romper los límites de la danza en sus espectáculos, y ha buscado en la palabra y la interpretación textual un añadido al movimiento. Marta Etura, Ernesto Alterio, Alberto Velasco, Aitana Sánchez-Gijón, Juana Acosta o Cayetana Guillén Cuervo son algunos de los actores que han colaborado anteriormente en sus proyectos.’Bacanal’ sigue esta línea, en la que la palabra se convierte en un bailarín más. «La vida tiene ritmo», dice Dionisio en un momento de la obra, y en este trabajo se vuelven a trenzar el verbo y el movimiento. Hay en la obra tintes de tragedia, especialmente cuando las Bacantes –las Ménades, nombre griego de las seguidoras de Dionisio– Ágave, Ino y Autónoe rememoran su olvidado pasado. Pero también hay humor, deslizado a través sobre todo de las palabras de Dionisio. El texto de Juan Carlos Rubio es más narrativo que activo , y es la coreografía de Muraday, a través no solo de los bailarines que conforman el coro, sino también de los actores –«quiero anunciar que hoy empiezo una carrera de bailarina», bromeaba tras la función Toni Acosta, que interpreta a la bacante Ágave–. El movimiento le otorga dinamismo y calidad al peculiar espectáculo, que se anunciaba «inmersivo» –se pidió a los espectadores, no se entendió bien para qué, que acudieran a la función vestidos de blanco, color que dominó las gradas del espectacular recinto–, pero la participación del público se limitó, aparentemente, a la lectura conjunta del ‘Manifiesto bacanal’, que entre otras cosas dice: «Hoy no eres espectador: eres cuerpo, coro, máscara. No has venido a mirar, sino a arder. Aquí no hay títulos, edades ni jerarquías. Tu cuerpo es tu voz. Muévete, respira, grita o calla, pero nunca permanezcas muerto. Acepta el exceso». Solo por haberle dado a Carlos Hipólito la oportunidad de pisar por primera vez el escenario del Teatro Romano de Mérida después de medio siglo de fabulosa trayectoria, habría merecido la pena poner en pie este espectáculo. Y es que da gusto escuchar y ver desenvolverse al actor madrileño, un auténtico rey Midas de la escena, que convierte en oro todo personaje que toca. La función, además, era especial, porque compartía escenario (por primera vez) con su mujer, Mapi Sagaseta –Corifeo–, y su hija, Elisa Hipólito, una de las bacantes «¿Cómo se te ocurre traer a tu familia a una bacanas?», bromearon con él tras la función, con una sonora carcajada como respuesta. Además de su familia, acompañan a Hipólito el propio Chevi Muraday, convincente como actor y notable como bailarín; Juana Acosta y Toni Acosta, las otras dos bacantes (ellas no son parientes, a pesar de la coincidencia del apellido). Ignasi Vidal firma la dirección de actores, y Mariano Marín la música original de un espectáculo que concluyó energéticamente, bajo las luces rojas y una música martilleante; el jamón ibérico ayudó seguramente a más de uno a mantener la energía. RSS de noticias de cultura
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