Íñigo vive. A los once meses es lo único que sabe hace hacer. Descubre el mundo, celebra con risa la sorpresa de lo nuevo, que para él es todo, se alimenta, gana peso, recibe el amor en la piel y en los oídos por las palabras dulces de sus padres y de sus hermanos y habrá empezado a aprender lo que puede hacer con cada parte de su cuerpo tierno. Íñigo vive porque vivir es lo que sucede cuando el oxígeno entra en los pulmones y el que ha permanecido nueve meses en el útero de la madre, aunque haya sido con la extrema dificultad de crecer sin riñones ni líquido amniótico, sale a un mundo en el que el cariño de los suyos, la determinación de los médicos y su propio instinto humano de aferrarse a la existencia pueden más que todos los problemas.Su historia es también aquella que contaba la antropóloga Margaret Mead , que señaló el inicio de la civilización en los restos de un fémur roto que luego habían sanado. Ya no era el animal que al no poder caminar quedaba a merced de la inanición o de las fieras, sino un semejante al que se cuidaba para que pudiera seguir adelante. El prójimo. Íñigo no sabe todavía que el mundo es para él mucho más duro que para los niños que nacieron el mismo día, que tiene que pasar más de la mitad del tiempo en diálisis y conectado al oxígeno, pero él, que no ha conocido otra cosa, ríe y vive con los suyos. En Córdoba, la ciudad en la que tendrá que vivir con su familia, rezan, rezamos, para que llegue el día en que pueda recibir un riñón con el que empezar una vida nueva y mejor, aunque él ponga buena cara a la que ya tiene, pero habrá que contar muchas veces, a él y al resto del mundo, la historia de los padres que se rebelaron con cabeza contra el peor diagnóstico porque sabían que la esperanza obliga a no rendirse, y de los médicos del hospital La Paz que después de informarles de todos los riesgos se volcaron con Íñigo como si el suyo fuese el último hálito de vida del mundo o quizá porque sabían que en el mundo Dios no hizo dos vidas iguales y hay que pelear por todas. Íñigo vive. A los once meses es lo único que sabe hace hacer. Descubre el mundo, celebra con risa la sorpresa de lo nuevo, que para él es todo, se alimenta, gana peso, recibe el amor en la piel y en los oídos por las palabras dulces de sus padres y de sus hermanos y habrá empezado a aprender lo que puede hacer con cada parte de su cuerpo tierno. Íñigo vive porque vivir es lo que sucede cuando el oxígeno entra en los pulmones y el que ha permanecido nueve meses en el útero de la madre, aunque haya sido con la extrema dificultad de crecer sin riñones ni líquido amniótico, sale a un mundo en el que el cariño de los suyos, la determinación de los médicos y su propio instinto humano de aferrarse a la existencia pueden más que todos los problemas.Su historia es también aquella que contaba la antropóloga Margaret Mead , que señaló el inicio de la civilización en los restos de un fémur roto que luego habían sanado. Ya no era el animal que al no poder caminar quedaba a merced de la inanición o de las fieras, sino un semejante al que se cuidaba para que pudiera seguir adelante. El prójimo. Íñigo no sabe todavía que el mundo es para él mucho más duro que para los niños que nacieron el mismo día, que tiene que pasar más de la mitad del tiempo en diálisis y conectado al oxígeno, pero él, que no ha conocido otra cosa, ríe y vive con los suyos. En Córdoba, la ciudad en la que tendrá que vivir con su familia, rezan, rezamos, para que llegue el día en que pueda recibir un riñón con el que empezar una vida nueva y mejor, aunque él ponga buena cara a la que ya tiene, pero habrá que contar muchas veces, a él y al resto del mundo, la historia de los padres que se rebelaron con cabeza contra el peor diagnóstico porque sabían que la esperanza obliga a no rendirse, y de los médicos del hospital La Paz que después de informarles de todos los riesgos se volcaron con Íñigo como si el suyo fuese el último hálito de vida del mundo o quizá porque sabían que en el mundo Dios no hizo dos vidas iguales y hay que pelear por todas. Íñigo vive. A los once meses es lo único que sabe hace hacer. Descubre el mundo, celebra con risa la sorpresa de lo nuevo, que para él es todo, se alimenta, gana peso, recibe el amor en la piel y en los oídos por las palabras dulces de sus padres y de sus hermanos y habrá empezado a aprender lo que puede hacer con cada parte de su cuerpo tierno. Íñigo vive porque vivir es lo que sucede cuando el oxígeno entra en los pulmones y el que ha permanecido nueve meses en el útero de la madre, aunque haya sido con la extrema dificultad de crecer sin riñones ni líquido amniótico, sale a un mundo en el que el cariño de los suyos, la determinación de los médicos y su propio instinto humano de aferrarse a la existencia pueden más que todos los problemas.Su historia es también aquella que contaba la antropóloga Margaret Mead , que señaló el inicio de la civilización en los restos de un fémur roto que luego habían sanado. Ya no era el animal que al no poder caminar quedaba a merced de la inanición o de las fieras, sino un semejante al que se cuidaba para que pudiera seguir adelante. El prójimo. Íñigo no sabe todavía que el mundo es para él mucho más duro que para los niños que nacieron el mismo día, que tiene que pasar más de la mitad del tiempo en diálisis y conectado al oxígeno, pero él, que no ha conocido otra cosa, ríe y vive con los suyos. En Córdoba, la ciudad en la que tendrá que vivir con su familia, rezan, rezamos, para que llegue el día en que pueda recibir un riñón con el que empezar una vida nueva y mejor, aunque él ponga buena cara a la que ya tiene, pero habrá que contar muchas veces, a él y al resto del mundo, la historia de los padres que se rebelaron con cabeza contra el peor diagnóstico porque sabían que la esperanza obliga a no rendirse, y de los médicos del hospital La Paz que después de informarles de todos los riesgos se volcaron con Íñigo como si el suyo fuese el último hálito de vida del mundo o quizá porque sabían que en el mundo Dios no hizo dos vidas iguales y hay que pelear por todas. RSS de noticias de espana/andalucia
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