Se dice a menudo que el público taurino del Norte es frío, o que carece de la sensibilidad que se respira en Sevilla o El Puerto. Mentira. Cuando el toreo tiene rotundidad, penetra en los poros de cualquier aficionado, sea cual sea su confín. El público asturiano demostró este sábado, en el tercer festejo de la Feria de Begoña, una sensibilidad exquisita para calibrar, paladear y crujir con el arte excelso de la escuela sevillana.El otro tópico derribado es el que cataloga a los toreros artistas como irregulares o dependientes del «estado de gracia». Otra falacia. Todo depende de la materia prima. Cuando el toro embiste, el duende no falta. Que se lo digan a Morante y a Aguado.Morante de la Puebla cortó dos orejas del primero tras una faena deslumbrante, que contó con tres series de gran entidad, las tres primeras, dos con la mano derecha y una con la mano zurda en las que, con la figura erguida y relajada, redujo la embestida del animal. Extraordinario al natural. Perdió el toro fuelle en las dos últimas, donde Morante acompañó con gracia la media arrancada.Lo más importante, sin embargo, llegó en el cuarto, un toro al que había que llegarle mucho y del que había que tirar. El genio lo hizo sin zapatillazos y sin toques bruscos; invitó con suavidad al animal a tomar el engaño, empujándolo hacia adelante con una despaciosidad asombrosa. El público, expectante al principio, acabó rompiendo después de un redondo que terminó siendo circular, y se levantó de sus localidades. Pinchó en una ocasión, sonó un aviso después de la estocada, y aún así hubo quien demandó trofeo para él.La faena de Aguado estuvo revestida de adornos de exquisita torería e incluso llegaron a pedirle el raboHizo Aguado dos quites en uno al tercero y ahí empezó a marcar el sino de su tarde; primero por acompasadas chicuelinas, y luego, después de la media y la larga, improvisó varios lances a una mano, girando en redondo y llevando cosida la embestida del animal, antes de echársela por delante en una templadísima brionesa. Una delicia. El inicio de faena fue el preludio de lo que iba a ser la obra: grande. De rodillas, por ayudados por alto. Después se sucedieron las series con la elegancia y la naturalidad con la que interpreta el toreo el sevillano. Erguida la figura, serena la expresión, con una total ausencia de crispación. Estuvo además revestida con adornos de exquisita torería. Cerró por manoletinas y con una excelente estocada, tras la que se concedieron al unísono las dos orejas. Incluso hubo quien siguió pidiendo el rabo.Al sexto, un toro noble pero que tardeó en sus embestidas, Pablo Aguado le puso el tacto necesario, pero también le imprimió la fibra y el carácter que el guiso requería para transmitir al tendido, y sumó una oreja más.Feria de Gijón Plaza de toros del Bibio Sábado, 15 de agosto de 2026. Tercer festejo de la Feria de Begoña. Lleno. Toros de Núñez del Cuvillo, de excelentes hechuras y notable juego en términos generales. Destacaron 1º y 3º. Mas deslucido el 5º. Morante de la Puebla, de nazareno y azabache: gran estocada (dos orejas); pinchazo y estocada (ovación tras aviso). Sale a hombros. José María Manzanares, de azul azafata y oro: pinchazo y estocada (ovación tras aviso); dos pinchazos, estocada y descabello (ovación tras aviso) Pablo Aguado, de frambuesa y oro: estocada (dos orejas); estocada (oreja). Sale a hombros.La cruz de la moneda de Cuvillo se la llevó José María Manzanares. Sorteó el peor lote del encierro, pero fue ovacionado con justicia en ambos turnos. En su primero dejó destellos de su clase y consiguió dar forma al trasteo a pesar de las claudicaciones del animal. Tuvo la oreja en la mano, pero pinchó en la suerte de recibir y el toro tardó en caer tras la estocada definitiva. El quinto fue un astado más bruto en sus ademanes. Manzanares hizo un esfuerzo sincero que el público de El Bibio supo reconocer. Se dice a menudo que el público taurino del Norte es frío, o que carece de la sensibilidad que se respira en Sevilla o El Puerto. Mentira. Cuando el toreo tiene rotundidad, penetra en los poros de cualquier aficionado, sea cual sea su confín. El público asturiano demostró este sábado, en el tercer festejo de la Feria de Begoña, una sensibilidad exquisita para calibrar, paladear y crujir con el arte excelso de la escuela sevillana.El otro tópico derribado es el que cataloga a los toreros artistas como irregulares o dependientes del «estado de gracia». Otra falacia. Todo depende de la materia prima. Cuando el toro embiste, el duende no falta. Que se lo digan a Morante y a Aguado.Morante de la Puebla cortó dos orejas del primero tras una faena deslumbrante, que contó con tres series de gran entidad, las tres primeras, dos con la mano derecha y una con la mano zurda en las que, con la figura erguida y relajada, redujo la embestida del animal. Extraordinario al natural. Perdió el toro fuelle en las dos últimas, donde Morante acompañó con gracia la media arrancada.Lo más importante, sin embargo, llegó en el cuarto, un toro al que había que llegarle mucho y del que había que tirar. El genio lo hizo sin zapatillazos y sin toques bruscos; invitó con suavidad al animal a tomar el engaño, empujándolo hacia adelante con una despaciosidad asombrosa. El público, expectante al principio, acabó rompiendo después de un redondo que terminó siendo circular, y se levantó de sus localidades. Pinchó en una ocasión, sonó un aviso después de la estocada, y aún así hubo quien demandó trofeo para él.La faena de Aguado estuvo revestida de adornos de exquisita torería e incluso llegaron a pedirle el raboHizo Aguado dos quites en uno al tercero y ahí empezó a marcar el sino de su tarde; primero por acompasadas chicuelinas, y luego, después de la media y la larga, improvisó varios lances a una mano, girando en redondo y llevando cosida la embestida del animal, antes de echársela por delante en una templadísima brionesa. Una delicia. El inicio de faena fue el preludio de lo que iba a ser la obra: grande. De rodillas, por ayudados por alto. Después se sucedieron las series con la elegancia y la naturalidad con la que interpreta el toreo el sevillano. Erguida la figura, serena la expresión, con una total ausencia de crispación. Estuvo además revestida con adornos de exquisita torería. Cerró por manoletinas y con una excelente estocada, tras la que se concedieron al unísono las dos orejas. Incluso hubo quien siguió pidiendo el rabo.Al sexto, un toro noble pero que tardeó en sus embestidas, Pablo Aguado le puso el tacto necesario, pero también le imprimió la fibra y el carácter que el guiso requería para transmitir al tendido, y sumó una oreja más.Feria de Gijón Plaza de toros del Bibio Sábado, 15 de agosto de 2026. Tercer festejo de la Feria de Begoña. Lleno. Toros de Núñez del Cuvillo, de excelentes hechuras y notable juego en términos generales. Destacaron 1º y 3º. Mas deslucido el 5º. Morante de la Puebla, de nazareno y azabache: gran estocada (dos orejas); pinchazo y estocada (ovación tras aviso). Sale a hombros. José María Manzanares, de azul azafata y oro: pinchazo y estocada (ovación tras aviso); dos pinchazos, estocada y descabello (ovación tras aviso) Pablo Aguado, de frambuesa y oro: estocada (dos orejas); estocada (oreja). Sale a hombros.La cruz de la moneda de Cuvillo se la llevó José María Manzanares. Sorteó el peor lote del encierro, pero fue ovacionado con justicia en ambos turnos. En su primero dejó destellos de su clase y consiguió dar forma al trasteo a pesar de las claudicaciones del animal. Tuvo la oreja en la mano, pero pinchó en la suerte de recibir y el toro tardó en caer tras la estocada definitiva. El quinto fue un astado más bruto en sus ademanes. Manzanares hizo un esfuerzo sincero que el público de El Bibio supo reconocer. Se dice a menudo que el público taurino del Norte es frío, o que carece de la sensibilidad que se respira en Sevilla o El Puerto. Mentira. Cuando el toreo tiene rotundidad, penetra en los poros de cualquier aficionado, sea cual sea su confín. El público asturiano demostró este sábado, en el tercer festejo de la Feria de Begoña, una sensibilidad exquisita para calibrar, paladear y crujir con el arte excelso de la escuela sevillana.El otro tópico derribado es el que cataloga a los toreros artistas como irregulares o dependientes del «estado de gracia». Otra falacia. Todo depende de la materia prima. Cuando el toro embiste, el duende no falta. Que se lo digan a Morante y a Aguado.Morante de la Puebla cortó dos orejas del primero tras una faena deslumbrante, que contó con tres series de gran entidad, las tres primeras, dos con la mano derecha y una con la mano zurda en las que, con la figura erguida y relajada, redujo la embestida del animal. Extraordinario al natural. Perdió el toro fuelle en las dos últimas, donde Morante acompañó con gracia la media arrancada.Lo más importante, sin embargo, llegó en el cuarto, un toro al que había que llegarle mucho y del que había que tirar. El genio lo hizo sin zapatillazos y sin toques bruscos; invitó con suavidad al animal a tomar el engaño, empujándolo hacia adelante con una despaciosidad asombrosa. El público, expectante al principio, acabó rompiendo después de un redondo que terminó siendo circular, y se levantó de sus localidades. Pinchó en una ocasión, sonó un aviso después de la estocada, y aún así hubo quien demandó trofeo para él.La faena de Aguado estuvo revestida de adornos de exquisita torería e incluso llegaron a pedirle el raboHizo Aguado dos quites en uno al tercero y ahí empezó a marcar el sino de su tarde; primero por acompasadas chicuelinas, y luego, después de la media y la larga, improvisó varios lances a una mano, girando en redondo y llevando cosida la embestida del animal, antes de echársela por delante en una templadísima brionesa. Una delicia. El inicio de faena fue el preludio de lo que iba a ser la obra: grande. De rodillas, por ayudados por alto. Después se sucedieron las series con la elegancia y la naturalidad con la que interpreta el toreo el sevillano. Erguida la figura, serena la expresión, con una total ausencia de crispación. Estuvo además revestida con adornos de exquisita torería. Cerró por manoletinas y con una excelente estocada, tras la que se concedieron al unísono las dos orejas. Incluso hubo quien siguió pidiendo el rabo.Al sexto, un toro noble pero que tardeó en sus embestidas, Pablo Aguado le puso el tacto necesario, pero también le imprimió la fibra y el carácter que el guiso requería para transmitir al tendido, y sumó una oreja más.Feria de Gijón Plaza de toros del Bibio Sábado, 15 de agosto de 2026. Tercer festejo de la Feria de Begoña. Lleno. Toros de Núñez del Cuvillo, de excelentes hechuras y notable juego en términos generales. Destacaron 1º y 3º. Mas deslucido el 5º. Morante de la Puebla, de nazareno y azabache: gran estocada (dos orejas); pinchazo y estocada (ovación tras aviso). Sale a hombros. José María Manzanares, de azul azafata y oro: pinchazo y estocada (ovación tras aviso); dos pinchazos, estocada y descabello (ovación tras aviso) Pablo Aguado, de frambuesa y oro: estocada (dos orejas); estocada (oreja). Sale a hombros.La cruz de la moneda de Cuvillo se la llevó José María Manzanares. Sorteó el peor lote del encierro, pero fue ovacionado con justicia en ambos turnos. En su primero dejó destellos de su clase y consiguió dar forma al trasteo a pesar de las claudicaciones del animal. Tuvo la oreja en la mano, pero pinchó en la suerte de recibir y el toro tardó en caer tras la estocada definitiva. El quinto fue un astado más bruto en sus ademanes. Manzanares hizo un esfuerzo sincero que el público de El Bibio supo reconocer. RSS de noticias de cultura
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