Mi hija menor, con apenas quince años, ha pasado dos semanas en Nueva York, haciendo unas prácticas en el periódico más importante de esa ciudad. Yo comencé mi carrera como periodista también a los quince años, en un diario conservador de Lima, del que fui reportero y columnista, y al que contribuí a hundir en la bancarrota, tres años después de que me contratase. ¿Será periodista mi hija menor? ¿Desea seguir los pasos erráticos de su padre? ¿Aspira a los rigores de la vida pública que se me impusieron azarosamente cuando empecé mi andadura como periodista de televisión a los dieciocho años, tras quebrar el diario? No lo sé. Pero siento un discreto orgullo de que, a diferencia de sus dos hermanas mayores, que han hecho su mejor esfuerzo para distanciarse de mí, para no parecerse a mí, ella, mi hija menor, lectora infatigable, vea con curiosidad la vida afiebrada de un periódico, y de ese periódico en particular, el New York Times, que leo todas las tardes a la antigua, en papel impreso, manchándome los dedos.A pesar de que una de sus hermanas vive en Brooklyn, mi hija menor ha estado tan atareada, tan llena de compromisos, paseos y aventuras, que ha preferido no verla. Son hermanas, pero no tanto. Son hermanas porque soy el padre de ambas, pero tienen distintas madres, unas madres que nunca fueron amigas y alguna vez fueron enemigas. Mi hija menor dormía en el campus de una universidad de Nueva York, acompañada por una amiga que también fue admitida como practicante del periódico. Me escribía un correo electrónico por la mañana, desayunando, y otro por la noche, antes de dormir. No me llamaba por teléfono porque sabe que no hablo por teléfono y solo uso el correo para emitir señales vacilantes de que todavía estoy vivo. En esos correos me llamaba Barclays, mi alter ego literario, y firmaba, risueña, «tu hija favorita».Yo no pude vivir con mis dos hijas mayores cuando eran niñas. Su madre y yo nos divorciamos y las tres se marcharon lejos de mí. Las veía, sin embargo, todos los meses. Pero no pudimos ser una familia feliz, mis dos hijas, su madre y yo, viviendo en la misma casa, viajando juntos. Yo era el padre que vivía lejos y llegaba todos los meses con regalos. Era el padre ausente, el padre raro, el padre famoso, de mala reputación. Mis hijas se acostumbraron a verme de vez en cuando y a viajar con su madre. Yo estaba fuera de la foto familiar, aunque esporádicamente me asomaba con regalos. Si bien me hallaba lejos, en una isla a seis horas en avión, no dejé de pagar todos sus gastos, los ineludibles y también los superfluos, que desde luego eran los que ellas más disfrutaban.Sin embargo, los dioses me concedieron la fortuna de volver a casarme y, esta vez sí, vivir felizmente con mi esposa y nuestra hija. Hemos vivido juntos, en la misma casa, en la misma isla, desde que me casé y nació nuestra hija. Tras fracasar en mi primera tentativa como esposo y padre de familia, pensé que esa forma de felicidad predecible, sosegada, plácida, burguesa me estaría vedada. Por suerte, llevo quince años comprobando que podía redimirme de aquella frustración y que, si he dormido bien, y ahora duermo mejor que nunca, puedo ser un esposo paciente, un padre risueño y un hombre razonablemente contento. El amor a mi esposa me exige paciencia, humildad, sumisión. El amor a mi hija menor es una celebración del humor, ella haciéndome bromas, tomándome el pelo, burlándose de mí. A mis hijas mayores las veo de vez en cuando, como las veía cuando eran niñas. Mentiría si dijera que sigo viéndolas todos los meses. Nos vemos, con suerte, dos veces al año. Mi hija mayor nació en Washington, es abogada y trabaja en esa ciudad. Estoy muy orgulloso de ella. Sé que me quiere, pero también que no lleva prisa por verme, que me prefiere lejos, que me ve como un padre peligroso que no sabe guardar secretos y lo cuenta todo. Mi segunda hija nació en Miami, es experta en empresas tecnológicas, se ha casado con un abogado y viven en Brooklyn. Viajan a menudo, se dan la gran vida, se quieren mucho. Estoy muy orgulloso de ella, pero no nos vemos con la frecuencia que yo quisiera, tal vez porque ella se aburre viniendo a la isla donde vivo, quizás porque, a mi edad, me da pereza viajar tan a menudo.Lo que más distingue a mi hija menor, estudiante sobresaliente del colegio privado más prestigioso de la ciudad, es su memoria formidable y su poderosa elocuencia. Brilla en las competencias de debates entre escuelas. Cuando habla, sobre todo cuando habla en público, cuando exhibe su memoria y su locuacidad, vuela alto. Habla perfectamente en inglés y en español, y bien en francés. Cuando cumplió quince años, me pidió ir a París. Mi exesposa habla francés perfectamente y se ha pasado la vida teniendo novios franceses antes de mí, después de mí y tal vez simultáneamente a mí. Yo no hablo ni papa de francés y por eso no me entero. También se distingue mi hija menor cuando escribe. Lo hace a menudo, aunque no siempre me deja leer sus textos. No sé si será escritora, periodista, actriz, cineasta. Probablemente ella tampoco lo sabe todavía. Espero que me alcance la vida para verla florecer.La otra tarde mi esposa me pidió que comprásemos entradas para ver el partido por la medalla de bronce del mundial de fútbol, a disputarse en un estadio a media hora en auto desde nuestra casa en la isla. A pesar de que los boletos eran caros, los compré y no me arrepentí. No contenta con eso, tan apasionada por el fútbol como yo, cuando se confirmó que los españoles y los argentinos jugarían la final del mundial en un estadio cercano a Nueva York, mi esposa me alentó obsesivamente, poseída por una fiebre sin remedio, temblando de ansiedad e ilusión, para que, venciendo mis cálculos de contador cicatero, y de esposo perezoso, comprase otros tres boletos para ver la final del mundial en el estadio a media hora de Nueva York. Confieso que no fue fácil subordinarme a ella, complacer sus sueños extravagantes, rendirme por amor y escribir, dubitativo, los números de mi tarjeta de crédito en la página de la FIFA. Lo hice no solo porque amo a mi esposa, sino también porque, cuando debo tomar una decisión pesada, importante, procuro recordar que no me va quedando ya mucha vida, que he vivido sesenta y un años no siempre saludables, a menudo intoxicándome, caminando al filo de la cornisa, y que, con suerte, exagerando, me quedarán ocho o diez años de buena vida, no más. Entonces pensé: si muero en ocho años, ¿debo viajar a Nueva York para ver la final del mundial de fútbol entre los argentinos y los españoles, nada menos que la despedida de Messi de los mundiales? No lo dudé más. Por amor a la Argentina, y a Messi, y también por afecto y gratitud a España, que tantos libros me ha publicado, pagué las entradas, reservé los vuelos y encontré un hotel con piscina para darnos un chapuzón después del partido.Mi hija menor nos espera en Nueva York, tras dos semanas sin verla. El domingo temprano volaremos a esa ciudad, nos reuniremos con ella y, sin demora, conduciremos al estadio. No vestiremos camisetas argentinas ni españolas. Aplaudiremos el buen fútbol y celebraremos los goles, todos los goles, ojalá haya muchos, sería lindo que hubiera seis goles como en la final del mundial anterior. Aquella batalla la vi a solas, en un hotel de Buenos Aires, alentando como un loco a los argentinos. Ahora quería quedarme en casa, en la isla, hundido en mi sillón reclinable, refrescado por el aire acondicionado, pero el destino, quiero decir el amor, quiero decir mi esposa y mi hija, me llevarán a Nueva York, al estadio, para gozar y sufrir la final del mundial. España llegará en condición de favorita, tras ganarles a los franceses un partido asombroso. Solo le han anotado un gol y parece imbatible. Pero que nadie dé por vencida a la heroica Argentina de Messi. Sí, durante el mundial ha demostrado ser vulnerable, pero, precisamente porque se sabe imperfecta, es capaz de recuperarse de sus derrotas pasajeras, reencontrar su antigua grandeza, encomendarse al dios Messi, el hacedor de la lluvia, y, jugando al caos organizado, a la pasión pura, al sueño todavía invicto, prevalecer en unas contiendas épicas que parecían perdidas. Aplaudiré de pie los goles españoles, pero gritaré con euforia los goles argentinos y lloraré cantando: O juremos con gloria morir. Mi hija menor, con apenas quince años, ha pasado dos semanas en Nueva York, haciendo unas prácticas en el periódico más importante de esa ciudad. Yo comencé mi carrera como periodista también a los quince años, en un diario conservador de Lima, del que fui reportero y columnista, y al que contribuí a hundir en la bancarrota, tres años después de que me contratase. ¿Será periodista mi hija menor? ¿Desea seguir los pasos erráticos de su padre? ¿Aspira a los rigores de la vida pública que se me impusieron azarosamente cuando empecé mi andadura como periodista de televisión a los dieciocho años, tras quebrar el diario? No lo sé. Pero siento un discreto orgullo de que, a diferencia de sus dos hermanas mayores, que han hecho su mejor esfuerzo para distanciarse de mí, para no parecerse a mí, ella, mi hija menor, lectora infatigable, vea con curiosidad la vida afiebrada de un periódico, y de ese periódico en particular, el New York Times, que leo todas las tardes a la antigua, en papel impreso, manchándome los dedos.A pesar de que una de sus hermanas vive en Brooklyn, mi hija menor ha estado tan atareada, tan llena de compromisos, paseos y aventuras, que ha preferido no verla. Son hermanas, pero no tanto. Son hermanas porque soy el padre de ambas, pero tienen distintas madres, unas madres que nunca fueron amigas y alguna vez fueron enemigas. Mi hija menor dormía en el campus de una universidad de Nueva York, acompañada por una amiga que también fue admitida como practicante del periódico. Me escribía un correo electrónico por la mañana, desayunando, y otro por la noche, antes de dormir. No me llamaba por teléfono porque sabe que no hablo por teléfono y solo uso el correo para emitir señales vacilantes de que todavía estoy vivo. En esos correos me llamaba Barclays, mi alter ego literario, y firmaba, risueña, «tu hija favorita».Yo no pude vivir con mis dos hijas mayores cuando eran niñas. Su madre y yo nos divorciamos y las tres se marcharon lejos de mí. Las veía, sin embargo, todos los meses. Pero no pudimos ser una familia feliz, mis dos hijas, su madre y yo, viviendo en la misma casa, viajando juntos. Yo era el padre que vivía lejos y llegaba todos los meses con regalos. Era el padre ausente, el padre raro, el padre famoso, de mala reputación. Mis hijas se acostumbraron a verme de vez en cuando y a viajar con su madre. Yo estaba fuera de la foto familiar, aunque esporádicamente me asomaba con regalos. Si bien me hallaba lejos, en una isla a seis horas en avión, no dejé de pagar todos sus gastos, los ineludibles y también los superfluos, que desde luego eran los que ellas más disfrutaban.Sin embargo, los dioses me concedieron la fortuna de volver a casarme y, esta vez sí, vivir felizmente con mi esposa y nuestra hija. Hemos vivido juntos, en la misma casa, en la misma isla, desde que me casé y nació nuestra hija. Tras fracasar en mi primera tentativa como esposo y padre de familia, pensé que esa forma de felicidad predecible, sosegada, plácida, burguesa me estaría vedada. Por suerte, llevo quince años comprobando que podía redimirme de aquella frustración y que, si he dormido bien, y ahora duermo mejor que nunca, puedo ser un esposo paciente, un padre risueño y un hombre razonablemente contento. El amor a mi esposa me exige paciencia, humildad, sumisión. El amor a mi hija menor es una celebración del humor, ella haciéndome bromas, tomándome el pelo, burlándose de mí. A mis hijas mayores las veo de vez en cuando, como las veía cuando eran niñas. Mentiría si dijera que sigo viéndolas todos los meses. Nos vemos, con suerte, dos veces al año. Mi hija mayor nació en Washington, es abogada y trabaja en esa ciudad. Estoy muy orgulloso de ella. Sé que me quiere, pero también que no lleva prisa por verme, que me prefiere lejos, que me ve como un padre peligroso que no sabe guardar secretos y lo cuenta todo. Mi segunda hija nació en Miami, es experta en empresas tecnológicas, se ha casado con un abogado y viven en Brooklyn. Viajan a menudo, se dan la gran vida, se quieren mucho. Estoy muy orgulloso de ella, pero no nos vemos con la frecuencia que yo quisiera, tal vez porque ella se aburre viniendo a la isla donde vivo, quizás porque, a mi edad, me da pereza viajar tan a menudo.Lo que más distingue a mi hija menor, estudiante sobresaliente del colegio privado más prestigioso de la ciudad, es su memoria formidable y su poderosa elocuencia. Brilla en las competencias de debates entre escuelas. Cuando habla, sobre todo cuando habla en público, cuando exhibe su memoria y su locuacidad, vuela alto. Habla perfectamente en inglés y en español, y bien en francés. Cuando cumplió quince años, me pidió ir a París. Mi exesposa habla francés perfectamente y se ha pasado la vida teniendo novios franceses antes de mí, después de mí y tal vez simultáneamente a mí. Yo no hablo ni papa de francés y por eso no me entero. También se distingue mi hija menor cuando escribe. Lo hace a menudo, aunque no siempre me deja leer sus textos. No sé si será escritora, periodista, actriz, cineasta. Probablemente ella tampoco lo sabe todavía. Espero que me alcance la vida para verla florecer.La otra tarde mi esposa me pidió que comprásemos entradas para ver el partido por la medalla de bronce del mundial de fútbol, a disputarse en un estadio a media hora en auto desde nuestra casa en la isla. A pesar de que los boletos eran caros, los compré y no me arrepentí. No contenta con eso, tan apasionada por el fútbol como yo, cuando se confirmó que los españoles y los argentinos jugarían la final del mundial en un estadio cercano a Nueva York, mi esposa me alentó obsesivamente, poseída por una fiebre sin remedio, temblando de ansiedad e ilusión, para que, venciendo mis cálculos de contador cicatero, y de esposo perezoso, comprase otros tres boletos para ver la final del mundial en el estadio a media hora de Nueva York. Confieso que no fue fácil subordinarme a ella, complacer sus sueños extravagantes, rendirme por amor y escribir, dubitativo, los números de mi tarjeta de crédito en la página de la FIFA. Lo hice no solo porque amo a mi esposa, sino también porque, cuando debo tomar una decisión pesada, importante, procuro recordar que no me va quedando ya mucha vida, que he vivido sesenta y un años no siempre saludables, a menudo intoxicándome, caminando al filo de la cornisa, y que, con suerte, exagerando, me quedarán ocho o diez años de buena vida, no más. Entonces pensé: si muero en ocho años, ¿debo viajar a Nueva York para ver la final del mundial de fútbol entre los argentinos y los españoles, nada menos que la despedida de Messi de los mundiales? No lo dudé más. Por amor a la Argentina, y a Messi, y también por afecto y gratitud a España, que tantos libros me ha publicado, pagué las entradas, reservé los vuelos y encontré un hotel con piscina para darnos un chapuzón después del partido.Mi hija menor nos espera en Nueva York, tras dos semanas sin verla. El domingo temprano volaremos a esa ciudad, nos reuniremos con ella y, sin demora, conduciremos al estadio. No vestiremos camisetas argentinas ni españolas. Aplaudiremos el buen fútbol y celebraremos los goles, todos los goles, ojalá haya muchos, sería lindo que hubiera seis goles como en la final del mundial anterior. Aquella batalla la vi a solas, en un hotel de Buenos Aires, alentando como un loco a los argentinos. Ahora quería quedarme en casa, en la isla, hundido en mi sillón reclinable, refrescado por el aire acondicionado, pero el destino, quiero decir el amor, quiero decir mi esposa y mi hija, me llevarán a Nueva York, al estadio, para gozar y sufrir la final del mundial. España llegará en condición de favorita, tras ganarles a los franceses un partido asombroso. Solo le han anotado un gol y parece imbatible. Pero que nadie dé por vencida a la heroica Argentina de Messi. Sí, durante el mundial ha demostrado ser vulnerable, pero, precisamente porque se sabe imperfecta, es capaz de recuperarse de sus derrotas pasajeras, reencontrar su antigua grandeza, encomendarse al dios Messi, el hacedor de la lluvia, y, jugando al caos organizado, a la pasión pura, al sueño todavía invicto, prevalecer en unas contiendas épicas que parecían perdidas. Aplaudiré de pie los goles españoles, pero gritaré con euforia los goles argentinos y lloraré cantando: O juremos con gloria morir. Mi hija menor, con apenas quince años, ha pasado dos semanas en Nueva York, haciendo unas prácticas en el periódico más importante de esa ciudad. Yo comencé mi carrera como periodista también a los quince años, en un diario conservador de Lima, del que fui reportero y columnista, y al que contribuí a hundir en la bancarrota, tres años después de que me contratase. ¿Será periodista mi hija menor? ¿Desea seguir los pasos erráticos de su padre? ¿Aspira a los rigores de la vida pública que se me impusieron azarosamente cuando empecé mi andadura como periodista de televisión a los dieciocho años, tras quebrar el diario? No lo sé. Pero siento un discreto orgullo de que, a diferencia de sus dos hermanas mayores, que han hecho su mejor esfuerzo para distanciarse de mí, para no parecerse a mí, ella, mi hija menor, lectora infatigable, vea con curiosidad la vida afiebrada de un periódico, y de ese periódico en particular, el New York Times, que leo todas las tardes a la antigua, en papel impreso, manchándome los dedos.A pesar de que una de sus hermanas vive en Brooklyn, mi hija menor ha estado tan atareada, tan llena de compromisos, paseos y aventuras, que ha preferido no verla. Son hermanas, pero no tanto. Son hermanas porque soy el padre de ambas, pero tienen distintas madres, unas madres que nunca fueron amigas y alguna vez fueron enemigas. Mi hija menor dormía en el campus de una universidad de Nueva York, acompañada por una amiga que también fue admitida como practicante del periódico. Me escribía un correo electrónico por la mañana, desayunando, y otro por la noche, antes de dormir. No me llamaba por teléfono porque sabe que no hablo por teléfono y solo uso el correo para emitir señales vacilantes de que todavía estoy vivo. En esos correos me llamaba Barclays, mi alter ego literario, y firmaba, risueña, «tu hija favorita».Yo no pude vivir con mis dos hijas mayores cuando eran niñas. Su madre y yo nos divorciamos y las tres se marcharon lejos de mí. Las veía, sin embargo, todos los meses. Pero no pudimos ser una familia feliz, mis dos hijas, su madre y yo, viviendo en la misma casa, viajando juntos. Yo era el padre que vivía lejos y llegaba todos los meses con regalos. Era el padre ausente, el padre raro, el padre famoso, de mala reputación. Mis hijas se acostumbraron a verme de vez en cuando y a viajar con su madre. Yo estaba fuera de la foto familiar, aunque esporádicamente me asomaba con regalos. Si bien me hallaba lejos, en una isla a seis horas en avión, no dejé de pagar todos sus gastos, los ineludibles y también los superfluos, que desde luego eran los que ellas más disfrutaban.Sin embargo, los dioses me concedieron la fortuna de volver a casarme y, esta vez sí, vivir felizmente con mi esposa y nuestra hija. Hemos vivido juntos, en la misma casa, en la misma isla, desde que me casé y nació nuestra hija. Tras fracasar en mi primera tentativa como esposo y padre de familia, pensé que esa forma de felicidad predecible, sosegada, plácida, burguesa me estaría vedada. Por suerte, llevo quince años comprobando que podía redimirme de aquella frustración y que, si he dormido bien, y ahora duermo mejor que nunca, puedo ser un esposo paciente, un padre risueño y un hombre razonablemente contento. El amor a mi esposa me exige paciencia, humildad, sumisión. El amor a mi hija menor es una celebración del humor, ella haciéndome bromas, tomándome el pelo, burlándose de mí. A mis hijas mayores las veo de vez en cuando, como las veía cuando eran niñas. Mentiría si dijera que sigo viéndolas todos los meses. Nos vemos, con suerte, dos veces al año. Mi hija mayor nació en Washington, es abogada y trabaja en esa ciudad. Estoy muy orgulloso de ella. Sé que me quiere, pero también que no lleva prisa por verme, que me prefiere lejos, que me ve como un padre peligroso que no sabe guardar secretos y lo cuenta todo. Mi segunda hija nació en Miami, es experta en empresas tecnológicas, se ha casado con un abogado y viven en Brooklyn. Viajan a menudo, se dan la gran vida, se quieren mucho. Estoy muy orgulloso de ella, pero no nos vemos con la frecuencia que yo quisiera, tal vez porque ella se aburre viniendo a la isla donde vivo, quizás porque, a mi edad, me da pereza viajar tan a menudo.Lo que más distingue a mi hija menor, estudiante sobresaliente del colegio privado más prestigioso de la ciudad, es su memoria formidable y su poderosa elocuencia. Brilla en las competencias de debates entre escuelas. Cuando habla, sobre todo cuando habla en público, cuando exhibe su memoria y su locuacidad, vuela alto. Habla perfectamente en inglés y en español, y bien en francés. Cuando cumplió quince años, me pidió ir a París. Mi exesposa habla francés perfectamente y se ha pasado la vida teniendo novios franceses antes de mí, después de mí y tal vez simultáneamente a mí. Yo no hablo ni papa de francés y por eso no me entero. También se distingue mi hija menor cuando escribe. Lo hace a menudo, aunque no siempre me deja leer sus textos. No sé si será escritora, periodista, actriz, cineasta. Probablemente ella tampoco lo sabe todavía. Espero que me alcance la vida para verla florecer.La otra tarde mi esposa me pidió que comprásemos entradas para ver el partido por la medalla de bronce del mundial de fútbol, a disputarse en un estadio a media hora en auto desde nuestra casa en la isla. A pesar de que los boletos eran caros, los compré y no me arrepentí. No contenta con eso, tan apasionada por el fútbol como yo, cuando se confirmó que los españoles y los argentinos jugarían la final del mundial en un estadio cercano a Nueva York, mi esposa me alentó obsesivamente, poseída por una fiebre sin remedio, temblando de ansiedad e ilusión, para que, venciendo mis cálculos de contador cicatero, y de esposo perezoso, comprase otros tres boletos para ver la final del mundial en el estadio a media hora de Nueva York. Confieso que no fue fácil subordinarme a ella, complacer sus sueños extravagantes, rendirme por amor y escribir, dubitativo, los números de mi tarjeta de crédito en la página de la FIFA. Lo hice no solo porque amo a mi esposa, sino también porque, cuando debo tomar una decisión pesada, importante, procuro recordar que no me va quedando ya mucha vida, que he vivido sesenta y un años no siempre saludables, a menudo intoxicándome, caminando al filo de la cornisa, y que, con suerte, exagerando, me quedarán ocho o diez años de buena vida, no más. Entonces pensé: si muero en ocho años, ¿debo viajar a Nueva York para ver la final del mundial de fútbol entre los argentinos y los españoles, nada menos que la despedida de Messi de los mundiales? No lo dudé más. Por amor a la Argentina, y a Messi, y también por afecto y gratitud a España, que tantos libros me ha publicado, pagué las entradas, reservé los vuelos y encontré un hotel con piscina para darnos un chapuzón después del partido.Mi hija menor nos espera en Nueva York, tras dos semanas sin verla. El domingo temprano volaremos a esa ciudad, nos reuniremos con ella y, sin demora, conduciremos al estadio. No vestiremos camisetas argentinas ni españolas. Aplaudiremos el buen fútbol y celebraremos los goles, todos los goles, ojalá haya muchos, sería lindo que hubiera seis goles como en la final del mundial anterior. Aquella batalla la vi a solas, en un hotel de Buenos Aires, alentando como un loco a los argentinos. Ahora quería quedarme en casa, en la isla, hundido en mi sillón reclinable, refrescado por el aire acondicionado, pero el destino, quiero decir el amor, quiero decir mi esposa y mi hija, me llevarán a Nueva York, al estadio, para gozar y sufrir la final del mundial. España llegará en condición de favorita, tras ganarles a los franceses un partido asombroso. Solo le han anotado un gol y parece imbatible. Pero que nadie dé por vencida a la heroica Argentina de Messi. Sí, durante el mundial ha demostrado ser vulnerable, pero, precisamente porque se sabe imperfecta, es capaz de recuperarse de sus derrotas pasajeras, reencontrar su antigua grandeza, encomendarse al dios Messi, el hacedor de la lluvia, y, jugando al caos organizado, a la pasión pura, al sueño todavía invicto, prevalecer en unas contiendas épicas que parecían perdidas. Aplaudiré de pie los goles españoles, pero gritaré con euforia los goles argentinos y lloraré cantando: O juremos con gloria morir. RSS de noticias de cultura
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julio 18, 2026
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