Me llega un correo de un sindicato de la Universidad de Alicante en el que se advierte de un grave peligro e incluso se insta a avisar a la Subdelegación del Gobierno para que tome medidas urgentes. Por un momento pensé en una DANA, en la llegada de Godzilla a tierras alicantinas o quizá en la amenaza zombi de la que alertaba un senador de Compromís.Al final la amenaza era mucho más terrenal: nada más y nada menos que el influencer Vito Quiles había anunciado que iba a hacer acto de presencia por estos lares y que, por tanto, se podrían repetir los incidentes de su anterior visita cuando hubo, y escribo literalmente lo que indica el correo del sindicato, «cargas policiales que, lamentablemente, causaron lesiones a estudiantes que expresaban pacíficamente su rechazo a estos actos».El problema de este correo es que, de tanto utilizar el famoso lema de «protesta pacífica», lo han desgastado. Hace escasos días, en A Coruña, la representante del Bloque Nacionalista Galego utilizaba las mismas palabras para justificar una concentración ante un acto de Vox en su ciudad. Dicho acto acabó con el lanzamiento de adoquines y sillas por parte de los «pacíficos de la protesta» contra la policía.Ignoro qué hubiese ocurrido si el subdelegado del Gobierno no hubiese autorizado ambos actos a escasos metros de distancia, pero lo más probable es que unos y otros hubiesen lanzado sus mensajes y proclamas para, tras ello y tal como dice el refrán, marcharse «cada uno a su casa y Dios a la de todos».Desgraciadamente, estas llamadas «protestas pacíficas a actos del fascismo» tienen mucho más de fascistas que de pacíficas. Últimamente no hay ninguna que acabe en paz y cada vez se pone más en riesgo la vida de las personas o, al menos, el futuro judicial de algún que otro pacífico despistado.De hecho, hace escasos días se celebró el juicio a unas personas que agredieron a un diputado de Vox en un acto celebrado en la Universidad de Alicante en el que se reivindicaba el uso del español en la docencia.Y es que algunos parecen olvidar que en democracia todo el mundo tiene el derecho a opinar lo que considere y a expresarlo sin que nadie se sienta motivado a organizar «manifestaciones pacíficas» que lo coarten. Y más todavía en una universidad pública, que no solo debe ser un lugar donde la gente exprese sus pensamientos, sino un verdadero «templo de la libertad».Recuerdo la primera vez que escuché el término escrache: fue en 2010, cuando Rosa Díez, entonces líder de UPyD, trataba infructuosamente de dar una conferencia en la Universidad Complutense mientras los por aquel entonces desconocidos Pablo Iglesias e Íñigo Errejón la saboteaban. UPyD era calificado de fascista y sus ideas declaradas dignas de la hoguera progresista.Yo sinceramente estoy más que harto de estos antifascistas que son más fascistas que «anti». Son habituales las charlas de exmiembros de ETA o simpatizantes de los mismos en las universidades del País Vasco sin que nadie les moleste. No me importaría que Arnaldo Otegi o Carles Puigdemont diesen una charla en mi universidad contando su forma de entender la política; probablemente no asistiría, pero vería mal que se acosara a quienes quisieran ir a escucharlos.No me gusta el «periodismo» que realiza el señor Vito Quiles, aunque lo prefiero al servilismo que han desarrollado algunos «profesionales» en sus entrevistas al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Si estos periodistas, o los jefes de gabinete, dejaran a los auténticos profesionales hacer su trabajo y preguntar libremente a los políticos, quizá gente como Quiles tendría menos repercusión. Quiles no inventó nada; como mucho, perfeccionó lo que otros hacían en la época de los gobiernos de la derecha y que muchos de los que ahora se indignan calificaban de «jarabes democráticos». Lo cierto es que ha conseguido ser un influencer y hasta puede que a muchos jóvenes les gustaría conocer su historia de primera mano.Por eso, estaría bien que pudiese contarla con tranquilidad y sin «manifestaciones pacíficas» a su alrededor. A lo mejor, sin esas protestas, el acto acabaría sin violencia.CODA. En 1936, las terribles omisiones por parte de los gobernadores civiles (hoy subdelegados del Gobierno) permitieron que se cometiesen innumerables atropellos. Ya sabemos cómo acabó todo. Tanto en la Alemania prenazi como en la Italia premussoliniana, fue la violencia de los comunistas la que alimentó el auge de los fascistas. A veces, más que «protestar pacíficamente», más de uno debería leer algo de historia. Ya se sabe aquello de «los que no conocen su historia están condenados a repetirla», y hay historias que vale la pena no repetir. Me llega un correo de un sindicato de la Universidad de Alicante en el que se advierte de un grave peligro e incluso se insta a avisar a la Subdelegación del Gobierno para que tome medidas urgentes. Por un momento pensé en una DANA, en la llegada de Godzilla a tierras alicantinas o quizá en la amenaza zombi de la que alertaba un senador de Compromís.Al final la amenaza era mucho más terrenal: nada más y nada menos que el influencer Vito Quiles había anunciado que iba a hacer acto de presencia por estos lares y que, por tanto, se podrían repetir los incidentes de su anterior visita cuando hubo, y escribo literalmente lo que indica el correo del sindicato, «cargas policiales que, lamentablemente, causaron lesiones a estudiantes que expresaban pacíficamente su rechazo a estos actos».El problema de este correo es que, de tanto utilizar el famoso lema de «protesta pacífica», lo han desgastado. Hace escasos días, en A Coruña, la representante del Bloque Nacionalista Galego utilizaba las mismas palabras para justificar una concentración ante un acto de Vox en su ciudad. Dicho acto acabó con el lanzamiento de adoquines y sillas por parte de los «pacíficos de la protesta» contra la policía.Ignoro qué hubiese ocurrido si el subdelegado del Gobierno no hubiese autorizado ambos actos a escasos metros de distancia, pero lo más probable es que unos y otros hubiesen lanzado sus mensajes y proclamas para, tras ello y tal como dice el refrán, marcharse «cada uno a su casa y Dios a la de todos».Desgraciadamente, estas llamadas «protestas pacíficas a actos del fascismo» tienen mucho más de fascistas que de pacíficas. Últimamente no hay ninguna que acabe en paz y cada vez se pone más en riesgo la vida de las personas o, al menos, el futuro judicial de algún que otro pacífico despistado.De hecho, hace escasos días se celebró el juicio a unas personas que agredieron a un diputado de Vox en un acto celebrado en la Universidad de Alicante en el que se reivindicaba el uso del español en la docencia.Y es que algunos parecen olvidar que en democracia todo el mundo tiene el derecho a opinar lo que considere y a expresarlo sin que nadie se sienta motivado a organizar «manifestaciones pacíficas» que lo coarten. Y más todavía en una universidad pública, que no solo debe ser un lugar donde la gente exprese sus pensamientos, sino un verdadero «templo de la libertad».Recuerdo la primera vez que escuché el término escrache: fue en 2010, cuando Rosa Díez, entonces líder de UPyD, trataba infructuosamente de dar una conferencia en la Universidad Complutense mientras los por aquel entonces desconocidos Pablo Iglesias e Íñigo Errejón la saboteaban. UPyD era calificado de fascista y sus ideas declaradas dignas de la hoguera progresista.Yo sinceramente estoy más que harto de estos antifascistas que son más fascistas que «anti». Son habituales las charlas de exmiembros de ETA o simpatizantes de los mismos en las universidades del País Vasco sin que nadie les moleste. No me importaría que Arnaldo Otegi o Carles Puigdemont diesen una charla en mi universidad contando su forma de entender la política; probablemente no asistiría, pero vería mal que se acosara a quienes quisieran ir a escucharlos.No me gusta el «periodismo» que realiza el señor Vito Quiles, aunque lo prefiero al servilismo que han desarrollado algunos «profesionales» en sus entrevistas al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Si estos periodistas, o los jefes de gabinete, dejaran a los auténticos profesionales hacer su trabajo y preguntar libremente a los políticos, quizá gente como Quiles tendría menos repercusión. Quiles no inventó nada; como mucho, perfeccionó lo que otros hacían en la época de los gobiernos de la derecha y que muchos de los que ahora se indignan calificaban de «jarabes democráticos». Lo cierto es que ha conseguido ser un influencer y hasta puede que a muchos jóvenes les gustaría conocer su historia de primera mano.Por eso, estaría bien que pudiese contarla con tranquilidad y sin «manifestaciones pacíficas» a su alrededor. A lo mejor, sin esas protestas, el acto acabaría sin violencia.CODA. En 1936, las terribles omisiones por parte de los gobernadores civiles (hoy subdelegados del Gobierno) permitieron que se cometiesen innumerables atropellos. Ya sabemos cómo acabó todo. Tanto en la Alemania prenazi como en la Italia premussoliniana, fue la violencia de los comunistas la que alimentó el auge de los fascistas. A veces, más que «protestar pacíficamente», más de uno debería leer algo de historia. Ya se sabe aquello de «los que no conocen su historia están condenados a repetirla», y hay historias que vale la pena no repetir. Me llega un correo de un sindicato de la Universidad de Alicante en el que se advierte de un grave peligro e incluso se insta a avisar a la Subdelegación del Gobierno para que tome medidas urgentes. Por un momento pensé en una DANA, en la llegada de Godzilla a tierras alicantinas o quizá en la amenaza zombi de la que alertaba un senador de Compromís.Al final la amenaza era mucho más terrenal: nada más y nada menos que el influencer Vito Quiles había anunciado que iba a hacer acto de presencia por estos lares y que, por tanto, se podrían repetir los incidentes de su anterior visita cuando hubo, y escribo literalmente lo que indica el correo del sindicato, «cargas policiales que, lamentablemente, causaron lesiones a estudiantes que expresaban pacíficamente su rechazo a estos actos».El problema de este correo es que, de tanto utilizar el famoso lema de «protesta pacífica», lo han desgastado. Hace escasos días, en A Coruña, la representante del Bloque Nacionalista Galego utilizaba las mismas palabras para justificar una concentración ante un acto de Vox en su ciudad. Dicho acto acabó con el lanzamiento de adoquines y sillas por parte de los «pacíficos de la protesta» contra la policía.Ignoro qué hubiese ocurrido si el subdelegado del Gobierno no hubiese autorizado ambos actos a escasos metros de distancia, pero lo más probable es que unos y otros hubiesen lanzado sus mensajes y proclamas para, tras ello y tal como dice el refrán, marcharse «cada uno a su casa y Dios a la de todos».Desgraciadamente, estas llamadas «protestas pacíficas a actos del fascismo» tienen mucho más de fascistas que de pacíficas. Últimamente no hay ninguna que acabe en paz y cada vez se pone más en riesgo la vida de las personas o, al menos, el futuro judicial de algún que otro pacífico despistado.De hecho, hace escasos días se celebró el juicio a unas personas que agredieron a un diputado de Vox en un acto celebrado en la Universidad de Alicante en el que se reivindicaba el uso del español en la docencia.Y es que algunos parecen olvidar que en democracia todo el mundo tiene el derecho a opinar lo que considere y a expresarlo sin que nadie se sienta motivado a organizar «manifestaciones pacíficas» que lo coarten. Y más todavía en una universidad pública, que no solo debe ser un lugar donde la gente exprese sus pensamientos, sino un verdadero «templo de la libertad».Recuerdo la primera vez que escuché el término escrache: fue en 2010, cuando Rosa Díez, entonces líder de UPyD, trataba infructuosamente de dar una conferencia en la Universidad Complutense mientras los por aquel entonces desconocidos Pablo Iglesias e Íñigo Errejón la saboteaban. UPyD era calificado de fascista y sus ideas declaradas dignas de la hoguera progresista.Yo sinceramente estoy más que harto de estos antifascistas que son más fascistas que «anti». Son habituales las charlas de exmiembros de ETA o simpatizantes de los mismos en las universidades del País Vasco sin que nadie les moleste. No me importaría que Arnaldo Otegi o Carles Puigdemont diesen una charla en mi universidad contando su forma de entender la política; probablemente no asistiría, pero vería mal que se acosara a quienes quisieran ir a escucharlos.No me gusta el «periodismo» que realiza el señor Vito Quiles, aunque lo prefiero al servilismo que han desarrollado algunos «profesionales» en sus entrevistas al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Si estos periodistas, o los jefes de gabinete, dejaran a los auténticos profesionales hacer su trabajo y preguntar libremente a los políticos, quizá gente como Quiles tendría menos repercusión. Quiles no inventó nada; como mucho, perfeccionó lo que otros hacían en la época de los gobiernos de la derecha y que muchos de los que ahora se indignan calificaban de «jarabes democráticos». Lo cierto es que ha conseguido ser un influencer y hasta puede que a muchos jóvenes les gustaría conocer su historia de primera mano.Por eso, estaría bien que pudiese contarla con tranquilidad y sin «manifestaciones pacíficas» a su alrededor. A lo mejor, sin esas protestas, el acto acabaría sin violencia.CODA. En 1936, las terribles omisiones por parte de los gobernadores civiles (hoy subdelegados del Gobierno) permitieron que se cometiesen innumerables atropellos. Ya sabemos cómo acabó todo. Tanto en la Alemania prenazi como en la Italia premussoliniana, fue la violencia de los comunistas la que alimentó el auge de los fascistas. A veces, más que «protestar pacíficamente», más de uno debería leer algo de historia. Ya se sabe aquello de «los que no conocen su historia están condenados a repetirla», y hay historias que vale la pena no repetir. RSS de noticias de espana
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