Es imposible visitar Roma y no marcharse enamorado. Ciudad plagada de historia, tan caótica como bella, y capaz de hacer de lo simple, el queso y la pimienta, arte para el paladar. Pero coincidirán conmigo en que, futbolísticamente, la capital que dio nombre a un imperio no es ni Turín ni Milán. Por eso, cuando en el minuto diez del partido los ‘tifosi’ homenajean a Mourinho, al que agradecen haber llevado la «gloria» a sus vitrinas con una Conference League, un trofeo con un nombre más glamuroso que la Intertoto, pero de caché similar, a uno, desde la autosuficiencia de todo madridista –aunque mi amigo Álex me llame quintacolumnista–, se le escapa una media sonrisa.Por la mañana, a mis colegas, les dije que el Madrid iba a ganar por la mínima, jugando mal y pidiendo la hora. En lo último me equivoqué, porque cuando se desata la locura en Europa, no hay quien lo pare, y admito que esperaba un 0-1 y no un 3-4 . Pero el fútbol, como la cocina romana, a veces sabe mejor con recetas simples. Eso sí, la calidad de los ingredientes es innegociable. Un tipo que sepa dar un pase, llámese Arda Güler, y otro con capacidad de remate, pongámosle Endrick . El partido empezó aburrido, soso, sin condimentos. Con un entrenador amarrategui, que es portugués, pero parece italiano, alineando en el doble pivote a Tchouaméni y Valverde. Desde los tiempos de Capello, con la dupla Emerson y Mahamadou Diarra, no se recuerda una oda a la creatividad a la altura.Así que con el Pajarito y el francés por delante de la zaga, el pobre Bellingham, casi como intentando zafarse de encima la vergüenza ajena, bajaba desde la mediapunta para ofrecerse, desesperado, a los centrales. La falta de creatividad, en este equipo, conduce al tedio. Y de ahí a la relajación defensiva hay un paso. El encuentro se fue al descanso con empate a uno, con dos goles por accidente, pero con la Roma mandando . El regreso de los vestuarios empeoró la situación. Un taconazo infantil de Vinicius, casi tanto como tirar del pelo a un rival, abrió la caja de los truenos. Pérdida en el centro del campo y gol de Malen. El neerlandés, que con la desorganización de la defensa blanca parecía Ronaldo Nazario, metía el segundo minutos después. Mal negocio.Mou, el que llevó la gloria a la Roma, movió el banquillo. Y fíjense que sacó a Vini –ahora mismo casi parece una buena noticia que se pierda el clásico– y a Dumfries para meter a un tipo que sabe pasar, Güler, y a otro que tiene el nueve a la espalda y remata de cabeza. Revolución. Que el turco no juegue noventa minutos por partido empieza a ser un escándalo. Y que Endrick no lo haya hecho hasta ahora, visto el resultado, también. Después entró Bernardo Silva. Un rato más tarde, Carlos Espí, que está tocado con una varita mágica. El Madrid, con el de la gloria, pasó de un doble pivote conformado por Tchouaméni y Valverde a otro con Bernardo y Güler. De repente, la pelota, cosa extraña, fluía. Valverde, en el lateral derecho, rindió otra vez. Y con ingredientes de calidad, la enajenación que rodea a los blancos en la mejor competición del mundo, la Champions , hizo el resto. Asedio sobre el área de la Roma, estampidas de Endrick, que llamó a la puerta a porrazos , y calidad de Arda. Tres córners sacó el turco, dos remató el brasileño, tres goles. Uno de Espí de rechace, porque sabe dónde estar, otro de Endrick y otro de Rüdiger, el rey en la confusión. Así que el Madrid, con más dudas que gloria, hizo lo que mejor sabe hacer, remontar. Esta vez, con ‘cacio e pepe’, Güler y Endrick. No hace falta más. Es imposible visitar Roma y no marcharse enamorado. Ciudad plagada de historia, tan caótica como bella, y capaz de hacer de lo simple, el queso y la pimienta, arte para el paladar. Pero coincidirán conmigo en que, futbolísticamente, la capital que dio nombre a un imperio no es ni Turín ni Milán. Por eso, cuando en el minuto diez del partido los ‘tifosi’ homenajean a Mourinho, al que agradecen haber llevado la «gloria» a sus vitrinas con una Conference League, un trofeo con un nombre más glamuroso que la Intertoto, pero de caché similar, a uno, desde la autosuficiencia de todo madridista –aunque mi amigo Álex me llame quintacolumnista–, se le escapa una media sonrisa.Por la mañana, a mis colegas, les dije que el Madrid iba a ganar por la mínima, jugando mal y pidiendo la hora. En lo último me equivoqué, porque cuando se desata la locura en Europa, no hay quien lo pare, y admito que esperaba un 0-1 y no un 3-4 . Pero el fútbol, como la cocina romana, a veces sabe mejor con recetas simples. Eso sí, la calidad de los ingredientes es innegociable. Un tipo que sepa dar un pase, llámese Arda Güler, y otro con capacidad de remate, pongámosle Endrick . El partido empezó aburrido, soso, sin condimentos. Con un entrenador amarrategui, que es portugués, pero parece italiano, alineando en el doble pivote a Tchouaméni y Valverde. Desde los tiempos de Capello, con la dupla Emerson y Mahamadou Diarra, no se recuerda una oda a la creatividad a la altura.Así que con el Pajarito y el francés por delante de la zaga, el pobre Bellingham, casi como intentando zafarse de encima la vergüenza ajena, bajaba desde la mediapunta para ofrecerse, desesperado, a los centrales. La falta de creatividad, en este equipo, conduce al tedio. Y de ahí a la relajación defensiva hay un paso. El encuentro se fue al descanso con empate a uno, con dos goles por accidente, pero con la Roma mandando . El regreso de los vestuarios empeoró la situación. Un taconazo infantil de Vinicius, casi tanto como tirar del pelo a un rival, abrió la caja de los truenos. Pérdida en el centro del campo y gol de Malen. El neerlandés, que con la desorganización de la defensa blanca parecía Ronaldo Nazario, metía el segundo minutos después. Mal negocio.Mou, el que llevó la gloria a la Roma, movió el banquillo. Y fíjense que sacó a Vini –ahora mismo casi parece una buena noticia que se pierda el clásico– y a Dumfries para meter a un tipo que sabe pasar, Güler, y a otro que tiene el nueve a la espalda y remata de cabeza. Revolución. Que el turco no juegue noventa minutos por partido empieza a ser un escándalo. Y que Endrick no lo haya hecho hasta ahora, visto el resultado, también. Después entró Bernardo Silva. Un rato más tarde, Carlos Espí, que está tocado con una varita mágica. El Madrid, con el de la gloria, pasó de un doble pivote conformado por Tchouaméni y Valverde a otro con Bernardo y Güler. De repente, la pelota, cosa extraña, fluía. Valverde, en el lateral derecho, rindió otra vez. Y con ingredientes de calidad, la enajenación que rodea a los blancos en la mejor competición del mundo, la Champions , hizo el resto. Asedio sobre el área de la Roma, estampidas de Endrick, que llamó a la puerta a porrazos , y calidad de Arda. Tres córners sacó el turco, dos remató el brasileño, tres goles. Uno de Espí de rechace, porque sabe dónde estar, otro de Endrick y otro de Rüdiger, el rey en la confusión. Así que el Madrid, con más dudas que gloria, hizo lo que mejor sabe hacer, remontar. Esta vez, con ‘cacio e pepe’, Güler y Endrick. No hace falta más. Es imposible visitar Roma y no marcharse enamorado. Ciudad plagada de historia, tan caótica como bella, y capaz de hacer de lo simple, el queso y la pimienta, arte para el paladar. Pero coincidirán conmigo en que, futbolísticamente, la capital que dio nombre a un imperio no es ni Turín ni Milán. Por eso, cuando en el minuto diez del partido los ‘tifosi’ homenajean a Mourinho, al que agradecen haber llevado la «gloria» a sus vitrinas con una Conference League, un trofeo con un nombre más glamuroso que la Intertoto, pero de caché similar, a uno, desde la autosuficiencia de todo madridista –aunque mi amigo Álex me llame quintacolumnista–, se le escapa una media sonrisa.Por la mañana, a mis colegas, les dije que el Madrid iba a ganar por la mínima, jugando mal y pidiendo la hora. En lo último me equivoqué, porque cuando se desata la locura en Europa, no hay quien lo pare, y admito que esperaba un 0-1 y no un 3-4 . Pero el fútbol, como la cocina romana, a veces sabe mejor con recetas simples. Eso sí, la calidad de los ingredientes es innegociable. Un tipo que sepa dar un pase, llámese Arda Güler, y otro con capacidad de remate, pongámosle Endrick . El partido empezó aburrido, soso, sin condimentos. Con un entrenador amarrategui, que es portugués, pero parece italiano, alineando en el doble pivote a Tchouaméni y Valverde. Desde los tiempos de Capello, con la dupla Emerson y Mahamadou Diarra, no se recuerda una oda a la creatividad a la altura.Así que con el Pajarito y el francés por delante de la zaga, el pobre Bellingham, casi como intentando zafarse de encima la vergüenza ajena, bajaba desde la mediapunta para ofrecerse, desesperado, a los centrales. La falta de creatividad, en este equipo, conduce al tedio. Y de ahí a la relajación defensiva hay un paso. El encuentro se fue al descanso con empate a uno, con dos goles por accidente, pero con la Roma mandando . El regreso de los vestuarios empeoró la situación. Un taconazo infantil de Vinicius, casi tanto como tirar del pelo a un rival, abrió la caja de los truenos. Pérdida en el centro del campo y gol de Malen. El neerlandés, que con la desorganización de la defensa blanca parecía Ronaldo Nazario, metía el segundo minutos después. Mal negocio.Mou, el que llevó la gloria a la Roma, movió el banquillo. Y fíjense que sacó a Vini –ahora mismo casi parece una buena noticia que se pierda el clásico– y a Dumfries para meter a un tipo que sabe pasar, Güler, y a otro que tiene el nueve a la espalda y remata de cabeza. Revolución. Que el turco no juegue noventa minutos por partido empieza a ser un escándalo. Y que Endrick no lo haya hecho hasta ahora, visto el resultado, también. Después entró Bernardo Silva. Un rato más tarde, Carlos Espí, que está tocado con una varita mágica. El Madrid, con el de la gloria, pasó de un doble pivote conformado por Tchouaméni y Valverde a otro con Bernardo y Güler. De repente, la pelota, cosa extraña, fluía. Valverde, en el lateral derecho, rindió otra vez. Y con ingredientes de calidad, la enajenación que rodea a los blancos en la mejor competición del mundo, la Champions , hizo el resto. Asedio sobre el área de la Roma, estampidas de Endrick, que llamó a la puerta a porrazos , y calidad de Arda. Tres córners sacó el turco, dos remató el brasileño, tres goles. Uno de Espí de rechace, porque sabe dónde estar, otro de Endrick y otro de Rüdiger, el rey en la confusión. Así que el Madrid, con más dudas que gloria, hizo lo que mejor sabe hacer, remontar. Esta vez, con ‘cacio e pepe’, Güler y Endrick. No hace falta más. RSS de noticias de deportes
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